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Capitulo 61: una moneda de varias caras

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Pensamiento

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Fefo

Anna de niña escondida en la despensa comiendo tartas con Demian, y ahora robando pastelillos con Lira. Ombe, esa parte de ella nunca se fue.

Anna de niña escondida en la despensa comiendo tartas con Demian, y ahora robando pastelillos con Lira. Ombe, esa parte de ella nunca se fue.

Contenido de la publicación

Sylwen permanecía de pie frente a la gran puerta de roble macizo, decorada con tallados finos que representaban las ramas de la casa D’Valrienne. Durante varios segundos, simplemente se quedó allí, observando la madera pulida y sin atreverse a levantar la mano.

 

No estaba segura de por qué había terminado en ese lugar. O quizás sí lo sabía, pero le costaba aceptarlo.

 

Los últimos días habían sido extraños, confusos y llenos de sensaciones contradictorias. Había recorrido las calles de la ciudad, había escuchado las conversaciones de los habitantes, había visto cómo todos hablaban de Anna con gratitud, respeto y hasta cariño. Y por más que lo intentaba, por más que veía los cambios con sus propios ojos, seguía sin poder encajar todas las piezas. El dolor del pasado y la realidad del presente chocaban en su mente, dejándola con más preguntas que respuestas.

 

Por eso, al final, había caminado hasta aquí. Frente al despacho de Selene, la persona que más tiempo había compartido con Anna y que, quizás, podría ayudarla a entender.

 

Respiró hondo, reunió valor y finalmente levantó la mano.

 

Toc.

Toc.

Toc.

 

—Adelante —respondió una voz serena y clara desde el interior.

 

Sylwen empujó la puerta lentamente y entró. El despacho era amplio, luminoso y elegante, con paredes revestidas de madera oscura, estanterías llenas de libros y mapas, y un gran ventanal por donde entraba la luz suave de la tarde. Como siempre, la mesa de trabajo estaba cubierta de documentos, informes y pergaminos sellados, señal de que la administración del territorio nunca descansaba.

 

Selene estaba sentada detrás de ella, inclinada sobre unos papeles y con una pluma en la mano. Ni siquiera levantó la vista de inmediato, acostumbrada a que la visitaran por asuntos de trabajo.

 

—Toma asiento, Sylwen —dijo con calma, sin dejar de leer.

 

La elfa obedeció y se sentó en una silla frente al escritorio. El silencio se instaló en la habitación, roto solo por el sonido suave de las hojas al pasar. Uno, dos, tres minutos pasaron en esa quietud, hasta que finalmente Selene dejó la pluma, apartó los documentos y levantó la mirada con atención.

 

—Bien —dijo, cruzando las manos sobre la mesa—. Veo que no vienes por un asunto de rutina. ¿Qué es lo que te preocupa?

 

Sylwen dudó unos instantes, buscando las palabras para expresar todo lo que sentía y pensaba. Al final, decidió ir directo al grano, tal como solía hacer.

 

—Quiero preguntarle algo. ¿Qué piensa usted de Anna?

 

Selene parpadeó, sorprendida por la pregunta tan directa y personal. Por primera vez en toda la conversación, su expresión cambió, y el silencio que siguió fue distinto: más pesado, más íntimo, cargado de recuerdos y sentimientos que no se mencionaban a la ligera.

 

La mujer se recostó lentamente contra el respaldo de su silla, dejando caer los hombros como si esa pregunta le exigiera bajar la guardia. Durante unos segundos pareció estar buscando con cuidado cada palabra, como si estuviera desenterrando recuerdos guardados en el fondo de su memoria.

 

—Sinceramente… —empezó, y su voz sonó más suave, más cercana— ni siquiera yo lo sé con certeza.

 

Sylwen se quedó inmóvil, confundida. Esa no era la respuesta que esperaba. Había imaginado que diría que era su hermana, que la quería, que confiaba en ella… pero no esa duda tan abierta.

 

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó con curiosidad.

 

Selene soltó una pequeña risa, pero no era una risa alegre, sino cansada, como quien reconoce una verdad compleja.

 

—Quiero decir que mi hermana ha sido demasiadas personas distintas en una vida demasiado corta. Y cada una de ellas ha sido tan diferente de la anterior que a veces me pregunto si hablamos de la misma persona.

