Lysandra llega con los registros del templo y ahí Anna sigue archivada como tirana. Apuesto a que ese papel nadie lo corrige, aunque ella vuelva convencida.
Capítulo 64: cuando solo debes ver quién eres
Pensamiento
Lysandra llega con los registros del templo y ahí Anna sigue archivada como tirana. Apuesto a que ese papel nadie lo corrige, aunque ella vuelva convencida.
Contenido de la publicación
El carruaje avanzaba con suavidad y tranquilidad por el camino ancho que se extendía hacia la capital imperial. El ritmo constante del traqueteo de las ruedas sobre la tierra apisonada y el suave balanceo del vehículo habían terminado por vencer a la pequeña Lira, que ahora dormía profundamente, acurrucada y apoyada sobre el regazo de Anna. Incluso en sueños no soltaba lo que le importaba: entre sus pequeñas manos seguía aferrando el envoltorio de papel del último pastelillo que había logrado guardar.
Anna la observó con una sonrisa llena de ternura, pasando una mano con mucho cuidado por su cabello.
—Al final no duró ni media hora despierta —murmuró en voz baja, para no despertarla.
A través de la ventana entreabierta podía ver a Garoum, que cabalgaba justo al lado del vehículo con su porte firme y serio, como siempre. Unos metros más atrás, Lyra y Maelys seguían el paso, conversando animadamente entre ellas mientras mantenían la vigilancia del camino.
Dentro del carruaje, además de la niña dormida, solo quedaban ella y Eliana.
Después de unos minutos, Anna sintió una mirada fija y atenta sobre su rostro. Levantó la vista y se encontró con que la hechicera no apartaba los ojos de ella, observándola en silencio, como si estuviera leyendo algo en su interior.
Anna arqueó una ceja con curiosidad.
—¿Qué pasa? ¿Tengo algo en la cara?
Eliana negó lentamente con la cabeza, sin dejar de mirarla.
—Nada en absoluto.
Anna sonrió con un toque de picardía para aliviar el ambiente. Se llevó una mano al pecho con gesto dramático y exagerado.
—Si sigues mirándome así con tanta atención, voy a empezar a creer que te has enamorado de mí.
Eliana la miró durante unos segundos más, sin inmutarse por la broma, y luego soltó un suspiro suave, mezcla de resignación y paciencia.
—No te hagas ideas raras, Anna. No es nada de eso.
Anna dejó escapar una pequeña risa, aunque en el fondo notaba que algo más serio se ocultaba tras esa mirada.
—Qué cruel eres a veces —bromeó, pero su tono se fue calmando poco a poco.
Eliana permaneció en silencio unos instantes, eligiendo bien las palabras antes de hablar. Finalmente, con voz tranquila pero firme, formuló la pregunta que llevaba tiempo rondándole:
—Solo quería preguntarte algo. Algo que llevo observando desde hace tiempo.
Anna dejó de sonreír y la miró con atención, comprendiendo que el asunto no era trivial.
—Dime, ¿qué es?
—¿Por qué te molestan tanto esas cosas? —preguntó directamente.
Anna inclinó ligeramente la cabeza, confundida.
—¿A qué cosas te refieres?
—A la estatua que mandaron levantar en la plaza —respondió Eliana con calma—. A la Unidad Rosa Blanca que vimos formarse en la puerta. A que la gente salga en masa para despedirte y te hable como si fueras una gran gobernante que ha salvado el mundo.
El interior del carruaje se sumió en un silencio breve pero denso. Anna volvió la vista hacia la ventana, perdida en el paisaje que desfilaba lentamente ante sus ojos: campos verdes, árboles que se mecían con la brisa y caminos que se alejaban hacia el horizonte.
Durante unos segundos no respondió. Solo respiraba con calma, como si buscara la forma de expresar lo que llevaba tanto tiempo guardando en lo más hondo. Cuando habló, su voz sonó serena, demasiado serena, como si estuviera repitiendo algo que había pensado mil veces.
—Porque siento que no lo merezco —admitió al fin.
Bajó lentamente la mirada hacia Lira, que seguía durmiendo sin preocuparse por nada, ajena a los pensamientos que atormentaban a su compañera. Anna acarició con suavidad su mejilla, con un gesto lleno de afecto y tristeza a la vez.
—Todo lo que estoy haciendo ahora… todo lo que creen que he logrado —continuó en un susurro—, no siento que sea suficiente para compensar todo el daño que se hizo.
Guardó silencio un instante, tragando con dificultad.
