Uf. Alfredo.
Capítulo 6 ~ Las Tres Condiciones
Sebastián bufó molesto. Su padre acababa de recordarle por enésima vez que esa noche tenían La Gala Anual del Hospital de Niños. Tomó su cabeza con ambas manos. Haydée le había mencionado el evento,…
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Uf. Alfredo.
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Sebastián bufó molesto. Su padre acababa de recordarle por enésima vez que esa noche tenían La Gala Anual del Hospital de Niños. Tomó su cabeza con ambas manos. Haydée le había mencionado el evento, pero su cabeza no estaba para hacer sociales. La última semana había sido sumamente estresante. Alfredo no dejaba de presionar. Presionaba con avanzar en el tema de la boda, presionaba con que ya no se quede a dormir en casa de Benicio. Presionaba con la reunión del Holding… Sebastián estaba al borde del colapso.
Benicio no estaba mejor. Acababa de salir del control con el cardiólogo y sus signos no eran nada alentadores. Y la charla con Arturo no había ayudado mucho. Mientras caminaba hacia el auto recordaba las palabras del médico. “Sebastián es muy capaz de pedirte que te cases con él, con tal de molestar a su padre”. Se sentía pesado. Como lleno de algo que lo estaba asfixiando. Los cuidados de Sebastián eran de lo más agradables. Él realmente había cambiado, tal vez Arturo no lo veía, pero era evidente que Sebastián no era el mismo.
Esa noche era la fiesta y Alfredo le había pedido asistir. Se celebraba en el Palacio Duhau, un magnífico palacio de estilo francés ubicado en una de las avenidas principales, del barrio más exclusivo de la ciudad. En ese tipo de eventos, Benicio solía encargarse de poner a Alfredo en contacto con personas realmente selectas. Pero Arturo acababa de decirle que lo mejor para él era regresar a su casa y descansar, de otro modo terminaría de nuevo internado. Así que, sin dudarlo, se dirigió a su casa.
Sebastián no solía asistir a ese tipo de eventos. Pero sabía que los invitados eran una mezcla de figuras destacadas del mundo empresarial, político y del espectáculo. Los hombres vestían con esmoquin y las mujeres, elegantes vestidos de gala. Haydée, le había comentado más o menos como era el ambiente y qué podía esperar.
Sebastián tenía que hacerse a la idea. No tenía ánimos. Pero era importante para su prometida asistir, y para su padre, que él asistiera. Así que, se dirigió a su departamento a buscar el esmoquin. Solo quería cerrar los ojos y volverlos a abrir en casa. Aunque últimamente el clima con Benicio era muy tenso, no obstante, no había otro sitio en el que quisiera estar. Además, sabía que Benicio no tenía la culpa, eran sus propias ideas y sus curiosidades las que lo atormentaban todo el tiempo.
Esa semana, había sido invadido por una nueva idea, que se sumaba a las muchas otras que lo estaban enloqueciendo. Anteriormente, había pensado en tocarlo, en acariciarlo, incluso en besarlo. De hecho, se había atrevido a unos roces tímidos, que para su sorpresa, habían sido bien recibidos. Eso lo llevó a querer más.
Ya en la clínica, comenzó a pensar en tocar su pecho. Recordó que sus amigas habían mencionado que debía ser extraño tocar un pecho peludo. Pero no se había animado a intentarlo. Sebastián había visto a Salvador quitándole los electrodos y su cabeza lo llevó de pronto por imágenes que ni siquiera le resultaban aceptables.
Pero esa última semana la idea de acercarse a Benicio para dormir se había instalado abruptamente en su mente, en su cuerpo y ya lo invadía casi permanentemente. No recordaba haber dormido abrazado a alguien. Nunca le había resultado agradable esa idea. Y ciertamente no sabía si sería agradable acercarse a Benicio, pero no podía evitar el impulso de hacerlo cada vez que iba a dormir.
Entró en su departamento. Quizás debería quedarse allí esa noche y calmar su mente antes de cometer un error y que Benicio lo eche de su casa.
Al entrar, se detuvo sorprendido. Ramiro estaba sentado en el sofá bebiendo. Volteó hacia Sebastián y le sonrió. Se puso de pie y se acercó al recién llegado.
Sebastián no podía creerlo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó invadido por una ira que apenas podía controlar.
—Bueno, tenemos la gala en el palacio. Sabía que vendrías a cambiarte y estaba esperándote. Llevo días llamándote y no me atiendes. No me dejaste alternativa.
—Vete de aquí. No quiero verte —. dijo Sebastián sin un ápice de paciencia.
—Seba ¿qué sucede? —dijo el abogado con un tono tranquilo.
Se le acercó con una mirada preocupada
—Creo que me debes una explicación. Tu padre me despidió diciendo que tú se lo habías pedido. Me prohibieron el ingreso a la Distribuidora, y tú no respondes mis llamados. Yo no entiendo lo que sucede.
El joven se veía realmente desconcertado.
Sebastián lo miró a los ojos. Recordó las palabras de Benicio. Recordó cómo lo habían dejado. Estaba lleno de ira. De impotencia. Tomó al joven por su ropa y lo empujó con fuerza contra la pared.
—No te atrevas a hablarme de esa manera. Sé muy bien que fuiste tú quien atacó a Manuel.
—¿Ataque? ¿Qué ataque?
—Sabes muy bien de lo que estoy hablando. Fuiste tú quien lo mandó a la clínica.
—Manuel jugueteaba con su trasero, pasado de drogas y de alcohol. ¿Por qué crees que no levantó cargos?
—Porque sabe la mierda que eres.
—Seba, no entiendo por qué me tratas así. Yo nunca te he maltratado. Tu eres importante para mi.
—¿Por eso me drogaste sin mi consentimiento tantas veces?
—¡Ah! ¡Vamos Seba, que a ti te gusta todo eso! ¡Más de una vez me llamaste para pedirme caramelos! ¿Por qué no te tomas algo, te calmas y hablamos? Te esperaré mientras te cambias. Podemos ir juntos a la gala.
—No vas a ir a la gala. Te vas a ir del país. No quiero volver a verte.
Ramiro sonrió.
—¿Qué estás diciendo? —Sebastián se acercó amenazante
—Me drogaste. Tres veces. Tengo la grabación de cuando lo haces. Te aseguro que si no te largas, voy a ponerte una demanda, diciendo que me hiciste lo mismo que a Manuel —. Habló apretando sus dientes.
Sebastián se sentía capaz de destruir a ese hombre a puros golpes. Subió sus manos y apretó el cuello del hombre. No podía dejar de imaginar lo que Benicio sintió al verlos abrazados en la cafetería, odiaba a Ramiro Vega por eso.
—Estás loco —balbuceó casi sin aliento.
—Sí. Y no me pongas a prueba.
—No puedo irme así como así. ¿Qué le diré a mi familia?
—Puedo enviarles la grabación y seguramente ellos mismos te llevarán al aeropuerto.
—¿Pero de qué grabación estás hablando?
—En el balcón del departamento. En la cafetería de la oficina. —Ramiro abrió los ojos sorprendido—. Estás hasta las pelotas. Y sé que no fui el único. Ni Manuel tampoco. Solo deja que alguien como yo lo haga público para que aparezcan los otros que silenciaste.
—Yo… nunca te haría daño a ti —dijo entrecortadamente
—Pero yo, a ti, sí. Y me estoy conteniendo, para no dar problemas a la gente que se preocupa por mi. Pero te aseguro que si dices una palabra más te borraré esa cara asquerosa a trompadas… Y sabes muy bien que soy capaz de hacerlo. Y que no sería la primera vez que lo hago.
Sebastián abrió la puerta y en silencio Ramiro salió del departamento. Lo vio alejarse por el pasillo y cerró la puerta. Apoyó la frente en la madera blanca y respiró profundamente para tranquilizarse. Benicio le había enseñado a controlarse, porque había tenido problemas muchas veces por arrebatos de ira y tuvo varias denuncias por agresión. Caminó hacia su cuarto, tomó el esmoquin y se fue a la casa de su padre.
Alfredo estaba consternado cuando supo que ese tipo estaba dentro del departamento de Sebastián. "¿Cómo no pude prever esto?" pensó, sintiendo una ola de impotencia. Había subestimado la tenacidad de Ramiro y su capacidad para colarse en la vida de su hijo. "Debí haber reforzado la seguridad", se recriminó a sí mismo.
Sebastián estaba furioso. Se miró en el espejo mientras ajustaba la corbata de moño de su esmoquin. Su mente era un desborde de pensamientos y emociones. La confrontación con Ramiro lo había dejado agitado, pero también había una sensación de alivio al haberlo enfrentado. Sin embargo, la idea de asistir a la gala lo llenaba de una mezcla de ansiedad y resignación.
