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Capítulo III. El Día previo. Parte 2

DavidTM
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El sol ya empezaba a caer cuando un grito rompió la paz de la tarde. —¡OMEGAAAAA! ¡DESPIERTA, QUE TENGO TU PRIMERA SORPRESA! —la voz de Aestus resonó desde la calle con más entusiasmo que discreción. Omega, que dormía con medio cuerpo fuera de la cama, dio un salto como si lo hubiesen lanzado al mar. Se asomó por la ventana con el pelo despeinado y los ojos entrecerrados.

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Se lo pasé a mis amigas y todas se quedaron en el plato de madera volando a la cabeza de Doros, pobre Elara. ¿La armadura que compró Doros es para ella o para Omega? no me quedó claro.

Se lo pasé a mis amigas y todas se quedaron en el plato de madera volando a la cabeza de Doros, pobre Elara. ¿La armadura que compró Doros es para ella o para Omega? no me quedó claro.

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Capítulo III. El Día previo. Parte 2

El sol ya empezaba a caer cuando un grito rompió la paz de la tarde.

—¡OMEGAAAAA! ¡DESPIERTA, QUE TENGO TU PRIMERA SORPRESA! —la voz de Aestus resonó desde la calle con más entusiasmo que discreción.

Omega, que dormía con medio cuerpo fuera de la cama, dio un salto como si lo hubiesen lanzado al mar. Se asomó por la ventana con el pelo despeinado y los ojos entrecerrados.

—¡¿Qué hora es, por todos los dioses?! —gruñó, frotándose la cara.

—¡Hora de dejar de ser un niño! —contestó Aestus con una sonrisa que se oía más que se veía.

Omega suspiró y bajó las escaleras, abriendo la puerta mientras bostezaba.

Aestus estaba frente a él con las manos en la cintura, sosteniendo una venda.

—¿Y eso? —preguntó Omega, mirando la cinta con desconfianza.

—Tu pase de entrada —dijo Aestus—. Vamos, ponte esto en los ojos. Confía en mí.

—La última vez que me dijiste eso terminé colgado de una cuerda en el pozo del pueblo.

—Y sobreviviste, ¿no? —le interrumpió, empujándole suavemente la venda a la cara—. Anda, héroe, que hoy todo está calculado.

Omega resopló, riendo, y se dejó guiar.

Aestus lo llevaba de un brazo, a empujones cariñosos, mientras caminaban entre calles empedradas.

—¿Al menos me puedes decir a dónde vamos? —preguntó Omega, tropezando con algo.

—No te mates. Y no puedo decirte nada, pero puedo decirte esto: la primera sorpresa será tu último acto de niñez. —Aestus bajó un poco la voz, casi solemne—. Y la siguiente... marcará el inicio de tu madurez.

—¿Y eso qué significa? —replicó Omega.

—Significa que si no te callas, te tropiezas otra vez.

Omega soltó una carcajada.

El sonido del mar fue quedando atrás. La brisa olía a hierba, y un zumbido de grillos reemplazó al bullicio del puerto.

Finalmente, Aestus lo detuvo.

—Vale, llegamos. —Le quitó la venda con un golpe rápido.

Omega parpadeó varias veces. La luz del atardecer lo cegó un instante, y cuando su vista se aclaró, reconoció el lugar.

El viejo campo donde solían jugar de niños.

El pasto estaba alto, las sogas rotas, y las estacas de madera carcomidas por el tiempo. Aun así, todo olía a infancia.

Y allí, esperándolos, estaba Elara.

La joven tenía los brazos cruzados y una media sonrisa que no sabías si era burla o nostalgia.

—Vaya, parece que el héroe volvió del exilio —dijo, sin moverse.

Omega se quedó quieto, incómodo, sin saber si reír o disculparse.

—Ehm... hola, Elara. Tiempo sin vernos, ¿no?

—Sí, años —respondió ella, arqueando una ceja—. Pensé que te habías olvidado de cómo se saluda.

—No, no, solo... eh... estaba practicando mi entrada triunfal.

Aestus se metió en medio, riendo.

