Hina atando cabos en clase, con el lápiz temblando, le da la vuelta a todo el capítulo. Hasta ahí era un desayuno de vergüenzas y una pelea de mejillas, y de pronto el accidente de hace un mes encaja con un chico que vive solo, lejos, y que llegó a la academia unas semanas después. Apuesto a que Haruto lo sabe y no piensa decirlo, porque quien saca a una familia entera de un coche bajo la lluvia y se marcha sin esperar a que despierten no es de los que luego lo cuentan con el té.
Capítulo 6: Mañana de verdades y vergüenzas
Pensamiento
Hina atando cabos en clase, con el lápiz temblando, le da la vuelta a todo el capítulo. Hasta ahí era un desayuno de vergüenzas y una pelea de mejillas, y de pronto el accidente de hace un mes encaja con un chico que vive solo, lejos, y que llegó a la aca
Contenido de la publicación
La mañana siguiente comenzó con una calma engañosa. Los primeros rayos de sol iluminaban el comedor mientras Haruto preparaba el desayuno, moviéndose con pesadez: apenas había logrado pegar ojo. Cada vez que estaba por quedarse dormido, la conciencia de tener a Reina a su lado lo despertaba de golpe.
Ella, en cambio, entró a la cocina impecable, con el uniforme perfecto y la misma serenidad de siempre.
—Buenos días.
—B-Buenos días... —respondió él sin atreverse a mirarla directamente.
Poco después sonó el timbre. Al abrir la puerta apareció Hina, llena de energía, pero al ver a Haruto frunció el ceño de inmediato:
—¿Qué te pasa? Tienes la cara roja como un tomate.
—N-No es nada... —balbuceó él.
—No te creo —replicó ella cruzándose de brazos.
Haruto miró a Reina pidiendo auxilio con la mirada. Fue un error fatal.
—Está así porque anoche lo estuve abrazando mientras dormíamos y su cara quedó apoyada en mi pecho —dijo ella con total naturalidad.
Silencio absoluto. La cuchara se le escapó de las manos a Haruto.
—¡¡¡¡¡REINAAAAAAAAAAAAA!!!!! ¡¡¡¿POR QUÉ CUENTAS ESO?!!!
—¿No debía decirlo? —preguntó ella inocentemente.
—¡¡¡NOOOOOOOO!!!
Hina tardó unos segundos en procesarlo, y luego una sonrisa enorme se le dibujó en el rostro:
—Así que ya empezaron...
—¡¡¡NO PASÓ NADA!!! —gritó Haruto agitando los brazos— ¡Solo dormimos!
—Correcto —asintió Reina—. Pero sí lo abracé, sí apoyó la cara ahí y sí dormimos juntos.
—Por favor... deja de responder todo... —suplicó él golpeando suavemente la mesa con la frente.
—¿Sobreviviste? —preguntó Hina conteniendo la risa.
—¡A duras penas! ¡Y no pegué un ojo en toda la noche!
Reina tomó un sorbo de té con elegancia.
—Yo sí dormí muy bien.
Hina estalló en carcajadas.
—¡Eres increíblemente terrible, Reina!
—¡La culpable eres tú por preguntar! —se quejó Haruto.
—Yo solo quería saber por qué estaba rojo —se defendió ella entre risas.
—¡Y ella soltó demasiados detalles!
—¿Había demasiados detalles? —preguntó Reina confundida.
—¡¡¡SÍ!!!
—Entiendo —asintió ella seria—. La próxima vez diré simplemente que dormimos abrazados.
—¡¡¡ESO NO ES RESUMIR NADA!!!
Mientras Hina se doblaba de risa y Reina ladeaba la cabeza sin entender tanto alboroto, Haruto no pudo evitar recordar: al final, contra todo pronóstico, se había quedado dormido. Y al despertar, aquel aroma suave y familiar que conocía de las tardes en el parque lo envolvía de nuevo... pero ahora había algo más: dos cosas suaves y cálidas que no había sentido cuando eran niños, y que lo habían hecho despertar con el corazón latiendo a mil por hora y la cara ardiendo mucho antes de que Hina apareciera.
Mientras Hina seguía riéndose y Haruto ocultaba el rostro entre las manos, Reina simplemente inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿De verdad fue tan vergonzoso?
Haruto levantó la vista lentamente.
—...Para cualquier chico de dieciséis años, sí.
Reina guardó silencio unos segundos.
—Ya veo.
Dio otro sorbo a su té y añadió con total naturalidad:
—Entonces procuraré que te acostumbres poco a poco.
—¡¡¡¿POCO A POCO?!!!
