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El camino que elegí recorrer con vos

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Pensamiento

Pensamiento

TeoSanabria

No tener a quién avisar que llegaste es lo que más cambia, y vos lo decís casi al pasar. Un tío mío vivió solo veinte años y cuando se juntó con doña Rosa lo primero que aprendió fue a mandar el ya llegué.

No tener a quién avisar que llegaste es lo que más cambia, y vos lo decís casi al pasar. Un tío mío vivió solo veinte años y cuando se juntó con doña Rosa lo primero que aprendió fue a mandar el ya llegué.

Contenido de la publicación

Hay personas que pasan años buscando a alguien con quien compartir la vida. Otras, en cambio, terminan acostumbrándose a caminar solas.

Aprenden a volver a casa sin tener a quién contarle cómo estuvo su día. A resolver sus problemas sin pedir ayuda. A guardar las alegrías para uno mismo y a esconder las tristezas detrás de una sonrisa. Aprenden a no esperar mensajes, a no mirar el teléfono con la ilusión de encontrar un nombre y a no necesitar demasiado de nadie.

Y, con el tiempo, dejan de preguntarse cómo sería compartir el camino con otra persona.

No porque hayan dejado de creer en el amor, sino porque la vida les enseñó a arreglárselas solos.

Hasta que un día aparece alguien.

Y sin pedir permiso, sin hacer demasiado ruido, empieza a cambiarlo todo.

Eso me pasó con vos amor.

El 10 de octubre empezó nuestra historia. Hace poquito, si lo medimos en días, pero hay cosas que no se pueden medir con un calendario. Porque nunca imaginé que, en tan poco tiempo, alguien pudiera despertar tantas ganas de compartir, de cuidar, de abrazar y de volver a sentir.

Yo ya tenía mi vida organizada a mi manera. Me había acostumbrado a mis tiempos, a mis silencios, a no tener que explicarle a nadie por qué estaba triste ni a tener que avisar que había llegado bien. Creía que estaba bien así. Y probablemente había aprendido a estarlo.

Pero apareciste vos.

Y de repente empecé a descubrir que había una diferencia enorme entre estar acostumbrado a la soledad y ser verdaderamente feliz compartiendo la vida con alguien.

Porque ahora me gusta saber que hay una persona pensando en mí. Que alguien se preocupa por cómo estoy, que quiere verme, que espera un abrazo mío tanto como yo necesito los suyos. Me gusta saber que tengo a alguien a quien cuidar y que, al mismo tiempo, puedo bajar la guardia y dejar que me cuide.

Me gusta volver a tener esas pequeñas preocupaciones que nacen cuando alguien te importa de verdad. Mirar el teléfono esperando un mensaje. Extrañar un beso apenas nos despedimos. Querer que el día termine para volver a encontrarnos.

Y, sobre todo, me gusta descubrir que todavía podía sentir todo esto.

Porque yo no sabía que te estaba esperando. Ni siquiera sabía si quería volver a compartir mi mundo con alguien. Pero llegaste vos y, sin darte cuenta, empezaste a hacerle lugar a una persona en una vida que yo ya había aprendido a imaginar de otra manera.

Y ahora, cuando pienso en lo que viene, me cuesta imaginarlo sin vos.

No sé qué nos tiene preparado la vida. No tengo una bola de cristal que me permita prometerte que todo va a salir bien, que nunca vamos a discutir o que no habrá días en los que el cansancio, los problemas o las preocupaciones nos hagan sentir que el camino se vuelve demasiado empinado.

Sería mentirte decirte que siempre vamos a estar felices, que nunca nos van a faltar motivos para llorar o que todos nuestros sueños se van a cumplir de un día para el otro.

Pero sí hay algo que quiero que sepas.

No quiero ser solamente el hombre que te abrace cuando todo esté bien. Quiero ser también ese lugar al que puedas volver cuando el mundo te pese demasiado.

Quiero estar cuando tengas motivos para sonreír y cuando no encuentres ninguno. Quiero escucharte cuando necesites hablar y aprender a acompañarte cuando ni siquiera tengas ganas de poner en palabras lo que te pasa.

Quiero ser ese abrazo que no te pida explicaciones, ese hombro donde puedas descansar y ese pañuelo que te ayude a secar las lágrimas cuando ya no puedas contenerlas.