—Bueno, bueno, no os matéis todavía. Recordad que esto va de revivir la niñez, no de destruirla.

—¿Revivir? —preguntó Omega.

Aestus se agachó y sacó de un saco tres espadas de madera y tres escudos viejos, casi reliquias.

—Exacto. Una última batalla, por los viejos tiempos.

Los tres se miraron un momento, y fue como si los años se borraran.

Omega sonrió, sin poder evitarlo.

—Recuerdo cuando gané aquella vez y me proclamé héroe al nivel de los dioses.

—Eso lo soñaste —rió Aestus—. Nunca ganaste, ni una.

—¡Mentira! Hubo una vez que...—

—Que te tropezaste con tu propio escudo y te fuiste llorando porque viste tu propia sangre salirte de la nariz—interrumpió Elara, conteniendo la risa.

Omega alzó la espada de madera.

—Pues hoy me redimiré.

Elara cogió la suya, haciendo girar el mango entre los dedos.

—Perfecto. Será más fácil dejarte K.O. otra vez.

Los tres se colocaron en círculo, riendo.

El aire se llenó de ese espíritu de juego que solo los amigos de la infancia entienden.

Antes de empezar, Elara lo miró directamente.

—Por cierto, ¿te ha sorprendido verme aquí? —preguntó con una leve sonrisa, casi esperando un "sí" sincero.

Omega, torpe como siempre, contestó:

—Bueno, un poco, aunque tu padre ya me dijo en el mercado que estarías, y que estabas emocionada por venir y todo eso...

El silencio duró medio segundo.

Elara enrojeció de golpe. Envainó su espada, respiró hondo y, sin decir palabra, descargó un golpe limpio y preciso sobre Omega rompiendo su espada en dos durante el trayecto.

—Ups —dijo ella, con voz neutra.

Aestus se dobló de risa.

—¡¡JAJAJAJA!! ¡Madre mía, Omega, una chica te ha reventado de un golpe! ¡Y encima con la cara de un salmón rojo!

—...— Elara, aún más roja y precisa asestó un segundo golpe, esta vez directo al escudo de Aestus, lo dejó tambaleando y en el suelo.

—...vale, vale, punto para ti —balbuceó él entre risas—. Ni el mismísimo Doros aguanta eso.

Minutos después, los tres estaban tirados en el césped, riendo y jadeando.
El sol se escondía ya detrás de los acantilados, tiñendo el cielo de naranja.

—Hacía años que no me dolía tanto reír, no, literalmente, tengo la cara tan magullada que solo con reir me duele todo — dijo Omega, mirando el cielo sonriendo.

—Ni tanto perder —añadió Aestus, sobándose el hombro.

Elara sonrió apenas.

—Yo... me lo pasé bien —admitió en voz baja—. Lo echaba de menos.

El silencio que siguió fue suave, como si ninguno quisiera romperlo.

Cuando Elara se levantó para irse, Omega la llamó:

—Por cierto, Elara...

Ella se giró, con una expresión que mezclaba curiosidad y algo más.

—¿Sí?

Omega dudó. Quería preguntarle por la armadura que Doros le había comprado, pero temió arruinar la sorpresa.

—Eh... nada, nada. Nos vemos mañana.

Elara lo miró un segundo más, luego asintió con frialdad.

—Adiós, Omega.

Y se marchó colina abajo.

Aestus esperó unos segundos antes de hablar.

—Tío... te juro que a veces mereces los golpes que te dan.

—Lo sé —dijo Omega, riendo—. Pero al menos ya tengo una buena historia de cumpleaños.

Aestus le dio una palmada en la espalda.

—Pues guárdate energía, porque aún queda la segunda sorpresa. Te pasaré a buscar a las once y media, pero a escondidas.

—Perfecto. Intentaré que mi madre no me pille.

—Suerte con eso. Si lo hace, dile que fue culpa mía.

—Siempre es culpa tuya.

Ambos rieron, caminando hacia el pueblo mientras el sol ya se escondía entre las nubes anaranjadas.

