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Capítulo 8: una rosa hermosa, pero con espinas

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Pensamiento

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curioso31

Las ardillas trayéndole el teléfono del chico me confirman lo que sospechaba desde lo de la diosa del bosque: Yuji y los animales tienen un trato que todavía no nos han contado.

Las ardillas trayéndole el teléfono del chico me confirman lo que sospechaba desde lo de la diosa del bosque: Yuji y los animales tienen un trato que todavía no nos han contado.

Contenido de la publicación

La Academia Aozora tenía lugares que no aparecían en ningún plano oficial.

 

Pasillos impecables, jardines perfectos, salones modernos y zonas diseñadas para impresionar a cualquier visitante. Sí. Pero también existían rincones que nadie mostraba. Lugares apartados. Espacios detrás de los edificios, corredores olvidados y pequeños recodos donde, según decían los rumores, las cámaras de seguridad no llegaban.

 

O, al menos, eso creían quienes llevaban suficiente tiempo allí para saberlo.

 

Y precisamente en uno de esos rincones estaba Airi.

 

Caminaba tranquila, hasta que tres estudiantes aparecieron de golpe bloqueando su camino. Dos chicas y un chico. Todos de cursos superiores. Todos con esa expresión de quien sabe que nadie los está mirando.

 

Airi se detuvo, confundida.

 

—¿Puedo ayudarles?

 

Una de las chicas sonrió. No era una sonrisa amable.

 

—Sí. Queremos hablar contigo.

 

Airi miró a los tres.

 

—¿Sobre qué?

 

La otra chica cruzó los brazos, con gesto de superioridad.

 

—Sobre Yuji.

 

El cuerpo de Airi se tensó al instante.

 

—¿Qué pasa con él?

 

—No te hagas la tonta —dijo el chico, dando un paso hacia ella.

 

—Desde que regresó, todo el mundo habla de él —continuó la primera chica—. Y ahora resulta que tú estás siempre a su lado. Como si fueras algo suyo.

 

Airi bajó levemente la mirada, pero se mantuvo firme.

 

—Es mi amigo.

 

—Ese es precisamente el problema —soltó la chica con una risa seca—. ¿Sabes quién se ha convertido Yuji? Alguien importante. Alguien que va a subir muy rápido. Y cualquiera que esté cerca de él… puede beneficiarse.

 

Airi frunció el ceño. Comprendió de golpe. No estaban allí por Yuji. Estaban allí porque querían acercarse a él. Y ella… ella era lo que se interponía en su camino.

 

—Si quieres seguir teniendo una vida tranquila aquí —le advirtió la chica, señalándola con desdén—, será mejor que te apartes de su lado. Ahora mismo.

 

Airi apretó las manos con fuerza. Respiró hondo. Y entonces dijo algo que ni ella misma esperaba:

 

—No.

 

Los tres se quedaron en silencio. Sorprendidos.

 

—¿Qué dijiste?

 

Airi levantó lentamente la mirada. Estaba nerviosa. Tenía miedo. Pero en ese instante recordó la voz de Yuji. Recordó cómo la había mirado en el comedor. Cómo le había dicho que nadie tenía derecho a hacerla sentir inferior.

 

—No voy a apartarme de él.

 

Las expresiones de las dos chicas se endurecieron.

 

—¿No entiendes tu lugar? Tú eres una becada. Él ya no es quien era. Ahora puede llegar muy alto. ¿Y tú? Tú eres solo un lastre que lo arrastrará hacia abajo.

 

Airi sintió un nudo en el estómago, pero no retrocedió.

 

—No soy un lastre.

 

—¿Ah, no? —La chica se acercó más, mirándola de arriba abajo—. Entonces demuestra que puedes estar a su altura. Porque lo que veo ahora… es que no sirves.

 

—Déjenme en paz —dijo Airi, aunque su voz tembló.

 

El chico soltó una carcajada burlona y dio un paso más.

 

—Te dimos una oportunidad para irte bien.