Recordó con dolor las palabras de Benicio. No era hombre para él “¿Cómo demonios es un hombre para él?" se preguntó. Pero había algo más profundo que lo inquietaba, algo que no podía ignorar: no podía dejar de pensar en él. La imagen de Benicio se coló en su mente una vez más, y con ella, la sensación de querer estar cerca de él, de protegerlo. "¿Qué mierda me está pasando?". Respiró hondo y se miró una vez más en el espejo. Esa noche, tenía que mantener la compostura. No podía dejar que nadie viera lo que estaba sintiendo. Envalentonado, salió de la casa y fue a buscar a Haydée.
La joven no tardó en notar que Sebastián no estaba bien y luego de insistir un poco, Sebastián le relató lo sucedido. Ella había oído el rumor sobre lo que había pasado con Manuel y se quedó impávida al saber que era el hijo del juez quien lo había hecho y que había intentado llegar a Sebastián también. La confianza entre ellos se había estrechado lo suficiente como para que, con solo mencionarle lo sucedido, él sintiera un profundo alivio.
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Sebastián llegó al Palacio con su prometida tomada de su brazo, se detuvo un momento para tomar aire antes de entrar. Ella lo miró.
—¿Estás bien?
—No. —dijo él, sin dejar de mirar hacia el frente.
Frente a él, el Palacio Duhau se alzaba imponente. Ese aire de lujo y superficialidad, no hacía más que aplastarle el pecho acrecentando la enorme presión que Sebastián sentía sobre sí mismo y dentro de su alma. “¿Qué demonios hago aquí?” se preguntó.
Respiró profundo.
—Pero nadie tiene porqué saberlo —agregó mirándola con su bella sonrisa.
La entrada principal estaba adornada con elegantes lámparas. Subieron lentamente la imponente escalinata, que conduce a un amplio vestíbulo de mármol pulido y exquisitos detalles en dorado.
Dentro, el salón principal estaba decorado con candelabros de cristal, largas mesas cubiertas con manteles de lino blanco, y centros de mesa florales que llenaban el aire con un aroma sutil y delicado. La iluminación era suave y cálida, creando un ambiente acogedor pero opulento.
Sebastián no estaba muy familiarizado con ese evento, pero Haydée iba presentándole a los invitados. Ella había sido anfitriona en varias ocasiones, hasta que su prolongada soltería fue motivo de conversaciones entre algunos grupos y cuando llegó a oídos de su padre, éste consideró que era mejor evitar la exposición pública. Sin embargo, sus amplias habilidades y sus variados conocimientos, la hacían sobresalir inevitablemente. Alfredo los observaba desde una esquina y comentaba con su esposa lo favorable que sería para Sebastián esa noche.
Mientras departía con los otros invitados, Sebastián miraba a su prometida y se preguntaba qué pensaría ella sobre lo que últimamente lo estaba inquietando. Pero hizo a un lado esa idea, porque jamás podría decirle a nadie lo que estaba sintiendo. Ya bastante arrepentido estaba de habérselo dicho a Manuel.
Durante la recepción en el jardín del palacio, los invitados disfrutaron de la vista de las fuentes iluminadas y las esculturas artísticas mientras se iban saludando y socializando. La música de fondo provenía de un cuarteto de cuerdas, añadiendo un toque de elegancia a la atmósfera.
Poco después, los invitados se trasladaron al salón principal para la cena. El menú, diseñado por un renombrado chef, que Sebastián no conocía. Pero al ver frente a él la exquisita selección de platos gourmet que iban desde delicados aperitivos hasta sofisticados platos principales, acompañados de vinos de alta gama, no podía dejar de pensar en la comida casera que solía disfrutar con Benicio. Sonrió.
Haydée, estaba a su lado y lo notó. Se inclinó hacia él.
—Por fin sonríes con ganas —dijo ella.
Él la miró. Se inclinó hacia ella y murmuró en voz baja.
—Pensaba en un pollo al horno con papas —. Ella lo miró sorprendida y no pudo evitar reír con delicadeza.
Sebastián se sentía tan ajeno a todo eso.
—No sé que estoy haciendo aquí —dijo pensando en voz alta.
Haydée lo miró con ternura y le susurró
—Ya lo verás.
Durante la cena, se presentaron videos y testimonios sobre el impacto del Hospital de Niños en la comunidad, destacando las historias de los pequeños pacientes y sus familias. Luego asistieron a un emotivo discurso del director del hospital, quien agradeció a los presentes por su apoyo continuo. Haydée comentó que una vez se enteró que Benicio solía asistir al hospital de niños en fechas importantes, como día del niño o Navidad, para llevarles regalos a los pequeños internados. Sebastián se sorprendió. “¿Por qué yo no sabía eso?” se preguntó.
El punto culminante de la noche era una subasta silenciosa, donde los invitados podían pujar por artículos exclusivos como obras de arte, joyas y experiencias de viaje de lujo. Los fondos recaudados serían destinados a mejorar las instalaciones y servicios del hospital.
Finalmente, se cerró la velada con un baile en el salón, donde la orquesta tocó música en vivo.
—Te ves preocupado —dijo ella mientras bailaban en un rincón del salón.
—No se te escapa una —dijo él sonriendo—. Tengo que hablar con alguien sobre algo que no le va a gustar. Y sé que a mi no me va a gustar que no le guste.
—¿Qué caso tiene entonces hablarlo? Ambos van a sentirse mal
—Siento que si no hablo, voy a cometer un error.
—Entiendo. En ese caso… al mal paso, darle prisa ¿verdad? —dijo ella sonriendo.
Luego de unos minutos y unas vueltas más, la música terminó y Sebastián tomó de la mano a Haydée y la llevó al jardín. Se quedó un rato en silencio, observando a la orquesta, pero sin escucharla. Giró hacia Haydée, que bebía una copa con calma.
—¿Puedo hacerte una pregunta? Necesito que seas sincera.
—Claro
—”Tú no eres hombre para mi” ¿Por qué razones dirías tú algo así?
La joven abrió sus ojos y su boca sorprendida.
—¡Wow! ¿Eso te han dicho? —Sebastián asintió.
—Bueno, yo creo que lo diría porque en mi vida sólo hay un hombre, y los demás no son hombres para mí.
—O sea que lo dirías porque tienes a alguien en tu vida.
—Si, pero de no ser así… —ella estaba pensativa—. Creo que se lo diría a alguien que no es compatible conmigo.
—¿Y cómo sería alguien compatible contigo?
—Pienso que no tenemos que ser iguales, o pensar de la misma manera, pero sí tener ciertos proyectos juntos. Compartir sueños, deseos. Aún si ambos tenemos los propios. Es importante tener cierta compatibilidad en los proyectos a futuro, en las formas de quererse, de pensar la pareja.
Sebastián se quedó pensativo. Ella sonrió.
—¿Nunca te habían rechazado? —Él levantó la vista hacia ella—. Es decir, supongo que te dijo eso porque te rechazó. Y por lo visto, no es algo a lo que estés acostumbrado.
—No recuerdo haber sido rechazado. Y si lo fui, no me importó. Pero esta vez… yo… simplemente no puedo entender.
—A ver, la razón por la que te rechazó, es clara: no son compatibles. Para ella tú no eres el indicado. Ahora, si lo que no puedes entender es por qué esta vez te afecta el rechazo, déjame decirte que creo que ella te importa demasiado.
Sebastián miró a su prometida. un enorme signo de interrogación parecía estar sepultándolo en un sinfín de cuestionamientos.
—Escucha, si ella te importa en verdad, conócela. Acércate a ella desde otro lugar. Escúchala. Quizás solo necesitas…
—Yo quiero sexo. Nada más.
Haydée lo miró en silencio. Estaba sorprendida. Incómoda. No hubo forma en la que pudiera articular una respuesta posible.
—Lo siento. Perdóname. No quise importunarte.
Ella movió su cabeza hacia ambos lados. Lentamente. Estaba algo impresionada. Le agradaba esa confianza que habían logrado alcanzar, pero de pronto sintió que tal vez él se había excedido un poco.
—Esa es un área en la que no puedo ayudarte, mi experiencia en el tema es nula. Tengo una relación de años con la misma persona y no puedo entender de lo que hablas.
—¿Vas a decirme que no has querido tener sexo con Martín?
—¡No seas atrevido, Sebastián! —sancionó la mujer.
—Lo siento.
—Entiendo que te pedí que seas discreto, pero no tienes que ser célibe. Si lo haces de una manera privada, que no llegue a oídos de mi padre, puedes hacer lo que quieras.
—No. No puedo. ¿Qué no ves que me rechazó?
—Pero no es la única mujer en el mundo. ¿O acaso estás encaprichado con ella?
—No quiero a nadie más —replicó sin pensar.
—¿Estás encaprichado? o… ¿estás enamorado? —Sebastián miró a la joven poco menos que horrorizado.
Se inclinó hacia ella y dijo en voz baja
—Solo quiero coger.
—¡No seas ordinario! —reprendió ella con el ceño fruncido.
—No sé cómo decirlo de otra manera.
—Si quieres sexo, busca una mujer que sea discreta, seguramente no tendrás problemas en encontrar compañía. Pero ¡Ojo, Sebastián! No insistas con esta chica, porque ella ya te ha dicho que no. No busques que te pongan una denuncia por acoso. Nuestro compromiso ya es público y aún necesito un par de meses.
