Me gustó mucho lo de la gente que llega tarde y busca asiento a oscuras. En el Albaicín ponen cine en la plaza en verano y pasa igual.
Cinema Paradiso | Una carta de amor al cine
Hay películas que uno mira y disfruta. Hay otras que, cuando terminan, parecen devolvernos algo que creíamos perdido. Cinema Paradiso pertenece a ese segundo grupo. Porque si tuviera que definirla…
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Me gustó mucho lo de la gente que llega tarde y busca asiento a oscuras. En el Albaicín ponen cine en la plaza en verano y pasa igual.
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Hay películas que uno mira y disfruta. Hay otras que, cuando terminan, parecen devolvernos algo que creíamos perdido. Cinema Paradiso pertenece a ese segundo grupo. Porque si tuviera que definirla de una sola manera, diría que es una carta de amor.
Una carta de amor al cine, a las películas, a las salas oscuras y, sobre todo, a todas esas personas que alguna vez encontraron en una pantalla un lugar donde sentirse acompañadas.
La historia de Salvatore, Totò para quienes lo conocen desde chico, comienza en un pequeño pueblo de Sicilia donde el cine es mucho más que un lugar al que la gente va a mirar películas. El Cinema Paradiso es el punto de encuentro de todo el pueblo. Allí se ríe, se discute, se enamora, se comparte, se escapa de la realidad y, durante unas horas, todos parecen formar parte de la misma historia. Hay algo hermoso en esa idea porque quizás hoy resulta más difícil entender lo que significaba realmente ir al cine cuando una película era un acontecimiento colectivo. No era simplemente elegir algo para mirar. Era salir de casa, encontrarse con otras personas, hacer una fila, entrar a una sala y esperar juntos a que las luces se apagaran.
Y creo que eso es una de las cosas que más amo de Cinema Paradiso. No se enamora únicamente de las películas. Se enamora de lo que ocurre alrededor de ellas. De la persona que llega tarde y tiene que buscar un asiento. De quienes se ríen en el mismo momento. De los que comentan la película mientras todavía está terminando. De los chicos que miran desde el fondo. De las parejas que encuentran en la oscuridad un lugar para estar juntas. De las personas que quizás no tienen demasiado en común fuera de esa sala, pero que durante un par de horas están mirando exactamente lo mismo.
El cine, para Tornatore, es una experiencia compartida. Y eso hace que la película se sienta como un homenaje no solamente a quienes hacen películas, sino también a quienes las miramos.
Para Totò, además, ese lugar significa algo todavía más importante. Es donde descubre que quiere dedicar su vida al cine y donde conoce a Alfredo, el proyeccionista que terminará convirtiéndose en una de las personas más importantes de su vida. Alfredo empieza siendo una especie de maestro, alguien que le enseña cómo funcionan las películas, cómo funciona el proyector y cómo se construyen esas historias que tanto fascinan al chico. Pero poco a poco se convierte en algo mucho más cercano a una figura paterna.
La relación entre ambos es probablemente el corazón emocional de la película. Alfredo no solamente le enseña a Totò a amar el cine. También le enseña que amar algo no significa necesariamente quedarse para siempre en el lugar donde lo descubriste. Cuando llega el momento de irse, Alfredo entiende que si Totò permanece allí por miedo a perder lo que conoce, nunca va a descubrir todo aquello que puede llegar a ser.
Y quizás esa sea una de las enseñanzas más importantes que deja la película: a veces las personas que más nos quieren son justamente las que nos obligan a alejarnos.
Totò se va. Se convierte en director de cine, consigue el éxito y construye una vida completamente diferente. Desde afuera, parece que Alfredo tenía razón. Tenía que irse, pero cuando vuelve treinta años después, descubre que el éxito no puede devolverle aquello que dejó atrás. El pueblo cambió, las personas cambiaron, el Cinema Paradiso está a punto de desaparecer y esa plaza que alguna vez estuvo llena de espectadores pertenece ahora a otra época.
Y ahí aparece una de las ideas que más me gustan de la película: A veces no extrañamos solamente un lugar. Extrañamos quiénes éramos cuando ese lugar todavía existía.
Porque la nostalgia tiene algo de trampa. Durante años podemos imaginar que si algún día volvemos, todo va a sentirse igual. Caminamos nuevamente por esas calles, entramos en esa casa o volvemos a sentarnos en ese lugar y esperamos encontrar exactamente la misma emoción. Pero nosotros también cambiamos. El tiempo hizo su trabajo mientras estábamos lejos.
Por eso el regreso de Totò no es simplemente volver a Sicilia. Es volver a encontrarse con una versión de sí mismo que ya no existe.