 

—No voy a alejarme de mi amigo.

 

Aquella respuesta fue la última gota. El chico la tomó de la muñeca con fuerza.

 

—Entonces tendremos que enseñarte cómo se obedecer.

 

—¡Suéltame! —Airi intentó zafarse, pero él era mucho más fuerte.

 

—Si no entiendes por las buenas… —La chica se acercó más, con una sonrisa fría— …aprenderás por las malas.

 

Airi comenzó a forcejear. Le cubrieron la boca. Sus ojos se abrieron de par en par. El miedo la invadió por completo. Estaba apartada. Nadie pasaba por allí. Nadie la oiría.

 

Y entonces…

 

Pic.

 

El chico se quedó inmóvil. Frunció el ceño.

 

—¿Qué…?

 

Pic. Pic. Pic.

 

Un pequeño gorrión acababa de posarse sobre su cabeza. Y picoteaba con una determinación feroz.

 

—¡AU! ¡Maldita sea! —El chico la soltó de golpe y comenzó a sacudirse furioso—. ¡Lárgate! ¡Pájaro estúpido!

 

Airi cayó hacia atrás, pero logró mantenerse de pie, temblando. El gorrión no se marchaba. Seguía atacándolo.

 

Y entonces algo más se movió entre los arbustos. Dos pequeñas ardillas salieron disparadas. Una se metió entre las piernas del muchacho y comenzó a morderle el pantalón con insistencia.

 

—¡¿QUÉ PASA AQUÍ?! —gritó él saltando de un lado a otro, perdiendo por completo la compostura.

 

Las dos chicas retrocedieron, aterradas y confundidas.

 

—¿Por qué hay tantos animales? ¡Esto no es normal!

 

Airi también los miraba sin comprender. Pero en ese instante… sintió algo.

 

El aire cambió.

 

Las hojas de los árboles se detuvieron un instante, como si contuvieran el aliento. Y una voz tranquila, suave, pero que helaba la sangre, resonó detrás de ellos:

 

—¿Ya terminaron?

 

Las dos chicas se quedaron petrificadas.

 

Airi giró la cabeza.

 

Allí estaba él. Yuji. De pie. Inmóvil. Su cabello blanco se movía lentamente con la brisa. Sus ojos seguían cerrados. Pero su expresión… no era la de siempre. No había sonrisa. No había calma amable. Había algo frío. Profundo. Una molestia contenida que hacía que el aire pesara.

 

Las chicas palidecieron.

 

—Yuji… nosotros… podemos explicar…

 

—No.

 

Una sola palabra. Fue suficiente para callarlas.

 

—Pero… —tartamudeó una de ellas.

 

—No quiero escuchar sus excusas —dijo él, avanzando paso a paso, despacio, sin prisa.

 

El gorrión voló hasta una rama. Las ardillas desaparecieron entre los arbustos. El chico, despeinado y furioso, señaló a Airi.

 

—¡Esta chica se estaba metiendo donde no le llaman! ¡Solo le dábamos una lección!

 

Yuji giró levemente la cabeza hacia él.

 

—¿Lección? —repitió, con una calma que daba miedo—. Ella no necesita lecciones de nadie. —Dio otro paso hacia ellos—. Y además… se equivocan.

 

—¿De qué hablas? —preguntó la chica, intentando recuperar autoridad.

 

Yuji se detuvo frente a ellos.

 

—No es simplemente mi amiga. Es una de mis pequeñas. —Su voz bajó apenas, volviéndose más grave—. Y ustedes acaban de cometer un error muy grave.

 

—No hicimos nada malo —se defendió ella—. Solo hablábamos.

 

Yuji miró entonces la muñeca de Airi. La marca rojiza donde la habían sujetado con fuerza. Algo en su mirada se oscureció.

 

—¿Así es como conversan? —preguntó en un susurro que heló la sangre de todos.

 

Silencio absoluto.