—Mis padres gobernaron estas tierras durante años, y lo único que hicieron fue destruirlas, oprimir a su gente y sembrar el miedo. Y cuando llegó mi turno de tomar el mando… —una sonrisa amarga y pesada apareció en sus labios—, no fui mejor. Al principio quise seguir sus pasos, creyendo que el poder era solo para dominar. Si acaso, fui peor que ellos, porque no tenía ni su experiencia ni su justificación.
Levantó lentamente la vista, con los ojos brillantes pero firmes.
—Por eso, cuando veo que me ponen una estatua, que soldados llevan mi símbolo en el pecho o que personas que sufrieron bajo mi familia me dan las gracias… siento que me están viendo demasiado bien. Como si todo lo malo que ocurrió hubiera desaparecido de golpe, como si mi pasado no pesara nada. Y sé que no es así.
Eliana permaneció inmóvil, escuchando cada palabra sin interrumpirla, dejando que sacara todo aquello que le oprimía el pecho. Entonces, con un movimiento tranquilo, se inclinó ligeramente hacia delante y, sin previo aviso, le dio un pequeño pero firme golpecito con las yemas de los dedos en la frente.
—¡Ay! —exclamó Anna, abriendo mucho los ojos y llevándose una mano al lugar donde había sentido el golpe—. ¿Por qué hiciste eso?
Eliana volvió a recostarse en su asiento con la misma calma de siempre.
—Porque estás diciendo una tontería. Una tontería grande.
Anna parpadeó, sorprendida por la respuesta tan directa.
—¿Una tontería?
—Exacto —afirmó Eliana sin dudar—. Deja de pensar que todo lo que haces hoy es solo un intento desesperado por reparar el pasado. Eso no es lo único que eres.
Su expresión se volvió más seria, pero no severa; al contrario, cargada de sinceridad y experiencia.
—Tienes razón en una cosa —continuó con voz suave pero firme—. Lo que ocurrió en estas tierras jamás desaparecerá del todo. Hay personas que lo vivieron en carne propia, y otras que crecieron escuchando las historias de sus padres y abuelos. El dolor no se borra con un solo decreto ni con un solo año de buenas acciones.
Bajó la mirada por un instante y se llevó una mano con naturalidad hacia el pecho, donde bajo la ropa se ocultaba una cicatriz que no se había curado solo con tiempo.
—Yo soy una de esas personas —añadió con voz más baja—. Nunca olvidaré lo que la antigua Anna hizo, lo que representaba en ese entonces. Jamás podré borrar ese recuerdo.
El silencio volvió a llenar el carruaje, pero esta vez no era de duda, sino de espera.
—Pero eso —continuó levantando la vista con una sonrisa tenue— no significa que las personas no puedan cambiar. Que un error de juventud o una vida equivocada sea una condena para siempre.
Anna la miraba completamente inmóvil, como si estuviera escuchando palabras que necesitaba oír desde hacía años.
—Si todavía tienes dudas —dijo Eliana señalándose a sí misma—, mírame a mí. Después de todo lo que viví, de todo lo que vi, aquí sigo. No te sigo por obligación, sino porque he visto quién eres ahora. Hasta te regaño cuando te escapas para robar pastelillos o cuando te pones a hacer tonterías.
Anna no pudo evitar que una pequeña risa se le escapara entre las lágrimas que comenzaban a asomarse en sus ojos.
—Piensa también en Garoum —siguió Eliana, sin dejar de hablar—. ¿De verdad crees que ese hombre tan leal y recto seguiría a alguien como la antigua Anna? ¿Crees que Lyra, Maelys o Sylwen caminarían a tu lado si no vieran en ti algo más que tu apellido o tus errores pasados? Incluso tus hermanos Demian y Selene, que conocen cada detalle de tu historia, te han apoyado desde el principio. Todos saben quién fuiste… y aun así han decidido creer en quién eres hoy.
Las palabras fueron rompiendo poco a poco esa coraza de culpa y desconfianza que Anna había construido en su interior durante años. Entonces Eliana señaló de nuevo hacia la ventana, hacia el camino que se alejaba.
—Y piensa en todas esas personas que acabamos de dejar atrás en la ciudad. Si de verdad te siguieran odiando o si creyeran que nada ha cambiado, ¿habrían salido todos a la calle para despedirte? ¿Te habrían sonreído, aplaudido y deseado que regresaras pronto?
Anna no respondió, pero sintió cómo un peso inmenso empezaba a levantarse de sus hombros.