Giuseppe Tornatore filma esa transformación con una sensibilidad enorme. La película está construida a partir de recuerdos y muchas veces parece que estamos viendo la memoria de Totò más que los acontecimientos tal como realmente ocurrieron. Hay una calidez particular en esas imágenes de su infancia, como si el pasado estuviera iluminado por la manera en que lo recordamos y no necesariamente por cómo fue.
Y eso también es profundamente cinematográfico.
Porque el cine tiene exactamente esa capacidad: transformar recuerdos en imágenes. Podemos pasar años sin pensar en una película y, de repente, escuchar una canción, reconocer una escena o volver a ver un rostro y sentir que regresamos inmediatamente a un momento de nuestra vida. Quizás por eso amamos tanto algunas películas. No porque sean perfectas, sino porque quedaron asociadas a algo que sí lo fue para nosotros.
Una película puede convertirse en la película que vimos con nuestros padres. La que descubrimos con un amigo. La que vimos después de una ruptura. La que nos acompañó durante una etapa complicada. La que nos hizo querer empezar a escribir, a filmar o simplemente a mirar más películas. Y entonces deja de ser solamente una obra cinematográfica. Se convierte en parte de nuestra propia historia.
Cinema Paradiso entiende eso perfectamente.
Por eso creo que funciona como una carta abierta a todos los que amamos ir al cine. A quienes disfrutamos de entrar a una sala sin saber exactamente qué vamos a sentir. A quienes todavía disfrutamos del momento en que las luces se apagan y durante unos segundos dejamos de existir fuera de esa pantalla. A quienes alguna vez miramos una película y sentimos que, por un rato, alguien había conseguido poner en imágenes algo que nosotros no sabíamos cómo explicar.
Hay algo casi mágico en ese momento.
La sala queda a oscuras. El teléfono deja de importar. La gente deja de hablar. Una pantalla se ilumina delante nuestro y cientos de personas empiezan a mirar la misma historia. Durante un par de horas, todas esas vidas diferentes quedan suspendidas y existe solamente aquello que está ocurriendo frente a nosotros.
Quizás sea una de las pocas experiencias verdaderamente colectivas que todavía conservamos.
Y Cinema Paradiso la celebra sin cinismo. No intenta demostrar que el cine es importante porque sea arte, porque gane premios o porque pueda cambiar el mundo. Lo muestra como algo mucho más sencillo: un lugar al que las personas van porque necesitan sentir algo.
Por eso también me gusta tanto ver cómo la película muestra a la gente reaccionando ante las películas. Las risas, los gritos, las lágrimas, las discusiones. Incluso quienes van al cine solamente para pasar el tiempo terminan formando parte de esa experiencia. El proyector convierte la sala en una especie de comunidad durante unas horas.
Y después están los besos.
La famosa secuencia de los besos censurados es probablemente una de las escenas más hermosas de la película porque funciona en varios niveles al mismo tiempo. Alfredo guarda para Totò todas esas escenas que habían sido eliminadas de las películas que proyectaba. Cuando Salvatore las ve, entendemos que no está mirando simplemente una colección de besos.
Está mirando toda una vida.
Está mirando el lugar donde creció, a la persona que le enseñó a amar el cine y una época que ya no puede recuperar.
Y ahí Ennio Morricone termina de hacer lo imposible. Su música no acompaña solamente la escena. Parece abrir una puerta hacia todos los recuerdos que la película estuvo construyendo durante horas. Es como si cada melodía llevara dentro de sí la infancia de Totò, su amistad con Alfredo, el pueblo, el cine y todas las cosas que el tiempo terminó llevándose.
No creo que sea casualidad que la película termine mirando hacia atrás. Porque Cinema Paradiso entiende que el cine también es memoria.
Guardamos películas como guardamos fotografías. Volvemos a determinadas escenas porque sabemos que ahí quedó algo de nosotros. Y quizás por eso seguimos viendo películas incluso cuando sabemos que muchas veces nos van a hacer llorar, nos van a incomodar o nos van a recordar cosas que preferiríamos olvidar.
Porque también necesitamos eso. Necesitamos historias que nos permitan volver. Y volver a una persona, una época, una emoción. Volver a nosotros mismos.
Y quizás eso sea lo que más amo del cine. Que una película puede tener cuarenta, cincuenta o cien años y, sin embargo, seguir siendo capaz de encontrarnos exactamente donde estamos. La película no cambia, el que cambia somos nosotros. Y cada vez que volvemos a verla, encontramos algo diferente porque ahora somos otra persona.
Por eso Cinema Paradiso no es simplemente una película sobre un niño que descubre el cine.Es una película sobre lo que el cine puede hacer con nosotros.
Puede enseñarnos.
