De Pipión me fío, cierra la escotilla y no le contesta a nadie. Del vigía androide no tanto, puchica! Apuesto a que su segundo grito de tierra ya no es la misma Tierra que la primera vez.
El Puerto de Palos Spoiler
Pensamiento
De Pipión me fío, cierra la escotilla y no le contesta a nadie. Del vigía androide no tanto, puchica! Apuesto a que su segundo grito de tierra ya no es la misma Tierra que la primera vez.
Contenido de la publicación
Capítulo I — Las cosas que parten; las que regresan.
A las seis y diecisiete de la mañana, el Cráter de Palos olía a metal caliente, estiércol y miedo.
Era un olor normal para una colonia lunar.
Los viejos decían que, antes de los domos, Palos había sido un puerto en la Tierra. Un lugar desde donde tres barcos de madera habían partido hacia lo desconocido llevando agua, animales, herramientas y hombres convencidos de que al otro lado del océano encontrarían algo.
Nunca se ponían de acuerdo sobre lo que encontraron.
La versión oficial decía una cosa.
Los archivos, otra.
Los marineros, otra.
Los historiadores cambiaban de opinión cada diez años.
Aquella mañana nadie discutía sobre historia.
Tres naves estaban a punto de abandonar la Luna.
La primera era la Niña.
La segunda, la Pinta.
La tercera, la Santa María, nave capitana de la expedición.
Nadie había tenido el valor de cambiarles los nombres.
El comandante don Cristofer Pipión había protestado.
—No estamos en el siglo quince.
—Precisamente —le respondió el Consejo—. Por eso podemos conservar los nombres.
Pipión nunca entendió aquella lógica.
Tampoco entendía por qué habían autorizado treinta y seis vacas.
Cada docena ocupaba casi una cuarta parte del módulo de carga de la Santa María.
Tenían arneses magnéticos, alimentación automática y cámaras para recoger los excrementos.
Aun así, seguían siendo vacas.
Y olían a vaca.
—¿Para qué necesitamos vacas?
—Leche.
—Tenemos leche sintética.
—Ésta da leche real.
Pipión no volvió a preguntar.
También llevaban gallinas.
Tres perros por nave.
Cinco gatos entre los pasajeros.
Dos cabras sueltas.
Una pareja de cerdos que ya había mordido a cuatro técnicos.
Y seis gatos antigravitacionales entrenados para la tripulación.
Estos últimos eran los favoritos de los niños.
Flotaban.
Dormían.
Giraban lentamente sobre sí mismos.
Y despreciaban a todo el mundo.
Especialmente a los perros.
La Pinta llevaba las semillas.
La Niña, las herramientas.
La Santa María llevaba a los científicos, los mapas, los archivos genéticos, las máquinas y el destino.
En los documentos figuraba una sola palabra:
INDIA.
No era un planeta.
No era una coordenada.
Era el nombre que habían dado a una región del sistema solar donde, según los cálculos, debía existir una boca de agujero de gusano.
A las seis y veintitrés, los últimos pasajeros abordaron.
Una mujer besó a su hijo.
Un hombre entregó una carta a su hermano.
Un sacerdote levantó la mano.
Un sindicalista gritó que la jornada laboral en tránsito era ilegal.
Nadie le hizo caso.
Los anarcos llevaban meses hablando mal de don Cristofer Pipión.
Lo acusaban de nepotismo.
De autoritarismo.
De tener tres relojes.
De dormir demasiado.
De dormir demasiado poco.
De no dormir.
De comer carne de vaca.
De no comer suficiente carne de vaca.
Y, sobre todo, de haber aceptado el cargo de comandante sin consultar al comité.
Pipión los escuchaba desde la escotilla.
No respondió.
Cerró la puerta.
Entonces se escuchó el primer golpe.
No fue una explosión.
Ni un disparo.
El cañón de proyección y desvío de meteoritos había disparado su carga de gas para apartar una nube de fragmentos.
Primero apareció una placa metálica.
Después una viga.
Después una sección de casco.
Después un cuerpo.
Luego otro.
La multitud guardó silencio.
Los restos pertenecían a una nave que había intentado hacer la misma travesía ocho meses antes.
La San Telmo.
Había desaparecido sin emitir una señal de socorro.
Aquella mañana había regresado.
O parte de ella.
El casco estaba abierto en dos.
Las ventanas habían sido fundidas desde dentro.
Los sistemas de navegación seguían funcionando.
Los relojes estaban detenidos.
Uno de los astronautas llevaba muerto cuarenta y siete años.
Había desaparecido hacía diecisiete días.
Los restos fueron enviados hacia el lado oscuro de la Luna.
Aquella mañana pasaron frente a las tres naves.
Lentamente.
Girando.
Como una ballena muerta en un océano negro.
Los marineros dejaron de hablar.
Uno de los perros gruñó.
Los gatos antigravitacionales dejaron de flotar.
La vaca se arrodilló.
El sacerdote hizo la señal de la cruz.
Y alguien dijo:
—No deberíamos ir.
Nadie preguntó quién.
Pipión observó los restos alejándose.
—Máxima velocidad.
Las tres naves comenzaron a deformarse.
El Cráter de Palos quedó debajo de ellas.
Las casas se hicieron pequeñas.
Los domos parecieron burbujas.
Los hangares se convirtieron en líneas.
La Luna empezó a parecer una piedra.
Después, una piedra muy pequeña.
La Pinta tomó la delantera.
La Niña la siguió.
La Santa María permaneció atrás.
Por las ventanillas, la tripulación observó cómo la Luna se alejaba.
Algunos lloraron.
Otros rieron.
Uno vomitó.
Dos comenzaron a discutir sobre una válvula.
La vaca siguió masticando.
