Juan al escuchar su despertador, abrió los ojos de inmediato, estiró su brazo izquierdo, tomó el celular y apago la alarma.
05:00 am.
Se incorporó lento y tomó asiento al borde de la cama. Un bostezo enorme lo detuvo algunos segundos. Respiró y buscó con su mirada sus sandalias en el piso.
Minutos después estaba en el baño, el agua del grifo helada arrastraba al drenaje los restos de sueño. Tomó una toalla, la pasó por su rostro y cabello, regresó a su cuarto.
Botas, pantalón, playera, sudadera y aquella pesada chamarra que usaba para salir de ruta. En la sala colgado en la pared su casco y guantes negros.
Tomó ambos, metió los guantes en el casco. Al abrir la puerta de la calle, el frío de enero mordió sus manos, giró sobre sus pasos y allí estaban 250 CC estilo cafe racer con la superficie blanca por la escarcha nocturna. Tomó un trapo.
Minutos después, calles vacías, el acelerador siempre abierto, todas las velocidades arriba.
Dentro del casco.
—Después de todo, la cuarentena tiene algunas cosas positivas.
Su ruta: cruzar de sur a norte la ciudad.
Después de tres incorporaciones, había llegado a una calzada principal, donde un pequeño tren va sobre el camellón.
Retrovisor derecho: apenas y algunos vehículos y siguió por el carril de alta.
Abrió más el acelerador.
95 km/h.
—Sí llegó.
Un segundo después.
El sonido de la bocina de un camión le heló la sangre.
Su vista de inmediato buscando el origen: Carril central, un enorme tráiler.
Detrás nadie.
110 km/h. Vista adelante.
Y pasó.
La moto tambaleo. El tráiler estaba a su lado.
La cabina había invadido su carril.
Presionó los frenos.
La moto bajó velocidad.
Pensó que podía librarla.
Brazos tensos, manos soldadas al manillar.
De inmediato, se bloqueó la rueda trasera
Frente a él y en todos lados el tráiler sin fin.
El segundo remolque le dio de lleno.