El olor a desinfectante barato y a café recalentado de hospital público siempre me ha sabido a gloria si se compara con la mierda sentimental que abunda por ahí. Apoyé el hombro contra la pared del pasillo y me crucé de brazos, mirándome las uñas con total desinterés mientras soltaba la verdad sin anestesia, porque para llorar por los rincones ya están los mediocres.
—Mira, el sentimentalismo conmigo nunca tuvo cabida; esa basura cursi solo la sacaba a pasear cuando necesitaba manipular a alguien para salirme con la mía —le solté a mi compañera con una sonrisa torcida, mientras ella se ahogaba con su propio té de la risa que le daba recordar mis primeros pasos en este circo—. Todos juraban que mi debut en la medicina había sido un cuento de hadas por llevar el apellido correcto en la solapa, pero la realidad fue un monstruo de jerarquías y estatus que me aplastaba hasta la demolición mental y corporal, bueno algo así. Siempre era "la hermana De" o "la sobrina del cirujano estrella". Al principio me daba igual, pero llegó un punto en el que ya no sabía si era verdaderamente competente o si solo me aplaudían por pura compasión familiar.
Mi compañera soltó una carcajada seca, de esas que te arrancan una mueca aunque no quieras reírte, y me soltó el dardo: —Qué pinche intento de suicidio el tuyo, pedirle trabajo a ese viejo desalmado sin saber ni madres de cómo ser asistente. ¿Cómo sobreviviste a esa proeza?
Me encogí de hombros, recordando la humillación con una mezcla de cinismo y orgullo retorcido.
—Fue la peor pesadilla de mi existencia, te lo juro —le respondí, rodando los ojos con frialdad—. Imagínate la escena: apenas llevaba días de haber pisado este mundo de locos después de correr de la jaula católica y el muy desgraciado me suelta la orden con esa cara de piedra:
"Saca el peso del recién nacido". ¿En qué pinche cabeza cabe? ¡Cómo diablos iba yo a parar a un crío chillón de siete días en una báscula sin que se me cayera a pedazos o me vomitara encima! Jamás sabré si me soportó por pura lástima de tío o porque le divertía verme sufrir, porque ese cabrón no expresa ni un maldito calambre en la cara.
Mi compañera se doblaba de la risa viendo mi cara de trauma al recordarlo, pero su semblante cambió de golpe, oscureciéndose de inmediato cuando masculló: —Fue un pinche milagro que salieras viva de las garras de ese viejo...
—Exacto —asentí con la mandíbula tensa—. Ese pinche monstruo desalmado fue el que me hizo letal y precisa. Sabía que si compartía espacio de trabajo con mi hermano, me iba a demoler sin piedad aunque compartiéramos la misma sangre de mierda. Mi tío me enseñó a patadas a no agachar la cabeza, a ser inflexible y segura de cada estúpidez o acierto que dijera. ¿Mi hermano? De ese ni hablemos. Nadie se atrevía a cuestionarlo en el quirófano porque te deja destazado con dos pinches palabras y una fría elegancia quirúrgica. Su metodología no es la convencional, igual que la mía, pero te arroja una probabilidad de éxito del noventa por ciento. Por eso lo adoran y le besan los pies... aunque el costo emocional haya sido una carnicería total.
Y veme aquí no se quién sea peor si ellos o yo... Y del cabron que nos engendro ni hablemos. Por qué no solo su jerarquía me asfixio. Somos una familia completamente disfuncional pero solo entre nosotros podemos mordernos y destazarnos, al menos algo bueno tenía que salir de esta podredumbre.... Mi amiga dice que para ser tan amarga como el dulce podría pasarse las horas escuchando mis retorcidos laberintos familiares.