Habla. Respira. Habla. Concentración. HABLA.
¿Por qué hablar resulta tan complicado? O, en realidad, ¿qué esperamos cuando lo hacemos?
Hablar significa tomar una idea en tu cabeza, organizar las palabras en el orden correcto, practicar su pronunciación mentalmente, reordenarlas para que suenen bien, tomar tres respiraciones para calmar el caos, clavarte las uñas en las manos para desviar la ansiedad a otra parte, tomar agua para relajar la garganta, analizar el hilo de la charla para no repetir lo que ya se dijo, sobrepensar si lo que vas a decir sonará inteligente o si a nadie le va a importar, sentir que de todos modos no vale la pena, notar que la conversación sigue de largo sin tu intervención, buscar un punto fijo para distraerte —pero sin dejar de escuchar, porque sería irrespetuoso— y, cuando finalmente cambian de tema... darte cuenta de que no dijiste nada.
Toda esa preparación no tuvo valor; no sirvió de nada. ¿Para qué sirvió, entonces?
El corazón acelerado es la secuela del silencio. Pero ¿cómo se hace para hablar? Suena tan fácil: hablar. Lo que para algunos es simplemente dejar que las palabras salgan de la boca o interrumpir porque tienen una idea mejor, para otros es un sacrificio y un estado de alerta constante. El pánico a equivocarse nos persigue de cerca, sin importar si el interlocutor es la persona más de confianza. Sí, puede parecer algo simple, pero ¿qué es, realmente, hablar?