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El infiltrado Sensible Spoiler

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Pensamiento

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Un barco pirata que no se trapea para que el enemigo lo vea como casita del horror es puro genio. El grumete que ganó la discusión para trapear él solito es el verdadero peligro de esa nave.

Un barco pirata que no se trapea para que el enemigo lo vea como casita del horror es puro genio. El grumete que ganó la discusión para trapear él solito es el verdadero peligro de esa nave.

Contenido de la publicación

Cualquier barco es una empresa que nunca duerme.

Funcionan veinticuatro horas, siete días a la semana.

Las guardias descansan la mitad mientras la otra mitad trabaja: cuatro horas de trabajo, cuatro horas de mareo bajo cubierta y otras cuatro horas vomitando hasta quedar deshidratado.

—¿Alimentando a las gaviotas? ¿De nuevo?

—Las malditas gaviotas. Son malas. Flotan como un punto fijo y me hacen dar mareo, porque me recuerdan el movimiento endemoniado de esta nave mal reparada.

—El truco es trabajar borracho, parsero. ¿No te gusta el licor de frutas? Si solo tomas vino fino o whisky, el capitán ya no te quiere porque eres un gorrero.

—Yo nací pa' capitán, no pa' esto. Las gaviotas pelean por trozos de su comida expulsada a medio masticar. Y... y odio a las gaviotas. Son oportunistas y malévolas.

—Cuidado con quién maldices. Yo he llegado a la conclusión de que las hermosas gaviotas entienden perfectamente el inglés.

—Pues que me escuchen.

Agarró el trapero y lo agitó contra ellas.

—I eat seagulls!

Las aves levantaron vuelo.

—Y para ser capitán no basta con saber nadar, haber memorizado un par de libros, saber leer mapas, saber usar el astrolabio, la brújula y el telescopio... Hay que ser malo como una gaviota. ¡Ja, ja, ja! No puedes trapear sin pelear hasta con las gaviotas. Para mí tú solo sirves de loro.

El hombre lo miró de arriba abajo.

—Pero pesas mucho.

—Gordo Jaime.

En aquel barco robado había vigías en los mástiles con menos vista y menos conocimiento de cómo identificar el peso de la carga de un barco utilizando la física del flotamiento.

Había marineros ajustando las velas que no conocían, ni practicaban siquiera, el complejo nudo Bowline, el rey de los nudos.

¡Y lo dejaban apretado!

Otros tardaban más de un minuto haciendo un Clove Hitch, utilizado en emergencias para sujetar una cuerda con otra.

En su conclusión de simple grumete, aquel barco era una bomba de tiempo lista para explotar.

—Grumete, deje de alimentar a esas gaviotas y amarre esto. Necesitamos un Monkey's Fist, y solo a usted le quedan bonitos.

Nuestro protagonista soltó a las gaviotas, que por poco le roban el trapero, y se puso diligente a anudar.

Pronto otros marineros comenzaron a pedirle ayuda con sus nudos.

El amanecer de ese día era particularmente rojo.

Y niebloso.

Curiosamente, no era tan bueno para atar como para desatar.

Le habían mostrado un amarre que, si lograba desatar en menos de dos minutos, le ganaría dos raciones extra de licor de frutas.

Era como un Sheet Bend dentro de un Turk's Head al que alguien le había aplicado, con fuerza y pánico, un Rolling Hitch.

Medio minuto.

Usando como lubricante un escupitajo amargo.

Ganó.

El licor lo bebió por presión del grupo, pero lo puso peor.

Y siempre había una gaviota.

Un punto fijo.

Recordándole el movimiento de las enormes olas.

Aquel barco pirata, en particular, no tenía capitán.

Era una sociedad al estilo de la antigua Grecia.

Solo el más alto o el más agresivo tomaba el control en los momentos difíciles.

Pero no comandaba el barco.

Comandaba el ataque.

La toma.

La retoma.

En cambio, el anciano del gancho amarrado al codo, al que todos llamaban contramaestre, ese sí gozaba de poder pleno.

Y, para colmo, odiaba a los sabelotodos.

Especialmente a los que nunca te dejan el placer de decir la última palabra.

Aquel anciano representaba de forma asombrosa a la tripulación.

Era mañoso.

Debajo del gancho tenía una mano funcional, aunque arrugada y tramposa.

No tenía una pata de madera.

Caminaba sobre aquel palo porque, según él, el palo le serviría como flotador.

A su edad, seguramente ya había olvidado cómo se nadaba.

Nunca enloqueció.

Nunca se acobardó.

—¿Por qué este grumete está haciendo nudos?

Los hombres recogieron las apuestas del tablado y retomaron sus actividades.

—Mi señor, no estoy haciendo ningún nudo. Como usted ordenó, estoy deshaciendo una broma que mis compañeros me dejaron.

—Déjate de presunciones. Los únicos compañeros tuyos aquí son las gaviotas. Un día de estos te voy a mandar a dormir en el aire con ellas. Las atraes con tu vómito.

Nuestro protagonista retomó el trapero mientras intentaba explicar al carpintero de la nave cómo detener el goteo que tanto preocupaba a todos los que lo habían visto.

Sin dejar de trapear.

Desde que discutió y ganó la discusión con el consejo de marineros, era el único que trapeaba.

De hecho, un barco pirata no se trapea.

La idea es que, para el enemigo, se vea como una especie de casita del horror.