 

Su mirada se desvió hacia el gran ventanal, donde se veían los tejados de la ciudad y el horizonte iluminado por el sol. Parecía estar mirando algo que ya no estaba allí, algo que quedaba muy atrás en el tiempo.

 

—Aún recuerdo cuando era solo una niña —continuó, y en sus labios apareció una sonrisa sincera y nostálgica—. Entonces era completamente distinta. Era pequeña, inquieta, curiosa y muy cariñosa. Siempre andaba pegada a mí, como si yo fuera su refugio seguro.

 

Sylwen no pudo ocultar su asombro.

 

—¿Anna? ¿Lady Anna?

 

—La misma —afirmó Selene, asintiendo con suavidad—. En las fiestas y reuniones de la nobleza, se escondía detrás de mi vestido y no quería salir.

 

—¿Por miedo? —preguntó la elfa, intentando imaginar esa escena.

 

—No exactamente por miedo, sino porque le parecían aburridos y ridículos —respondió Selene, y la sonrisa se hizo más amplia—. Los llamaba “los gordos feos que hablan sin decir nada”.

 

Sylwen tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar ver su sorpresa. Esa forma de hablar, esa franqueza sin filtros, sonaba demasiado parecida a la Anna que conocía ahora.

 

—Cuando había galas o cenas largas, siempre buscaba la forma de escapar —añadió—. Y si Demian estaba cerca, los dos desaparecían sin dejar rastro. Una vez tardamos horas en encontrarlos… estaban escondidos en la despensa de las cocinas, comiendo pasteles y tartas a escondidas.

 

Sylwen no supo qué responder. Esa imagen no encajaba con ninguna de las versiones de Anna que había conocido: ni con la tirana fría y distante, ni con la gobernante decidida y responsable de ahora. Era una persona completamente distinta, pero al mismo tiempo tenía rasgos que le resultaban familiares.

 

Pero entonces, la sonrisa de Selene se desvaneció lentamente. La luz en sus ojos se apagó un poco, y el ambiente de la habitación cambió de golpe, volviéndose más denso y serio.

 

—Pero luego llegó la otra Anna —dijo en voz más baja y grave.

 

El silencio volvió a caer entre ellas, pero esta vez estaba cargado de dolor.

 

—La que nuestros padres construyeron —continuó Selene, y su voz sonó más fría, más distante, como si estuviera hablando de algo ajeno—. Cuando vieron que la niña era inteligente y tenía un gran potencial, decidieron que debía ser la heredera perfecta: estricta, orgullosa, sin debilidades, sin sentimientos que pudieran “estorbar”. Le enseñaron que el poder era lo único que importaba, que la compasión era una debilidad y que las demás personas eran solo herramientas o estorbos.

 

Sylwen escuchaba en silencio, sin interrumpir.

 

—Poco a poco, esa niña alegre y curiosa desapareció —siguió la mujer, apretando levemente los dedos sobre el borde de la mesa—. Y en su lugar apareció alguien que empezó a ver a los demás como objetos, como si su vida valiera menos que un capricho o una decisión suya. A los catorce años ya era tan dura, tan arrogante y tan cruel que prácticamente todo el territorio comenzaba a temerla y a odiarla.

 

—¿La odiaban tanto? —preguntó Sylwen con voz suave.

 

—Más de lo que imaginas —respondió Selene, y por primera vez apareció una sombra de tristeza en su mirada—. Mucho más. Demian y yo intentamos detenerla muchas veces, intentamos hablar con ella, hacerle ver que se estaba equivocando. Pero la educación que había recibido y el orgullo que le habían inculcado eran demasiado fuertes. Al final, no nos quedó otra opción.

 

Sylwen ya conocía esa parte de la historia, pero escucharla de los labios de su propia hermana le daba un significado completamente distinto, mucho más doloroso y humano.

 

—La derrocaron —dijo en voz baja.

 

—Sí —asintió Selene.

 

—Y la exiliaron.

 

—Sí.

 

Selene cerró los ojos por un instante, como si quisiera borrar el recuerdo de ese día.

 

—Y fue una de las decisiones más difíciles y dolorosas que hemos tenido que tomar en toda nuestra vida.

 

Sylwen la miró, confundida de nuevo.

 

—¿Difícil? Pero… si era tan cruel, si estaba haciendo daño a todos…

 

Selene soltó una risa amarga y triste.