Hina volvió a estallar en carcajadas.
La mañana avanzaba tranquila mientras los tres caminaban por el sendero principal que unía las residencias con el edificio central. Los pétalos de cerezo caían a su alrededor, creando una imagen perfecta... salvo por la discusión que Hina mantenía con Haruto.
—No puedo creer que hayas sobrevivido a la noche —decía ella con una sonrisa burlona.
—¿Podemos dejar ese tema de una vez? —suspiró él por enésima vez.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque es demasiado divertido.
—¡No tienes derecho a seguir molestándome!
—Claro que sí —respondió ella con orgullo—. Soy la mejor amiga de Reina. Es prácticamente mi obligación molestarte.
—¡Eso te lo acabas de inventar!
—Los detalles no importan.
Haruto se llevó una mano a la frente.
—Eres imposible...
—Gracias.
—¡No era un cumplido!
—Lo acepto igual.
Unos pasos más adelante, Reina caminaba con su habitual elegancia, escuchando todo en silencio. Una pequeña sonrisa se dibujaba en sus labios: era exactamente igual que cuando eran niños.
Sin embargo, no estaban solos. Poco a poco iban apareciendo más estudiantes que se dirigían a las aulas. Al verlos, las conversaciones se apagaban:
—¿No es la presidenta?
—Sí... y el chico de primer año...
—¿El que anunció ayer que sería su esposo?
—¿Y la vicepresidenta también va con ellos?
Los rumores empezaron a correr mientras Haruto seguía totalmente concentrado en defenderse.
—¡De verdad, cambia de tema!
—¿Cuál? —preguntó Hina con malicia— ¿El de cómo despertaste abrazando a Re—
De repente se detuvo. Miró a su alrededor: decenas de pares de ojos los observaban con curiosidad. Y entonces esa sonrisa traviesa que Haruto conocía tan bien apareció en su rostro.
—...No —susurró él.
Hina respiró hondo y alzó la voz:
—¡¡OIGAN TODOS...!!
Por instinto, Haruto dio un paso rápido y le tapó la boca con la mano.
—¡¡NO!! ¡Ni una palabra!
—¡¡Mmmmmm!! —se quejó ella intentando soltarse.
Los estudiantes miraban atónitos.
—¿El chico acaba de callar a la vicepresidenta? ¿Está loco?
Hina le quitó la mano de un tirón.
—¡¿Qué te pasa?!
—¡Ibas a contarlo todo!
—¡Pues claro que iba a hacerlo!
—¡No puedes ir diciendo esas cosas!
—Entonces suéltame.
—No.
Hina se acercó hasta quedar cara a cara con él.
—¿Ah, no? Entonces prepárate.
Y antes de que pudiera reaccionar, le estiró ambas mejillas con fuerza.
—¡¡¿Quién te crees para taparme la boca?!!
—¡¡Duele!!
—¡Bien merecido!
Haruto entrecerró los ojos, levantó las manos y le devolvió el pellizco.
—¡¡¿Y tú quién eres para burlarte de mí toda la mañana?!!
—¡¡Suéltame, renacuajo!!
—¡¡Cuando tú me sueltes!!
—¡¡Jamás!!
En segundos, empezaron una batalla absurda estirándose mutuamente las mejillas mientras caminaban torpemente, discutiendo con la misma energía de cuando eran pequeños. Los demás alumnos se quedaron con la boca abierta: nadie se imaginaba ver a la estricta vicepresidenta comportándose así, y mucho menos a un chico de primer año tratándola con tanta confianza.
Reina los observó unos instantes. Intentó mantener su compostura habitual, pero fue imposible: una risa suave escapó de sus labios.
—Pff...
Ambos se detuvieron al instante y la miraron. Ella intentó contenerse, pero otra risita apareció.
—Es que... siguen siendo exactamente los mismos niños de antes.
Se miraron el uno al otro: las mejillas rojas, las caras de indignación... y al mismo tiempo, la misma complicidad de siempre.
—Fue culpa tuya —dijo Haruto.
—¡No, fue culpa tuya! —replicó ella.
Reina ya no pudo contenerse más y soltó una risa franca y cálida, algo que muy pocos habían visto jamás. Mientras los tres seguían su camino, detrás de ellos comenzaba a gestarse lo que sería el tema de conversación de toda la academia durante semanas: la presidenta que prometió, la vicepresidenta que bromeaba y el chico que, sin querer, había traído un poco de vida y caos a la solemne Academia Kōsei.