 

Yuji levantó lentamente una mano y señaló hacia lo alto, hacia el borde del edificio.

 

—Miren.

 

Los tres levantaron la vista. Allí había una cámara de seguridad. Una cámara que, según todos creían, siempre apuntaba hacia otro lado. Pero ahora… estaba girada. Directamente hacia ellos. Grabándolo todo.

 

Las chicas se quedaron sin aliento.

 

—Eso… eso es imposible…

 

—La cámara estaba allí desde el principio —dijo Yuji suavemente—. Simplemente no estaba apuntando hacia ustedes. Hasta ahora.

 

El chico tragó saliva. Habían sido vistos. Cada amenaza. Cada empujón. Cada palabra cruel. Todo.

 

Yuji dio un paso más.

 

—Les aconsejo que no vuelvan a acercarse a ella de esta manera. —Hizo una pausa, y añadió con claridad absoluta—. Ni a ella… ni a ningún estudiante becado. Jamás.

 

—¿Y qué vas a hacer? —se atrevió a decir la chica, con voz temblorosa—. ¿Acusarnos? ¿Tú?

 

Yuji guardó silencio unos segundos. Luego sonrió. Una sonrisa pequeña, fría, que no llegó a sus ojos.

 

—Voy a mostrar las imágenes. A todos.

 

El silencio se volvió pesado como plomo.

 

—A las redes. A los profesores. A la directora. Al Consejo Estudiantil. A sus padres también, si es necesario. —Yuji ladeó levemente la cabeza—. Donde sea necesario para que sepan lo que hicieron.

 

Las chicas empezaron a temblar. Comprendieron de golpe la diferencia entre el chico que desapareció y el que tenían delante. El antiguo Yuji habría bajado la mirada. Habría pedido perdón. Habría soportado todo en silencio. Pero este… este no tenía miedo. No les temía a ellos. No les temía a sus apellidos. No le importaba su posición.

 

—Creen que porque este lugar está escondido pueden hacer lo que quieran —continuó Yuji, con voz firme—. Creen que los becados no tienen quién los defienda. —Extendió la mano hacia Airi—. Se equivocaron.

 

Airi dudó un instante, luego tomó su mano. Él entrelazó sus dedos con los de ella, cálido y firme.

 

—Y quiero que recuerden algo —dijo Yuji, mirándolos a pesar de tener los ojos cerrados—. Mis pequeños no necesitan pedir permiso para crecer. Y nadie… nadie tiene derecho a pisarlos.

 

La brisa volvió a mover las hojas alrededor de ellos.

 

Yuji comenzó a caminar alejándose del lugar, llevando a Airi con él. Pero antes de perderse entre los árboles, se detuvo. Sin girarse, dijo con suavidad:

 

—Y si vuelven a intentar pisar una de ellas… descubrirán por qué las rosas necesitan espinas para sobrevivir.

 

Y se marchó.

 

Caminaron en silencio durante varios metros. Airi miraba sus manos entrelazadas, sin saber qué decir. Finalmente, alzó la voz, apenas un susurro:

 

—Yuji…

 

—¿Sí?

 

—¿Estabas muy enojado?

 

Yuji guardó silencio unos segundos. Luego respondió con sinceridad:

 

—Sí. Mucho.

 

Airi lo miró de reojo.

 

—Nunca te había visto así. Tan… decidido. Tan distinto.

 

Yuji apretó suavemente su mano.

 

—Yo tampoco. Hasta hoy.

 

Airi sonrió débilmente.

 

—Pero viniste. Sabías que me necesitaba… y viniste.

 

Yuji inclinó levemente la cabeza.

 

—Claro que vine. Siempre vendré.

 

Airi bajó la mirada hacia sus manos unidas.

 

No era un apodo. No era una forma de hablar. Era algo mucho más profundo. Yuji los veía a todos ellos —a los que habían sido olvidados, pisoteados, ignorados— como algo frágil que merecía crecer libre. Y estaba dispuesto a defenderlos. Con todo lo que fuera necesario.

