Dos brújulas, qué peligro
El infiltrado (8) Sensible Spoiler
Pensamiento
Dos brújulas, qué peligro
Contenido de la publicación
EL MAJDALENA
Crónica de un barco que no fue de nadie
¡Arrr, bendito barco, que nunca fue de nadie!
Ni al puerto obedecía, ni al viento, ni al alcalde;
si el mar le daba órdenes, las mandaba al carajo,
y si olía a tormenta, ponía proa hacia abajo.
Solo las mujeres le gustaban, eso cuentan;
solo ellas se salvaban cuando las tablas crujían.
Por las noches, como un roble viejo, se quejaba,
y al marinero dormido con tragárselo amenazaba.
Gruñía siempre hacia donde rugía la galerna,
como perro malcriado que le ladra a la tormenta.
Majdalena no le peleaba, ni le alzaba la voz;
sabía que aquel maldito tenía más mala leche que el diablo.
Cuando la tripulación se amotinaba en cubierta,
el barco ajustaba cuentas sin que nadie diera alerta:
una escota por el cuello, un cabo por el tobillo,
¡y al fondo iba el más bravo, sin despedida ni estribillo!
Cuentan que un día, sin permiso ni patrón,
soltó amarras del muelle y se largó del malecón.
Un mes estuvo perdido, sin carta ni derrotero;
volvió cargado de oro... y con un loro pendenciero.
¡Y que me cuelguen del palo si esta historia es mentira!
Que yo he visto cosas peores después de la quinta pipa.
Como todo barco viejo de los que surcan la mar,
tenía tres palos mayores y tres maneras de pensar.
El trinquete, por delante, era un señor de mal genio;
el mayor, un tragavientos; la mesana, un esperpento.
Las velas del trinquete eran damas de respeto,
las que más le gustaban, las de mejor palmito.
Si las veía desplegarse, sonreía la capitana;
si flameaban al relente, se reía hasta la mañana.
El palo mayor, en cambio, era el único sensato:
solo escuchaba al viento, no al cura ni al mandato.
Cuando Majdalena gritaba: «¡Largad paño, malandrines!»,
los gavieros soltaban cabos, juramentos y cojines.
Caía la lona de golpe, se hinchaba como un pulmón,
y el barco pegaba un brinco que te aflojaba el cinturón.
Las vergas crujían arriba, las brazas daban tirones,
y las escotas repartían coscorrones y lecciones.
Siempre había algún borracho colgando de una driza,
otro enredado en las jarcias, otro perdiendo la camisa.
Y aquel aparejo endiablado, despierto de mala gana,
parecía escoger al más torpe para ahorcarlo en la mañana.
¡Ay, las drizas, las escotas, los cabos de labor!
¡Cuánta soga para un barco y qué poca para el amor!
Si te dormías en cubierta, te despertaba un chicotazo;
si te hacías el marinero, te ponía en tu lugar de un vergazo.
Y por último, la mesana, el contrapeso del demonio,
la cola de un pavo real con vocación de matrimonio.
Decían que ayudaba al gobierno, que equilibraba el velamen;
pero aquel palo empujaba hacia atrás, ¡por darle gusto al desmadre!
Con sus vergas y sus lonas, con su particular manera,
parecía remar de espaldas, como cangrejo en borrachera.
Era un barco de tres almas, tripolar hasta en la quilla:
una tiraba hacia delante, otra al viento y otra a la orilla.
Pero ella lo amaba. ¡Qué sabrá de eso un escribano!
El primer barco nunca se olvida, aunque te arranque media mano.
Siempre quiso ir contra el viento, por orgullo o por manía;
navegaba en mil bordadas, haciendo eses todo el día.
¿Era una eme mayúscula? ¿Una firma en el océano?
¡Ni el piloto más borracho lo habría dibujado a mano!
Si le preguntabas al timonel por qué viraba de aquel modo,
te escupía por la borda y te mandaba al fondo del todo.
De niña le gustaban sus velas negras como el duelo.
«El CaMa-Ron», le decían, cuando aún no tocaba el cielo.
Cama y ron: eso ofrecía aquel burdel de altamar,
solo para piratas que no tuvieran dónde pecar.
Allí se dormía con una espada debajo del colchón,
se despertaba con un loro robándole el pantalón.
Había ron para los vivos, ron para olvidar la muerte,
y una cama para el diablo si pagaba lo que debe.
Después ella lo bautizó con su nombre atravesado:
Majdalena, con jota, como un clavo mal clavado.
Hasta el río llevó ese nombre, según cuenta la cantina;
por miedo a la capitana, le quitaron la jota de encima.
Pero las malas lenguas, que no descansan ni en misa,
dicen que la jota se quedó escondida entre las jarcias.
Y que si escuchas de noche un crujido en la bodega,
es Majdalena deletreando su nombre a quien se acerca.
Sus cabos eran telarañas, sus jarcias, una prisión;
pero nunca la dejaron caer, ni en la peor escora del timón.
Porque no todas las cuerdas sirven para lo mismo:
unas aguantan los palos, otras te arrastran al abismo.
Hay cabos firmes y tiesos, hay cabos que corren ligeros;
hay nudos para los santos y nudos para los fulleros.
Ella conocía el as de guía, la vuelta y el ballestrinque;
y al que presumía de experto lo dejaba hecho un trinquete.
Con la muñeca en la gaza del as de guía, domaba
la maraña de aquel barco que a los hombres devoraba.
Y aunque el nudo llano no sirve para cualquier tirón,
ella sabía cuándo usarlo y cuándo mandar al patrón.
