Corinto, 336 a.C.
El hombre más poderoso del mundo con solo 22 años camina rodeado de generales.
Viene de conquistar Grecia.
Tiene oro, ejércitos y ciudades a sus pies.
Pero está a punto de encontrarse con alguien a quien no puede conquistar.
Todos corren a rendirle honores.
Todos, menos uno.
Un viejo con un manto harapiento sigue tomando sol, acostado dentro de un barril.
Alejandro, intrigado, va a verlo con todos sus generales.
Se para frente a él. Su sombra lo cubre por completo.
— Soy Alejandro, el rey. Pídeme lo que quieras y te lo daré.
Diógenes abre un ojo, lo mira de arriba abajo, y le responde sin inmutarse:
"Sí. Apártate, que me estás tapando el sol."
Silencio total. Shshsh Los generales llevan la mano a la espada.
Cómo se atreve un vagabundo a hablarle así al conquistador del mundo.
Alejandro se queda paralizado. Luego se ríe.
Una risa grande, de verdad.
Se da vuelta a sus hombres y les dice la frase que lo hizo inmortal:
"Si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes."
¿Qué pasó ahí?
Alejandro tenía todo: ejércitos, oro, ciudades, imperios.
Podía darle a Diógenes lo que quisiera.
Diógenes tenía nada: un barril, un manto, y el sol.
Y entendió que Alejandro no podía darle lo único que realmente importaba.
Alejandro podía conquistar el mundo, pero no podía dejar de necesitar conquistarlo.
Diógenes no tenía nada que conquistar, porque ya era libre.
Hoy nos pasa igual.
Corremos detrás de más títulos, más sueldo, más seguidores, más validación.
Corremos detrás del próximo cargo, del próximo negocio, del próximo reconocimiento.
A veces dedicamos años a conseguir algo que creíamos indispensable.
Y cuando por fin lo conseguimos, descubrimos que seguimos sintiendo el mismo vacío y no somos libres.
Hoy seguimos haciendo lo mismo.
Y llega alguien y nos tapa el sol.
Una reunión que no aporta, un jefe que necesita aplastar, un algoritmo que nos dice qué tenemos que ser.
¿Cuántas veces dejamos que nos tapen el sol por miedo a perder algo que en realidad no necesitamos?
Alejandro conquistó medio mundo.
Diógenes se conquistó a sí mismo.
Dos mil trescientos años después seguimos debatiendo quién fue realmente el hombre más libre.
Alejandro tenía el mundo a sus pies, pero Diógenes tenía el sol en la cara.¿ Tu qué opinas?
“ Los Filósofos Pensadores de ayer. Lecciones para hoy. “