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COSECHA DE SAL, Capítulo 6

DaveOaks

Contenido de la publicación

EL BORRADO DE LA MEMORIA

Dos mañanas posterior a la Gala de la Esperanza, el sol no salió para Elise.

Se despertó en la habitación principal, pero la luz dorada que habitualmente se filtraba por los visillos de encaje había desaparecido. En su lugar, una oscuridad densa y artificial pesaba sobre el cuarto. Dylan había instalado persianas de seguridad exteriores de aluminio macizo. El mecanismo era completamente silencioso y se operaba desde un panel domótico al que solo él tenía la clave.

Elise intentó incorporarse. Sus músculos protestaron, doloridos por el forcejeo de una noche anterior. El sonido de un teclado numérico pitando suavemente en el pasillo precedió al chasquido de la cerradura electrónica de la puerta.

Dylan entró. Llevaba una bandeja de plata, pero no traía el café humeante y las tostadas de sus primeros años de matrimonio. Traía un tazón de caldo pálido y translúcido, y un pastillero de plástico con compartimentos marcados por los días de la semana.

Se sentó a los pies de la cama, ajustándose los pliegues del pantalón. En la penumbra, su rostro carecía de cualquier expresión. No había necesidad de máscaras; allí no había público.

—El pueblo está conmocionado, Elise —dijo él. Su voz era plana, despojada de su habitual calidez de barítono. Era la voz de un forense dictando notas en una grabadora—. Le rompiste el corazón a mucha gente. Ricardo tuvo que ser sedado en la enfermería del club. No puedes volver a salir. Lo he consultado con Arturo, y hemos acordado que el aislamiento estricto es tu única opción antes de la internación permanente.

Elise se apoyó contra el cabecero de la cama. La garganta le ardía.

—No fue una crisis, Dylan. Ambos sabemos que dije la verdad.

Dylan suspiró, un sonido ligero y exasperado. Tomó una cuchara, removió el caldo y se lo acercó a los labios, obligándola a tomarlo.

—La verdad es un consenso, Elise. Y el consenso de San Mateo es que estás podrida por dentro.

Los días siguientes se fundieron en un bucle de letargo, oscuridad y silencio. El aislamiento que Dylan diseñó no era solo físico; era un borrado sistemático de la identidad de Elise en la casa.

Al tercer día de esa mañana, Dylan le permitió bajar a la cocina para estirar las piernas, siempre caminando un paso detrás de ella. Al pasar por el pasillo principal, Elise notó manchas ligeramente más claras en el papel tapiz. Se detuvo en seco.

Los marcos de plata con las fotos de su boda, los retratos de ella sosteniendo a Mateo recién nacido, las instantáneas de los cumpleaños familiares... habían desaparecido. Las paredes estaban desnudas, desinfectadas de su presencia.

—¿Dónde están mis fotos? —preguntó, sintiendo que el pánico le oprimía el pecho.

Dylan, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, ladeó la cabeza. —Las he guardado en el ático. El doctor Vanegas me explicó que los anclajes visuales a tu "antigua vida" solo alimentan tu delirio de que yo he cambiado. Debemos mantenerte en un presente puro, sin estímulos que provoquen tu histeria.

El borrado se extendió hacia el exterior con la ayuda involuntaria de San Mateo.

Una tarde, Elise, pegada a la puerta de su habitación, escuchó el timbre. Era Margot. Desde la rendija, Elise escuchó la voz de la vecina en el vestíbulo.

—Solo venía a dejar esta cazuela de pollo, Dylan... ¿Cómo sigue ella? —preguntó Margot, bajando la voz como si estuviera en un funeral. —Está en un sueño profundo, Margot —respondió Dylan, con esa tristeza impostada que lo hacía invencible—. El tratamiento químico es brutal, pero es la última trinchera que nos queda. Reza por nosotros. Y gracias por la comida, la pondré en envases de plástico; ya sabes, no quiero que tenga acceso a nada de cristal con lo que pueda hacerse daño.