Más tarde, mientras caía la noche, Omega y Aura cruzaron la plaza rumbo al Bar Euthymemo, el corazon palpitante del pueblo. El aire olía a cerveza, pescado frito y madrea vieja. Era la misma mezcla de siempre, una que anunciaba que la noche prometía ruido, carcajadas y alguna que otra pelea amistosa entre pasados de raya. 

Dentro, el ambiente estaba al borde del caos, pero era un caos familiar.

Los padres de Aestus corrían de un lado a otro sirviendo platos y jarras, mientras gritaban pedidos por encima del bullicio. El bar entero vibraba con risas, brindis y el golpeteo de las botas sobre el suelo.

Mientras los marineros empezaban a cantar ya la melodía típica de Euthymera, aquella que todo marinero conocía, y como no, cualquiera que no estuviera sordo en le pueblo.

Aura se sentó con Omega en una mesa al fondo, justo al lado del ventanal que daba al puerto. Aún con el cansancio marcado en el rostro, sonreía de oreja a oreja.

En cuanto se descuidó, Omega se había ido a escuchar a Doros, que ya empezaba su espectáculo, mientras tanto, un marinero ebrio se acercaba a la mesa de Aura con una flor, con escasos pétalos, entre los dedos.

—Buenas noches, mi sirena de los mares —balbuceó, con la voz arrastrada.

Aura lo miró de arriba abajo, sonrió con una cortesía forzada y le contestó:

—Buenas noches, y adiós, que mi hijo tiene buena puntería con los platos. Mientras Omega miraba desde la otra parte del salón hacia ese señor con mirada achinada.

El tipo se retiró riendo nervioso mientras Omega contenía una carcajada.

A su alrededor, todo era puro espectáculo:

La abuela de Aestus dándole de comer al perro de su propio plato mientras su hija le regañaba.

Aestus, rodeado de marineros, levantaba su jarra al cielo mientras uno caía desplomado en la mesa.

—¡Y otro que cae ante el campeón bebedor de cerveza de Euthymera! —gritó, entre vítores.

Al fondo, Elara se mantenía en silencio, sentada sola con los brazos cruzados, observando cómo su padre se tambaleaba encima de la mesa. Cada vez que Doros abría la boca, ella se hundía más en la silla.

El hombre tenía la cara roja como un cangrejo y una jarra de cerveza en la mano, gritando a los cuatro vientos:

—¡¡Y entonces me enfrenté a un ejército de Mirmidones!! —vociferó, mientras los niños, con Omega a la cabeza, se sentaban a su alrededor como si fuera un cuentacuentos—. ¡Unos insectos gigantes, con coraza de hierro y una picadura mortal! ¡Tuvimos que prender fuego a las espadas con aceite para fundir sus escamas! ¡Tres de mis camaradas cayeron... pero yo resistí!

Omega lo escuchaba con los ojos como platos, tomando notas en su pequeño cuaderno.

Aura lo miraba de reojo y sonreía. Pocas veces lo veía tan feliz.

Pero Doros no había terminado.

—¡Aunque si queréis oír sobre criaturas verdaderamente viles, esperad a que os hable de las Empusas! —dijo, subiendo aún más la voz—. Eran demonias del bosque, mitad mujeres, mitad pesadilla. Una vez acampamos en las colinas del norte, y cuando desperté, ¡solo quedaba la armadura vacía de mi compañero! ¡La Empusa se lo había llevado al catre y el muy tonto se desnudó estando totalmente desprotegido!

Los niños se miraron, confundidos.

Elara, desde su esquina, ya presintió el desastre.

—"Cuando busqué a mi camarada me lo encontré medio muerto, apenas le quedaba energía, esas demonios se lo habían chupado toda, pero yo vi su forma demoníaca, cuando me vieron... me intentaron engatusar también, adoptaron su forma sexy", seguía Doros, balanceándose—. "Empezaron a desnudarse y me enseñaron sus tet—"

¡PLAF!

Un plato de madera voló y le dio de lleno en la cabeza.

—¡¡Papá, por los dioses!! ¡Que te están escuchando los niños! ¡Qué vergüenzaaa! —gritó Elara, con la cara encendida.