 

—Era nuestra hermana, Sylwen. Seguía siendo parte de nuestra familia. La odiábamos por lo que hacía, por el daño que causaba y por la persona en la que se estaba convirtiendo… pero al mismo tiempo, seguíamos queriendo a esa niña que habíamos conocido. Seguíamos queriendo a la hermana pequeña que nos seguía a todas partes.

 

Sylwen bajó la mirada, comprendiendo por fin que no se trataba de elegir entre el bien y el mal de forma sencilla, sino de lidiar con sentimientos mucho más complejos. Aquella respuesta era mucho más humana de lo que ella esperaba.

 

Hubo un largo silencio, hasta que Sylwen volvió a levantar la vista y formuló la pregunta que realmente le atormentaba.

 

—Entonces… ¿qué piensa de la Anna de ahora? De la que está aquí, gobernando y cambiando todo.

 

Selene tardó varios segundos en responder. Muchos segundos, como si estuviera buscando palabras que no existían. Cuando finalmente habló, su voz era apenas un susurro, cargado de perplejidad y afecto.

 

—Es la que menos entiendo de todas.

 

Sylwen parpadeó, sorprendida de nuevo.

 

—¿Qué? ¿Incluso usted no la entiende?

 

Selene negó lentamente con la cabeza, y una sonrisa suave y melancólica volvió a aparecer en sus labios.

 

—La niña pequeña tenía sentido. Era inocente, era ella misma. La tirana también tenía sentido: era el resultado de lo que le enseñaron, de sus miedos, de su orgullo mal dirigido. Podía comprender cómo pensaban ambas, por qué actuaban como actuaban. Pero esta Anna… —hizo una pausa y señaló hacia fuera, hacia la ciudad que se extendía más allá de la ventana— esta Anna no se parece a ninguna de las dos. Es alguien completamente nuevo.

 

Sylwen escuchaba con atención, sintiendo que cada palabra le abría una nueva puerta.

 

—A veces la miro y me pregunto: ¿quién es realmente esta mujer? ¿De dónde ha sacado esta fuerza, esta paciencia, esta voluntad de arreglar lo que ella misma rompió? —continuó Selene, y su expresión se transformó: la duda se mezcló con un orgullo profundo y sincero—. Pero al mismo tiempo… al mismo tiempo, creo que jamás en mi vida me había sentido tan orgullosa de ella.

 

Sylwen se quedó en silencio, asimilando todo lo que acababa de escuchar. Por primera vez, comprendió que no era la única que tenía dificultades para entender a Anna. Ni siquiera quienes la conocían desde que nació, ni siquiera sus propios hermanos, podían definirla con claridad. Ella también era un misterio, un cambio en constante evolución, alguien que estaba construyendo su propia identidad cada día.

 

Quizás, pensó Sylwen, la pregunta no era tanto quién había sido antes, sino en quién estaba convirtiéndose ahora. Y quizás, al final, el perdón y la confianza no significaban olvidar el pasado, sino tener el valor de ver lo que estaba surgiendo.

 

Mientras el sol seguía bajando sobre la ciudad, la elfa sintió que por fin tenía una respuesta, aunque no fuera la que esperaba. Y también entendió que, al igual que ella, Selene y Demian seguían caminando junto a Anna, tratando de descubrir quién era realmente la joven que tenían frente a ellos.

 

Sylwen caminaba lentamente por los pasillos del castillo, con la mente aún llena de las palabras que Selene le había dicho hacía apenas unos minutos. Las frases resonaban en su cabeza como un eco persistente:

 

“No intentes encontrar una respuesta fija. No la encontrarás.”

 

La elfa soltó un pequeño suspiro cansado y sacudió levemente la cabeza. Aquello no era precisamente lo que esperaba escuchar. Había ido en busca de claridad, de alguien que le explicara de una vez por todas quién era realmente Anna, qué había cambiado y si podía confiar plenamente en lo que estaba construyendo. Y en lugar de respuestas claras, había salido con más dudas que al principio.

 

Selene no había defendido a Anna ciegamente, ni tampoco la había condenado por su pasado. Simplemente había admitido la verdad más compleja: que ni siquiera ella, que la había visto crecer, que la había conocido en todas sus etapas, lograba entenderla del todo en este momento. Y por alguna razón, esa sinceridad solo conseguía confundirla aún más.

 

“Observa el presente y saca tus propias conclusiones”, murmuró para sí misma, repitiendo las últimas palabras de Selene antes de despedirla.

