Las libélulas sabían que tenía trabajo, pero lo tentaron de todas formas. ¿Eso está mal en ellas, o es que Travieso tendría que haber dicho que no?
El día que la colmena se detuvo
Capítulo 1: El despertador que no sonó
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Las libélulas sabían que tenía trabajo, pero lo tentaron de todas formas. ¿Eso está mal en ellas, o es que Travieso tendría que haber dicho que no?
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Capítulo 1: El despertador que no sonó
Trocitos de sol entraban por las rendijas del panal cuando Travieso abrió un ojo. Era una abeja joven, de alas brillantes y corazón inquieto. Pero esa mañana, algo no estaba bien.
—¡Zzzzz! —roncaba aún, envuelto en su manta de pétalos.
Afuera, el zumbido habitual de la colmena ya había comenzado. Las obreras iban y venían, las nodrizas alimentaban a las larvas, y las guardianas revisaban la entrada.
Travieso debía estar en el Campo de los Girasoles a las 7:00 en punto. Su turno era recolectar néctar para las reservas de invierno.
Pero cuando miró el reloj de polen que colgaba en su celda...
—¡Las 8:30! —gritó saltando de la cama—. ¡Llegué tarde!
Capítulo 2: La tentación del camino
Travieso salió volando tan rápido como pudo. Pero en el camino hacia los girasoles, pasó por el Arroyo Cantarín, donde un grupo de libélulas jugaban a las escondidas entre los juncos.
—¡Travieso, ven a jugar! —gritó una libélula azul—. ¡El agua está tibia y las flores flotan!
Travieso se detuvo. Sus alas vibraban indecisas.
—Pero... tengo que trabajar —dijo, mirando hacia el campo.
—¡Solo cinco minutos! —insistió otra libélula—. Total, las abejas son muchas. ¿Qué importa una?
Travieso miró el reloj. Aún podía llegar si se apuraba. Pero las libélulas comenzaron a hacer piruetas en el aire, y una de ellas le ofreció una flor de loto llena de rocío.
—Bueno... solo un ratito —cedió Travieso.
Y se lanzó a jugar.
Capítulo 3: El tiempo que se escurre como miel
Una hora después, Travieso estaba riendo a carcajadas. Había hecho carreras con las libélulas, saltado de nenúfar en nenúfar, y hasta aprendido un juego nuevo: "el que se moja las alas, pierde".
—¡Otra ronda! —pidió Travieso, emocionado.
—¡Pero si ya pasaron dos horas! —dijo la libélula más vieja—. ¿No tenías trabajo?
Travieso sintió un golpe en el estómago. Dos horas. Miró al sol. Estaba alto. Ya era casi mediodía.
—¡Ay, no! —exclamó, y salió disparado.
Cuando llegó al Campo de los Girasoles, ya no había flores abiertas. Los girasoles habían cerrado sus pétalos por el calor del mediodía. No había néctar que recolectar.
Travieso regresó a la colmena con las almas caídas y las patas vacías.
Capítulo 4: El silencio que duele
Al entrar al panal, Travieso notó algo extraño.
Silencio.
No había zumbido de trabajo. No había abejas entrando con néctar. No había risas ni conversaciones. Solo un silencio pesado, como una nube de tormenta.
Caminó por los pasillos hasta llegar al depósito de provisiones. Allí estaban todas sus compañeras, sentadas en círculo, con caras tristes.
—¿Qué pasó? —preguntó Travieso, con la voz temblorosa.
La abeja Doña Severa, la más vieja del panal, se levantó lentamente.
—Travieso, hoy tenías turno en el Campo de los Girasoles. Pero no llegaste. Otras abejas tuvieron que cubrir tu puesto... y eso hizo que faltaran recolectoras en el Campo de los Tréboles, que es donde se guarda el néctar para las larvas.
—¿Y... y las larvas? —preguntó Travieso, sintiendo un nudo en la garganta.
Doña Severa bajó la cabeza:
—Las larvas no comieron hoy. No hubo suficiente néctar. La colmena se detuvo porque una abeja faltó a su responsabilidad.
Capítulo 5: El peso de la culpa
Travieso sintió que el mundo se le venía encima. Sus patas temblaban. Sus alas se pegaron a su cuerpo.