Las carcajadas del bar estallaron.

Doros, tambaleante, se llevó la mano al chichón y se disculpó entre hipo.

—Bueno bueno... mejor os cuento entonces... ¡la batalla contra el Onocentauro! —dijo, alzando otra vez la jarra.

Los niños se acomodaron de nuevo, expectantes.

Omega abrió otra página del cuaderno.

—"Esto fue cuando me gradué de la escuela militar de Thalyssos" —empezó Doros, inflando el pecho—. "Volvía al pueblo, aún aprendiz, bajo las órdenes del abuelo de Elara... el viejo cascarrabias. Tenía que ganarme su favor si quería pedir la mano de su hija" —su voz tembló apenas un segundo,  su mirada tornó en tristeza, y se llevó el vaso a los labios antes de continuar—.
"En el camino, vimos a un Onocentauro comerse a un campesino. ¡Media bestia, media hombre, tres metros de pura furia! Peleamos toda la noche, cuatro contra una manada entera, cada uno además sabía utilizar un arma diferente, sin duda eran criaturas muy inteligentes y diestras... pero sobrevivimos. Volvimos al amanecer, victoriosos. Héroes de Euthymera."

Los niños lo miraban con admiración.

Omega anotaba frenéticamente cada palabra, imaginando las escamas, las armas, la gloria.

Doros bajó la voz, con un brillo de orgullo y cansancio en los ojos.

—Y eso, pequeños... eso es lo que significa ser valiente.

El bar estalló en aplausos y vítores.

Omega levantó la mirada, el corazón le latía rápido. Por un momento, soñó con ser así, un hombre capaz de defender su pueblo, de vivir mil historias...

Aura lo miraba con ternura. Sabía que, en esa mirada, había algo más que admiración infantil. Había esperanza.

Pasaron las horas entre música, carcajadas y brindis. Las luces del bar se reflejaban en los vasos, el ambiente era cálido, casi eterno.

Cuando el reloj marcó las once, Aura bostezó y le dio un golpecito a Omega.

—Vamos, héroe, se acabó la función. Mañana nos espera un gran festín.

—Sí, mamá —respondió él, cerrando el cuaderno con una sonrisa.

Mientras se alejaban del bar, el ruido del gentío se mezclaban con el rumor del mar.

La puerta de casa se cerró con sonido de las bisagras. Aura caminaba detrás de Omega, sosteniendo un farol mientras la brisa nocturna jugueteaba con los mechones de su hijo. La calle estaba casi vacía; solo se oían las olas y el chirrido de las cuerdas de los barcos al balancearse en el puerto.

—Ha sido un buen día, ¿no crees? —dijo ella con voz dulce, mientras Omega trataba de disimular un bostezo.

—El mejor —respondió él, aunque su mente seguía atrapada en las historias de Doros, soñando con monstruos y héroes.

Ya dentro, Aura dejó el farol sobre la mesa. Omega la miró, y por un momento el silencio los abrazó. La luz titilante del farol les daba ese aire cálido de hogar que no se encuentra en ningún otro sitio.

—Mañana te espera otro gran día, mi pequeño torbellino —dijo Aura, revolviéndole el pelo.

—Ya no soy tan pequeño... —murmuró Omega, fingiendo seriedad.

—No, claro que no —sonrió ella—. Pero déjame disfrutar un poco más de tenerte aquí, ¿sí?

Omega se encogió de hombros, pero no pudo evitar sonreír.

—Te prometo que mañana será aún mejor —dijo él.

—Solo prométeme una cosa —respondió ella, acariciándole la mejilla —que pase lo que pase, nunca dejes de mirar el mar con ilusión. Los que le tienen miedo... acaban olvidando quiénes son.

Omega asintió, y se abrazaron un largo momento.

Luego subió a su habitación, fingió dormirse... y esperó.

A escasos 15 min de las 12, el chirrido de la ventana rompió el silencio. Omega se deslizó hacia fuera con torpeza, cargando una mochila pequeña. Apenas tocó el suelo cuando una voz lo hizo quedarse de piedra.