Nadie más volvió a insistir. San Mateo había aceptado que la casa de los Shelter era ahora una extensión del hospital, una sala de cuidados paliativos psiquiátricos donde el doctor era la máxima autoridad.

Pero el golpe maestro de Dylan, el que casi logró quebrar la voluntad de Elise, fue la extirpación de sus hijos.

Mateo ya no cruzaba el umbral de su habitación. Cuando caminaba por el pasillo del piso superior, Elise escuchaba sus pasos rápidos, casi trotes, como si temiera que la mujer encerrada tras la puerta saltara para devorarlo.

Una mañana, Dylan olvidó asegurar la puerta por completo. Elise la abrió un palmo. Mateo estaba en el corredor, sentado en el suelo, leyendo un grueso libro de anatomía clínica que le doblaba en peso. Al escuchar el crujido de la puerta, el niño levantó la vista.

Elise vio el terror líquido en los ojos de su hijo mayor.

—Mateo... mi amor, mírame —susurró ella, cayendo de rodillas para estar a su altura, extendiendo una mano temblorosa a través de la rendija.

El niño retrocedió arrastrándose hacia atrás, apretando el libro contra su pecho como un escudo. Su rostro era una máscara de repulsión. —El maestro dice que no debo hablar contigo hasta que los bichos se vayan de tu cabeza —dijo Mateo, con la respiración entrecortada—. Dice que si te escucho, tu enfermedad se me pasará a mí y yo también me pudriré.

Elise sintió que el suelo se abría. ¿El maestro?

—No hay bichos, Mateo, escúchame. Tu padre... él no es quien crees. Tienes que irte de esta casa. Tienes que proteger a Leo y...

—¡No! —chilló Mateo, tapándose los oídos con fuerza, dejando caer el libro de anatomía—. ¡Estás mintiendo! ¡Estás intentando rompernos!

El niño se puso de pie de un salto y corrió hacia la escalera, gritando: —¡Maestro! ¡Maestro, la puerta está abierta!

Elise cerró la puerta de golpe y se acurrucó en el suelo. Segundos después, escuchó los pasos lentos y pesados de Dylan subiendo la escalera, acercándose con una jeringa cargada de sedantes para "calmarla". Él la estaba vaciando. La estaba convirtiendo en un cascarón vacío para que sus hijos no sintieran su pérdida cuando finalmente la desapareciera.

Al final de esa semana, Dylan decidió que la habitación principal era "demasiado difícil de monitorear". La trasladó a un pequeño cuarto de invitados en la planta baja, sin ventanas, que compartía pared con el despacho y el acceso a las escaleras del sótano.

Fue allí, en la penumbra de las madrugadas, cuando Elise dejó de tomar las pastillas por completo.

El síndrome de abstinencia fue un infierno de sudores fríos, náuseas violentas y calambres que le retorcían los dedos de los pies. Pero aprendió a disimular. Cuando Dylan entraba, ella relajaba los músculos faciales, ponía los ojos en blanco y dejaba la boca ligeramente abierta, babeando sobre la almohada. Fingía tragar frente a él y luego vomitaba el químico en una toalla que escondía bajo el colchón.

Estar limpia le devolvió el oído.

En el silencio de la madrugada, empezó a escuchar la verdadera casa. Notó el zumbido constante de un congelador industrial que no provenía de la cocina, sino del sótano. Escuchó el sonido de herramientas metálicas raspando contra piedra.

Pero lo más aterrador eran los susurros de Dylan. A las tres de la mañana, desde el otro lado de la pared, lo escuchaba hablar. No era una conversación telefónica. Usaba un tono arrullador, cargado de una devoción maníaca, similar al que usaba para leerle cuentos a Leo.