—Está bien.. está bien… Tranquila… No voy a hacer ninguna locura.
—Antes hablaste de que podrías cometer un error. No estarás pensando en forzar las cosas, ¿Verdad?
Sebastián miró a Haydée, desconcertado. “¿Qué clase de persona creía esa joven que era él?”
—Claro que no. Nunca le haría algo así —dijo él con calma. Ella asintió.
Un rato después Sebastián llevó a la mujer a su casa y él se fue al departamento de Benicio. No se atrevió a entrar al cuarto. Se tumbó en el sofá. En la quietud de la noche, encontró el sonido lejano de la respiración de Benicio, y cerró los ojos.
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Al amanecer, Benicio se despertó para salir a caminar y al ver la cama vacía junto a él, sintió vacío en su interior. Le pareció curioso. En otro momento hubiera sentido alivio. Pero en ese instante, lo que sentía era dolor, como si le faltara algo. Algo muy importante. Se metió al baño, se alistó y se vistió. El apartamento estaba en penumbras, con solo la luz suave de una lámpara de mesa iluminando tenuemente la sala de estar. Cuando salió del cuarto, en la oscuridad de la sala sintió la respiración profunda y algo sonora de Sebastián.
Dormía profundamente, con el rostro relajado y la respiración tranquila. Llevaba puesto el esmoquin, la camisa ligeramente desabotonada y el lazo aflojado alrededor del cuello. A pesar de su apariencia descuidada, había algo vulnerable y apacible en su semblante algo que Benicio no pudo ignorar ya que le era muy familiar.
Se acercó en silencio.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, percibió el aroma de un perfume de mujer impregnado en la ropa de Sebastián. Otra sensación de familiaridad. No era raro para Benicio, puesto que solía regresar tarde en la madrugada después de una noche de alcohol, drogas y mujeres. Con frecuencia, y a pesar del desagrado que le provocaba verlo así, lo bañaba y lo acostaba.
Sin embargo, esta vez, no sintió asco ni enojo, sino una profunda tristeza. Un dolor que lo ahogaba. Era la sensación de encontrar por fin al Sebastián que conocía, y al mismo tiempo, la de perder a ese otro Sebastián tan especial, al que no terminaba de acostumbrarse, pero que por alguna razón, no quería alejar de él, aún en contra de las insistencias de su entorno.
Su corazón se volvió más pesado.
Una mezcla de emociones conmocionó a Benicio. Había una profunda preocupación por el estado de Sebastián, últimamente lo había visto muy ensimismado, sabía que Alfredo no dejaba de presionarlo. Le causaba mucha impotencia no poder aliviar sus problemas. La tristeza lo envolvía, pero al mismo tiempo, había una oleada de ternura al verlo allí, en su hogar. Como si, de alguna manera, ambos encontraran refugio el uno en el otro. Los pensamientos de Benicio revolotearon mientras lo observaba. Recordó las discusiones, la tensión, y el dolor. Sin embargo, en ese momento, todas esas preocupaciones se desvanecieron, dejando solo una fuerte necesidad de proteger y cuidar de Sebastián.
Con suavidad, Benicio tomó una manta del respaldo del sofá y la extendió sobre Sebastián, asegurándose de cubrirlo bien. Luego, se sentó en el otro sofá, incapaz de apartar la vista de él, sintiendo una calma inesperada al estar simplemente allí, observándolo dormir.
¿Qué habría pasado para que llegara en ese estado?
Naturalmente, Benicio no quería verlo caído bajo los influjos de las sustancias, ni perdido entre apuestas o mujeres. Sin dudas, el Sebastián responsable y protector que cuidó de él todos esos días, era el que Benicio quería ver. Pero lo cierto era que ese Sebastián, despertaba en su interior un caudal de emociones que no comprendía ni sabía cómo manejar.
Durante toda su vida supo exactamente lo que debía hacer. Tuvo siempre en claro lo que quería, y cómo conseguirlo. En ese instante, mientras su mirada estaba perdida en los casi imperceptibles gestos del muchacho dormido, sentía que no sabía cómo seguir.
Respiró profundo y salió a la calle.
—No debiste venir. Te dije que caminaría. Aún no puedo correr —dijo Benicio saludando a Víctor.
—Caminaré contigo. Y te cargaré si es necesario —dijo sonriendo.
Benicio lo miró y se rio también.
—No te ves nada bien. Imagino que tiene que ver con Alfredo. Esta semana me tuvo de chofer. Lo escuché hablando por teléfono con el Dr. Carrasco, contigo y con Sebastián.
—Entonces estás al tanto de lo que sucedió.
—Algo. Y no quisiera estar en tu lugar.
Caminaron una media hora, más o menos, y regresaron. Al entrar Benicio fue sacudido por el aroma a café recién hecho. Se sorprendió. La tele estaba encendida y en el canal de noticias mencionaban la gala de la noche anterior y pasaban imágenes. Sebastián y su prometida estaban en varios primeros planos. Se veían radiantes, felices. “¿Cuál era el problema?” Eso era lo mejor que podría haber pasado “¿Por qué nada de eso se sentía agradable?”. Un nudo apretaba su garganta.
Sebastián salió del cuarto. Estaba cambiado. Impecable. Benicio estaba impactado. Pensó que lo encontraría tirado en el sofá, aún dormido pero no. Estaba allí frente a él. Listo para desayunar. Con esa sonrisa irresistible que usaba tan impunemente.
—Fuiste a correr ¿Verdad? ¿Cómo te fue? ¿Llegaste bien? —Benicio asintió. “¿Por qué tantas preguntas?” se dijo. Apenas podía procesar lo que había visto en la tele, ni hablar de lo que estaba viendo frente a él. A duras penas podía con lo que estaba sintiendo ¿Cómo esperaba ese muchacho que pudiera responder a todas las preguntas que estaba formulando?
—Caminé —dijo finalmente cuando pudo articular una palabra— No puedo correr aún.
—¡Oh! ¡Cierto! Aguarda —dijo el muchacho yendo hacia el cuarto—. No.
Se detuvo y se acercó a Benicio
—Ven.
Lo tomó de los brazos y lo condujo a la banqueta de la cocina
—Siéntate. —Benicio se sentó en silencio—. Descúbrete el brazo izquierdo. Ahora sí, aguarda aquí. Te compré algo.
Sebastián lo dejó sentado en la cocina y fue al cuarto por la caja. Regresó la abrió y la conectó. Era un tensiómetro electrónico. Abrió el brazalete y le indicó que metiera su brazo.
—Estoy sudado.
—No importa —. Benicio accedió y en unos segundos la pantalla mostró los valores.
Sebastián lo vio y dijo satisfecho.
—No está mal. Bueno ve a bañarte así desayunamos.
Benicio se levantó sin decir nada y se dirigió al baño. Cuando regresó, tenía una taza de café caliente frente a él
—¿Cómo te sientes? —preguntó Sebastián.
Lucía deslumbrante.
—Bien. ¿Tú?
—Muy bien. Gracias por cubrirme. Llegué tan cansado que ni me di cuenta.
—¿A qué hora llegaste?
—No sé. Ni me fijé. Antes de medianoche.
—Pensé que habías llegado más tarde. ¿Dormiste toda la noche en el sofá?
Sebastián bajó la vista algo avergonzado. No podía decirle que temía hacer algo indebido. O que su mente lo estaba traicionando casi todo el tiempo.
—No quise despertarte —dijo con una naturalidad que encubría todo lo que sentía.
—¿Y cómo estuvo? No vi a tus amigos en las imágenes.
—Yo tampoco los vi. Estuvo bien. Qué sé yo. Llegamos tipo ocho, cenamos a las diez, y ya para las once y media más o menos abrió el salón con la orquesta, bailé un par de piezas y luego nos fuimos. Llevé a Didí a su casa y poco antes de la medianoche estaba aquí.
Sin dudas la asistencia a la Gala de beneficencia había dado de qué hablar. Sebastián y Haydée fueron fotografiados juntos en muchas ocasiones y los diarios y revistas estaban poblados de sus imágenes. Como así también la televisión y las redes sociales.
—Entonces… —Benicio miró a Sebastián.
No había llegado ebrio. No había estado con sus amigos, ni con mujeres. Una sensación de alivio despertó de pronto esa incipiente locura que nacía dentro de él cuando Sebastián estaba cerca.
—¿Entonces qué? —preguntó Sebastián luego de esperar unos minutos
—Entonces tu padre estará muy satisfecho.
—Eso espero. Hice todo lo que él quería que hiciera —. Sebastián sonaba frustrado y a Benicio le dolía.
Durante el fin de semana ambos estuvieron algo tensos. Alfredo no dejaba de llamar, y cuando atendían solo eran gritos e insultos. Benicio había estado pensando mucho los últimos días y llegó a la conclusión de que lo mejor que podría hacer era renunciar a la Distribuidora. Ocupó su cabeza en la planificación de su futuro lejos de las presiones de Alfredo Carrasco.