Era barco, era marinero, era bestia y era cosa;
aplastaba las olas con su quilla orgullosa.
Y entre golpes de mar, juramentos y ron,
siempre sobraba una llave guardada junto a su corazón.
La llevaba como joya, colgada de una cadena,
hasta que un tal Gonzáles le calentó la sangre y las venas.
Una noche de humedad, de ron y de amor salobre,
se la puso entre las manos al muy bribón de aquel hombre.
—Si adivinas cuál es la verdadera y cuál es la copia,
te regalo las dos, por tu cara de mala historia.
Pero escucha, Gonzáles, y no te me hagas el listo:
si te equivocas, te arrojo a los tiburones con lo puesto.
Gonzáles las sopesó, las tanteó con cuidado;
una brillaba como reina, la otra olía a pecado.
Las volvió entre los dedos, las pesó contra la palma,
y dijo, sin pestañear, como quien vende su alma:
—La réplica pesa más. La verdadera pesa menos.
La copia carga el orgullo de los metales ajenos.
Majdalena soltó una carcajada que espantó hasta al loro.
Gonzáles se quedó las dos, las llaves y el oro.
Una guardó en su casa, en la isla fantasma,
donde la niebla se arrodilla y ni el demonio se asoma.
La otra siguió con ella, pegada al pecho caliente;
porque hasta una pirata necesita guardar algo entre los dientes.
Y su catalejo, ¡válgame Dios!, era otra mala pasada:
encadenado a la casaca, con la lente manchada,
te acercaba una goleta y te alejaba la costa,
te mostraba un almirante donde solo había una langosta.
Con aquel tubo maldito, de latón y de mugre,
veía fantasmas en la niebla y demonios en las nubes.
Más de un vigía juraba, con la cara descompuesta,
haber visto al mismísimo diablo fumándose una puesta.
Tenía dos brújulas, ¡dos!, para mayor desatino:
una apuntaba hacia el norte, la otra hacia el mal camino.
La primera daba el rumbo; la segunda, la tormenta,
y ambas volvían tarumba al almirante más prudente.
Una giraba con el barco, la otra con la marea;
una decía «¡a la costa!», la otra «¡que el diablo te vea!».
Nadie sabía cuál mentía, ni cuál decía verdad;
solo Majdalena se reía de tanta formalidad.
Pero otros cuentan —y estos juran haberlo visto—
que la brújula de gobierno no apuntaba al norte ni a Cristo.
Que podías virar al este, al oeste o a sotavento:
la aguja siempre señalaba donde estuviera Majdalena.
Y si la capitana bajaba a la bodega,
la aguja se volvía loca, temblorosa y ciega.
Si se marchaba a tierra, la brújula daba vueltas;
si volvía a subir a bordo, las dos quedaban quietas.
Así que, grumetes, no os fiéis del mapa ni del cielo,
ni del piloto que presume de conocer todos los puertos.
Hay barcos que siguen estrellas, hay barcos que siguen fortuna,
y hay barcos que siguen a una mujer aunque no haya viento ni luna.
Por eso, cuando en la noche oigáis crujir una quilla,
y veáis velas negras recortadas contra la orilla,
no preguntéis quién gobierna, ni qué bandera sostiene:
¡Es el Majdalena, carajo!
Y navega hacia donde quiere.
Thoughts
-
PermalinkLa brújula que apunta a Majdalena en lugar del norte es para mí el centro del canto, más que el barco. Fijate el recorrido: arranca con un barco que supuestamente no era de nadie y termina con un barco que sigue a una mujer aunque no haya viento ni luna. Esa contradicción es el chiste, y está buenísima. Yo diría que el dueño estaba claro desde la primera estrofa, y que el único que todavía no se enteró es el narrador de la quinta pipa.
-
PermalinkLas dos llaves me quedaron dando vueltas toda la tarde. Gonzáles dice que la copia pesa más por cargar metal ajeno, ella se ríe y le da las dos, y nunca sabemos si acertó. Yo apuesto a que no acertó y que ella le regaló la verdadera igual, porque la que importa es la que se queda pegada a su pecho. En mi casa había una llave así, de una puerta que ya no existía, y nadie se animaba a tirarla. ¿La llave de la isla fantasma vuelve a aparecer más adelante?
-
PermalinkDos brújulas, qué peligro
Publicaciones relacionadas
-
Capítulo 11: Pequeños Gestos, Lentas Redenciones
– cocina por la tarde –
-
Los relojes que giran en la oscuridad
Los pulsares
-
DimenSions Capitulo 14 : La Trampa
[ LA TRAMPA ]
-
LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL SEGUN ALGUIEN MODERNO
Capitulo 2 : Tu padre estará orgulloso
-
Los que pudieron flotar
Capítulo 3 — Vigilancia
-
Mi capítulo 2 no llega. ¿Qué haces cuando se te apaga la historia?
El primer capítulo salió en dos tardes. El segundo lleva tres semanas parado y ya no sé si es bloqueo o es el plan.
-
Capítulo 1: El matiz del cielo
El sol comenzaba a bajar y la brisa de la tarde traía esa tranquilidad que tanto buscaba. Iba caminando despacio, disfrutando del paisaje, cuando noté que a unos pasos detrás de mí venía una chica.…
-
Capítulo 17: Un nuevo incidente
El timbre resonó por todo el edificio con su tono claro y agudo, anunciando el inicio del descanso. En cuestión de segundos, el silencio tranquilo de las aulas se transformó en un murmullo…
EL MAJDALENA