 

Siguió caminando unos metros más, pensativa, con la mirada perdida en los relieves de piedra que decoraban las paredes del pasillo. El castillo estaba en calma, solo se escuchaba el sonido lejano de pasos de los sirvientes y el viento que soplaba suavemente afuera.

 

Hasta que de pronto, una voz alegre y llena de energía rompió el silencio.

 

—¡Sylweeeeen!

 

La elfa apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. Desde el otro extremo del corredor, una figura pequeña y ágil avanzaba a toda velocidad, moviendo la cola con tanta prisa que parecía un pequeño remolino.

 

—¿Eh? —alcanzó a decir Sylwen, abriendo los ojos con sorpresa.

 

—¡Sylwen! ¡Mira lo que tenemos!

 

Era Maelys. La joven demonio llegó casi corriendo, frenó en seco justo frente a ella y levantó la cara con una sonrisa tan amplia que parecía iluminar todo el pasillo. Sus ojos brillaban con una emoción difícil de contener.

 

—¿Qué ocurre? —preguntó Sylwen, cruzándose de brazos con cautela. Con Maelys nunca se sabía: aquella expresión podía significar tanto una buena noticia como que habían roto algo importante o metido a alguien en problemas.

 

—¡Lord Demian nos ha dado una misión! —anunció la demonio, casi saltando de un pie al otro.

 

—¿Una misión? —repitió Sylwen, levantando una ceja.

 

—¡Sí! ¡Una misión oficial y muy importante!

 

Entonces Sylwen notó que no estaban solas. Unos pasos más atrás, caminando con calma y sin prisa, aparecía Demian. El príncipe heredero vestía ropas sencillas pero elegantes, y tenía en el rostro esa misma expresión divertida y paciente que solía ponerse cada vez que veía a Anna meterse en alguna situación absurda o imprudente.

 

—Buenos días, Sylwen —saludó con voz amable y serena.

 

—Su Alteza —respondió la elfa, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.

 

—Por favor, nada de formalidades excesivas —dijo él, sonriendo—. Aunque veo que Maelys ya se ha adelantado a explicarlo todo.

 

—¡Es que es algo increíble! —protestó la joven demonio, mirándolo con entusiasmo—. ¡Muy importante!

 

—Tienes razón —asintió Demian, y esta vez su tono se volvió más serio.

 

Se acercó hasta quedar frente a ellas y sacó de entre sus ropas dos sobres de pergamino grueso, cerrados con cera roja y marcados con el emblema dorado de la Casa D’Valrienne y, encima, el sello oficial del Imperio.

 

Sylwen observó los documentos con atención.

 

—¿Qué son?

 

—Cartas diplomáticas —respondió Demian con calma.

 

—¿Diplomáticas? —repitió ella, confundida—. ¿Y quieres que nosotras las entreguemos?

 

—Exacto. Deben llegar al Ministerio de Relaciones Exteriores de la capital imperial.

 

Sylwen parpadeó. Aquello parecía demasiado sencillo, casi una tarea rutinaria, nada que requiriera tanta importancia o tanta emoción por parte de Maelys.

 

Demian pareció leer sus pensamientos, porque negó suavemente con la cabeza.

 

—No es el acto de entregarlas lo que tiene valor —aclaró—. Es lo que hay escrito en su interior.

 

La sonrisa tranquila desapareció lentamente de su rostro, dando paso a una expresión firme, decidida y llena de autoridad, la misma que usaba cuando tomaba decisiones que cambiarían el rumbo de su territorio.

 

—He decidido iniciar oficialmente el proceso —dijo con voz clara y segura.

 

—¡Se lo dije! —intervino Maelys, señalando las cartas con orgullo—. ¡Es el paso que todos esperábamos!

 

Demian asintió sin perder la seriedad.

 

—Durante décadas, muchas razas y pueblos enteros evitaron acercarse a las tierras de la Casa D’Valrienne —explicó, mirando a ambas a los ojos—. Primero por la fama de dureza y aislamiento de nuestros padres, y luego por la imagen que se creó de Anna en sus primeros años. La reputación de estas tierras se convirtió en un muro invisible que alejaba a cualquiera que buscara un lugar seguro para vivir.

 

Sylwen asintió en silencio. Ella conocía muy bien esa barrera: su propia familia había sentido sus consecuencias en carne propia.