—Así que te vas sin avisar, ¿eh, pequeño torbellino? —dijo Aura, apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa que escondía preocupación.

—Mamá, yo... lo siento, debería—

—Ya lo sabía, tonto. Los padres de Aestus no saben guardar un secreto ni aunque los ataran con las redes —rió suavemente—. Solo tened cuidado, ¿vale? Y no vengas muy tarde. Mañana quiero verte fresco para tu cumpleaños. Te espero despierta, no me quedaré tranquila hasta que vuelvas.

—Sí, sí, prometido. Tendremos cuidado... además, Aestus es el segundo mejor marinero —intentó bromear él.

—Pues dile al segundo mejor marinero que te cuide bien y que la próxima vez se esconda mejor—dijo ella mirando hacia el seto.

Aestus salió de su escondite... o más bien, del intento de esconderse. Tenía medio cuerpo fuera, hojas pegadas al pelo y una sonrisa culpable.

—Sí, señora —respondió con un gesto torpe, intentando saludar como un soldado.

Aura soltó una risita y bajó la voz:

—Te amo torbellino, no lo olvides.

Omega, sin pensarlo, corrió a abrazarla con fuerza.

—Yo también, mami... hasta luego.

Y se fue corriendo hacia el puerto, con el corazón latiendo tan fuerte como las olas.

—"Mami"... —repitió Aestus con una sonrisa burlona—. Qué ternura, héroe del mar.

—Cállate, idiota —gruñó Omega, dándole un codazo.

—Jajaja, tranquilo, tranquilo. No todos los héroes empiezan con pañuelos en el bolsillo —siguió Aestus, riéndose mientras caminaban.

—Entonces, ¿a dónde vamos? —preguntó Omega.

—A navegar. Tu paso a la adultez empieza esta noche. Tienes que aprender a ayudar a tu madre. Yo te haré un hombre de mar... el tercer mejor marinero.

Omega puso cara de "gracias, pero preferiría una cama".

Aestus lo empujó por el hombro entre risas, —Venga, héroe, que el mar no espera.

Subieron al barco. La luna se reflejaba sobre el agua como una moneda partida.

Aestus, ya en modo capitán, empezó a dar órdenes:

—¡Afloja el estay! ¡Tensa el foque! ¡Y suelta la escota de popa!

Omega, mirando las cuerdas, parecía estar frente a un rompecabezas sin solución.

—¿Qué es el... estay?

—Eso. No, ¡eso no! ¡El otro eso!

Un sonido seco.

—Vale, acabas de soltar el ancla, gran héroe —dijo Aestus, con la mirada perdida en el horizonte.

Entre risas, gritos y confusión, lograron zarpar.

En la lejanía, Aura observaba desde la ventana de la habitación de Omega. Las campanas del puerto marcaron la medianoche. Una lágrima le resbaló por la mejilla mientras veía cómo el barco se alejaba entre la bruma.

—Felicidades, mi gran torbellino —susurró.

El mar estaba en calma, tanto que solo se escuchaban las velas crujir. Aestus silbaba mientras Omega permanecía en silencio, con una expresión extraña, llevaba ahí parado más de 10 minutos sin mediar palabra. ¿Le estará gustando?, pensó Aestus.

Se acercó con cautela.

—Oye Omega, si quieres que demos la vuel..—

De pronto, Omega se levantó de golpe, con la cara pálida.

—¿Estás bien? —preguntó Aestus, preocupado.

—Me... me piro a babor.

Corrió hacia la barandilla y vomitó como si el alma se le escapara por la boca.

Aestus lo miró entre la compasión y la carcajada.

—¡JAJAJAJA! ¡El héroe del mar se marea en el barco!

Y entonces se dio cuenta.

—Por cierto, eso no era babor... era estribor.

El ataque de risa fue inevitable.

Cuando el mareo dio tregua, Omega, pálido, le dijo:

—Cuéntame algo. Lo que sea... para distraerme y por favor volvamos ya no aguantaré así mucho tiempo más, estoy por tirarme por como se llame este lado del barco.