Sebastián no estaba de acuerdo. Por un lado porque no podía dejar de pensar en lo que su padre le había dicho respecto de que Benicio se iría tarde o temprano. Esa idea le resultaba demasiado dolorosa. Por otro lado, porque aún cabía la posibilidad de que si Benicio se hacía cargo de la empresa, él no tendría que preocuparse por algo que en realidad no le interesaba, y el patrimonio de su familia estaría en las mejores manos.
El lunes por la mañana cuando Benicio regresó de caminar, Sebastián ya estaba preparado para ir a la oficina y tenía listo el desayuno. También tenía un semblante de hartazgo que le costó mucho ocultar. Lo hizo sentar nuevamente y le tomó la presión y la frecuencia cardiaca. Luego Benicio se fue a bañar y desayunaron.
—¿Pasó algo? —preguntó Benicio tras varios minutos de silencio.
—Alfredo Carrasco, eso pasó…
—Solo tienes que tener un poco más de paciencia, Seba. Cuando te cases ya no insistirá.
—No voy a casarme —dijo Sebastián con seguridad.
Dejó la taza lavada en la mesada.
—Ya te lo había dicho ¿verdad?
Sebastián se dirigió al cuarto, abotonó su chaleco y se puso el saco.
—No puedes hacerle eso a Haydée —sancionó Benicio.
Sebastián volteó hacia él y lo miró desconcertado
—¿Hacerle eso?
—Esa chica no se merece que le hagas ese desplante exponiéndola a la humillación pública. Aceptaste el compromiso y debes cumplir como corresponde.
—¿Sabes? Cada vez que hablas de ella de esa manera se me revuelven las tripas. ¿Acaso te gusta? ¿Estás enamorado de ella?
—¡Claro que no! ¡Pero qué tonterías dices!
—Pues no entiendo entonces. ¿Quieres saber la verdad? Ella tiene un tipo. Hace años. Yo solo soy su pantalla hasta que el tipo pueda llevársela.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Benicio incrédulo.
—La verdad. Esa es la verdad. Tenemos un acuerdo. Ella en unos meses se irá con su hombre. Romperá el compromiso por algún error grave de mi parte, y se irá. Quién quedará sometido a la humillación pública seré yo.
—¿Ese es el acuerdo? ¿Por qué aceptaste eso?
—Porque tú me lo pediste. Me pediste que la escuche, que me acerque a ella y le dé una oportunidad. Que pruebe… Y lo hice.
—Es una locura. ¿Tu padre lo sabe? —Benicio estaba totalmente perplejo
—Claro que no. Y tú no se lo vas a decir. Me comprometí con ella y voy a cumplir mi palabra —sentenció Sebastián. Benicio estaba impresionado.
—¿Esto es lo que quieres? —preguntó Benicio sin comprender
—Esto es lo que voy a hacer —corrigió Sebastián.
Se acercó a Benicio lo suficiente como para sentir el calor de su cuerpo y de su respiración en el rostro.
—Lo que yo quiero tú ya lo sabes. ¿Verdad? —le dijo alzando las cejas.
Benicio estaba enmudecido. Sebastián apoyó la mano en el pecho de Benicio.
—No lo olvides —agregó.
A través de la tela de la camiseta, Sebastián podía percibir la textura de ese pecho que tanto lo estaba obsesionando. Pero lo que realmente lo hizo detenerse con preocupación fue la forma en que latía el corazón de ese hombre que permanecía en silencio. Miró su mano en el pecho, y miró a Benicio.
—¿Beni, estás bien? —preguntó asustado.
Benicio reaccionó tomando con fuerza la muñeca de Sebastián y alejándola de él. Miró a Sebastián con el ceño fruncido.
—Ya vete que llegarás tarde —dijo, y soltó violentamente la mano de Sebastián.
Sebastián entendió que nuevamente había cruzado la línea.
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—Hola Alfredo. Buenos Días. —Benicio abrió la puerta y el viejo Carrasco entró en el departamento con su cara tensa y su mirada gélida, vociferando furioso.
—¡Qué buenos días ni una mierda! No te atrevas a hacerte el imbécil conmigo —. Benicio respiró suavemente.
Quería a ese hombre, no solo porque siempre lo había tratado con cariño y admiración, sino porque había encontrado en él lo más parecido a un padre. Desde que lo conoció, guardó hacia el viejo un profundo respeto. Hasta que pudo verlo a través de los ojos de Sebastián. No le resultaba difícil ahora ver el monstruo que realmente era.
—Sebastián no está aquí.
—Lo sé. Por eso vine. No vine a verlo a él sino a ti —. Alfredo deambuló por el interior de la casa mientras Benicio cerraba la puerta.
Realmente no podía entender cómo su hijo podía preferir dormir en ese lugar tan desagradable. Benicio estaba conteniendo la respiración. Apenas se había logrado calmar luego del avance de Sebastián y aún no podía dejar de sentir en su pecho un ardor permanente allí donde la mano de Sebastián se había posado.
—¿En qué lo puedo ayudar? —dijo Benicio luego de unos minutos de silencio del viejo. Alfredo se acercó a él mirándolo fijamente.
—Es sobre Sebastián, por supuesto. Quiero que lo saques de tu casa como sea. No me importa lo que hagas, pero no puedes seguir permitiendo que se quede a dormir contigo.
—Alfredo…
—¡Alfredo nada! —dijo alzando su voz.
Una mirada fría y cargada de odio golpeó a Benicio.
—¿Vas a decirme que “mi hijo” duerme en esa cama mugrosa contigo y yo tengo que quedarme callado sin hacer nada?
Benicio permaneció en silencio.
—Dime algo ¿Cuánto tiempo crees que tardará en correrse la voz respecto de ti? Cuando todo se sepa, ¿cómo quedará la reputación de mi hijo?
Benicio seguía sin decir nada.
—Con quién duermas, con quién salgas, con quien cojas no me interesa. Pero quiero toda esa mierda lejos de mi hijo. Lo sabes. Te lo he dicho desde un primer momento. Y esa fue la condición para que obtengas el lugar que te he dado —Alfredo estaba totalmente descontrolado.
Benicio suspiró.
—Nunca he buscado perjudicar a Sebastián y usted lo sabe muy bien —dijo con calma.
—¿Y cómo crees que lo afectará el que se enteren que duerme con un homosexual desde hace años? —exclamó exaltado el viejo —¿Es que acaso no ves que nada de esto está bien?
—¿Lo único que usted ve mal en Sebastián es el que se quede aquí?
—¿A qué te refieres?
—Desde que conozco a Sebastián lo he visto perder su dinero en el juego y apuestas casi a diario. Lo he tenido que llevar a desintoxicar por las porquerías que se metía cada fin de semana. Tocaban el timbre a la madrugada y lo dejaban inconsciente en mi puerta.
Benicio comenzaba a perder la calma
—Ha vivido de orgía en orgía. Y si le pregunta, ni siquiera recuerda nada. Me cuesta creer que para usted lo único malo en Sebastián es que duerma aquí. Porque cuando está aquí usted sabe que está bien. Que no fuma, no bebe, no se droga… ¿Por qué debería echarlo? ¿Por qué me pide que lo deje a merced de esa gente que lo ha estado llevando al límite todo este tiempo?
—¡Porque lo digo yo! Prefiero mil veces los vicios que verlo expuesto a tus... influencias.
—¿Mis influencias? —Benicio se acercó a Alfredo— Pero señor, ¿Es que no lo ve? Él está limpio hace semanas.
—Pero sigue durmiendo contigo. Eso tampoco es saludable para él. No es bueno para su reputación. ¡Está a punto de casarse! ¡Maldita sea, Benicio!
—Alfredo, yo cuido de él. Jamás haría algo para lastimarlo.
—¡Ja! Te estás aprovechando de su vulnerabilidad. Estás envenenando su mente. ¡Lo estás llevando por un camino que no tiene futuro! ¿Crees que no me doy cuenta?
—Eso no es cierto. Sebastián ha estado haciendo las cosas bien.
—¡No me vengas con eso! Sebastián ha cambiado, sí, pero no gracias a ti. Ha cambiado porque sabe que tiene responsabilidades, porque sabe que tiene que casarse y seguir con la empresa familiar. Está haciendo las cosas bien porque sabe lo que le conviene.
Benicio estaba pensativo.
—Yo lo veo más tranquilo, ha encontrado el equilibrio aquí. Está lejos de las malas influencias, de las drogas, del alcohol. Aquí está seguro.
—¡Seguro! ¿Seguro de qué? ¿De convertirse en un paria? ¿De que todos lo señalen por maricón y se rían de él? No, Benicio. No voy a permitir que mi hijo se convierta en el hazmerreír de todos por tu culpa.
—Pero él quiere estar aquí.
—No te hagas el imbécil, que no te queda bien. Sabes perfectamente por qué ese mocoso quiere permanecer aquí. No es por mantenerse limpio. Es solo por castigarme a mi. Tú solo eres la herramienta.