—No puedes cambiar lo que hiciste ayer —le dijo con mucha suavidad—. Nadie en el mundo puede hacerlo. Pero sí tienes el poder de decidir quién quieres ser mañana, y de demostrar con hechos que tu cambio es real.
Anna bajó lentamente la cabeza, y una pequeña lágrima se deslizó por su mejilla hasta caer suavemente sobre el cabello de Lira, que seguía durmiendo tranquila.
Y por primera vez desde que abandonó la ciudad, no sintió vergüenza ni la sensación de estar fingiendo ser alguien que no era. Solo sintió algo mucho más claro y fuerte: una inmensa responsabilidad, el deseo de no volver a fallar, y la certeza de que, aunque el camino fuera largo, tenía gente que creía en ella y un lugar donde podía construir algo mejor.
Fuera del carruaje, el camino se extendía recto y despejado hacia el horizonte. El único sonido que rompía la quietud de la tarde era el ritmo constante y acompasado de los cascos de los caballos golpeando la tierra seca.
Garoum cabalgaba ahora unos metros más adelante, alejándose lo suficiente para que las voces del interior del vehículo no llegaran hasta él, pero lo bastante cerca para mantener la vigilancia. No había pronunciado ni una sola palabra durante toda la conversación que acababa de escuchar entre Anna y Eliana, pero había captado cada frase, cada silencio y cada matiz en la voz de su señora. Y esas palabras habían removido en su interior recuerdos que llevaba años guardando en lo más hondo.
A su lado, Lyra lo había seguido sin dudarlo, colocándose a la misma altura que él. Lo conocía demasiado bien para no darse cuenta de cuándo sus pensamientos se iban muy lejos.
—Estás pensando de nuevo en todo aquello, ¿verdad? —le preguntó con suavidad, sin prisa.
Garoum soltó una pequeña sonrisa cansada, casi imperceptible, y giró un instante la cabeza hacia ella.
—¿Se nota tanto?
—Mucho —respondió ella con una media sonrisa—. Cuando te pones así, hasta el caballo parece saber que estás en otro lugar.
Durante unos segundos ambos continuaron avanzando en silencio, dejando que el viento acariciara sus rostros. Finalmente, fue Garoum quien rompió la calma, con la voz más grave y profunda de lo habitual.
—La entiendo —dijo simplemente, como si con esas palabras quisiera resumir todo lo que acababa de escuchar.
Lyra no respondió de inmediato; solo asintió levemente con la cabeza, esperando a que él continuara, sabiendo que necesitaba sacarlo.
—Cuando perdí a mis hombres… —comenzó, y su voz se tornó más pesada, cargada de un dolor que nunca había terminado de sanar del todo—, cuando vi caer a cada uno de ellos, sentí que mi propia vida se había terminado con ellos. Durante meses, pensé que nunca volvería a levantarme, que mi único propósito en el mundo sería vengar sus muertes.
Su mirada seguía fija en el camino que tenían por delante, pero en realidad sus ojos ya no veían el paisaje actual. Veía otro lugar: un campo de batalla cubierto de humo y cenizas, donde las armaduras rotas brillaban bajo un sol pálido, las lanzas estaban partidas en mil pedazos y, entre el polvo, yacían los cuerpos de quienes habían sido sus compañeros, sus amigos, su verdadera familia durante más de veinte años. Todos caídos por órdenes de la mujer que entonces gobernaba con mano de hierro.
Garoum apretó ligeramente las riendas entre sus dedos, sin llegar a hacer daño al animal, pero con una fuerza que revelaba la tensión de sus recuerdos.
—Después de aquello —continuó con absoluta calma, como si estuviera hablando de algo que le había ocurrido a otra persona hace siglos—, solo podía pensar en una cosa: ir hasta la finca donde la habían desterrado, tomar mi lanza, entrar en su casa y acabar con ella de una vez por todas. Más de una noche monté el caballo, con el arma en la mano y el corazón lleno de rabia, dispuesto a no regresar sin haber cumplido lo que creía justo.
El viento movió lentamente el borde de su capa de cuero, dibujando sombras sobre su rostro marcado por el tiempo y las cicatrices.
—Más de una vez estuve a punto de hacerlo —reconoció sin ocultarlo.
Lyra escuchaba en silencio, respetando cada palabra, pues ya conocía esa historia, pero nunca dejaba de impresionarle la sinceridad con la que la contaba.