Los pasillos recuperaban su ritmo habitual, aunque el rumor sobre la elección de Reina seguía extendiéndose como fuego entre los grupos que se dirigían a las aulas. Hina caminaba con las manos metidas en los bolsillos, refunfuñando entre dientes con una media sonrisa:
—Ese renacuajo... sigue siendo igual de torpe y desesperante...
Recordó la escena del sendero, sus gritos nerviosos, la forma en que intentaba ocultarse detrás de cualquier excusa... y luego recordó la mirada de Reina al verlo. Habían pasado apenas tres años juntos cuando eran niños, antes de separarse. Tres años en los que él siempre buscaba refugio en ella, en los que ella siempre supo calmarlo. Y luego ocho años sin verse... y sin embargo, Reina nunca dejó de esperar.
Hina alzó la vista hacia una ventana por donde entraba la luz matutina.
—De verdad estás feliz... —susurró—. Cumpliste tu promesa.
—Vicepresidenta Hina.
La voz la sacó de sus pensamientos. Se giró con calma.
Frente a ella estaba Kaito Takamine, alumno de tercer año, secretario del Consejo Estudiantil y el único varón de toda la academia que ocupaba un cargo directivo. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado, su uniforme impecable y el brazalete del consejo brillaba sobre su manga izquierda. Mantenía esa expresión serena, impasible, esa "cara de póker" que pocos sabían leer... pero Hina era una de ellas.
Sabía que durante los últimos tres años se había confesado a Reina en varias ocasiones, pidiéndole ser su compañero de convivencia. Y sabía también que cada vez había recibido la misma respuesta: educada, respetuosa... y absolutamente firme. Y ahora, ver que ella había elegido a un chico de primer año, alguien que apenas pisaba la academia, le había removido algo que intentaba ocultar con todas sus fuerzas.
—¿Necesitas algo, Takamine? —preguntó ella sin rodeos.
Él acomodó sus gafas con un movimiento preciso.
—Solo me preocupa cómo están evolucionando los hechos. Los rumores sobre la decisión de la presidenta están alterando el orden que hemos mantenido.
—¿Qué rumores te preocupan en particular? —inquirió Hina, sabiendo exactamente hacia dónde iba.
—Que después de tres años dentro del sistema, manteniendo el ejemplo y la responsabilidad que se espera de su cargo... haya elegido a alguien que no conoce, que no tiene trayectoria, que acaba de llegar —dijo él con tono aparentemente neutro.
Hina lo miró fijamente. El único al que esto le molesta de verdad eres tú, pensó. Pero lo guardó para sí y respondió con voz clara y firme:
—Todas las alumnas de esta academia tienen libertad absoluta para elegir con quién compartir su vida aquí. Nadie puede imponerles a nadie, ni juzgar sus motivos. Y esa regla nos incluye a nosotros, aunque formemos parte del Consejo.
Kaito abrió la boca para objetar, pero las palabras se le quedaron atragantadas. Sabía perfectamente que ella tenía razón; las normas eran claras y nadie estaba por encima de ellas. Tras unos segundos de silencio, cambió de rumbo:
—Entonces... ¿qué hay de ti?
—¿Yo qué? —arqueó una ceja ella.
—Esta mañana todos los que iban camino a clase vieron cómo tratabas a ese muchacho. No con la distancia que se espera de una vicepresidenta, sino con confianza, con familiaridad... casi como si fueran familia. ¿Acaso tú también piensas sumarte a esa convivencia?
Hina se quedó mirándolo un instante, y entonces soltó una risa sincera, abierta, que lo tomó por sorpresa.
—¿Te parece gracioso? —preguntó él frunciendo el ceño.
—Gracioso es lo rápido que tu mente inventa historias donde no hay nada —respondió ella al recuperar el aliento, todavía con una sonrisa—. Mi relación con Haruto no tiene absolutamente nada que ver con lo que él tiene con Reina. Lo conozco desde que éramos niños, eso es todo. Nada más.
—¿Segura?
—Completamente —su expresión se volvió seria—. Y además... yo jamás elegiré a nadie.
Kaito pareció realmente sorprendido.
—¿Nunca?
—Nunca —repitió ella con firmeza, y luego añadió con un tono que bajó la temperatura del pasillo—: Y te doy un consejo, Takamine: no vuelvas a cuestionar ni a poner en duda las decisiones de Reina.
El secretario mantuvo su compostura, aunque sus dedos se cerraron levemente sobre sí mismos.
—Eso es... por ahora.
—¿A qué te refieres?
—Al evento de selección —dijo él con una leve sonrisa—. Ya sabes cómo funciona. Llegará el momento en que cada una podrá decidir si seguir con su compañero actual o probar con alguien más adecuado, con más experiencia, con más preparación. Ya veremos qué ocurre entonces.
