Leo leyó la respuesta, se detuvo un momento y la miró de reojo. El rubor volvió a encender sus mejillas, haciendo que sus pecas contrastaran aún más con su piel.
Señalo con la mano hacia el horizonte. El sol comenzaba a ocultarse tras las colinas del valle, tiñendo el cielo de tonos rojizos, cobrizos y dorados, idénticos a los matices de su cabello. La luz del atardecer bañaba la plaza principal, cubriéndolo todo con una atmósfera cálida.
Clarisse contempló el espectáculo y luego volvió la mirada hacia Leo. Comprendió que el vacío que la había acompañado durante tanto tiempo en el palacio real había desaparecido por completo, reemplazado por una certeza serena.