—Pero entonces… —una sonrisa triste y amarga apareció en los labios del guerrero—, siempre me detenía. Porque en ese momento recordaba lo que mis hombres me decían una y otra vez. Ellos siempre repetían que Garoum no era un hombre para dejarse dominar por el odio, que mi verdadera fuerza no estaba en la espada, sino en el honor. Que, si me convertía en un asesino movido por la venganza, estaría traicionando todo lo que habíamos defendido juntos.
Cerró los ojos un segundo, como si buscara en su interior la voz de aquellos que ya no estaban.
—Y cada vez… terminaba guardando la lanza y volviendo solo.
Lyra sonrió con suavidad, con un gesto lleno de respeto y comprensión.
—Ellos te conocían mejor que nadie, Garoum. Sabían exactamente quién eras.
—Sí… —respondió él con una pequeña risa breve y sin alegría—, supongo que sí.
El silencio volvió a instalarse entre ambos, pero no fue un silencio incómodo. Sin embargo, pronto el tono de la conversación cambió, y la expresión de Garoum se endureció de nuevo al recordar el momento que marcó un antes y un después.
—Pero cuando llegué al cumpleaños de Lady Selene… —continuó, con la voz más tensa— y escuché que Anna había regresado a la corte, que volvía a aparecer en público… por un instante perdí el control. Todos los viejos sentimientos regresaron de golpe, más fuertes que nunca.
Lyra asintió, recordando perfectamente aquella noche, el frío que se respiraba en el aire y la mirada feroz que llevaba entonces el guerrero.
—Pensé que el monstruo había vuelto —admitió él, bajando la vista hacia la asta de su lanza, que iba sujeta con firmeza al costado de su montura—. Que todo lo que había cambiado no era más que una máscara, y que pronto volvería a causar el mismo daño. Y por eso, cuando la vi, la ataqué sin dudarlo.
El viento volvió a soplar con más fuerza, haciendo ondear las capas de ambos.
—Aún recuerdo el momento en que levanté el arma para golpear —susurró casi en voz baja—, y justo en ese instante ella levantó la cara y la miré a los ojos.
Se detuvo unos segundos, respirando hondo para ordenar sus pensamientos.
—No vi a la mujer que había ordenado la muerte de mis hombres. No vi a la tirana que todos temían. Vi la misma mirada insegura, llena de culpa y de ganas de enmendar lo hecho, que tantas veces había visto en los ojos de mis propios soldados cuando cometían errores y querían luchar para ser mejores. Vi a alguien que también cargaba con sus propias cadenas. Por eso desvié el golpe.
Lyra levantó una ceja con curiosidad, aunque ya sabía el final.
—Aun así, la heriste —le recordó con suavidad.
Garoum asintió lentamente, con un gesto de pesar.
—Sí. Fue un golpe que no pude evitar del todo, fruto de la confusión y el miedo. Y hasta hoy, me arrepiento de no haber confiado en mi instinto antes, de haber tardado tanto en ver que algo había cambiado de verdad.
El silencio regresó una vez más, pero esta vez con una calma distinta. Finalmente, Garoum levantó la vista y dirigió la mirada hacia atrás, hacia el carruaje que avanzaba detrás de ellos. A través de la ventana entreabierta podía distinguir la silueta de Anna abrazando a la pequeña Lira, ambas en silencio, tranquilas y ajenas a esta conversación.
—Todavía no sé si la he perdonado del todo —confesó con total honestidad, sin buscar excusas—. Tal vez nunca pueda borrar por completo lo que pasó, ni olvidar los rostros de quienes se fueron. Eso es algo que nadie puede pedirme.
Lyra lo miró con respeto, sin juzgarlo.
—Pero… —continuó él, y su voz se volvió más firme y decidida—, ya no me interesa quién fue en el pasado. Esa mujer ya no existe para mí. Ahora lo único que quiero saber, lo único que me importa descubrir… es en quién terminará convirtiéndose esta Anna.
Lyra siguió con la mirada la dirección hacia la que él miraba, observando el carruaje un momento, y luego sonrió con una expresión llena de confianza.
—Creo que todos nosotros queremos ver eso, Garoum. Todos.
Mientras ambos seguían avanzando al frente, unos metros más atrás, formando la escolta, iban los soldados imperiales. Iban en silencio, con la espalda recta y la mirada alerta, cumpliendo con su deber, pero también habían escuchado cada palabra que se había dicho.
