La encontré en medio de lo más oscuro de la noche.
Luminosa, tibia, extrañamente hermosa.
Todos saben cómo son los seres de la noche y la distancia que hay que mantener de ellos. Pero era tan radiante, tan tentadora, que decidí tomarla, incluso hacerla parte de mí.
Ella, buscando calor, fue adentrándose en mi interior, justo al costado de mi corazón.
La sensación de ser uno fue sobrecogedora. Me sentí tan brillante que parecía capaz de iluminarlo todo.
Sabía que estaba mal. Era una criatura de la noche, pero sentirme tan bien me hizo olvidar el riesgo.
Caminé mientras iluminaba todo a mi alrededor. Recorrí la noche como si fuera mi casa.
Pero, como todo en este mundo, la noche también tiene un final.
Y el amanecer me encontró con ella en mi pecho.
La luz del día ahuyentó a la noche y, con ella, a todas sus criaturas.
Fue entonces cuando ella se desprendió de mi pecho para perderse junto a lo que quedaba de la noche.
El dolor de su partida fue tan intenso y profundo que sentí como si me arrancara el corazón al marcharse.
El día me encontró de rodillas, abrazándome el pecho, tratando de llenar el vacío. Preguntándome por qué se había ido, por qué era tan injusto.
Pero, en realidad, no era injusto. La noche dura lo que dura, y ese fue el tiempo que me fue permitido compartir con ella.
El vacío hacía retumbar cada latido con más fuerza, y a cada uno lo acompañaba el dolor de su ausencia.
Pero, poco a poco, aquel vacío comenzó a llenarse con un calor residual, como si aún pudiera sentir a la que se había ido.
Ese calor nacía de la nostalgia, del recuerdo, de saber que, por un instante, había sido iluminado por completo.
Y el dolor se transformó en una sonrisa que acompañó cada latido mientras me levantaba para vivir un nuevo día.