—Eres perfecto —susurraba Dylan hacia la profundidad del sótano—. No hay mancha en ti. El mundo no pudo corromperte. Aquí el tiempo se detiene y tú brillas para siempre.

Elise se mordía el dorso de la mano hasta sangrar para no gritar.

La oportunidad llegó un jueves por la tarde, en medio de una tormenta torrencial.

Dylan recibió una llamada urgente del hospital. Un accidente múltiple en la carretera nacional. Por primera vez en semanas, su narcisismo profesional superó su control sobre la casa. Se vistió apresuradamente, tomó su maletín médico y salió, gritándole a la niñera que no dejara que Leo bajara a la planta baja bajo ninguna circunstancia.

En su prisa, Dylan cometió el error que los dioses arrogantes siempre cometen.

Al salir de su despacho para recoger las llaves del auto, no se dio cuenta de que Leo, jugando a escondidas horas antes, había dejado un pequeño camión de bomberos de metal trabado en el riel inferior de la pesada puerta corredera de caoba.

La puerta chocó contra el juguete. No se cerró por completo. El cierre electrónico no se activó.

Desde su habitación, Elise escuchó el motor del auto alejarse bajo la lluvia. Esperó diez minutos, contando los latidos de su propio corazón. Luego, empujó su propia puerta, que Dylan había cerrado de un portazo sin verificar el pestillo domótico.

Salió al pasillo. Arrastrándose pegada a la pared como un espectro famélico, llegó al despacho. La rendija estaba allí.

Empujó la puerta y entró. El olor a sándalo, cera y desinfectante la golpeó como un puñetazo. No encendió la luz. Se guió por los relámpagos que iluminaban el ventanal.

Fue directa a la estantería de medicina. Tiró de los gruesos tomos de anatomía, aquellos mismos que Mateo leía ahora con devoción enfermiza. El compartimento empotrado estaba allí. Y, en un acto de pura soberbia, Dylan había dejado la pequeña llave dorada sobre el escritorio, junto a un bloc de recetas.

Elise tomó la llave. Le temblaban las manos. La insertó en la cerradura del panel metálico y giró.

El compartimento se abrió. Allí estaba el maletín de cuero gastado. Lo sacó y lo colocó sobre el escritorio. Al abrirlo, el instrumental quirúrgico antiguo brilló en la penumbra. Pero ignoró los bisturíes. Buscó en el fondo.

Encontró mechones de cabello rubio y castaño, atados meticulosamente con hilos de seda azul. Encontró pequeñas piezas de ropa manchadas de tierra. Encontró el frasco de cristal con el diente de leche de Mateo.

Y, debajo de todo eso, encontró un cuaderno encuadernado en cuero negro. Las páginas estaban llenas de su letra inclinada y perfecta.

Elise encendió la pequeña lámpara de lectura, reduciendo el haz de luz al mínimo. Abrió el diario.

No era un registro de pensamientos. Era un catálogo forense de sus crímenes, disfrazado de investigación científica.

Sujeto 14 (Niño, Vereda Sur): Demasiado inquieto. El proceso de fijación falló en la etapa de extirpación de tejidos blandos. Un error de cálculo con la anestesia. Una lástima. El mundo lo habría corrompido de todos modos. La tierra lo recibió con la pureza intacta. Debo afinar la dosis.

Elise se tapó la boca con la mano izquierda, sintiendo que la bilis le subía por la garganta. Pasó las páginas frenéticamente. Nombres, edades, descripciones de niños de pueblos aledaños, niños que habían desaparecido en campamentos, en ríos, en parques. Niños que Dylan había "salvado" del pecado de crecer, inmortalizándolos en formol o enterrándolos bajo sus propios pies.

Llegó a la última página, la tinta aún fresca, escrita esa misma mañana.

Mateo está listo.