No porque crea que tengo todas las respuestas, sino porque quiero que sepas que no tenés que encontrar todas las soluciones sola.

Y ojalá vos también encuentres en mí ese lugar.

Porque amar no es solamente decir cosas lindas, regalar flores o besarse mientras el mundo parece perfecto. Amar también es aprender a conversar cuando algo duele, reconocer cuando uno se equivoca, respetar las diferencias y elegir las palabras con cuidado, incluso cuando estamos enojados.

Es entender que no siempre vamos a pensar igual, que habrá cosas que tendremos que aprender del otro y que habrá días en los que el amor no se sienta como una película romántica, sino como dos personas sentadas frente a frente, intentando encontrar juntas la manera de estar mejor.

Yo quiero eso con vos.

Quiero que podamos hablarnos con sinceridad, cuidarnos incluso en los desacuerdos y recordar que nunca deberíamos convertirnos en enemigos por estar atravesando un problema.

Quiero que, cuando aparezca un obstáculo, no nos preguntemos quién tiene que cargar con él, sino cómo podemos hacer para atravesarlo juntos.

Porque si algo tengo claro, es que no necesito que nuestra historia sea perfecta. Necesito que sea nuestra. Que tenga nuestras risas, nuestras pequeñas locuras, nuestras conversaciones interminables, nuestros proyectos y también esas dificultades que algún día vamos a mirar hacia atrás y decir: «¿Te acordás de todo lo que tuvimos que pasar? Mirá hasta dónde llegamos».

Quizás hoy no tengamos grandes riquezas. Tal vez todavía nos falten muchas cosas materiales, muchos sueños por cumplir y un montón de proyectos que parecen lejanos.

Pero cuando pienso en todo lo que me gustaría construir a tu lado, no me preocupa tanto lo que tenemos hoy como todo lo que podemos llegar a conseguir juntos.

Quiero que tengamos nuestra casa, nuestros proyectos, nuestras pequeñas costumbres. Quiero que podamos darnos esos gustos que hoy quizás tenemos que postergar. Quiero verte cumplir tus sueños y que vos me veas cumplir los míos.

Quiero que nos vaya bien, que crezcamos, que aprendamos y que podamos sentir orgullo de todo lo que construimos.

Y si alguna vez las cosas se ponen difíciles, quiero que recordemos que no empezamos nuestra historia teniendo todo resuelto. Empezamos teniendo algo que vale muchísimo más que cualquier cosa que podamos comprar: las ganas de elegirnos y de construir algo juntos.

Porque la riqueza que más me importa no es la que podamos guardar en una cuenta bancaria. Es la de llegar a casa y encontrarte. Es saber que hay alguien con quien compartir un plato de comida, una charla, una preocupación o una alegría. Es tener a quién darle un beso antes de dormir y a quién abrazar cuando empieza un nuevo día.

Es esa tranquilidad de saber que, aunque afuera las cosas no siempre salgan como esperamos, tenemos un lugar donde podemos encontrarnos y volver a empezar.

Y cuando pienso en todo eso hay algo que me emociona todavía más.

Me gustaría envejecer con vos.

Sí, así de simple y así de enorme.

Me gustaría conocer las distintas versiones de vos que todavía no existen. Acompañarte mientras cambiamos, mientras aprendemos, mientras nuestros sueños se transforman y la vida nos sorprende con cosas que hoy ni siquiera imaginamos.

Me gustaría verte con canas, discutir con vos por alguna pavada y después acercarme a darte un beso para que se nos pase el enojo. Me gustaría que un día nos sentemos a recordar cómo empezó todo, cuando apenas llevábamos unas semanas juntos y yo ya estaba intentando encontrar las palabras para explicarte lo que me hacías sentir.

Y me gustaría poder mirarte a los ojos y decirte que, si pudiera volver a aquel 10 de octubre, volvería a elegirte.

No porque sepa cómo va a terminar nuestra historia, sino porque me gusta la persona que soy cuando estoy con vos. Porque tu forma de amar me hace bien. Porque tenés un corazón enorme y una manera de demostrar cariño que me hace sentir algo que creía que ya no iba a volver a sentir de esta manera.

Porque necesito tus abrazos, extraño tus besos y me descubro pensando en vos en momentos en los que antes solamente pensaba en mis cosas.

Y porque, aunque parezca una contradicción, desde que llegaste siento que tengo más ganas de compartir mi vida precisamente porque había aprendido a vivir sin compartirla.