—Alfredo, yo creo que usted está muy confundido.
—Ha hecho todo lo que siempre le prohibí hacer. Sabía perfectamente lo mucho que me enfurecía cada una de sus “hazañas”. Ahora insiste en que quiere coger contigo.
Benicio palideció. No respiraba. No quería escuchar más.
—Y no va a parar hasta conseguirlo. Y no me veas así. ¿Pensaste que no sabía? Él mismo me lo dijo en la cara.
Todo tenía sentido ahora. Las insistencias de Alfredo en el matrimonio. La presión para sacarlo de la casa.
—¡Y tú lo sabes y lo estás consintiendo! Y no imaginas cuánto eso me decepciona.
Benicio no podía hablar. Algo en su pecho lo estaba asfixiando. Se sentía estúpido. La manera en la que Sebastián se acercaba a él solo era un juego. Siempre lo supo. ¿por qué le dolía tanto?
—No quiero volver a repetirlo. Sácalo de tu casa, o lo haré yo. No quiero ver a mi hijo sufrir, pero si es necesario para alejarlo de ti, lo haré. Sé de lugares donde aún se realizan prácticas para curar la homosexualidad. Un poco extremas, quizás, pero efectivas. No me obligues a tomar medidas drásticas.
Benicio lo miró atónito. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. Sabía muy bien de lo que hablaba Alfredo. Los juegos de Sebastián le dolían, que lo usara de esa manera para atacar a su padre lo estaba destruyendo poco a poco, pero no iba a permitir que Sebastián pasara por algo tan terrible.
—No puede estar hablando en serio...
—¿Quieres apostar? Tengo los recursos y el poder para hacerlo.
—Sebastián no es homosexual —dijo con una voz temblorosa
—Lo sé y me alegra que lo tengas bien claro.
—Hablaré con él. Solo deme unos días.
—Haz lo que sea necesario. Pero no subestimes lo que soy capaz de hacer para proteger a mi hijo de lo que considero una aberración. Sácalo de tu casa, Benicio. O te aseguro que lo internaré y lo someteré a tratamientos que lo harán desear no haberte conocido nunca.
Alfredo salió de la casa y Benicio quedó parado en su lugar sin ser capaz de moverse. Llevó su mano al pecho. Sentía dolor. Un dolor desgarrador más allá de su corazón… más profundo.
Sebastián llegó por la noche. Le había avisado que llegaría tarde porque tenía una reunión con un cliente. Benicio estaba ansioso. No podía echarlo así como así. Si había algo en lo que coincidía con Alfredo, era en que Sebastián mostraba cierta vulnerabilidad. Tenía que encontrar la forma de que sea el mismo Sebastián quien decidiera no regresar.
Pero lo cierto era que una parte de él se negaba rotundamente a alejarse. Una parte egoísta, irracional, una parte que se apoderaba de su cordura cada vez que Sebastián estaba frente a él. Esa parte se dejaba llevar por la voz, la mirada, la sonrisa y las caricias de Sebastián, y comenzaba a cobrar una fuerza abrumadora, cada vez más difícil de manejar.
Benicio leía sobre inversiones.
—¡Bienvenido! —dijo al verlo entrar —. ¿Cenaste?
—No. Lo siento… yo… pensé que iba a desocuparme antes.
—¿Se solucionó el inconveniente de las sacas?
—Si.
—Ve a cambiarte. Calentaré la comida —dijo Benicio pasando frente a Sebastián. El joven lo detuvo. Y lo miró consternado.
—Beni… lamento lo de esta mañana —dijo avergonzado.
—Es muy fácil para ti. Haces lo que quieres y luego lo lamentas.
—Yo no hago lo que quiero.
La mirada de Sebastián estaba cargada de frustración, de tristeza, de impotencia
—Tú sabes que el único que hace lo que quiere es mi padre. Lo hace contigo, lo hace conmigo. Yo, desde que tengo memoria, solo hago lo que él quiere.
Benicio no dijo nada. La mirada que los unía era profunda y ninguno de los dos necesitó decir nada más. Ambos estaban siendo presionados por ese hombre. Ambos sabían y sentían que no podían hacer lo que en verdad querían.
—Me voy a cambiar —dijo Sebastián y se perdió en la habitación.
Benicio caminó hacia la cocina. “¿Cómo voy a pedirle que se vaya?”, “¿Cómo voy a decirle que no puede estar aquí?”, “¿Cómo puedo estar seguro que estará bien si se va?” Sirvió la comida para Sebastián y se sentó al otro lado. Abstraído en sus pensamientos no se dio cuenta que Sebastián estaba frente a él mirándolo con esa sonrisa a la que comenzaba a temer.
—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó Sebastián saboreando la comida.
—Lo mismo que a ti.
—¿Te llamó?
—Él vino aquí esta mañana. Poco después de que te fuiste.
—¿En serio? —exclamó incrédulo— Ese hombre no tiene límites
—Tú tampoco los tienes.
—¿Qué quieres decir?
—Le dijiste que quieres tener intimidad conmigo —. Benicio bajó la vista.
La cuchara de Sebastián quedó suspendida en el aire, como si de pronto le hubiera perdido el gusto a la comida. El viejo Carrasco sí que jugaba sucio. Sebastián estaba furioso.
—Yo no le dije nada —dijo intentando calmarse.
Su padre se había metido una vez más arruinándolo todo.
—Me estás usando para joder a tu padre.
Sebastián notó que Benicio estaba decepcionado.
—Eso no es cierto —dijo, cerrando los puños sobre la mesa como si necesitara contenerse.
—No puedes negarlo, Seba. Has estado jugando conmigo todo el tiempo.
—No estoy jugando contigo.
Su voz temblaba, como si las palabras ya no le alcanzaran. No podía encontrar la forma de aclarar las cosas. Porque nada estaba claro para él tampoco. Sólo sabía que no había juego…
No había mentira.
No lo estaba usando.
—¿Crees que no me doy cuenta? ¿Que soy un imbécil? ¿Crees que no sé que todo lo que haces últimamente es solo para molestarlo a él?
La expresión de dolor de Benicio conmocionó a Sebastián.
—¡Ya basta! —dijo Sebastián en voz alta—. No sé qué mierda te dijo mi padre, pero lo que correspondía era que me preguntaras. Aún no me habían dado el alta. Mi tío me contó lo que pasó y lo que te dije aquella noche, porque yo no lo recordaba. Mi padre escuchó. Yo no se lo dije. Pero cuando me preguntó no se lo negué.
Benicio estaba impresionado. Sebastián hablaba con serenidad. Con firmeza, con una naturalidad abrumadora. Lo miraba a los ojos sin titubeos. No pudo evitar estremecerse ante el despliegue de seguridad que estaba ante él.
—¡Estás loco! —murmuró, casi como si pensara en voz alta.
—¿Por qué? —preguntó Sebastián
—¿Cómo que “por qué”? ¡Te la pasas desafiándolo todo el tiempo!
—Yo no lo desafío. Él me preguntó, yo le respondí. No todo pasa por él. Él no es el centro del mundo. No es el centro de mí mundo. A mí no me importa lo que diga o lo que piense mi padre.
Benicio lo miró en silencio. No había duda en esos ojos, ni intención de herirlo. Sintió una punzada de vergüenza por haber dudado.
—Pero tiene razón. Este no es un lugar para ti. Tú eres un Carrasco. Necesitas un lugar a tu altura.
—Me apuno en la altura —. Respondió Sebastián con gesto de desagrado.
Benicio no insistió. Ambos permanecieron en silencio. Sumidos cada uno en ese sinfín de ideas y emociones que cargaban dentro.
—¿Sabes? —dijo Sebastián mientras levantaba las cosas y limpiaba— Yo creo que el verdadero problema de mi padre es que aquí hay un solo cuarto. Quizás, si vendemos los deptos y compramos una casa, con dos habitaciones él ya no rompa más las bolas.
Benicio estaba confundido. Seguramente era una broma. No podía estar hablando en serio. Sebastián lo miró sonriendo luego de varios segundos
—Podríamos tener un perro. Nunca me permitieron tener un perro.
Benicio lo escrutaba con su mirada. “¿Acaso estás jugando conmigo de nuevo?” Sebastián sonreía. Parecía que realmente hablaba en serio, “¿Hasta dónde piensas llegar?” Lo enojaba pensar que, con tal de molestar a Alfredo, era capaz de jugar con él de esa manera.
—Yo no sé si eres tonto o infantil —exclamó burlón—. ¿Acaso quieres jugar a la casita conmigo?
Sebastián abrió sus ojos sorprendido
—Eso me parece muy infantil. O muy estúpido.
Las palabras dolieron tanto al ser dichas como al ser escuchadas. Sebastián borró la sonrisa de su rostro. No esperaba esa respuesta. Él estaba hablando en serio. ¿Por qué para Benicio era una tontería? Le dolió que se burlara, que menospreciara sus sentimientos.
—No estoy jugando. Sólo te hice una propuesta. No tenías que burlarte de mi.