Su curiosidad biológica ha empezado a despertar. Pregunta por las herramientas. Su cuerpo se prepara para el estirón de la pubertad, para el vello, para el olor a sudor adulto. La podredumbre acecha tras sus ojos. Debo actuar antes de que la naturaleza destruya mi obra. El viernes, después de la cena, lo bajaré al sótano. Leo lo seguirá en primavera.

Elise cerró el diario de golpe.

El aire abandonó la habitación. Se quedó mirando la portada de cuero negro. El viernes. Al día siguiente.

La mente de Elise procesó la información con una velocidad aterradora, despojada de cualquier bruma química. ¿Ir a la policía? Javier Ramírez le debía la vida de su hija a Dylan. ¿Mostrarles el diario? Dylan diría que era parte de su investigación psicológica sobre asesinos en serie y todo el pueblo le creería. ¿Huir? Con sus contactos, Dylan bloquearía las carreteras antes de que ella cruzara el límite del condado. Y si escapaba sin los niños, él los mataría esa misma noche. Y si lograba llevarse a los niños y era atrapada, la encerrarían de por vida y los niños volverían a manos del santo doctor.

No había escapatoria legal. San Mateo era el feudo de Dylan Shelter, y él era su dios.

Guardó el diario. Metió los frascos en su sitio. Cerró el maletín, lo escondió tras los libros y cerró con llave. Pero la llave dorada no la dejó sobre la mesa. La deslizó en el bolsillo oculto de su bata de algodón.

Salió del despacho y volvió a su pequeña celda en la planta baja.

Se sentó en el borde de la cama, frotándose las manos frías. Ya no había lágrimas. El terror se había cristalizado en algo duro, pesado y afilado. Escuchó el sonido amortiguado de un coche patrulla pasando por la calle, los policías haciendo su ronda habitual, velando por el sueño del respetable doctor Shelter.

La ironía le arrancó una risa seca, un chasquido que le dolió en la garganta.

—Mañana —susurró para las sombras de la habitación, con los ojos grises brillando en la oscuridad—. Mañana, el santo de San Mateo conocerá a su creador.

A la mañana siguiente, cuando Dylan entró con la bandeja del desayuno, Elise ejecutó su mejor actuación.

No fingió estar sedada. Fingió estar derrotada.

Levantó la vista hacia él, esbozando una sonrisa tímida, vacía, como la de un perro apaleado que finalmente expone el cuello a su amo. Tomó la cuchara y empezó a comer el caldo por sí misma.

Dylan la observó con una satisfacción profunda y narcisista. Se sentó a su lado, le acarició el cabello grasiento y sonrió.

—Eso es, Elise. Esa es mi chica —dijo él, depositando un beso en su frente—. Acepta el destino. La lucha solo te causa dolor. Esta noche cenaremos juntos en el comedor principal. Quiero que tengamos una última cena familiar perfecta antes de que inicies tu retiro en la clínica el sábado por la mañana.

Elise asintió dócilmente, masticando el pan rancio.

—Una cena perfecta, Dylan. Yo me encargo.

Él salió de la habitación, convencido de que había ganado. No notó la rigidez de los músculos de ella, ni vio la llave dorada delineándose bajo la tela de su bolsillo. Elise observó la puerta cerrarse, sabiendo que en doce horas, uno de los dos estaría muerto.

Thoughts

  • Fefo

    El camioncito de bomberos de Leo trabado en el riel, ombe. El pelao salvó a la mamá jugando a esconderse y ni se enteró.

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  • Evaristo

    Según Dylan, a Elise nadie la encierra: la aísla, la mantiene en un presente puro, le pone persianas de seguridad y le sirve el pollo de Margot en plástico. Todo lleva nombre de cuidado. Por eso me ha hecho gracia que ella le conteste con su misma palabra, una cena perfecta, yo me encargo. Le está devolviendo el vocabulario, y apuesto a que el viernes él tarda demasiado en notar que esa palabra ya no es suya.

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  • Amortes22

    Dylan es un demonio!!!! Veremos qué la espera...

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