Los gatos flotaron hacia el techo.
Entonces ocurrió algo que no figuraba en ningún manual.
La Tierra desapareció.
No físicamente.
Seguía allí.
Pero dejó de ser visible.
No había nubes.
Ni continentes.
Ni océanos.
Ni luces nocturnas.
Sólo oscuridad.
El sistema de navegación decía que avanzaban correctamente.
Llevaba treinta y seis horas diciendo lo mismo.
Las estrellas estaban cambiando.
No se movían.
Parecían recordar otras posiciones.
A las cuatro horas de navegación, la Pinta informó haber visto una luz.
A las cinco, la Niña dijo que no había visto nada.
A las seis, ambas comenzaron a recibir una transmisión.
Era una voz.
Débil.
Distorsionada.
Humana.
Decía una sola palabra cada nueve segundos.
Palos.
Pipión ordenó apagar el canal.
La voz continuó.
Entonces apareció otra transmisión.
Esta vez era de la Tierra.
Una transmisión antigua.
Muy antigua.
El mensaje mencionaba a la Santa María.
Y describía exactamente la tripulación que llevaba a bordo.
Pipión reunió a los oficiales.
Nadie habló durante varios minutos.
Finalmente, la ingeniera señaló el mapa.
—Tenemos que regresar.
Pipión miró la pantalla.
—¿A dónde?
La Tierra estaba detrás de ellos.
También estaba delante.
Dos puntos azules aparecían en el sistema.
Uno correspondía a la posición conocida de la Tierra.
El otro no tenía coordenadas.
—¿Cuál es la verdadera?
—No lo sé.
—¿Cuál está más cerca?
La ingeniera tragó saliva.
—Las dos.
El vigía habló.
Se llamaba 3D-IA-Quántico.
Nadie sabía por qué.
Su nombre había sido elegido mediante una votación sindical que duró once días.
Era un muchacho androide, delgado, nervioso, con los ojos demasiado abiertos.
Llevaba cuatro horas mirando el espacio.
De pronto se levantó.
—Comandante.
Pipión giró.
—¿Qué?
El vigía señaló la pantalla.
—Hay algo.
Al principio no vieron nada.
Luego apareció una línea azul.
Después una esfera.
Después continentes.
Océanos.
Nubes.
Una luna.
Una Tierra.
La tripulación se acercó a las ventanas.
Alguien comenzó a rezar.
Alguien comenzó a reír.
El sindicalista dejó de hablar.
La vaca levantó la cabeza.
Los gatos antigravitacionales se pegaron al vidrio.
3D-IA-Quántico respiró profundamente.
—¡TIERRA!
Nadie celebró.
En la pantalla apareció una fecha.
Pipión la leyó.
Volvió a leerla.
No dijo nada.
A millones de kilómetros de distancia, algo respondió a su señal.
No era una voz humana.
Pero hablaba su idioma.
—Bienvenidos de nuevo.
La primera persona gritó.
No por la transmisión.
Por su propia cara.
La ingeniera corrió hacia el espejo.
Se quedó inmóvil.
Sus ojos habían crecido.
Eran completamente negros.
No había iris.
No había pupilas.
Sólo oscuridad.
—¿Qué...?
Su mandíbula parecía más pequeña.
La frente se había elevado.
El cráneo se alargaba hacia atrás.
Desde la cubierta inferior llegó otro grito.
Después otro.
Pipión salió corriendo.
Una de las vacas lo miró.
Se detuvo.
La cabeza del animal ya no tenía la forma de una vaca.
Los ojos ocupaban casi todo el rostro.
Negros.
Inmóviles.
Los perros tenían los mismos ojos.
Los gatos en cambio conservaron su forma original.
Incluso los antigravitacionales.
Sus pequeños cascos de vidrio flotaban alrededor de aquellas nuevas personas a las que desconocían por completo.
Un niño comenzó a llorar.
—¿Nos estamos convirtiendo en ellos?
Nadie contestó.
Pipión buscó la computadora central.
—Diagnóstico.
—Alteración morfológica transdimensional.
—¿Qué significa eso?
—Configuración compatible con el entorno.
—¿Somos humanos?
Una pausa.
—Actualmente.
Pipión cerró los ojos.
—¿Podemos revertirlo?
—Sí.
—¿Cómo?
—Regresando.
—¿A dónde?
La computadora tardó en responder.
—No puedo determinarlo.
Entonces sonó la alarma de la Pinta.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
La señal desapareció.
Pipión miró por la ventana.
La Pinta seguía allí.
Pero ya no parecía una nave.
El casco comenzó a fragmentarse.
No explotó.
No ardió.
Simplemente dejó de ser una cosa.
Se deshizo en miles de partículas luminosas.
Después en millones.
Una lluvia de metal atravesó el vacío.
La Santa María recibió parte de los fragmentos.
La Niña logró apartarse.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces 3D-IA-Quántico volvió a gritar:
—¡TIERRA!
Thoughts
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PermalinkOtro misterio que nadie logra explicar: En una noche de San Juan cuenta dos duendes y un hombre altísimo saliendo de una higuera en Oberá, Misiones.
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PermalinkDe ciencia ficción no sé nada, pero a mí lo más creíble del capítulo no fueron las naves sino la votación sindical de once días para ponerle nombre al vigía. Así se decide todo donde he trabajado.
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PermalinkMe quede con eso dando vueltas toda la tarde. Usted ya sabe que fecha leyo Pipion en la pantalla?
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PermalinkDe Pipión me fío, cierra la escotilla y no le contesta a nadie. Del vigía androide no tanto, puchica! Apuesto a que su segundo grito de tierra ya no es la misma Tierra que la primera vez.
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PermalinkOjo con la vaca.
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