 

—Pero todo eso está cambiando —continuó Demian, señalando con la mano hacia la ventana cercana, por donde se podía ver la extensión de la ciudad que crecía día a día—. Y ya no tiene sentido seguir ocultándolo ni esperar a que los demás se den cuenta solos. Es momento de dar el paso definitivo.

 

Sylwen volvió a fijar la vista en los sobres sellados.

 

—¿Qué dicen exactamente esas cartas? —preguntó con curiosidad creciente.

 

Demian cruzó los brazos y respondió con claridad:

 

—Anuncian que, a partir de este momento, los territorios de la Casa D’Valrienne —y especialmente la nueva Ciudad de la Rosa Blanca— abren sus puertas oficialmente y sin restricciones a cualquier persona que desee establecerse aquí.

 

Sylwen abrió los ojos con sorpresa, sin poder creer lo que acababa de escuchar.

 

—¿Sin restricciones?

 

—Así es —confirmó él—. Refugiados que huyen de conflictos o hambrunas, artesanos que buscan mejores condiciones, comerciantes que quieren nuevas rutas, soldados retirados, familias enteras, grupos nómadas… cualquier raza, cualquier origen, sin importar su pasado, siempre que respeten las leyes de aquí.

 

El silencio volvió a instalarse en el pasillo, pero esta vez era un silencio cargado de peso y significado. Incluso Sylwen, que conocía los planes de crecimiento, comprendió de inmediato la magnitud de aquella decisión. No se trataba solo de recibir visitantes o comerciantes ocasionales; se trataba de invitar al mundo entero a venir y quedarse.

 

—Eso provocará problemas —dijo finalmente la elfa, con voz seria.

 

Demian asintió sin dudar ni un segundo.

 

—Sí. Muchos problemas.

 

—Los nobles conservadores de otras regiones se opondrán.

 

—Sin duda.

 

—La Iglesia de la Luminaria Eterna verá esto como una amenaza directa.

 

—Definitivamente lo hará.

 

—Y todas las facciones que defienden la separación entre razas tratarán de impedirlo.

 

—También.

 

Sylwen frunció el ceño, sin entender por qué tomar un camino que sabían que generaría tantas dificultades.

 

—Entonces… ¿por qué hacerlo? ¿Por qué abrir las puertas de esa forma si saben que traerá conflictos?

 

Demian se quedó en silencio unos instantes, mirando fijamente hacia fuera, hacia las calles llenas de vida, las casas nuevas, los campos en cultivo y las gentes de distintas razas que convivían en armonía. Cuando volvió a hablar, su voz sonó más suave, pero con una convicción inquebrantable.

 

—Porque ya está ocurriendo, Sylwen. La gente ya viene. Ya se establece. Ya trabaja y construye aquí. Solo estábamos fingiendo que no lo veíamos, esperando a que todo fuera perfecto para anunciarlo. Pero la realidad no espera. Solo estamos dando el reconocimiento oficial a lo que ya es verdad.

 

En ese momento, Maelys levantó la mano con entusiasmo, como si tuviera la respuesta más obvia del mundo.

 

—¡Y además porque Lady Anna estaría totalmente de acuerdo!

 

Demian soltó una carcajada sincera, rompiendo un poco la tensión del momento.

 

—Sí —admitió, sonriendo—. Probablemente también por eso. Si ella estuviera aquí, seguro que ya habría mandado las cartas hace semanas, sin esperar a que yo me lo pensara.

 

Maelys sonrió con tanta satisfacción que parecía que esa sola razón bastaba para justificar cualquier decisión. Y quizás, en el fondo, tenía razón.

 

Sylwen miró primero los sobres que Demian sostenía en sus manos, luego a Maelys, llena de esperanza, y finalmente al príncipe, que observaba la ciudad con la misma fe que su hermana.

 

Y por primera vez desde que había llegado a estas tierras, comenzó a comprender algo que se le había escapado hasta entonces.

 

Tal vez el cambio que todos veían en Anna no se limitaba solo a ella. Tal vez su forma de ver el mundo, su decisión de borrar las viejas barreras, estaba transformando todo lo que la rodeaba. Estaba cambiando no solo su propia vida, sino el destino de todo un territorio que durante años había sido conocido por el miedo y el rechazo.