Puede acompañarnos.
Puede hacernos soñar.
Puede mostrarnos lugares a los que nunca fuimos y personas que nunca conocimos.
Puede ayudarnos a entender algo de nosotros mismos o simplemente regalarnos dos horas en las que el mundo de afuera deja de importar.
Y quizás por eso la película me emociona tanto.
Porque habla de algo que todos los que amamos el cine entendemos aunque nunca sepamos explicarlo del todo: no vamos al cine solamente para ver películas. Vamos para sentir algo juntos.
Alfredo le enseña a Totò que tiene que irse. Que no puede quedarse para siempre en ese pueblo esperando que la vida ocurra. Y quizás esa sea la mayor paradoja de la película: para poder convertirse en quien quería ser, Totò tuvo que abandonar el lugar que más amaba.
Pero treinta años después descubre algo que nadie puede enseñarnos cuando somos chicos: irse también tiene un precio.
Porque crecer significa ganar cosas, pero también despedirse de otras. Significa aceptar que algunas personas ya no van a estar, que algunos lugares van a desaparecer y que determinadas etapas solamente van a existir en nuestra memoria.
Y cuando finalmente aparecen los créditos de Cinema Paradiso, la película deja de hablar solamente de Totò. Empieza a hablarnos a nosotros.
A nuestro primer cine. A esa película que vimos cientos de veces. A la persona con la que compartimos una sala. A las veces que salimos del cine hablando durante horas sobre lo que acabábamos de ver. A esas noches en las que una película nos hizo compañía cuando no queríamos estar solos.
Quizás por eso esta película sea una de las cartas de amor más bonitas que se hayan hecho sobre el cine. Porque no le habla solamente a quienes hacen películas, le habla a quienes las necesitan.
Y quizás todos tengamos nuestro propio Cinema Paradiso: un lugar, una sala, una película o una persona que quedó atrapada en nuestra memoria y a la que ya no podemos volver de la misma manera.
Pero quizás no haga falta. Porque algunas cosas no están hechas para recuperarse y están hechas para recordarse.
Y mientras existan películas capaces de hacernos sentir así, mientras sigamos entrando a una sala, apagando el teléfono, viendo cómo las luces se apagan y esperando que una pantalla vuelva a contarnos una historia, ese Cinema Paradiso todavía va a seguir existiendo.
Thoughts
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PermalinkLo de Alfredo obligándolo a irse se me quedó. Un maestro mío me dijo casi lo mismo hace años. ¿Tú tuviste a alguien que te empujara a salir?
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PermalinkYa que hablas de nostalgia: el término lo acuñó un médico suizo en 1688 juntando 'nóstos', regreso, y 'álgos', dolor. El dolor que da volver, literalmente. Con Totò bajando del tren en Sicilia le queda pintado.
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PermalinkDijiste algo verdadero: extrañamos más a la gente que los espacios. No tener un cine de barrio específico no debilita tu punto. Cinema Paradiso capta exactamente eso que describís.
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PermalinkEn mi colonia el cine era el Real, con las butacas rotas y el señor de las tortas afuera. Cerró hace veinte años y el edificio sigue vacío.
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PermalinkFijate que 'experiencia colectiva' en tu texto hace dos trabajos: estar todos en la misma sala, y sentir todos lo mismo. Lo primero pasa siempre, lo segundo casi nunca. ¿Vos cuál de los dos extrañás?
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PermalinkEl texto lo dice y luego lo deja pasar: estamos viendo la memoria de Totò y no lo que pasó en ese pueblo. La nostalgia descarta las sesiones aburridas y las tardes en que no fue nadie, y con ese filtro cualquier década anterior gana. ¿Te acuerdas de alguna función mala de tu cine de antes?
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PermalinkLo del Cinema Paradiso como punto de encuentro yo lo viví por otro lado, ya: cuando te sales de un grupo, las ideas se te olvidan rápido y la gente no. ¿Qué quedó en tu barrio cuando cerró el cine de siempre?
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PermalinkMirá, lo que decís al final, que es un lugar al que la gente va porque necesita sentir algo, me sirve para un montón de cosas que no son cine. ¿Cuál fue la película donde a vos te pasó eso por primera vez?
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PermalinkMe gustó mucho lo de la gente que llega tarde y busca asiento a oscuras. En el Albaicín ponen cine en la plaza en verano y pasa igual.
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PermalinkLo de las luces que se apagan y la gente que se calla tiene la forma exacta de un rito: umbral, oscuridad, atención compartida y salida. En mi máster discutimos si eso basta para llamarlo así o hace falta que alguien crea algo. A mí me convence más lo primero, y el pueblo de Totò lo prueba bastante bien.