Sigiloso e imponente, cauto al andar, justo como la justicia que despierta y se revela ante la más mínima impunidad.
Avanza paso a paso por su senda, sin detenerse a mirar atrás, sin que obstáculo alguno lo doblegue, sin que el clamor del mundo pueda su marcha frenar.
Benévolo, escucha peticiones, y en silencio concede esperanza; recoge los sueños de los olvidados y, entre sus manos invisibles, forja deseos donde la miseria descansa.
En su andar se hace amigo del giro eterno de la Tierra; transforma la maldad en justicia, la injusticia en ley y la pobreza en bienestar, como quien siembra luz donde antes reinaba la oscuridad.
Su camino es recto, su rumbo no conoce desvíos; no hay regreso en su destino, pues su última estación se pierde en la eternidad.
Ni la muerte se atreve a vencerlo, aunque le dispute su poder; sus embates son apenas rasguños de una hormiga frente a un elefante, pequeños intentos de detener lo que nació para permanecer.
La compasión es su aliento, la resignación, su sabia enseñanza; y su regalo más grande son los años, esos maestros silenciosos que nos enseñan a comprender lo que la juventud tantas veces se empeña en ignorar.
Porque la madurez no llega cuando las arrugas dibujan el rostro, ni cuando las canas platean el cabello; llega cuando el alma comprende que no somos dueños del camino, sino pasajeros de un tren que jamás se detiene por completo.
Un tren sin equipaje permanente, sin títulos que podamos conservar, sin riquezas que nos pertenezcan para siempre, sin poder elegir eternamente cuánto tiempo hemos de viajar.
Él nos recibe en una estación, nos conduce por paisajes diversos, nos permite conocer la alegría, el dolor, la abundancia y la escasez, y nos enseña, entre luces y sombras, que vivir también significa aprender.
Nos sube cuando llega nuestro tiempo, nos lleva por rutas desconocidas y, cuando considera cumplida nuestra jornada, nos permite descender allí donde nuestra historia termina.
Y entonces, quizás demasiado tarde, comprendemos la verdad más profunda: que no importa cuánto hayamos acumulado, cuántas batallas hayamos vencido ni cuántas veces nos creímos eternos; al final, todos somos pasajeros de un mismo tren, viajeros de una misma incertidumbre.
Por eso, mientras dure el viaje, seamos justos con quien nos rodea, tendamos la mano al que tropieza, seamos refugio para el desamparado y aprendamos a soltar aquello que nunca fue nuestro.
Porque el tiempo no pide permiso, no se detiene ante las súplicas, no hace distinciones entre coronas y harapos; simplemente avanza, silencioso, firme e imponente, escribiendo en cada instante la historia de nuestra existencia.
Y cuando por fin comprendamos que la vida no nos pertenece, sino que nos ha sido prestada, dejaremos de contar los años como quien cuenta sus posesiones y comenzaremos a vivirlos como quien agradece un regalo.
Porque al final, no será cuánto tiempo viajamos lo que dé sentido a nuestra historia, sino cuánto amor dejamos sembrado en cada estación, cuánta bondad en cada encuentro y cuánta luz en cada corazón antes de abandonar el tren de la eternidad.
— Levi Díaz Echeverri