Llevo años así. Viendo solo lo obvio, lo que brilla. Recién ahora empiezo a notar lo que aguanta en silencio, sin pedir que lo miren.
EL PASTOR, LA OVEJA DORADA Y LA OVEJA NEGRA
Había una vez un pastor joven que había heredado de su padre un redil de ovejas.
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Pensamiento
Llevo años así. Viendo solo lo obvio, lo que brilla. Recién ahora empiezo a notar lo que aguanta en silencio, sin pedir que lo miren.
Contenido de la publicación
Había una vez un pastor joven que había heredado de su padre un redil de ovejas.
En aquel redil había muchísimas ovejas.
Un día, mientras iba en busca de leña para su cabaña, el joven pastor se encontró con dos ovejas.
Una era negra y la otra era dorada.
Cuando el pastor vio a la oveja dorada, una sonrisa se dibujó de oreja a oreja.
Su lana era rara y hermosa, y podía venderse a un buen precio, ya que no era común encontrar una oveja con una lana semejante.
Pero el pastor no podía dejar a la oveja negra sola, así que también decidió llevarla consigo.
La lana de aquella oveja era de un negro muy puro y profundo, negro azabache.
Sin embargo, el pastor pensaba que aquella lana no sería interesante para el Señor de la Lana, quien venía al redil a comprar la lana de sus ovejas.
La oveja dorada se resistía a ser esquilada.
Pero había algo que sí le gustaba: ver la sonrisa del pastor cuando contemplaba la lana que ella producía.
La oveja negra, en cambio, no se resistía a ser esquilada.
Es más, como no era considerada tan importante por el pastor, casi siempre era la última.
La última en ser esquilada.
La última en recibir alimento.
La última en ser atendida.
Y mientras las demás ovejas recibían los cuidados del pastor, la lana de la oveja negra seguía creciendo.
Crecer y crecer.
Hasta acumular una enorme cantidad.
Pero la oveja negra no se quejaba.
Había comprendido que, para caminar mejor, debía ser esquilada.
Y así continuó.
Hasta que llegó el día en que el Señor de la Lana llegó al redil para comprar la lana de las ovejas.
El pastor comenzó a mostrarle su producción.
Entonces llegó el momento de mostrarle la lana dorada.
El joven pastor, enseguida, le ofreció aquella lana a un alto precio, creyendo que esa era la lana que el Señor estaría interesado en comprar.
El Señor de la Lana tomó la lana dorada entre sus manos.
La observó.
La acarició.
Pero después de unos instantes, rechazó la oferta.
—No me interesa esta lana —dijo.
El pastor quedó desconcertado.
—¿No le interesa? Pero mire lo hermosa que es.
El Señor de la Lana tomó un poco más de aquella lana y la examinó.
Era llamativa.
Era hermosa a la vista.
Pero al tocarla, se deshacía.
Era demasiado frágil.
No servía para producir buenas prendas.
Y tampoco abrigaba.
El pastor no sabía qué decir.
Entonces el Señor de la Lana se acercó a la lana negra.
Tomó un puñado de esa lana.
La examinó.
La estiró.
La apretó entre sus manos.
Y aquella lana permaneció firme.
Era fuerte.
Robusta.
Firme.
Y además había una cantidad enorme de ella.
Entonces el Señor de la Lana miró al pastor y le ofreció una buena cantidad de dinero por toda aquella lana.
El joven pastor quedó completamente impactado.
No entendía lo que estaba pasando.
Una culpa comenzó a invadirlo.
Entonces el Señor de la Lana lo miró y le dijo:
—Usted, joven, mira el color de la lana. Mira lo superficial. Pero yo sé mirar su calidad, la firmeza que lleva esa lana.
El joven pastor bajó la mirada.
El Señor de la Lana se retiró en silencio.
Y el pastor volvió junto a sus ovejas.
Allí estaban las dos.
La oveja dorada miraba al pastor, esperando aquella sonrisa que tanto le gustaba ver.
Y la oveja negra estaba allí, como cualquiera de aquellos días.
Había sobrevivido como pudo.
Muchas veces había comido lo que sobraba de las otras ovejas.
Muchas veces había esperado.
Muchas veces había quedado para lo último.
Y allí estaba otra vez, inmutable, esperando ser esquilada como siempre, al final.
El pastor se quedó mirándolas.
Entonces se paró delante de su redil.
Y abrazó y sonrió delante de cada una de sus ovejas por igual.
Había entendido algo.
Cada una tenía un valor especial.
Pero no todas eran iguales.
La oveja dorada tenía algo que las demás no tenían.
Y la oveja negra también tenía algo que las demás no tenían.
Con la lana dorada, el pastor adornó todo el redil y hermoseó su cabaña.
Pero con la lana negra pudo llegar a muchos lugares.
Aquella lana fue utilizada para abrigar a muchas familias.
Y mientras aquellas familias se abrigaban, el joven pastor comprendió finalmente aquello que el Señor de la Lana le había enseñado.
No debía mirar solamente el color.
No debía quedarse solamente con aquello que era llamativo a sus ojos.
Porque él había aprendido a mirar lo superficial.
Pero el Señor de la Lana sabía mirar la calidad.
Sabía mirar la firmeza.
Sabía ver aquello que los ojos del pastor todavía no podían ver.
Y desde aquel día, el joven pastor ya no volvió a mirar a sus ovejas de la misma manera.
Thoughts
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PermalinkLlevo años así. Viendo solo lo obvio, lo que brilla. Recién ahora empiezo a notar lo que aguanta en silencio, sin pedir que lo miren.
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PermalinkMe encanta el momento cuando abra los ojos. Cuando entiende que las dos ovejas valían.
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PermalinkLa lana dorada se deshace. Hermosa, pero no sirve. Como muchas cosas que vendemos como importantes.