No hacía falta decir más: para él, era obvio que Reina terminaría dándose cuenta de su "error", que buscaría a alguien de su nivel... y él esperaba ser esa persona.
Hina lo observó unos segundos, y una sonrisa tranquila apareció en sus labios. Qué iluso eres, pensó. Nadie conocía a Reina mejor que ella: esa elección no era un capricho del momento, era el cumplimiento de una promesa que llevaba ocho años guardada en el corazón. No había evento ni regla ni persona capaz de cambiar eso. Pero no pensaba decírselo.
—Si eso es todo, nos vemos en la reunión —dijo ella dándose la vuelta.
—Hasta luego, vicepresidenta.
Mientras se alejaba por el pasillo, Hina no pudo evitar sonreír más.
Cuando llegue ese evento... voy a disfrutar muchísimo viendo la cara que pondrás cuando ella vuelva a elegirlo a él, sin dudarlo ni un segundo.
Y esa sola imagen le hizo caminar con paso más ligero, sabiendo que, pase lo que pase, nada iba a romper lo que Reina y Haruto habían vuelto a encontrar.
El aula se llenaba poco a poco, pero Hina apenas lo notaba. Se dejó caer en su asiento, apoyó la espalda contra el respaldo y cerró los ojos un instante, dejando que la imagen de aquella mañana —las risas, los pellizcos, la risa de Reina— se desvaneciera poco a poco. Aún podía escuchar la voz de Haruto quejándose entre protestas, y una sonrisa se le escapó sola, suave y casi involuntaria.
—Renacuajo idiota... —susurró, más para sí misma que para nadie.
Sacó su cuaderno y lo colocó sobre el pupitre, pero antes de abrirlo, el teléfono vibró discretamente sobre la mesa.
Bzzzt.
Miró la pantalla. Era un mensaje, enviado desde el grupo familiar.
Tomo:
¿Onee-chan? ¿Ya encontraste información sobre mi héroe?
Tomo:
Yo sigo buscando pero no encuentro nada :(
Hina se llevó una mano a la boca para contener una risita. Conocía demasiado bien esa insistencia. Al parecer, la pequeña había conseguido convencer a su madre para que le prestara el teléfono y así escribirle directamente, sin esperar más.
Mi héroe...
Aquella forma de llamarlo había nacido justo después de lo ocurrido. Hina se burlaba a veces de la imaginación de su hermana, pero en el fondo entendía perfectamente por qué Tomo no dejaba de buscar. Porque ella también quería saberlo. Porque había algo que no encajaba, algo que se negaba a quedar en el olvido.
Y entonces, la sala se alejó. El tiempo retrocedió, y volvió a sentirse allí, bajo aquella lluvia.
UN MES ATRÁS
La lluvia caía con furia, como si el cielo se hubiera derrumbado sobre la carretera. El agua cubría el asfalto, reduciendo la visibilidad a apenas unos metros. El vehículo avanzaba despacio, con precaución, hasta que de pronto... un giro inesperado. Un derrape que lo arrastró fuera del camino. Un impacto seco y brutal que lo hizo rodar, una, dos, tres veces, hasta quedar inmóvil y destrozado al borde del barranco.
Después... oscuridad. Silencio roto solo por el agua y el metal que crujía.
Cuando Hina volvió a abrir los ojos, lo primero que vio fue un techo blanco y el brillo suave de unas luces de hospital. Un dolor agudo le recorrió el cuerpo al intentar moverse.
—¡Hina!
Giró la cabeza. Su padre estaba en la cama contigua, con cortes en la frente y vendajes en los brazos, pero despierto y mirándola con alivio.
—Papá... —alcanzó a susurrar.
—Estoy bien. No te preocupes.
Poco a poco fue reuniendo las piezas. Su madrastra, la tercera esposa de su padre, había sufrido heridas leves pero estaba fuera de peligro. Las otras dos esposas lo cuidaban junto a ella, y sus otras dos hermanas, de edades cercanas a la suya, esperaban en silencio al borde de las camas. Todos estaban vivos. Nadie había perdido la vida.
Por unos instantes, solo sintió alivio. Hasta que el recuerdo regresó de golpe.
—¿Cómo... salimos del coche?
Su padre bajó la mirada y guardó silencio.
—Los médicos nos dijeron que tuvimos una suerte increíble —dijo al fin, con voz extraña—. El vehículo quedó completamente destrozado... y explotó minutos después del impacto.
Hina contuvo la respiración.
—¿Explotó?
—Cuando llegaron los equipos de emergencia... todos ya estábamos fuera, lejos del fuego.