—No... yo no quería... —balbuceó.
—Lo sé, Travieso —dijo Doña Severa con dulzura—. Pero querer o no querer no cambia los hechos. Tus compañeras tuvieron que trabajar el doble. Las larvas pasaron hambre. Y la colmena perdió un día entero de producción.
Travieso miró a sus amigas. Algunas estaban agotadas, con las alas caídas. Otras tenían los ojos brillantes de cansancio. Una de ellas, Pomponia, su mejor amiga, estaba frotándose las patas doloridas.
—Lo siento —susurró Travieso, con lágrimas de miel cayendo por sus mejillas—. Lo siento mucho.
Capítulo 6: La oportunidad de reparar
Esa noche, Travieso no durmió. Dio vueltas en su cama de pétalos, pensando en las larvas hambrientas y en sus compañeras exhaustas.
Al amanecer, tomó una decisión.
Se levantó antes que todos. Vistió su chaleco de trabajo con orgullo. Tomó su cesto de recolector y su mapa de campos florales.
Cuando el sol apenas asomaba, Travieso ya estaba en el Campo de los Girasoles. Recolectó néctar como nunca antes. No se detuvo ni un segundo. No miró a las libélulas. No siguió mariposas. No probó flores nuevas.
Trabajó y trabajó.
A mediodía, cuando los girasoles cerraron, voló al Campo de los Tréboles. Recolectó allí hasta que el sol se puso.
Cuando regresó a la colmena, llevaba el doble de néctar que cualquier otro día.
Capítulo 7: El abrazo de la colmena
Todas las abejas se reunieron alrededor de Travieso. Él dejó su cesto en el centro y dijo:
—Hoy trabajé por ayer. Y por mañana también. Sé que no puedo devolver el tiempo perdido, pero quiero que sepan que aprendí la lección.
Doña Severa se acercó y le dio un abrazo con sus patas delanteras:
—Travieso, el error no te define. Lo que te define es lo que haces después del error. Hoy has demostrado que eres una abeja responsable y valiente.
Pomponia se acercó y le dio un golpecito en el ala:
—Te perdonamos, Travieso. Todos cometemos errores. Lo importante es aprender.
Las larvas, ya alimentadas con el néctar que él trajo, asomaron sus cabecitas y le sonrieron.
Capítulo 8: La abeja nueva
Desde ese día, Travieso se convirtió en la abeja más puntual y confiable de toda la colmena.
Siempre llegaba primero a su turno. Siempre ayudaba a los demás. Y cuando veía a alguna abeja joven distraída, se acercaba y le decía:
—Oye, amiga. Jugar está bien, pero primero el deber, después el placer. Porque cuando cumples con tu responsabilidad, el juego sabe más dulce.
Y si alguien preguntaba por qué era tan responsable, él sonreía y respondía:
—Porque un día dejé que mi colmena se detuviera. Y nunca quiero volver a sentir ese silencio.
Moraleja
La responsabilidad no es una cadena que ata, sino un lazo que une. Cuando cada uno cumple su parte, la colmena entera zumba en armonía. Y el descanso, después del deber cumplido, es la miel más dulce de todas.
AlondraG
Thoughts
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Permalink¿Pero qué pasa si después de esto un día vuelve a faltar? ¿La colmena le da otra oportunidad o es una sola?
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PermalinkLa última línea me quedó. Creo que esa va a vivir conmigo un rato.
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Permalink¿Es tramposo que el cuento me hable exactamente en estos exámenes? Porque me siento Travieso.
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PermalinkMe entró una llamada exactamente en el capítulo de la culpa. Me quedé en la peor parte.
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PermalinkMi papá me decía lo mismo que Doña Severa. Que el deber es lo primero. Y me tomó años entenderlo.
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PermalinkLas libélulas sabían que tenía trabajo, pero lo tentaron de todas formas. ¿Eso está mal en ellas, o es que Travieso tendría que haber dicho que no?
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PermalinkEste es de esos que no voy a poder dejar sin terminar. Aunque entre un gato urgido.
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Permalink¿Es el primer capítulo o estoy llegando tarde como siempre? Porque Travieso me encanta.