 

Ahora, ese mismo lugar se preparaba para abrir sus puertas al mundo entero, ofreciendo una oportunidad que nadie habría imaginado posible hacía solo unos años.

 

Y Sylwen, a pesar de todas sus dudas y sus preguntas, sintió que por fin comenzaba a ver el camino que estaban recorriendo.

 

El patio interior del castillo estaba en calma, envuelto en la luz dorada y suave de la tarde. El sol comenzaba a descender lentamente hacia el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados, y alargando las sombras de los árboles frondosos y los setos bien recortados. El aire olía a tierra húmeda y a las flores que crecían en los macizos que bordeaban los senderos de piedra.

 

Sylwen permanecía sentada sola sobre una de las bancas de piedra, con la espalda apoyada en el respaldo y la mirada perdida en el vacío. Su mente seguía dando vueltas sin descanso: las palabras de Selene, las decisiones de Demian, la imagen de la ciudad creciendo, el peso de las cartas diplomáticas y, sobre todo, la figura de Anna. Cuanto más intentaba ordenar todo aquello, más confusa se sentía. Parecía que cada respuesta traía consigo tres preguntas nuevas.

 

—¿Has visto a Anna?

 

Una voz repentina rompió el silencio, sacándola de golpe de sus pensamientos.

 

Sylwen levantó la vista y vio a Eliana caminando por el sendero, con una escoba de madera apoyada en el hombro y una expresión de clara exasperación, como quien ya ha perdido la paciencia hace rato.

 

—¿Qué ocurrió? —preguntó la elfa, enderezándose un poco.

 

—Eso es justo lo que intento averiguar —respondió la joven, frunciendo el ceño—. ¿La has visto por aquí?

 

—No, hace rato que no la veo.

 

—¿Y a Lira?

 

—Tampoco.

 

Eliana cerró los ojos con fuerza, respiró hondo por la nariz y soltó un suspiro largo y pesado que parecía sacar toda su frustración.

 

—Lo sabía. Lo sabía que acabarían haciendo esto.

 

—¿Haciendo qué? —insistió Sylwen, cada vez más curiosa.

 

—Se escaparon. Se escondieron en algún lugar del castillo.

 

Sylwen parpadeó, sin entender del todo.

 

—¿Escaparon? ¿De qué?

 

Eliana la miró fijamente durante unos segundos, como si la respuesta fuera la cosa más obvia del mundo.

 

—Porque robaron pastelillos de la cocina.

 

Silencio. Un silencio breve pero lleno de incredulidad.

 

—¿Qué? —alcanzó a decir Sylwen.

 

—Que robaron pastelillos —repitió Eliana, con tono cansado—. Esos que el cocinero preparó para la cena de los invitados que llegarán mañana.

 

—¿Lady Anna? ¿La gobernante de estas tierras?

 

—La misma —afirmó ella—. Aunque hay que ser justos: la idea fue principalmente de Lira. Ya sabes cómo es: inquieta, curiosa y siempre buscando alguna travesura. Ahora que es su hermanita adoptiva, Anna no tiene corazón para decirle que no, y termina siguiéndola en todo. Hasta ayudó a distraer a los sirvientes para que no las vieran salir.

 

Sylwen hizo un esfuerzo enorme por intentar imaginar esa escena: la mujer que horas antes estaba revisando mapas, firmando documentos importantes y discutiendo el futuro de toda una región, ahora corriendo por los pasillos escondiéndose junto a su pequeña hermana con un puñado de dulces. Simplemente no podía encajar esa imagen con la que tenía en la cabeza.

 

—El cocinero está furioso —continuó Eliana, moviendo la cabeza—. Ya ha recorrido la mitad del castillo buscándolas. Yo también iba a ayudarlo… aunque, siendo honesta, una parte de mí espera que él las encuentre y les dé el sermón que se merecen.

 

Sylwen se quedó en silencio, sin saber si reírse o pensar que todo aquello era una locura. Era absurdo, completamente absurdo… y sin embargo, por extraño que pareciera, encajaba perfectamente con la forma de ser de la Anna actual.

 

Eliana finalmente se dejó caer a su lado en la banca, apoyó la escoba contra la pared y, al soltar el peso de su cuerpo, pareció relajarse por primera vez en todo el día. Dejó de lado por un momento la tarea y la preocupación, y se quedó mirando el cielo que se oscurecía poco a poco.