 

Incluso si tenía que convertirse en algo aterrador para hacerlo.

 

Airi continuó caminando junto a Yuji alejándose de aquella zona apartada. Ninguno de los dos habló durante un buen rato. Él seguía sosteniendo su mano, cálida y firme, como si quisiera asegurarse de que no volviera a sentirse sola ni un instante.

 

Finalmente llegaron a la salida de la academia. Allí, apoyados cerca de la puerta principal, los esperaban Miyu y Ren.

 

—¡Airi! ¡Yuji! —saludó Miyu al verlos, levantando la mano.

 

Ren también sonrió.

 

—Ya era hora. Empezaba a pensar que se habían perdido.

 

Airi intentó devolverle la sonrisa.

 

—Hola…

 

Pero Ren la observó unos segundos. Su expresión cambió de inmediato.

 

—Pasó algo.

 

Yuji se detuvo. Miyu también dejó de sonreír.

 

—¿Qué ocurrió? —preguntó ella, dando un paso hacia ellos.

 

Yuji miró brevemente a Airi, como asegurándose de que estaba bien, y luego respondió con tranquilidad:

 

—Tres alumnos de cursos superiores la acorralaron en un rincón apartado.

 

Miyu frunció el ceño de golpe.

 

—¿Qué?

 

—Dos chicas y un chico. Intentaron obligarla a alejarse de mí. Las amenazas terminaron en agresión física.

 

Ren apretó los puños con fuerza.

 

—¿Estás hablando en serio?

 

—Sí. Pero llegué a tiempo. Ya lo solucioné. No tienen de qué preocuparse.

 

Miyu y Ren intercambiaron una mirada. No sabían exactamente qué había hecho Yuji. Sin embargo, algo en su voz, en su calma absoluta, los convenció. Si Yuji decía que estaba solucionado… probablemente lo estaba.

 

En ese momento, algo pequeño apareció detrás de ellos. Una ardilla. Y luego otra. Ambas corrieron directamente hacia Yuji como si lo conocieran de siempre.

 

—¿Eh? —Miyu parpadeó, sorprendida.

 

Las ardillas treparon con total confianza por su ropa hasta instalarse en sus hombros. Ren abrió los ojos de par en par.

 

—¿Son… las mismas que aparecieron antes?

 

Yuji sonrió suavemente.

 

—Parece que sí.

 

Una de las pequeñas llevaba algo entre las patas delanteras. Lo dejó con mucho cuidado sobre la mano abierta de Yuji.

 

Era un teléfono móvil.

 

Miyu miró el aparato, confundida.

 

—¿Eso es…?

 

—El teléfono del chico —respondió Yuji.

 

Ren miró a la ardilla, luego a Yuji, y finalmente al teléfono.

 

—¿Cómo… cómo demonios…?

 

Yuji acarició suavemente la cabecita del animalito.

 

—Gracias.

 

Las dos ardillas se quedaron quietas unos instantes, como recibiendo el agradecimiento. Luego bajaron por su ropa y desaparecieron entre los arbustos tan rápido como habían llegado.

 

Ren seguía completamente desconcertado.

 

—Esas ardillas… te obedecen.

 

—No exactamente —respondió Yuji, observando el teléfono en su mano—. Simplemente son muy amables.

 

Miyu señaló el aparato.

 

—¿Y qué piensas hacer con eso?

 

Yuji comenzó a caminar hacia la salida.

 

—Buscar pruebas.

 

Los dos lo siguieron.

 

—¿Pruebas de qué? —preguntó Ren.

 

Yuji encendió la pantalla.

 

—No tiene contraseña. Típico de quien cree que nunca le pasará nada. —Abrió la galería y comenzó a revisar archivos—. Estoy buscando grabaciones.

 

Ren comprendió lentamente.

 

—¿Crees que ese chico… grababa cuando molestaban a otros?

 

Yuji abrió una carpeta. Había decenas de videos.

