Tu problema, Manuel, es que seguís creyendo que eso —la cosa— está en algún lado. Y honestamente me alegro por vos. Tal vez nunca te abandone, tal vez sea un requisito para que sigas parado en este mundo. Pero dejame decirte algo, ya que noto en tus ojos algo parecido a la melancolía o al desdén (conozco de esas miradas).
El asunto es que, efectivamente, por momentos vas a encontrarte en estados de ensueño. Probablemente te venga una idea y pienses que es genial, que capta algo absoluto, y la anotes en un cuaderno. También te imagino mirando un árbol o una flor. Observando a ese hombre que fuma en la puerta de su casa ya llegada la noche y se te agita el pecho, porque está esperando a alguien y es verano, está en cuero y lleva anteojos. Mira para cada esquina, pero intenta tranquilizarse y simula quedarse mirando algún punto, como si reflexionara, hasta que lo hace: entra en cavilaciones, sabe que no va a venir, es tan evidente. Sin embargo, sigue recreando la escena en que ella aparece y lo divisa desde lejos. Y se ve desde sus ojos. Y cuando ella finalmente se acerca y se miran, lo agarra de la mano e ingresan a la casa; no dicen nada, solo comienzan a desvestirse y se dirigen a la habitación. Y ahora todo se ve distinto: se revientan, se desgarran, se desfondan. Él sabía que iba a pasar, que algún día por fin sucedería. Por eso fuma en la puerta y mira las esquinas.
¿Y sabes qué otra cosa imaginás, Manuel? La puerta de su habitación semiabierta que deja ver la cama de dos plazas con una manta tendida en la zona de los pies (su color es beige, la puerta es de una madera ya vieja y no cierra bien). Y esos días él observa desde la mesa del comedor esa puerta, fumando un cigarrillo tras otro en un silencio espectral, pensando qué sentido tiene la vida si se vive así, tan solo. Y se te parte el alma, Manuel. Porque la cosa toma distintas formas, distintas emociones; es parte del combo.
Lo que quiero es ayudarte a entender que todo está en tu cabeza, que necesitás creer que todo eso ocurre en algún lado. Te gusta sublimar la alegría y el dolor, y para eso necesitás un poco de imaginación. Pero eso entraña algunas amenazas, querido amigo: una tiene que ver con añadirle a la tragedia de este mundo ese manto sepulcral que todo lo torna vano; y otra, que se conecta directamente con esto último, con la pérdida de sentido.
Porque sos capaz de ver a una niña y su abuela regresando a casa luego de la escuela: van agarradas de la mano, escuchás cómo la mochila-carrito se desliza por la vereda y la niña le cuenta qué tal su día. Su expresión es alegre y la abuela escucha atenta cada detalle. Y si eso ocurre una tarde de primavera con los primeros calores, tanto mejor. Pero estas escenas simples quizá no basten, porque automáticamente pensás en el paso del tiempo y ves a la niña devenida en mujer, y ya no parece feliz.
Pero, nuevamente, todo está en tu cabeza. Y en esta tendencia tuya de intentar encontrar la cosa mágica que se supone tiene la vida y de terminar en una angustia torrencial, porque o no encontrás nada —los días se suceden uno a otro y no hay objeción posible— o encontrás decadencia. Y te desmoronás y das manotazos de ahogado para revertir la situación, pero eso empeora todo.
Porque lo que vos quisieras no existe: te lo imaginaste todo, sacaste algunas deducciones a partir de ciertas experiencias y eso fue todo, Manuel. Lo que ves es lo que hay. Yo, vos, la sociedad, la cultura... todo esto, simplemente es. Inicia, muta y se muere. Todo lo demás es cosa tuya.
Así que dejá de estar enojado y vayamos a tomar un trago, por favor.