Sentada bajo la sombra de un árbol, sentía cómo el cansancio me pesaba. Empecé a mirar a mi alrededor para distraer la mente: vi a dos amigas platicando entre risas, a los niños corriendo e inventando juegos, y a varias parejas compartiendo la comida mientras se sonreían con ternura. En medio de toda esa vida en movimiento, todo parecía tan cálido y bonito.
Pero a pocos metros de mí, había algo diferente. Una señora permanecía en silencio, sumida en una soledad serena. Entre sus manos sostenía un cuaderno bastante desgastado. Tenía ese aspecto gastado que resalta en cualquier parte, como si llevara encima el peso de muchos años. Llevada por la curiosidad, me levanté y me acerqué despacio.
—Hola, buenas tardes. Espero no interrumpirla... pero ¿puedo hacerle una pregunta? —le dije al sentarme a su lado.
—Claro, dime —respondió con una sonrisa amable.
—¿Por qué conserva ese cuaderno tan desgastado?
—Oh, veo que te fijaste en esta hermosa libreta —dijo, acariciando las tapas raídas con suavidad—. Me la encontré en este mismo parque cuando tenía solo diecinueve años. Venía caminando, llena de dudas y preguntas sin respuesta, cuando tropecé con ella. Al abrirla, encontré una nota arrugada en la primera página.
»La nota decía: “Si encuentras este cuaderno, escribe en él tu vida, tus secretos más profundos y lo que se te ocurra en esas noches en las que no tengas con quién debatir. Guarda aquí tu mayor tesoro: lo que llevas en la mente y en los pensamientos”.
»Me sorprendió muchísimo —continuó la señora, con la mirada perdida en el recuerdo—. Pero eso no era todo. En las páginas siguientes había una confesión de amor hermosa. La persona que lo dejó pensaba claramente en alguien especial. Nunca terminé de leer esa carta porque sentí que era un territorio sagrado que no me pertenecía. Esperé todo ese día a que alguien regresara por él, pero nadie volvió. Desde entonces, he guardado esa nota intacta. Vengo al parque muy seguido con la pequeña esperanza de que algún día alguien la reclame, aunque sospecho que la persona a quien iba dirigida nunca llegó a encontrarla.
Hizo una pausa y observó a los enamorados que caminaban a lo lejos.
—La escritura era tan impecable, tan llena de dedicación, que dolía verla abandonada. A veces veo a las parejas pasar y me pregunto si ellos dos habrían terminado juntos si ese cuaderno hubiera llegado a las manos correctas.
Se quedó en silencio un momento, me miró a los ojos y añadió con una voz llena de calidez:
—¿Sabes algo? Con los años, yo también empecé a escribir aquí. Guardé mis propios poemas, mis nostalgias y los secretos más bonitos de mi vida. Este cuaderno no encontró a su dueño original, pero terminó convirtiéndose en el refugio de los míos.