Aestus sonrió y se acomodó en la borda:

—Dicen que por aquí habita la Escolopendra de la Fosa.

—¿La qué...?

—Una especie de ciempiés gigante. Negro como la obsidiana. Dicen que cuando esa cosa sube, el mar se queda en silencio. No hay olas, no hay viento... solo un escalofrío que corre por la quilla. Cuando no te traga... te desmantela.

Omega tragó saliva.

—¿Y tú la viste?

—Una vez. Una sombra enorme bajo el casco. Pero seguro era una ballena, ¿eh? —rió nervioso.

Omega no respondió. Miraba al mar... y notó algo raro.

El agua estaba demasiado quieta.

—Aestus... ¿esto es normal?

Aestus levantó la vista. El mar, plano como un espejo.

Le recorrió un escalofrío recordando su propia historia.

—No... no lo es.

Corrió al timón, girando con fuerza.

—¡Volvemos al puerto!

El barco avanzó unos minutos... o eso creyeron. El pueblo seguía igual de lejos.

Remaron como locos, hasta quedar sin aliento.

Omega jadeaba.

—No... avanzamos.

Aestus levantó el catalejo, buscando señales...

—¡Si alguien nos viera...!

—Aestus —dijo Omega, con la voz temblorosa—. Mira atrás.

Aestus se giró... y todo el color se le drenó del rostro.

Una ola gigantesca, cinco veces más alta que el barco, rugía como una bestia viva.
Los dos se quedaron paralizados.

Aestus sintió cómo la garganta se le cerraba.
Recobró el aliento como pudo, tragándose el pánico.

Diez segundos.
Eso era lo que tenían.
Diez segundos antes de ser polvo en el agua.

—¡¡SALTA DEL BARCOOO!! —gritó, con un tono tan visceral que Omega no lo había escuchado nunca en él.

Los dos saltaron sin pensarlo.

En el mismo instante en que el agua los tragó, la ola cayó sobre el barco.

El mundo giró: arriba, abajo, madera rompiéndose, burbujas explotando en los oídos, sombras moviéndose como criaturas.

Omega sintió cómo algo le golpeaba la espalda. Aestus perdió el norte tres veces antes de encontrar la superficie.

Ambos emergieron jadeando.

—¡OMEGAAA!

—¡AESTUS! ¿¡DÓNDE—!?

—¡AQUÍ, AQUÍ!

Se nadaron el uno al otro hasta encontrarse, tosiendo agua salada.

Y entonces Aestus vio algo... peor. Mucho peor.

Una segunda ola.

No, un muro gigante, un monstruo de agua de casi dieciocho metros, avanzando como si el océano hubiera decidido ponerse de pie para destruirlo todo.

Era tres veces más grande que la primera. Y venía directa hacia ellos.

Su cuerpo entró en un estado de activación total; puro instinto, puro terror.

—¡OMEGA, BUCEA!

—¿Qué?

—¡¡BUCEA LO MÁS PROFUNDO POSIBLE, YA!!

—¡¡YAAAAAA!!

Se hundieron.

Aestus descendió rápido, potente, casi como si el miedo lo empujara.

Omega, más pequeño, más débil, bajó menos... y la ola los alcanzó.

El impacto fue brutal.

Omega sintió cómo el agua lo agarraba como una mano gigante. Lo giró, lo arrastró, lo lanzó contra el lecho marino. Un golpe seco contra el suelo le cortó la respiración.

Todo se volvió oscuro.

La arena subió como humo, el mar rugía sobre él y ya no sabía si estaba subiendo, bajando o muriéndose.

Aestus, entre la penumbra turbia, buscaba desesperado.

—¡OMEGAAAA! —el grito salió como burbujas rotas.

Nada.

Solo sombras.

Y entonces... una luz.

Una luz pequeña, extraña e imposible.

Un destello en el fondo.

Aestus no recordaba que Omega llevara nada metálico, pero su cerebro, desesperado, lo tomó como una señal divina.

Buceó hacia ella, con los pulmones ardiendo.