—Tienes que crecer, Seba. Madura de una vez. Si no quieres que tu padre intervenga en tu vida, le tienes que mostrar que no necesita hacerlo. Aún si no te casas con Haydée, en algún momento lo harás con alguien más, y yo también. ¿Qué sentido tiene comprar algo juntos si cada uno va a seguir su camino?
Por alguna razón, decir y escuchar esas palabras, fue doloroso para ambos. El silencio se instaló entre ellos, denso, lleno de todo lo que no sabían cómo decir. Cada uno atrapado en su propio torbellino de emociones, rumiando palabras que aún no encontraban forma.
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Se acercaba el cumpleaños de Sebastián.
Pero el único entusiasmado con la idea era Alfredo. Había preparado una celebración en un club muy exclusivo ubicado en la Costanera Norte de Buenos Aires, a orillas del Río de la Plata. Esta zona, conocida por sus vistas impresionantes del río y su ambiente privado y sofisticado, era un área popular entre la élite de la ciudad, reconocida por sus restaurantes de alta gama, clubes solo para miembros selectos de la sociedad y su vibrante vida nocturna.
Alfredo sabía muy bien que ese tipo de cosas eran las que perdían a Sebastián y estaba seguro de que con eso lo traería de nuevo al camino correcto por el que debía transitar un verdadero hombre. Lo que no sabía era que Sebastián ya no estaba perdido. Ya tenía muy claro lo que quería y lo que no quería para él.
Por supuesto todo estaba perfectamente diseñado para que fuera una noche de esas que dejan huella. Sebastián cumplía treinta años. Benicio fue invitado, y Alfredo se aseguró de que no faltase. Hacía ya un mes que había tenido el infarto y aún cuando Benicio le pidió a Arturo que no lo autorice, éste le dijo claramente, que no había razones para ello.
Alfredo presionaba a Benicio para que incite a Sebastián a adelantar la boda. Y aún si no quiso intervenir para no generar más asperezas entre padre e hijo, Benicio habló con Sebastián y le comentó que el viejo intentaría avanzar sobre ese tema en la fiesta. Sebastián tenía muy claro que Haydée no era capaz de enfrentar a su padre, por lo que él debería hablar por ambos. También sabía que eso le acarrearía problemas con Alfredo y lo dejaría muy mal parado ante la familia de su prometida. Lo que le auguraba un cumpleaños algo caótico.
La alarma de su celular había sonado ya dos veces, se sentía cada vez más apesadumbrado conforme la hora se acercaba. Estaba en la sala tomando mate con Benicio. Ambos comentaban sobre la fiesta de esa noche cuando sonó el timbre. Benicio sonrió.
—Llegó tu regalo
—¿Mi regalo? ¿Qué me compraste? —preguntó con entusiasmo, mirando a Benicio con curiosidad.
Benicio se levantó y fue a abrir la puerta. Sebastián se puso de pie y se acercó. Vio que Benicio tomaba con cuidado el paquete. Era una caja de transporte. Su corazón comenzó a latir más rápido. Benicio cerró la puerta y volteó hacia Sebastián. Le entregó la caja y sonrió.
—¡Feliz Cumpleaños! —Sebastián tomó la caja con sus manos temblorosas.
Con una mezcla de emoción y nerviosismo, Sebastián se arrodilló y puso la caja en el suelo. La abrió y sus ojos se llenaron de sorpresa y alegría al ver un pequeño cachorro que lo miraba con ojos curiosos y juguetones. El cachorro, un adorable Golden Retriever, movía la cola con entusiasmo.
—¡Por Dios! —dijo, con la voz entrecortada por la emoción, llevando sus manos a su rostro.
—Es para ti. Consulté con el consorcio. Puedes tenerlo aquí. Tiene tres meses. Ahora que no iré a la oficina, en el día puedo cuidarlo por ti. Pero cuando estés en casa, tendrás que hacerte cargo.
Sebastián levantó al cachorro y lo abrazó, sintiendo una oleada de felicidad que no había experimentado en mucho tiempo. El pequeño cachorro lamió su cara, arrancándole una risa sincera.
—¿Te gusta?
—¡Oh, Dios mío, es perfecto! ¡Es precioso, Beni!
Benicio sonrió con ternura. Se puso de pie y se dirigió a la cocina. Al pasar junto a Sebastián, que seguía en el suelo con el perrito, apoyó la mano en su cabeza y le revolvió el cabello.
—Me alegra.
—No puedo creerlo. Siempre quise tener un perro. Esto es... increíble.
Benicio sabía que el regalo lo haría feliz. Recordó la alocada propuesta que Sebastián había hecho hacía unos días. Y lo duro que fue con él. Decidió enmendarlo, aunque no estaba seguro de haber hecho lo correcto. Pero solo con ver la expresión en el rostro de ese muchacho, todas sus dudas se evaporaron.
Sebastián dejó al pequeño recién llegado en la caja y caminó hacia Benicio. Lo abrazó con fuerza, agradecido y emocionado por el hermoso regalo.
—Gracias —murmuró en voz baja.
Ni uno ni el otro se percataron, pero esos minutos que estuvieron abrazados, se dijeron silenciosamente muchas cosas. En ese momento, Sebastián se dio cuenta de lo mucho que Benicio significaba para él y de lo afortunado que era de tenerlo a su lado.
Pero también sintió en su propio pecho el latir del otro corazón. Pensó que tal vez era el momento de moverse lentamente hacia atrás y luego acercarse poco a poco y besarlo. Era casi incontenible el deseo. Prolongó el abrazo porque no quiso equivocarse. Benicio sintió que el joven temblaba.
—Gracias, Beni. De verdad, no sabes lo mucho que esto significa para mí.
Sebastián se separó poco a poco sin mirar a Benicio. Sentía que si lo miraba no podría resistir lanzarse sobre él y besarlo. Se alejó hacia la caja nuevamente.
Sebastián acarició al cachorro, hubo una conexión instantánea. Para él, era el comienzo de una nueva etapa, llena de esperanza y de la promesa de un futuro mejor. Un futuro en el que sin dudas ese simpático pichicho y ese hombre, al que no se atrevía a mirar para no mancillarlo con sus deseos irrefrenables, eran fundamentales.
La alarma volvió a sonar.
—No quiero irme —dijo Sebastián sonriendo.
—Pues, si no vas por tu prometida, llegarás tarde a tu fiesta.
—Oye ¿y qué haremos con el pequeño?
—Lo dejaré un par de horas en conserjería. Ya lo hablé con él. Vamos… Ve a cambiarte.
Sebastián corrió al baño y se alistó para la fiesta. Fue por Haydée y de ahí al club. Era uno de los lugares más lujosos y exclusivos de Buenos Aires. Al acercarse, uno era recibido por una impresionante fachada moderna con luces brillantes que destacaban en la noche porteña. Al entrar, el club se dividía en varias áreas, cada una decorada con un estilo contemporáneo y elegante. Los interiores estaban equipados con lo último en tecnología de sonido e iluminación.
La cena formal se llevó a cabo en uno de los salones privados del club, diseñado para eventos exclusivos. Las paredes estaban decoradas con elegantes paneles de madera y las mesas estaban cubiertas con manteles de lino blanco, centros de mesa florales y cubiertos de plata.
La iluminación era suave y cálida, creando un ambiente íntimo y acogedor. Los camareros, vestidos de manera impecable, sirvieron un menú gourmet de varios platos. Los invitados, incluyendo la familia de la prometida de Sebastián, disfrutaron de la cena mientras una suave música de fondo completaba la atmósfera.
Los Montenegro estaban más que satisfechos con el festejo. Sebastián estaba cómodo. Alfredo había dispuesto las mesas de manera estratégica. Benicio estaba en una mesa alejada, se había sentado con Víctor y su esposa. Desde donde estaba Sebastían casi no se veían. Pero ninguno de los dos necesitaba mirarse.
Terminada la cena un rato antes de las once de la noche, los Montenegro se retiraron, al igual que Arturo y otras familias que habían sido invitadas. Benicio y Víctor se encaminaron hacia la barra del bar. Leonor, la esposa de Víctor, había ido al baño.
En pocos minutos el ambiente en el club cambió. Se abrieron las puertas hacia otra área más privada del club, donde parecía comenzar el verdadero "show" que Alfredo había preparado para su hijo. La iluminación se volvió más intensa y dinámica, con luces de neón y efectos visuales que transformaron el espacio en un entorno de fiesta nocturna.
La música era mucho más alta y estridente, unos DJs tocando sets de música electrónica y en el escenario los últimos hits puestos en la piel de bailarinas exóticas que se movían seductoramente. Sebastián estaba atónito. Miró a su padre y éste sonreía con satisfacción. Unos gritos y risas conocidas encerraron a Sebastián en una jaula que le resultaba terriblemente familiar. Traían cócteles y bebidas premium. Lo rodearon y comenzaron a bailar a su alrededor.
