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El pacto Newell en 1978

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Pensamiento

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Ay, al niñito de la ventana nadie le subió a decir nada en todos esos meses, pobrecito. ¿Me permite una preguntica? Raúl viene de alguna familia que trabajaba para los Newell?

Ay, al niñito de la ventana nadie le subió a decir nada en todos esos meses, pobrecito. ¿Me permite una preguntica? Raúl viene de alguna familia que trabajaba para los Newell?

Contenido de la publicación

​PROLOGOTRÁGICO: EL PACTO DE 1978

​FLASHBACK

​La noche del 31 de octubre de 1978, una tormenta eléctrica parecía ensañarse sobre la ubicación de la imponente propiedad de la familia Newell.

​A la medianoche de aquella víspera de Todos los Santos, el jardín trasero de la mansión estaba sumergido en una violenta oscuridad, alumbrada únicamente por los intermitentes fogonazos azulados de los relámpagos que devoraban el cielo nublado.

​Al fondo del terreno, junto al borde de un pozo donde sus manos se hundían en las entrañas de la tierra, la silueta de Martín Newell recortaba una imagen patética y desesperada. Consumido por el pánico a la quiebra inminente, con las deudas asfixiándole el cuello y el terror latente de ver desmoronarse la empresa que le daba estatus, el hombre había descendido al fango impulsado por una ambición ciega.

​Martín se encontraba arrodillado sobre el barro, completamente empapado por el diluvio que azotaba la noche. Con la mano izquierda, crispada por la adrenalina, agarró con fuerza del lomo a un felino negro que se retorcía y maullaba con un lamento feroz, presintiendo la muerte. En la mano derecha, el metal frío de un cuchillo ceremonial reflejaba los destellos de la tormenta. El aire del jardín parecía haberse congelado de una manera drástica por debajo de lo normal, volviéndose espeso, casi irrespirable.

​Martín, con una voz trémula que oscilaba entre el espanto de lo sagrado y el ansia viva de poder, comenzó el ritual:

​—Señor de las tinieblas, te entrego este sacrificio a cambio de prosperidad, riquezas y el bienestar absoluto de mi empresa y mi hogar.

​Con un movimiento rápido y despiadado, Martín hundió la hoja de acero en el pecho del felino. El animal soltó un alarido agónico que desgarró el estruendo del trueno antes de quedar completamente inerte. Sin titubear, dejando que la sangre tiñera sus manos, Martín arrojó el cuerpo tibio al fondo del pozo negro, tapó la cavidad y arrastró una pesada losa de piedra para sellarla, sepultando el pacto en la oscuridad.

​A unos metros de allí, en el segundo piso de la mansión, la ventana de una de las habitaciones reflejaba la luz de las descargas eléctricas. Detrás del vidrio, estático y con los ojos desorbitados por un trauma que lo marcaría para siempre, el pequeño hijo de Martín observaba la escena en un silencio sepulcral. Vio a su padre cometer la atrocidad; vio el pozo tragarse la vida.

​Fue en ese instante cuando la mansión Newell pareció cobrar vida propia. Algo nuevo comenzó a despertarse en su interior. El rostro del niño reflejaba el horror de lo que estaba naciendo.

​Una fuerza invisible sacudió los cimientos de la estructura. Las ventanas de toda la propiedad vibraron con un crujido seco y, en el piso inferior, las luces de la araña parpadearon violentamente. Una vibración subterránea recorrió los cimientos. Martín sonrió por primera vez en meses. Desde la ventana, el niño corrió hacia su cama, se cubrió hasta la cabeza con las cobijas y tembló presintiendo la presencia de la entidad.

​Durante los primeros meses, el hombre confirmó la materialización de lo prometido: los negocios crecieron de forma inimaginable, las deudas paulatinamente desaparecieron y la fortuna llegó con una fluidez inexplicable. Pero desde aquella noche, algo cambió para siempre en la mansión.

​A medida que la economía crecía, en el interior del inmueble comenzaron a suceder fenómenos extraños: ecos de pasos continuos en habitaciones vacías, susurros amenazantes que recorrían los pasillos, cambios bruscos de temperatura y objetos que aparecían en lugares donde no se habían dejado. El hijo pequeño, que había presenciado el sacrificio, despertaba gritando todas las noches, soñando con lo que presenció esa medianoche y aterrorizado por sombras que decía ver en las esquinas. Su esposa y el resto de sus hijos también comenzaron a sentir una presencia asfixiante, como si alguien los vigilara en todo momento.

​Martín, cegado por el éxito, prefirió negar que algo sobrenatural los atormentara. Pero cuando las puertas empezaron a cerrarse solas con estruendo y las lámparas explotaban sin motivo, la situación se volvió insostenible. A mediados de 1979, meses después del sacrificio que selló el pacto, la familia tomó una decisión irrevocable: abandonarían la mansión para siempre.

​Empacaron lo indispensable, cerraron la propiedad y buscaron una nueva vida en otra ciudad, lejos del infierno que Martín había despertado, convencidos de que así dejarían atrás esa pesadilla. Pero el contrato firmado esa noche con las fuerzas oscuras no se rompía con solo abandonar la casa. Esa misma tarde, en el viaje para alejarse definitivamente de los fenómenos que los atormentaban, el avión privado que los trasladaba se estrelló en una zona despoblada. La conmoción del pueblo fue total; la familia más poderosa de Tortugas dejaba de existir. Las noticias informaron que no hubo sobrevivientes. Las autoridades lo catalogaron como un accidente sin explicación técnica, pero la verdadera causa viajaba con ellos: la maldición le cobraría con sangre a quienes le debían algo.

​Así, desde ese momento, la mansión quedó completamente vacía. Con el paso de los años, el barrio olvidó los detalles, pero el rumor se mantuvo: la casa estaba deshabitada y sellada desde hacía aproximadamente una década.

​A finales del año 1988, Raúl encontró en documentaciones antiguas y anotaciones familiares la historia completa de aquel desenlace: el pacto, la huida y el trágico destino de los Newell. Entendió que esa casa no era un simple inmueble, sino una trampa viva. Con el dolor por lo que le había pasado a su propia familia, que sufrió las consecuencias indirectas de aquella oscuridad, comenzó a planear cómo enfrentarse a lo que habitaba entre esas paredes.

Thoughts

  • me_regalas

    Ay, al niñito de la ventana nadie le subió a decir nada en todos esos meses, pobrecito. ¿Me permite una preguntica? Raúl viene de alguna familia que trabajaba para los Newell?

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  • Baltazar

    La familia más poderosa de Tortugas se cae del cielo y en diez años el barrio ya olvidó los detalles pero guardó el rumor. Así pasa en los pueblos chicos, vaya: nadie se acuerda de la fecha, pero todos saben qué casa no se mira de noche. A mí me dio más escalofrío eso que el avión. Apuesto a que Raúl va a descubrir que los vecinos sabían más de lo que dicen esos papeles viejos.

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  • melisaenlacola

    Pobre gato, neta.

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  • Amortes22

    Muy buen thriller, 👍 ... Yo diría: no hagas pacto con quién no conoces!!!!

    Siempre pagan los platos roto los inocentes ..

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​ FLASHBACK