 

Entonces Sylwen, que no quería dejar pasar la oportunidad, tomó una decisión.

 

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo con voz suave.

 

—Depende de qué sea —respondió Eliana, sin apartar la vista del horizonte.

 

 

—Es sobre Anna.

Eliana soltó un suspiro leve, como si ya supiera por dónde iba la conversación.

 

—Sabía que terminarías preguntándome eso.

 

La elfa dudó unos segundos, buscando las palabras exactas para no sonar acusatoria ni grosera.

 

—¿Qué piensas realmente de ella? De verdad. Sin rodeos.

 

Eliana se quedó en silencio unos instantes, y luego soltó una pequeña carcajada, seca y sin mucha alegría al principio.

 

—Que es una idiota. Una cabeza hueca que siempre termina metiéndose en líos por tonterías, y ahora encima deja que Lira la arrastre de una travesura a otra.

 

—No es esa clase de respuesta lo que busco —aclaró Sylwen con calma.

 

—Ya lo sé —respondió Eliana de inmediato, y esta vez su tono cambió, volviéndose más serio, más profundo.

 

El silencio volvió a instalarse entre las dos, más denso ahora, como si estuvieran a punto de cruzar un umbral que no se mencionaba a la ligera. Pasaron varios segundos antes de que Eliana comenzara a hablar, con una voz tranquila, demasiado tranquila, como quien saca recuerdos que llevan mucho tiempo guardados en lo más hondo.

 

—Fui asignada como su sirvienta cuando yo tenía trece años —empezó a contar—. Y ella tenía catorce. Entonces ya era la mujer que todos temían. Fría, orgullosa, cruel y convencida de que todos éramos objetos a su servicio.

 

Su sonrisa se desvaneció por completo.

 

—Aquellos años fueron los peores de toda mi vida. No había día en que no hubiera un grito, una orden injusta o un castigo por cosas que no eran mi culpa.

 

Sylwen sintió cómo se le tensaba el pecho. La expresión de Eliana ya no miraba lo que tenían delante; miraba hacia atrás, hacia un pasado doloroso que seguía vivo en su memoria.

 

Lentamente, con un gesto pausado, se llevó una mano al cuello y abrió un poco el cuello de su uniforme, lo suficiente para dejar ver una marca antigua y blanquecina que recorría parte de su clavícula y desaparecía bajo la tela. Era una cicatriz profunda, con bordes irregulares, que hablaba de un golpe fuerte o de un corte profundo.

 

Sylwen abrió los ojos con sorpresa.

 

—¿Esa marca…?

—Sí —respondió Eliana sin dudar, volviendo a cubrirse enseguida—. Una de tantas que tengo escondidas. Algunas físicas, otras en la mente.

 

La elfa se quedó inmóvil, esperando a que continuara.

 

—La odiaba —siguió diciendo la joven, y su voz se volvió más firme, cargada de un sentimiento que no había desaparecido del todo—. La odiaba más de lo que puedo explicar con palabras. Hubo días en que pensé que no podría aguantar más. Hubo momentos en que me paraba frente a la ventana y pensaba que la única forma de escapar de ella era dejar de existir.

 

Sylwen sintió un nudo apretarse en su propio estómago. No esperaba escuchar algo así.

 

—Pensaba que esa mujer no tenía corazón, que nunca cambiaría y que yo estaría atrapada bajo su sombra para siempre.

 

El silencio que siguió fue pesado, casi difícil de respirar.

 

—Entonces… —se atrevió a preguntar Sylwen con voz suave— ¿cómo lograste perdonarla? ¿Cómo hiciste para llegar hasta aquí?

 

Eliana se quedó inmóvil unos segundos, y luego negó lentamente con la cabeza, con una expresión que no dejaba lugar a dudas.

 

—No lo hice.

 

Sylwen parpadeó, confundida.

 

—¿Qué?

 

—Que no he dejado de odiarla —respondió ella sin rodeos, mirando fijamente a la elfa—. Todavía recuerdo todo lo que me hizo. Todavía hay noches en que despierto con esos recuerdos.

 

Soltó una pequeña risa amarga, sin alegría.

 

—De hecho… fui yo quien intentó matarla.

 

Sylwen sintió que el tiempo se detenía por un instante. Su corazón dio un vuelco.

 

—¿Qué dices?