 

—Lo sé.

 

Un silencio pesado cayó sobre ellos.

 

—Los narcisistas como ellos suelen hacer esto —explicó Yuji, deslizando la pantalla con calma—. Conservan cada momento porque les divierte volver a verlo. Se sienten poderosos. —Su voz perdió un poco de suavidad al añadir—: A mí también me lo hicieron. Les gustaba grabar cuando me humillaban. Decían que era para no olvidar mi lugar.

 

Ren sintió un nudo en el estómago.

 

—Entonces… tuviste suerte de que se le cayera.

 

Yuji negó levemente con la cabeza. Guardó el teléfono en su bolsillo.

 

—No fue suerte. Sabía que probablemente tendría algo así. Por eso me lo llevé.

 

Miyu lo miró con preocupación.

 

—¿Planeas… chantajearlos?

 

Yuji se detuvo un instante. Giró levemente la cabeza hacia ella.

 

—No. Chantajearlos sería caer tan bajo como ellos.

 

Ren arqueó una ceja.

 

—Entonces, ¿qué piensas hacer?

 

Yuji respondió con una calma tan profunda que resultó mucho más imponente que cualquier grito o amenaza:

 

—Voy a dejarles una advertencia. Enviaré todas las grabaciones a la dirección educacional.

 

Miyu abrió los ojos.

 

—¿Todas?

 

—Todas. —Yuji levantó un dedo—. A la directora. —Otro—. Al consejo estudiantil. —Un tercero—. Y a los padres de cada uno de ellos.

 

Ren comenzó a comprender el alcance de lo que decía.

 

—Y si aparecen más grabaciones con otros estudiantes…

 

—También las enviaré. —Yuji sonrió levemente, sin rastro de alegría—. No voy a destruirlos yo. Ellos mismos se destruirán solos cuando todo lo que han hecho salga a la luz.

 

Miyu guardó silencio. Yuji continuó, mirando hacia el camino que llevaba a su casa:

 

—Quiero que esos tres entiendan que ya no tienen impunidad. Y quiero que todos los demás que hacen lo mismo sepan también: desde ahora, nadie está por encima de las reglas. Nadie puede lastimar a otros sin consecuencias.

 

Ren frunció el ceño.

 

—¿Y si intentan negarlo? ¿Si dicen que los videos están editados?

 

Yuji soltó una pequeña risa, suave y segura.

 

—Por eso existen las grabaciones. Por eso existe la verdad. No pueden negar lo que ellos mismos guardaron.

 

Cayeron en silencio. Los tres continuaron caminando. Airi mantenía su mano entre las de él, en silencio, pero sin soltarla.

 

Ren lo observó de reojo. Hasta ese momento había visto al nuevo Yuji como alguien tranquilo, refinado, extrañamente gentil. Pero ahora comenzaba a comprender algo mucho más profundo.

 

Yuji no necesitaba levantar la voz. No necesitaba golpear a nadie. Ni siquiera necesitaba amenazar directamente. Simplemente encontraba aquello que los demás querían mantener oculto… y dejaba que la verdad hiciera el resto.

 

Ren tragó saliva. Por primera vez en su vida, sintió algo parecido al respeto mezclado con temor hacia su amigo. No porque Yuji fuera cruel. Sino precisamente porque no lo era.

 

Yuji no buscaba venganza. Buscaba justicia. Y eso significaba algo mucho más grande: que si alguien se atrevía a lastimar a una de sus pequeñas semillas… no habría rincón lo suficientemente oscuro donde pudieran esconderse.

 

Los cuatro continuaron caminando de regreso. Airi iba junto a Yuji, mientras Miyu y Ren iban unos pasos más adelante. La tensión del incidente se había suavizado poco a poco, aunque ninguno lo había olvidado por completo.

 

Fue entonces cuando Miyu habló de repente:

 

—Yuji.

 

—¿Sí?

 

—Deberías pensar en cambiarte el nombre.

