CAPÍTULO QUINTO
Cuando el entrenamiento alcanza su perfección...
el campesino ya no distingue cuál de los dos conduce.
Ve un solo cuerpo.
Cuatro ojos y patas, con dos lenguas afiladas.
Una espada.
Y una batalla en el horizonte.
Entonces puede decirse que la cabalgadura ha sido consumada.
Porque el caballo ya conoce el pensamiento del jinete antes de que éste termine de pronunciarlo por dentro.
Y el jinete conoce los límites de la paciencia del caballo antes de exigir lo imposible.
No es esclavitud: son un tanque de guerra.
Ambos están sometidos al metal.
Los humanos aprendieron el arte de la carga observando a los caballos salvajes en sus propias pequeñas guerras.
El monje copista, entrometido y ya harto de tanta metáfora desbocada, deja al margen su censura con letra apretada: «Porque el buen caballo ya viene con la guerra en la panza» —dice— non bene sonat, suena a exageración peligrosa, corríjase o táchese.
Y aún insiste, como quien no puede evitar meter la nariz en el pergamino ajeno: el maestro fue consultado si el demonio de la guerra pudiese acaso habitar un caballo, lo cual anota con visible fastidio como cuestión innecesaria y poco edificante, y remata recordando —sin gusto alguno— el episodio de Jesús con los cerdos y los demonios, añadiendo al pie: non est hic locus talium comparationum.
El truco de este efecto siempre está en la sincronía entre el pelo del animal, el viento y el ritmo propio del galope.
Hombre y caballo deben actuar como dos brazos alzados que han aprendido a blandir un solo mazo enorme, con la destreza de un único brazo.
EPÍLOGO
Recordad siempre:
No existe caballo estúpido.
Sólo caballeros que hablan como si dictaran órdenes a una piedra.
Y si alguna vez vuestra montura os hace parecer sabio...
no olvidéis darle mejor alimento.
Porque los Caballos de Letras viven de palabras.
Y las palabras son la avena del entendimiento.
Así escribió Carlos Kirk Primero, antes de morir gloriosamente rodeado por treinta críticos literarios, cuatro inquisidores y un corrector de gramática, sin rendir jamás su diccionario.