Ninguno de ellos había vivido bajo el mando de la antigua Anna; no conocían a la tirana de las historias, solo habían oído rumores antiguos. Para ellos, la única realidad era la mujer que habían visto en los últimos meses: la que había abierto sus tierras a todas las razas, la que pagaba bien a sus trabajadores, la que protegía a los más débiles y que, aunque a veces parecía insegura, siempre actuaba con rectitud.
Por eso, aunque escucharon la historia de Garoum y entendieron su dolor, no intervinieron ni hicieron comentarios. Solo mantuvieron su formación, sabiendo que, para todos ellos, el pasado ya era algo lejano. Lo único que contaba ahora era el camino que estaban recorriendo juntos hacia la capital.
Y así, el grupo siguió avanzando: Anna y Lira en el interior, ajenas a esta charla; Garoum y Lyra adelante, con sus dudas pero también con su esperanza; y los soldados imperiales, fieles a la Anna que habían conocido y que veían crecer cada día.
Todos habían dejado de mirar atrás. Ahora, sin saberlo, todos caminaban hacia el mismo futuro.
Tres días después...
La capital imperial ya podía sentirse cerca. El camino principal, antes casi despejado, comenzaba a llenarse de comerciantes, viajeros y pequeños carruajes que iban y venían desde la enorme ciudad amurallada, cuyas torres ya se vislumbraban en el horizonte. Según las estimaciones de Garoum, no faltaban más de tres horas para cruzar sus puertas. Todo transcurría con absoluta normalidad, hasta que de pronto...
—¡Alto!
La voz profunda y firme de Garoum resonó por todo el camino. Los caballos frenaron en seco casi al mismo tiempo, y el carruaje dejó de avanzar con un suave balanceo.
Dentro, Anna levantó ligeramente la vista, apartando la mirada del paisaje.
—¿Qué ocurre?
Garoum desmontó de su montura sin apartar ni un segundo la vista del tramo de ruta que tenían por delante. Su mano descansaba con naturalidad sobre el asta de su lanza, no con intención de atacar, sino por pura precaución ante lo desconocido. Se acercó con pasos largos y silenciosos hasta la puerta del vehículo.
—Lady Anna.
Anna abrió la puerta y descendió con calma, acomodándose la capa sobre los hombros.
—¿Pasa algo?
Garoum señaló discretamente con la cabeza hacia el cruce del camino, unos metros más adelante.
—Parece que alguien ha decidido esperarnos y desea conocerla.
Anna dirigió la mirada hacia ese punto. Allí, en una zona amplia y despejada, permanecía detenida otra caravana. Era elegante, mucho más de lo habitual en una ruta comercial o de viaje ordinaria. Sus carruajes estaban decorados con detalles de madera blanca y adornos dorados, y sobre ellos ondeaban con la brisa varios estandartes que mostraban el mismo símbolo: un círculo dorado rodeando un sol resplandeciente, cruzado por una figura alada con una rosa blanca en el centro.
El emblema de la Iglesia de la Luminaria Eterna.
Lyra frunció ligeramente el ceño, poniéndose en posición de alerta. Maelys observaba con curiosidad pero sin relajarse, mientras que Sylwen permanecía inmóvil, como una estatua, evaluando cada movimiento. Incluso los soldados imperiales que formaban la escolta tensaron sus espaldas y agarraron con más firmeza las riendas de sus caballos.
—Son emisarios de la Iglesia —explicó Garoum sin apartar la vista del grupo—. Y no vienen solos.
Era normal encontrarse con representantes de la fe en cualquier ruta; la Iglesia enviaba delegaciones constantemente entre todos los reinos e imperios del continente. Pero lo que había puesto en guardia incluso al guerrero más experimentado no era la comitiva, sino la mujer que comenzaba a caminar al frente de ella.
Su figura destacaba con una elegancia imponente y serena. Vestía una armadura sagrada de acero pulido de color blanco plateado, recorrida por finos grabados y adornos en oro que representaban símbolos de luz y protección. Sobre su pecho, en un lugar visible, brillaba el mismo emblema que ondeaba en los estandartes: la cruz alada con la rosa blanca, símbolo de pureza, justicia y devoción. A su espalda, sujeta con correas de cuero reforzado, descansaba la Espada Sagrada, cuya hoja reflejaba la luz del sol con un brillo cálido y constante. Tenía el cabello corto, de un tono plateado puro que parecía iluminarse por sí mismo, y sus ojos eran de un dorado profundo y claro, como si guardaran en su interior la misma luz que representaba su fe.
Nadie necesitó que pronunciaran su nombre para reconocerla. Aquella presencia, esa armadura y esa mirada eran inconfundibles. Se trataba de Lysandra Solis, la Heroína de la Luminaria Eterna.