 

Yuji se detuvo levemente. Ren también giró la cabeza, sorprendido.

 

—¿Cambiarte el nombre? —repitió Ren—. ¿Por qué?

 

Miyu se encogió de hombros y miró a Yuji de arriba abajo, con sinceridad.

 

—Piénsalo. Se siente extraño llamarte Yuji sabiendo que ahora… —hizo una pausa breve— …pareces una chica. Una chica hermosa.

 

Airi asintió despacio, con suavidad.

 

—Tiene razón. Se siente un poco raro, sí.

 

Yuji parpadeó.

 

—No soy tan hermosa.

 

Los tres se quedaron mirándolo. Fue una mirada colectiva, silenciosa, que decía claramente: ¿De verdad estás diciendo eso?

 

Yuji mantuvo el rostro impasible unos segundos. Luego desvió la mirada.

 

—…

 

Miyu entrecerró los ojos, sonriendo.

 

—No te hagas el desentendido.

 

—No sé de qué hablas.

 

—Sabes perfectamente de qué hablo.

 

Ren soltó una pequeña risa y se acercó un poco más.

 

—Yuji, desde que regresaste, prácticamente toda la academia habla de ti. Tu foto apareció en todas partes en cuestión de horas.

 

—Quizá tenían demasiado tiempo libre —respondió él, con calma fingida.

 

Airi se llevó una mano a la boca para ahogar una risita. Yuji suspiró, derrotado.

 

—Está bien… —Cedió finalmente—. Sí. Lo he pensado.

 

Miyu sonrió triunfante.

 

—¡Lo sabía!

 

—Pero no sé si los demás lo aceptarían fácilmente.

 

Ren negó con la cabeza, serio.

 

—Sinceramente… creo que sería más fácil para ellos si lo hicieras.

 

Yuji lo miró, confundido.

 

—¿Por qué?

 

—Porque aunque nosotros sepamos que sigues siendo tú —explicó Ren con cuidado—, cuando los demás te ven ahora, lo primero que perciben es a una chica. Y llamarte por un nombre masculino probablemente los confunda, los haga sentir incómodos… o no sepan bien cómo dirigirse a ti.

 

Miyu asintió con energía.

 

—Exactamente. No decimos que estés obligado. Pero si eligieras un nombre que encaje con quien eres ahora… todos se acostumbrarían mucho más rápido.

 

Yuji guardó silencio. Miró hacia el cielo, mientras seguía caminando despacio. Parecía estar sopesando cada palabra.

 

Airi lo observó con ternura y preguntó suavemente:

 

—¿Ya tienes algún nombre pensado?

 

Yuji negó lentamente.

 

—No.

 

—Entonces tendrás que buscar uno —dijo Miyu con una sonrisa amable.

 

Yuji sonrió levemente.

 

—Primero hablaré con mi familia.

 

—Eso parece lo mejor —convino Ren.

 

Yuji volvió a mirar hacia el camino que tenían por delante. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, suave y sincera.

 

—Después de todo… si voy a cambiar algo tan importante… prefiero hacerlo junto a ellos.

 

Los cuatro siguieron caminando. Para Miyu y Ren, aquella había sido simplemente una charla entre amigos. Pero para Yuji significaba algo mucho más profundo.

 

Cambiar su nombre no sería solo aceptar que su cuerpo había cambiado. Sería elegir. Decidir quién quería ser. Cómo quería que el mundo lo llamara. Y esa decisión… la tomaría de la mano de quienes más amaba.

 

Porque al final, su nombre no era algo que solo él llevaba. Era algo que su familia había dicho con amor toda su vida. Y ahora, al elegir uno nuevo… quería que también ellos lo sintieran suyo.

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    Las ardillas trayéndole el teléfono del chico me confirman lo que sospechaba desde lo de la diosa del bosque: Yuji y los animales tienen un trato que todavía no nos han contado.

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La Academia Aozora tenía lugares que no aparecían en ningún plano oficial.

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