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Capítulo 7: El valor de la palabra

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Pensamiento

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jp_morales78

Órale, después de que salió lo de la mentira, Gabriel ya entendió que en ese valle la palabra se paga cargando sacos bajo la lluvia. Apuesto a que Mateo es el último en darle la mano.

Órale, después de que salió lo de la mentira, Gabriel ya entendió que en ese valle la palabra se paga cargando sacos bajo la lluvia. Apuesto a que Mateo es el último en darle la mano.

Contenido de la publicación

La lluvia no cesó en toda la noche. Cuando los primeros destellos grises del amanecer iluminaron la montaña, Gabriel no estaba en el pajar.

​Valeria salió al corredor de la casona con una taza de café hirviendo entre las manos, esperando encontrar solo el rastro del carruaje hacia la capital. Pero al mirar hacia el granero, vio la silueta de Gabriel bajo la llovizna. Llevaba el azadón al hombro, las botas hundidas hasta los tobillos en el lodo y las manos protegidas apenas por vendas gastadas.

​Estaba descargando solo los sacos de abono que Mateo había dejado pendientes la tarde anterior. Sin quejas, sin el teléfono satelital a la vista, sin rastro del magnate de la ciudad.

​Mateo y Tomás se acercaron a ella, observando la escena con los brazos cruzados.

​—El citadino no se fue —murmuró Mateo, ajustándose el sombrero—. Y lleva trabajando desde las cuatro de la mañana.

​—Sabe que mintió —respondió Valeria sin apartar la mirada de él—. Ahora está aprendiendo lo que cuesta reparar la confianza en este valle.

​Cuando el sol terminó de romper las nubes, Gabriel caminó hacia el corredor. Su ropa estaba empapada y el cansancio le marcaba las facciones, pero la postura firme permanecía intacta. Se detuvo a tres pasos de Valeria.

​—Los sacos están en el almacén. El canal de riego del norte quedó despejado de ramas —dijo con la voz ronca por el frío—. ¿Cuál es la siguiente tarea?

​Valeria lo miró fijamente durante un largo silencio. Luego, extendió la mano y le ofreció la taza de café caliente.

​—Primero bebe esto —dijo con suavidad pero sin perder la autoridad—. Y después vamos a hablar de cómo vas a resolver el desastre que dejaste en la capital sin arruinar la paz de esta finca.

​Gabriel tomó la taza, sintiendo el calor atravesarle los dedos ateridos.

​—Mi empresa... —empezó él.

​—Tu empresa necesita un líder, no un fantasma —lo interrumpió ella—. Si de verdad quieres demostrar que no viniste a jugar con nosotros, no puedes dejar que los buitres destruyan lo que construiste allá. Vas a dar la cara. Pero esta vez, lo harás bajo tus propios términos... y con alguien que cuide tus espaldas.

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    Órale, después de que salió lo de la mentira, Gabriel ya entendió que en ese valle la palabra se paga cargando sacos bajo la lluvia. Apuesto a que Mateo es el último en darle la mano.

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La lluvia no cesó en toda la noche. Cuando los primeros destellos grises del amanecer iluminaron la montaña, Gabriel no estaba en el pajar.

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