Y allí estaba Omega. Inconsciente.

Flotando como si el mar intentara llevárselo.

Y junto a su mano... un extraño anillo, brillando con un resplandor pálido que parecía respirar posado sobre la mano de Omega.

Aestus lo agarró todo: el cuerpo, el anillo, el miedo.

Empujó hacia arriba con todo lo que tenía.

Rompió la superficie boqueando como un pez fuera del agua.

La corriente era brutal, un torrente que los arrastraba como juguetes.

Apenas podía sostener a Omega con un brazo.

Nadó.

Nadó con toda la fuerza que le quedaba.

Hasta que sintió un latigazo en la pierna.

—¡Aghhh! —un grito ahogado de dolor.

—No... no ahora...

El gemelo se le había cargado.

Se hundió un segundo.

Salió.

Gritó de dolor, de rabia, de miedo.

La marea lo arrastraba hacia alguna parte que no podía ver.

Omega seguía inconsciente.

El anillo brillaba débilmente.

Aestus, agotado, sin aire, sin fuerza, se dejó llevar boca arriba.

El cielo giraba.

Las estrellas parecían moverse.

El mar lo mecía como si quisiera dormirlo para siempre.

Sintió que entraba en una corriente marina.

La presión en su pecho era insoportable.

Los brazos ya no respondían.

La pierna ardía como fuego.

—Lo siento... —susurró, sin saber a quién, pensando que había llegado su final... y que él era el responsable.

El dolor y el cansancio lo vencieron.

Le brotaban lágrimas. 

Cerró los ojos.

Lo que nadie se imaginaba era que esa noche Euthymera fue borrada del mapa.

Thoughts

  • relatoBreve

    'me piro a babor' y era estribor. lo leí entre llamada y llamada y me reí sola con los auriculares puestos

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  • pnavarro64

    Acho, pregunta: el mar plano y que no avanzaran ¿es por la escolopendra esa o por la ola? Remaron y el pueblo seguía igual de lejos.

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  • cuento77

    Se lo pasé a mis amigas y todas se quedaron en el plato de madera volando a la cabeza de Doros, pobre Elara. ¿La armadura que compró Doros es para ella o para Omega? no me quedó claro.

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  • libretanegra

    Me copié esta: 'los que le tienen miedo acaban olvidando quiénes son'. La anoté en un semáforo largo. Va a la libreta once.

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  • Amaranta

    Ay no, el pobre le dice que el papá le contó que ella estaba emocionada por venir, y ella le parte la espada de un golpe. Se lo merecía.

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  • bsalas87

    Yo iba con que la Escolopendra era cuento de marinero para asustar al cabro. Después el barco deja de avanzar aunque reman. ¿La ola es cosa de la bestia o son dos cosas aparte?

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  • CapituloTrasCapitulo

    Che, ¿el anillo ya estaba en el fondo o llegó ahí después? Porque Aestus dice clarito que Omega no llevaba nada metálico encima. Y quedó colgado lo de la armadura que Doros le compró a Elara, ¿eso se ve más adelante?

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  • pnavarro64

    Acho, una duda: el anillo que brilla, ¿ya estaba en el fondo o le salió en la mano a Omega? Aestus dice que no llevaba nada metálico.

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  • cuentistadebar

    La parte del bar la he leído como si la estuviera oyendo. Doros subido a la mesa con la jarra, los críos sentados alrededor como en un cuentacuentos, y el plato de madera volando justo cuando se arranca con lo de las Empusas. Eso pasa aquí cualquier sábado, con otros bichos. Lo que me quedó fue el momento en que se le tuerce la voz al nombrar al abuelo de Elara. Ahí ya no está contando para los niños.

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  • CapituloTrasCapitulo

    Aestus le dice al principio que la primera sorpresa iba a ser su último acto de niñez, y el capítulo termina con Euthymera borrada del mapa. Así que la última tarde de infancia de Omega fue esa, espadas de madera en el campo viejo con los dos. Pasá la siguiente entrega, che, que quedé pensando en Aura esperándolo despierta.

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