 

—La empujé por las escaleras principales del vestíbulo, hace un año —contó Eliana, y su voz se volvió más baja, más lejana—. Recuerdo perfectamente el sonido de su cuerpo rodando por los escalones de piedra, y sobre todo recuerdo su cara en el momento en que caía. Me estaba mirando directamente a los ojos.

 

Sylwen escuchaba en absoluto silencio, sin atreverse a interrumpir.

 

—Y sonreía —añadió ella, apretando los puños con fuerza sobre sus rodillas—. Una sonrisa fría, satisfecha, como si supiera exactamente lo que había hecho y como si me dijera que, aunque muriera, ella ya me había destruido por dentro.

 

El silencio volvió a caer sobre ellas, más largo y doloroso que antes.

 

—Nunca olvidaré a esa mujer —dijo finalmente Eliana, con una convicción inquebrantable—. Jamás. Ni el daño que me hizo, ni el miedo que sentí, ni el dolor que me causó.

 

Sylwen comprendió al instante que estaba diciendo la verdad absoluta. No había mentira, ni exageración, ni palabras vacías. Esas heridas seguían abiertas en la memoria, años después de que ocurrieran.

 

—Entonces… —reunió valor la elfa para hacer la pregunta que le daba vueltas en la cabeza— si todavía guardas ese recuerdo, si sabes lo que fue… ¿por qué sigues aquí? ¿Por qué permaneces a su lado, ayudándola, cuidándola y hasta apoyando todo lo que hace?

 

Eliana levantó la vista lentamente, y en sus ojos apareció una expresión distinta: más tranquila, más serena, como si hubiera encontrado la respuesta hace mucho tiempo. Y entonces sonrió. No era una sonrisa forzada ni amarga, sino pequeña, sincera y llena de un afecto profundo.

 

—Porque esa Anna murió hace mucho tiempo.

 

Sylwen no respondió, esperando a que terminara de explicarse.

 

—La mujer que me hizo sufrir, la que me trató como a un objeto, la que yo odié con toda mi alma y a la que quise matar… ya no está aquí. Esa persona se quedó en el pasado, en los años oscuros que no quiero volver a vivir.

 

Volvió a mirar hacia el interior del castillo, como si pudiera ver a través de los muros: a Anna escondida en algún rincón polvoriento, compartiendo los pastelillos con Lira, riendo y tratando de hacer que la pequeña se divirtiera como nunca antes había podido.

 

—La Anna de ahora sigue siendo una idiota —continuó con una risa suave—. Sigue cometiendo errores, sigue metiéndose en problemas, sigue desesperándome cada día… y encima ahora se le ha dado por ser la hermana mayor más indulgente del mundo, dejando que Lira haga casi lo que quiera.

 

Hizo una breve pausa, y su voz se volvió más suave, más cálida y profunda.

 

—Pero también es mi mejor amiga. Es la persona que me devolvió la libertad, la dignidad y la esperanza. Es la que acogió a Lira cuando nadie más se fijaba en ella, le dio un hogar y un apellido, y la trata como si fuera su propia sangre. Es la que se preocupa por los demás, la que arriesga su vida por ayudar a quien lo necesita, la que intenta arreglar todo lo que rompió antes.

 

El patio quedó en silencio, solo roto por el sonido del viento entre las hojas de los árboles.

 

Y por primera vez desde que había llegado a aquellas tierras, Sylwen comenzó a comprender algo que le había costado mucho trabajo ver.

 

Quizás las personas que rodeaban a Anna no habían olvidado el pasado. Quizás nunca podrían borrarlo del todo de sus recuerdos. Pero aun así, habían decidido no dejar que ese pasado fuera lo único que definiera el presente. Habían elegido mirar a la persona que tenían delante, aceptar que podía cambiar y confiar en lo que estaba construyendo ahora: una nueva vida para sí misma, un hogar para Lira, y un futuro para todos.

 

Esa era la lección que ella todavía estaba aprendiendo: que el perdón no siempre significaba olvidar, sino tener el valor de mirar más allá de lo que fue, para ver lo que podía llegar a ser.

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    Anna de niña escondida en la despensa comiendo tartas con Demian, y ahora robando pastelillos con Lira. Ombe, esa parte de ella nunca se fue.

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Sylwen permanecía de pie frente a la gran puerta de roble macizo, decorada con tallados finos que representaban las ramas de la casa D’Valrienne. Durante varios segundos, simplemente se quedó allí,…

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