El ambiente se tornó demasiado animado y vibrante, lleno de gente bailando y socializando. En un rincón más apartado, algunas mesas privadas estaban reservadas para los amigos más cercanos de Sebastián, con servicio de botella y camareras sumamente atentas abocadas a entretener a Sebastián y sus amigos. La noche se llenó de risas, música y, para algunos, excesos de alcohol y otras sustancias.
Benicio desde la barra observó preso de un escalofrío paralizante. Sebastián no lo había encontrado aún. Pero Benicio sí lo podía ver, y vió que sus amigas lo rodeaban y también algunos de sus amigos. Alfredo estaba totalmente descontrolado. Leonor regresó del baño y quedó sorprendida. Una de las bailarinas se acercó a Sebastián. Sebastián estaba incómodo. Sus amigos lo notaron y le preguntaron al respecto.
—Quiero irme a casa —. Manuel se inclinó hacia él
—La bailarina puso algo en tu vaso, bebe del mío —dijo.
Sebastián quería huir. Pero su padre aún estaba allí.
—Oye… Tu Sensei está como quiere. Mira nada más que belleza —dijo Jessica mirando a Benicio en la barra, con Leonor y Víctor.
Sebastián siguió la mirada de la joven y por fin encontró a Benicio. Llevaba tiempo buscándolo. Sabía que no estaría muy cómodo con el cambio de ambiente.
Las jóvenes comenzaron a fantasear con Benicio, con su cuerpo y con sus habilidades amatorias y Sebastián no encontró mejor manera de callarlas…
—No pierdan el tiempo. A él no le gustan las mujeres —dijo molesto.
Todos voltearon hacia él
—¿En serio? —preguntaron las chicas casi a coro
—¡Qué desperdicio de hombre! —insistió Jessica.
—Entonces sí está enamorado de ti —dijo Manuel riendo a carcajadas —. ¡Te lo dije!
Sebastián le dio un codazo y lo miró muy enojado
—Pues no. No es así. Me rechazó.
—Entonces ¿se lo pediste? ¡Te atreviste! —Manuel estaba impresionado.
Las chicas, curiosas.
Sebastián no dio detalles. No habló mucho, pero escuchó que todos coincidían en que “su Sensei” tenía intenciones románticas con él. Y que la mejor forma de comprobarlo era haciéndose el borracho y observar qué hacía con él.
Se negó rotundamente. Finalmente, las chicas insistieron en que la bailarina “homenajeara” a Sebastián para que se desestrese. Sebastián se negó pero notó que su padre se puso de pie en cuanto la joven se sentó en su regazo y comenzó a frotarse contra él, al son de la música. No era difícil darse cuenta que eso era lo que su padre quería, así que le siguió el juego. Por lo menos hasta que Alfredo se marchara y él pudiera regresar a su casa.
Moviéndose de manera seductora, la mujer tomó algo se lo puso en la boca y luego, con una enorme y abierta sonrisa se acercó a Sebastián y lo besó, pasando de su propia a la boca de Sebastián una pastilla.
Benicio en la barra sentía que sus tripas se revolvían.
—Necesito salir de aquí —dijo Benicio inclinado hacia adelante algo descompuesto.
—Vamos. Te llevo —dijo Víctor.
—Tengo mi auto —dijo Benicio.
—Llévalo. Yo voy detrás con el nuestro —intervino Leonor.
Los tres salieron del salón. Alfredo miró con satisfacción. Carmen lo tenía tomado del brazo. Le preguntó por Benicio, pero Alfredo la tranquilizó diciéndole que probablemente había sido demasiado para él.
Poco después que Benicio se fue, Alfredo se retiró con su esposa, dejando órdenes de vigilar que Sebastián fuera correctamente agasajado. Todo estaba diseñado para que Sebastián se sienta el centro de atención y para que la noche sea memorable, aunque quizás no en el mejor de los sentidos.
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Benicio tenía la mirada perdida en la ventanilla. Sus brazos estaban cruzados en su estómago. Víctor se detuvo en el semáforo y lo miró.
—Estás en problemas ¿verdad? —Benicio no lo miró, solo asintió en silencio.
—Cuando escuché a Alfredo hablando por teléfono, creo que con el Dr. Carrasco, sobre maricas y homosexuales, al principio no entendí mucho. Por lo general le molestaban esas cosas pero nunca lo había visto tan furioso. Luego dijo un par de cosas como “yo lo puse y yo lo saco” –
Benicio bajó su rostro y cerró sus ojos.
—Y alguna otra más y bueno… solo fue cuestión de atar cabos.
Benicio no decía nada.
—¿Sabes? Con frecuencia me preguntaba por qué tenías tanta paciencia con ese muchacho, siendo que te hizo las mil y una, al principio. Y luego no tenías un fin de semana de paz. Creo que ya entiendo todo.
—No entiendes nada.
—No es tan difícil. Estás enamorado de Sebastián.
—No siempre fue así.
—¡Vamos! Beni, no tienes que mentirme —. Benicio volteó hacia Víctor.
—Sebastián es la última persona en el mundo que podría atraerme. Todos sus gustos, sus formas, sus costumbres, sus ideas, todo en él siempre fue para mí totalmente incomprensible. Y muchas veces incluso intolerable. Pero algo cambió. Y no lo vi venir.
—Y Alfredo lo sabe. Todo ese despliegue fue para ti ¿cierto? Por eso te obligó a ir.
—Si no lo sabía… ahora lo sabe. Hice todo mal.
—¿De qué te culpas? Enamorado o no, tú has sido la única persona que le ha dado a ese chico un poco de cariño y cuidados.
—Eso es lo peor —dijo Benicio inclinándose hacia adelante y tomándose la cabeza con ambas manos— Porque cuanto más solo y desamparado lo veo, más me cuesta poner freno a lo que siento.
—¿Qué vas a hacer? ¿Seba lo sabe?
—Claro que no. Sebastián tiene un quilombo terrible en su cabeza. Decirle esto lo confundiría aún más. No sé qué voy a hacer. Pensé en renunciar. Pero Alfredo aún no me lo ha permitido.
—Si renuncias, todos estos años en que has puesto tu vida al servicio de los Carrasco, habrán sido en vano. ¿Por qué no pides un traslado? A una sucursal del interior. Tal vez poner un poco de distancia ayude a que veas las cosas con más claridad.
—Hace un tiempo Alfredo me ofreció esa posibilidad, pero a cambio tenía que lograr que Sebastián se case.
—Bueno, por lo que vi, él va muy bien con su prometida. Así que ese tema ya estaría más o menos liquidado… aunque pensándolo bien, y conociendo al viejo Montenegro, si se llega saber lo de esta noche… no sé. Alfredo a veces no es muy listo. ¿verdad? Armar algo así, poner en riesgo el matrimonio de Sebastián (por el que tanto ha bogado) y ¿solo para hacerte daño a ti?
—Quería mostrarme que Sebastián no había cambiado. Que seguía siendo el mismo de siempre, cayendo en los excesos de siempre.
—A mi me pareció que Sebastián no estaba disfrutando nada —dijo Víctor, deteniendo el auto en el estacionamiento del edificio—. Ya en la cena se veía cierta tensión en la mesa de ellos. Y en cuando se armó el bailongo… parecía que quería irse.
—Me tranquiliza saber que no soy el único que percibe el cambio. Eso me hace sentir menos estúpido.
—Todos somos estúpidos cuando estamos enamorados. Así que no te castigues por eso —dijo Víctor palmeando el hombro de Benicio.
Ambos sonrieron, aunque a Benicio no le hacía mucha gracia. Descendieron del auto y Victor entregó las llaves.
—Gracias.
—Piensa bien las cosas. No dejes que la estupidez del enamoramiento te nuble la visión. Pide un traslado. Tu mereces mucho más de lo que el viejo amarrete te ha dado.
Benicio no dijo nada. Se despidieron y Benicio fue por el perro a la conserjería, luego subió a su casa.
Se quedó un rato en la sala. Mirando al pequeño cachorro corretear y jugar con un calcetín que le había dado, intentó disipar la imagen de esa mujer encima de Sebastián, pero no tuvo éxito.
Cuando finalmente el pequeño se echó a dormir, él también se acostó. Mirando al techo buscó dormir. Pero su mente estaba llena de preguntas. No tenía caso negar lo que sentía, después de todo, esa era su única certeza. Amaba a Sebastián. Y a pesar de todo, poder decir eso le dio el alivio necesario para cerrar los ojos y dormir.
Sebastián estaba de pie frente al ascensor. Su cuerpo temblaba. Manuel acababa de dejarlo allí y se despidió de él vaciando una pequeña botella de vodka encima de su ropa. Se sentía pegajoso. Sus ojos estaban llorosos. Llevaba tiempo sin estar expuesto al humo, al alcohol ni a las drogas. Con lo cual, aún si no había bebido, o fumado nada, el ambiente en sí mismo lo había afectado. Sentía náuseas y estaba algo mareado. Se había asegurado de escupir las pastillas enseguida, pero era evidente que de todas formas quedaban en él residuos de esa porquería.
