A ti, de quien hoy solo quedan los recuerdos,
tu voz resonando suave en mi mente,
tus secretos guardados y tus ojos...
con ese brillo único que siempre te caracterizó.
¿Sabes? Te extraño.
Te extraño cuando siento que el silencio me ahoga y me quedo sola,
cuando el vacío pesa y me parece que no queda nadie.
Tú eras mi todo, mi refugio, mi centro...
Dime, ¿por qué te has ido?
A veces siento que el aire no me alcanza,
que la respiración se vuelve un peso y el mundo empieza a dar vueltas.
La ansiedad, esa vieja conocida, amaga con volver.
Siento cómo tu presencia se va esfumando poco a poco,
como si el tiempo te borrara lentamente,
y me aterra pensar en la noche.
El insomnio aún no llega, pero sé que no ha de tardar.
Las madrugadas volverán a ser oscuras y largas,
como aquellas épocas en las que aún no estabas en mi vida.
Sin embargo, entre tanta penumbra, me queda el papel:
te he escrito tantos poemas que ya perdí la cuenta.
No sé si algún día llegarás a leerlos,
pero si lo hicieras, sabrías cuánto me haces falta...
porque no hay una sola letra que trace en la que no estés tú.
Y mientras la noche cae lentamente,
me pregunto en qué rincón del viento se quedaron las palabras que no te dije,
si el frío de la madrugada también te habla de mí,
o si soy solo yo, aferrada a la sombra de lo que fuimos,
escribiéndole al fantasma de un amor que aún me respira en el pecho.