Nadie sabía cómo había ocurrido. Los paramédicos los encontraron tendidos en el pasto, a salvo, sin rastro de quién los había sacado. No había testigos. Ninguna cámara registró nada. Ni siquiera quedaron huellas claras bajo la lluvia. Alguien los había sacado a todos, uno por uno, y se había ido sin esperar a que despertaran.
—Entonces... ¿quién fue? —preguntó Hina, y su voz se quebró apenas.
En ese momento, una vocecita sonó desde el otro lado de la habitación.
—Yo sé quién fue.
Todos giraron la cabeza. Allí estaba Tomo, sentada en una silla, balanceando las piernas lentamente, abrazando con fuerza su pequeño peluche. Lo dijo con tanta naturalidad como si hablara del sol tras la ventana.
—¿Tú sabes? —se adelantó Hina.
La niña asintió con absoluta seguridad.
—Fue mi héroe.
—¿Tu héroe?
—Sí. Estuvo ahí. Sacó a todos.
—¿Lo viste?
—Sí. Estaba entre la lluvia.
—¿Era policía? ¿Paramédico?
—No. Era él. Solo él.
—¿Y cómo era? —insistió Hina, acercándose—. ¿Cómo era su cara? ¿Su ropa? ¿Algo?
Tomo frunció el ceño, pensando con esfuerzo.
—No sé... estaba oscuro y llovía mucho. Pero sus ojos... eran amables. No tenía miedo. Me dijo que todo estaría bien. Y luego... se fue.
Nadie supo qué responder. Los adultos se miraron entre sí, confundidos, y terminaron atribuyéndolo al susto y a la imaginación de una niña pequeña. Pero Tomo no cambió ni una sola palabra. Alguien los había salvado. Un desconocido. Un chico joven, creía recordar. Que los sacó del infierno y desapareció sin dejar rastro.
Desde aquel día, Tomo había decidido encontrarlo. Y no había cambiado de opinión ni una sola vez.
EN EL PRESENTE
Hina parpadeó y regresó al aula. El sonido de la puerta abriéndose y la voz del profesor anunciando el inicio de la clase la trajeron de vuelta. Miró de nuevo la pantalla del teléfono, aquel mensaje escrito con tanta esperanza.
—Sigues buscando después de un mes... —murmuró con una sonrisa tierna y a la vez melancólica—. Definitivamente eres más terca que yo.
Escribió despacio:
Hina:
Todavía no encuentro nada. Pero te prometo que seguiré buscando. Y cuando lo halle, serás la primera en saberlo.
La respuesta llegó casi al instante.
Tomo:
¡¡¡Prometido!!!
Hina guardó el teléfono justo cuando el profesor comenzó a escribir en la pizarra. Abrió su cuaderno y tomó el lápiz... pero antes de escribir una sola línea, una idea cruzó su mente como un relámpago, helada y repentina.
Un mes atrás...
El accidente había ocurrido exactamente hace un mes.
Y Haruto había llegado a la academia apenas unas semanas después. Un chico que nadie conocía, que apareció de la nada, que vivía lejos y vivía solo...
Hina se quedó inmóvil.
Cuando Tomo intentaba describir a su héroe, nunca lograba ponerle un rostro. Hina había intentado imaginarlo cientos de veces y siempre le parecía alguien extraño, borroso... hasta hoy. Hasta esta mañana. Hasta que lo vio caminar, hasta que escuchó su voz, hasta que reconoció esos ojos amables que la miraban sin malicia.
El lápiz le tembló entre los dedos.
—No... —susurró, sacudiendo la cabeza de golpe—. Imposible. No puede ser él. Era solo un niño...
Pero la duda ya estaba ahí, instalada en su pecho, pequeña y silenciosa, imposible de apartar. Una coincidencia tras otra. Alguien que desapareció aquella lluvia y alguien que apareció aquí, justo cuando empezaba el curso. Unos ojos que parecían saber demasiado, que la miraban como si ya la conociera...
Hina respiró hondo y fijó la vista en la pizarra, aunque no veía una sola letra.
No voy a sacar conclusiones precipitadas, se dijo a sí misma. Pero también supo, con absoluta claridad, que una vez que algo despertaba su curiosidad... no descansaría hasta descubrir la verdad.
Y ahora, por primera vez, tenía una pista. Un nombre. Un rostro. Y una promesa que cumplir.
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La mañana siguiente comenzó con una calma engañosa. Los primeros rayos de sol iluminaban el comedor mientras Haruto preparaba el desayuno, moviéndose con pesadez: apenas había logrado pegar ojo.…