Un silencio tenso y respetuoso se apoderó de todo el camino. Detrás de ella, los caballeros y sacerdotes de la Iglesia se detuvieron en su sitio, manteniendo la distancia y sin intervenir. Solo Lysandra avanzó, paso a paso, con movimientos tranquilos y medidos, hasta quedar a pocos metros de Anna.
Durante unos segundos, ambas jóvenes simplemente se observaron, estudiándose mutuamente sin prisa.
Fue Lysandra quien rompió primero el silencio. Inclinó la cabeza con una elegancia impecable, sin perder ni un ápice de su porte.
—Lady Anna D'Valrienne —pronunció con una voz calmada, clara y amable, que llegaba a todos sin necesidad de elevarse—. Es un placer conocerla finalmente.
Anna respondió con la misma cortesía, inclinándose levemente.
—El gusto es mío, Lady Lysandra. No esperaba encontrarme con alguien de tan alto rango en este tramo de ruta.
Lysandra levantó nuevamente la vista, sosteniendo su mirada con serenidad.
—Mi nombre es Lysandra Solis —se presentó formalmente—. Soy la Heroína de la Luminaria Eterna, y actúo bajo los principios de luz, verdad y justicia.
A su lado, Garoum y Lyra permanecían completamente atentos, sin relajar la guardia ni un instante, evaluando cada gesto de la mujer de armadura. Lysandra notó esa precaución inmediatamente, pero no mostró ninguna señal de hostilidad. Al contrario, dibujó una sonrisa amable y levantó levemente ambas manos para demostrar que no tenía intención de atacar.
—No se preocupen, por favor —dijo con calma—. No he venido con malas intenciones ni con órdenes de confrontación.
Volvió toda su atención hacia Anna, con una mirada sincera y curiosa.
—Durante las últimas semanas, el nombre de la Rosa Blanca ha comenzado a escucharse con mucha frecuencia en todos los rincones del continente, incluso más allá de las fronteras del Imperio Valtheris.
Dirigió una breve mirada hacia el estandarte que ondeaba junto al carruaje, donde se veía grabado con claridad el símbolo que daba nombre a su territorio.
—En cuanto vi ese emblema al doblar el camino, comprendí inmediatamente de quién se trataba.
Su sonrisa se mantuvo suave y serena.
—Pensé que sería una descortesía dejar pasar la oportunidad de saludar personalmente a la mujer de la que tanto se habla últimamente, tanto para bien como para mal.
Anna sonrió con naturalidad, relajando un poco la tensión que flotaba en el aire.
—Entonces espero no haberle decepcionado al ver que soy una persona de carne y hueso, y no una leyenda o un monstruo como a veces describen los rumores. Siento si el viaje se ha visto interrumpido por mi culpa.
Lysandra negó suavemente con la cabeza.
—En absoluto. Es más, me alegra haber coincidido.
Hizo una breve pausa, y sus ojos dorados recorrieron con atención el rostro de Anna. Era mucho más joven de lo que había imaginado al leer los informes antiguos, y sobre todo, mucho más tranquila y compuesta. Nada en ella transmitía la imagen fría, orgullosa y despiadada de la tirana que aparecía en los registros que había consultado en el templo. Pero tampoco permitiría que una primera impresión definiera su juicio; para eso había aceptado esta misión: ver la verdad con sus propios ojos, sin dejarse llevar por papeles ni rumores.
Volvió a sonreír con calma y respeto.
—Espero que podamos conversar unos minutos, Lady Anna. Me gustaría escuchar de su propia voz lo que está construyendo en sus tierras.
El viento recorrió lentamente el camino, moviendo las puntas de los estandartes y las hojas de los árboles cercanos. Dos mujeres con visiones muy distintas del mundo, que en un futuro cercano terminarían representando ideales capaces de cambiar el destino de todo el continente, se encontraban por primera vez frente a frente.
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PermalinkLysandra llega con los registros del templo y ahí Anna sigue archivada como tirana. Apuesto a que ese papel nadie lo corrige, aunque ella vuelva convencida.
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PermalinkLira dormida con el papel del último pastelillo en la mano. Yo en el autocar acabo igual, roncando y con algo escondido en el bolso.
El carruaje avanzaba con suavidad y tranquilidad por el camino ancho que se extendía hacia la capital imperial. El ritmo constante del traqueteo de las ruedas sobre la tierra apisonada y el suave…