Gracias.

Gracias por aparecer en mi vida, por elegirme y por hacerme un lugar en la tuya. Gracias por darme la oportunidad de volver a descubrir lo lindo que es preocuparse por alguien, esperar a alguien, cuidar a alguien y sentirse cuidado.

Gracias por hacerme sentir que todavía hay historias que vale la pena empezar, incluso cuando uno ya no está buscando nada.

No sé si alguna vez voy a encontrar las palabras exactas para explicarte lo que significás para mí. A veces siento que todo lo que escribo se queda un poquito corto cuando intento poner en una hoja algo que me pasa de verdad.

Pero quiero que, cuando leas esto, te quede algo muy claro.

No te estoy prometiendo que nunca voy a equivocarme. No te estoy prometiendo que voy a tener siempre la solución a nuestros problemas ni que voy a poder evitarte todas las tristezas.

Te estoy diciendo que quiero aprender a caminar con vos.

Que quiero estar en los días buenos y en los malos. Que quiero celebrar tus logros, acompañarte en tus miedos, escucharte cuando necesites desahogarte y abrazarte cuando las palabras no alcancen.

Que quiero que podamos decirnos la verdad, pedirnos perdón cuando sea necesario y cuidarnos lo suficiente como para no olvidar que, detrás de cada discusión, hay dos personas que merecen ser escuchadas y respetadas.

Y que, mientras los dos sigamos queriendo construir esta historia, yo voy a poner el corazón para que podamos hacerlo.

Porque hay algo que entendí desde que llegaste: no hace falta conocer cada capítulo de una historia para sentir ganas de leerla hasta el final.

A veces alcanza con encontrarse con alguien que te haga querer saber qué viene después.

Y vos me despertaste esas ganas.

Así que, si alguna vez el camino se vuelve difícil, dame la mano. No hace falta que sepas hacia dónde vamos en cada momento. Yo tampoco lo voy a saber siempre. Habrá días en los que nos toque detenernos, otros en los que tengamos que cambiar de dirección y algunos en los que simplemente necesitemos abrazarnos antes de seguir.

Pero quiero que sepas que, desde aquel 10 de octubre, hay algo que cambió para mí.

Ya no pienso solamente en el camino que me queda por recorrer.

También pienso en el camino que me gustaría recorrer con vos.

Y si la vida nos da la oportunidad de seguir eligiéndonos, de crecer juntos y de construir ese futuro que hoy apenas empezamos a imaginar, quiero que, cuando miremos hacia atrás, podamos decir que valió la pena cada paso.

Porque yo no sé cuánto tiempo hace falta para conocer por completo a una persona.

Lo que sí sé es que, a veces, alcanza muy poquito tiempo para descubrir que querés compartir mucho más.

Y hoy, Mica, yo quiero compartirlo con vos.

Quiero tus besos, tus abrazos, tus risas y tus días difíciles. Quiero nuestros proyectos, nuestras charlas, nuestras pequeñas costumbres y todo eso que todavía no vivimos.

Quiero seguir conociéndote, sorprenderme con vos y enamorarme de las cosas que todavía me faltan descubrir.

Quiero que seamos compañeros, que podamos cuidarnos sin dejar de ser nosotros mismos y que nunca nos falten el respeto, el diálogo y las ganas de volver a encontrarnos.

Y si algún día, dentro de muchos años, alguien me pregunta en qué momento supe que quería compartir mi vida con vos, probablemente no pueda señalar una fecha exacta ni contar una gran escena de película.

Tal vez simplemente diga que fue cuando empecé a imaginar mi futuro y, sin darme cuenta, vos ya estabas en él.

Porque yo estaba acostumbrado a caminar solo.

Hasta que llegaste vos.

Y ahora que te encontré no quiero dejar de descubrir todo lo que podemos llegar a ser juntos.

No sé qué nos espera mañana. Pero, si vos también querés, me gustaría que mañana nos encuentre caminando del mismo lado.

Con vos.

De tu mano.

Y con todo el amor que todavía nos queda por construir.

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  • TeoSanabria

    No tener a quién avisar que llegaste es lo que más cambia, y vos lo decís casi al pasar. Un tío mío vivió solo veinte años y cuando se juntó con doña Rosa lo primero que aprendió fue a mandar el ya llegué.

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