Lo menos preocupante para él era el agua a presión entrando por debajo de la línea de flotación.

Su verdadero temor, el que jamás confesaría, era aquella grieta macabra y casi invisible en el mástil principal.

Tres toneladas de madera listas para crujir, caer y aplastarlos, arrasando aparejos y hombres y dejando al garete a los sobrevivientes.

—Hay una cuaderna crujiendo —dijo al carpintero.

—Yo escucho música. Esa es la mejor madera de su época. Y el barco que no suena, no es barco.

El carpintero respondió con una sonrisa.

Pero él también llevaba tiempo preocupado por aquel sonido.

Solo pensaba que nadie más lo escuchaba.

Las cuadernas son las costillas de un barco de madera.

Romperse una podía deformar la nave y alterar para siempre su navegación.

—Dios alimenta sus peces. Noé nunca tuvo pescera en el arca —cantaban los hombres.

Lo único que nuestro protagonista no sabía era música.

La canción continuaba de fondo, cada vez más ilegible.

—El océano es una fábrica de muertos, donde eres el producto y el empleado el mismo día. Cuida tu gorra, marinero. Las mujeres duran tres días y un hombre como tú duraría dos. Y zas... alimento de pescados. Porque de los monstruos ni hablemos. De las carabelas españolas ni hablemos. Ni menciones sus cañones. Bala con bala choca. Así se defienden de ti...

Los curiosos comenzaban a amontonarse alrededor del reo.

La disciplina era cuestión de supervivencia.

Incluso siendo pirata.

Dormir durante la guardia podía matar a todos.

No había espacio para idiotas.

Doce latigazos a los dos que habían sido encontrados dormidos eran suficientes para dejarles la espalda abierta como un picnic.

Pero aquel barco era todavía más peligroso.

Producía tanto desperdicio y tanta sangre que tenía sus propios tiburones.

Los comandaba el Gran Tuerto.

Un tiburón que había sobrevivido a dos puñaladas propinadas por un marinero arrojado por la borda.

Ahora también contaba con su propio escuadrón de gaviotas.

Dormían mientras volaban de noche, empujadas por el mismo viento que empujaba la nave.

Solo las enfermas aterrizaban.

Entonces eran capturadas por el paje de cocina.

No tenían mucha carne.

Pero daban ese sabor a la sopa que tanto gustaba al contramaestre.

El sabor de la proteína.

Nuestro protagonista no necesitaba un castigo.

Ya estaba condenado.

Tan pronto encontraran una isla desierta, lo bajarían para comprobar si podía sobrevivir.

Le dejarían un arma.

Pólvora.

Una cantimplora con agua.

Y una bala.

No se mata a un hombre cobarde si sabe cosas importantes.

Simplemente se lo abandona.

Tal vez, cuando regreses, te sorprenda con su magia.

O tal vez te decepcione y puedas recuperar la pistola y la cantimplora vacía.

Lo que el contramaestre no sabía era que el consejo de marineros ya había decidido que él también sería abandonado.

Y solo dejarían una bala para los dos hombres.

Y una sola cantimplora de agua.

Para nuestro protagonista, bajar por fin de aquel barco que lo deshidrataba y lo infectaba sería el paraíso.

Contaba los segundos para abandonarlo.

No le temía a la muerte.

Era un infiltrado.

Trabajaba en secreto para la católica y loca reina.

No le temía a los hombres.

No le temía a Dios.

No le temía al Diablo.

Pero sí le temía al mar.

Y no porque no supiera nadar.

Al contrario.

Porque sabía nadar demasiado bien.

Había estado debajo.

Había sentido la oscuridad cuando desaparece el fondo.

Había escuchado el casco crujir sobre su cabeza mientras nadaba a veinte metros de profundidad y los percebes le arrancaban trozos de piel y sangre.

Había visto algo moverse donde no debería haber nada.

Un novato teme ahogarse.

Un experto teme lo que existe antes de ahogarse.

O lo que existe mientras te sumerges.

Ese tipo de miedo resulta mucho más inquietante.

Un viejo pirata podría decir:

—A los hombres los entiendes. A las balas las ves venir. Al mar no. El mar nunca te dice qué quiere. Y cuando por fin lo entiendes... ya estás debajo.

...continuará...

Thoughts

  • opinionesgratis

    Un barco pirata que no se trapea para que el enemigo lo vea como casita del horror es puro genio. El grumete que ganó la discusión para trapear él solito es el verdadero peligro de esa nave.

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  • poetadelmetro

    Durante medio relato el grumete vomita, trapea y desata nudos como el torpe del barco, y al final resulta que el único que ha estado debajo del casco es él. Por eso oye la cuaderna y ve la grieta del mástil antes que nadie. Apuesto a que la gaviota quieta en el aire, eso que lo marea, es lo único que le recuerda que hay superficie. Y el contramaestre con su palo de flotador va a acabar en la misma isla que él, con una sola bala para los dos.

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  • capturadepantalla

    Gritarle en inglés a las gaviotas porque según el otro lo entienden, y que se vayan volando. O sea que el del licor de frutas tenía razón.

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  • pagina_rota

    Lo que vio moverse en lo oscuro, nadando bajo el casco, me puso la piel de gallina. Apuesto a que vuelve a aparecer cuando lo bajen en la isla.

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  • pelusa

    El Gran Tuerto 🦈

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Funcionan veinticuatro horas, siete días a la semana.