Le picaba la cabeza, le habían puesto una pasta de colores que le había pintado el cabello de verde. Subió y cuando estuvo a punto de poner la llave en la cerradura, la puerta se abrió, sorprediéndolo.
—¡Mierda! Beni, me asustaste. Pensé que dormías.
—Lo hacía—, respondió Benicio molesto—. Pero me tocaron el timbre diciendo que había un borracho subiendo.
“Solo Manuel pudo haber hecho algo así” pensó Sebastián. Sabía que las intenciones de Manuel eran que Sebastián supiera qué hacía Benicio con él cuando estaba inconsciente. Pero en realidad, Sebastián no tenía dudas al respecto.
—Lo siento —dijo apoyado en el marco de la puerta.
Benicio suspiró. Sabía que Sebastián no quería ir. Sabía que todo eso había sido obra de Alfredo. Solo que las imágenes en su mente le dolían demasiado en su corazón. Se acercó a él y lo sostuvo para entrar.
El pequeño cachorro se acercó a ellos agitando la cola. Sebastián sonrió al verlo. Definitivamente había llegado a casa. Se inclinó para acariciarlo pero perdió el equilibrio y cayó al suelo. Y Benicio, que lo sostenía, cayó encima de él. El perro lamía una y otra vez la cara de Sebastián y Sebastián reía.
El corazón de Benicio estaba a punto de colapsar. Sebastián lo miró y le sonrió. Acarició el rostro de Benicio y volvió a disculparse. Por un instante la idea de hacerse el borracho pasó por su mente.
Si besaba a Benicio… ¿Qué tan malo podría ser? No recordaba haber deseado besar a alguien alguna vez, por lo general esas cosas solo pasaban antes de que pudiera pensar en ellas. Pero en ese momento, todo en él ansiaba acercarse aún más a ese hombre.
Se miraron intensamente, Benicio sintió la caricia. Pero no fue agradable para él. Le tomó la muñeca y alejó la mano de él.
—Tus manos están sucias —dijo poniéndose de pie y cerrando la puerta.
Luego se acercó a Sebastián y extendió su mano
—Has tocado al perro y quién sabe a quién más.
Sebastián tomó su mano y Benicio lo jaló y lo levantó. Lo sostuvo contra él y lo miró fijamente.
—Apestas —le dijo
—Lo siento —repitió Sebastián.
—Ve a bañarte, prepararé un poco de café.
Sebastián lo detuvo
—No he tocado a nadie —dijo seriamente.
—No tienes que darme explicaciones a mi. Tú puedes hacer lo que quieras
—No. Yo no puedo hacer lo que quiero —dijo Sebastián, con una frustración que desbordaba su mirada, sus palabras y sus gestos—. Y tú lo sabes. Sabes muy bien que no quería ir a la fiesta. Yo no quería fiesta.
Benicio estaba intentando mantener una distancia que en verdad no existía. Se sentía tan cerca de ese muchacho que podía sentir el dolor y la impotencia de Sebastián. Le nacía abrazarlo. Su locura tomaba fuerza dentro de él y lo impulsaba a dar ese paso. Un paso que no era simplemente abrazar y dar consuelo. Era un salto al vacío que podía hacerlo caer en un abismo del que ya no saldría.
En silencio y sosteniéndose de los muebles, Sebastián se dirigió al baño. Poco después Benicio escuchó que estaba vomitando y fue con él.
—¿Mejor? —preguntó Benicio y lo sentó en una banqueta.
Sebastián asintió en silencio. Benicio abrió la canilla y puso a llenar la bañera. Se acuclilló frente a Sebastián y le desabotonó la ropa. Sebastián se dejó desvestir. La ropa apestaba a alcohol y a perfume y a humo, el olor era nauseabundo para ambos. Benicio estaba abocado a la tarea. Le quitó la ropa ante la mirada maravillada de Sebastián, que apenas podía creer lo que veía, lo que sentía y todas las cosas que estaba deseando en ese instante. No podía dejar de mirarlo. Sus movimientos. La forma en que le hablaba.
—Ven aquí —le dijo y lo condujo a la tina.
Lo sostuvo para que entrara y cuando Sebastián se sentó, él fue por el champú.
—Hazte un poco hacia adelante —Sebastián obedeció—. Levanta la cabeza.
Le tomó con delicadeza la barbilla levantando suavemente el rostro de Sebastián. Enjabonó su cabello y lo frotó muy suavemente.
Sebastián se sintió mareado. Se inclinó sobre el borde de la bañera y vomitó de nuevo.
—Lo siento —dijo con una mirada lamentable.
—Por lo menos no lo hiciste encima mío como otras veces.
Benicio hablaba en voz baja, con una calidez que no ocultaba, sin embargo, lo mucho que le disgustaba esa situación.
—¿Crees que debería llevarte a la clínica? —preguntó algo preocupado.
—No —. Benicio volvió a levantarle el rostro y con el duchador enjuagó el cabello de Sebastián.
El muchacho cerró sus ojos. No podía ni quería perderse ese tipo de cosas. Benicio enjabonó la esponja y se la dio a Sebastián. Se dirigió a la cocina pero antes de salir del baño, se detuvo.
—Termina de bañarte. Creo que mejor te preparo un té. Si estás mareado no salgas de la tina. Enseguida vengo.
Benicio sirvió el té en la mesa de la sala. El cachorro caminaba detrás de él. Le hizo unas caricias y regresó al cuarto. Sebastián salió del baño. Estaba ya vestido pero aún lo miraba con los ojos enrojecidos.
—Lo siento, por esto —dijo Sebastián.
—Deja de lamentarte. Parece que es lo único que sabes hacer. En la mesa de la sala te dejé el té.
—¿Ese té horrible que siempre me das? —Benicio no dijo nada.
Limpió el baño mientras Sebastián salía.
—¡Esto es asqueroso! —dijo Sebastián en voz alta. Benicio se asomó a la sala y habló con seriedad.
—Bebe el té y ve a dormir.
Benicio entró en el cuarto y cerró la puerta. Se apoyó en ella y suspiró. “¿Por qué todo tenía que ser tan difícil?” Sebastián, por su parte, se sentó en la alfombra y bebió el horrible té mientras jugaba con su cachorro. Se sentía realmente feliz. A pesar de todo, tocar a ese perrito y jugar con él, saberlo propio, le hacía sentir totalmente emocionado. Lo tomó en sus brazos y lo miró.
—Te llamaré Loki — le dijo y el perrito se agitó emocionado.
Cuando terminó su té, se acostó en la alfombra y abrazando al perro se quedó dormido.
•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••
Por la mañana, Benicio salió de la habitación algo sorprendido porque Sebastián no dormía en la cama. Supuso que se había quedado dormido en el sofá. Pero no. Estaba acurrucado en la alfombra abrazado al pequeño cachorro.
La sensación que embargó a Benicio fue una mezcla de ternura y tristeza. Pero nada de lo que sentía dentro de él, debía dejarlo salir. Le palmeó el hombro suavemente para despertarlo. Sebastián abrió los ojos y al verlo, se levantó despacio. El perrito ni siquiera se dio cuenta.
—¿Qué hora es? —preguntó aún algo dormido.
—Las ocho —le respondió Benicio.
—¿Ya te vas a correr? —preguntó Sebastián, mientras se dirigía al baño
—Si.
—De acuerdo. Yo preparo el desayuno.
—¿Por qué no te fuiste a acostar? —preguntó Benicio sin saber lo mucho que se arrepentiría de haberlo hecho.
Sebastián se detuvo. Giró hacia Benicio y peinando su cabello alborotado con sus dedos, se acercó a él. Lo miró y habló con absoluta naturalidad.
—Porque de haber ido a la cama, te hubiera abrazado a ti. Porque eso era lo que necesitaba anoche. Tú me hubieras rechazado. Me hubieras echado del cuarto. Y, finalmente, hubiera terminado durmiendo aquí en la alfombra con el perro. Solo nos ahorré el mal momento.
Benicio estaba enmudecido. Sebastián miró al cachorro dormido y sonrió con ternura
—Por lo menos él no me rechaza. Por cierto, se llama Loki.
Miró nuevamente a Benicio y luego de sonreirle, se dirigió al baño. Benicio apenas podía reaccionar. “¿Abrazarlo?”, “¿Dormir abrazados?”, “¿Este tipo no sabe acaso lo mucho que sus palabras me afectan?” se preguntó.
La impunidad con la que Sebastián decía lo primero que venía a su mente era para Benicio como un dulce veneno. Por un lado lo llenaba de ilusión y expectativa, pero por el otro, le dejaba muy claro que Sebastián era capaz de manejar artillería pesada con tal de llevar a cabo su conquista. Con su mente llena de interrogantes salió a la calle. Seguramente el viento fresco de la mañana le ayudaba a aclarar sus ideas.
Corrió una distancia aún bastante reducida. Pero como lograba resistir bien pensó que podría ir incrementando de a poco. Esa mañana fría de domingo, salió a correr sin haber coordinado nada con Víctor. Pero finalmente en el regreso se encontraron.
Llegando a la esquina de la casa de Benicio, aminoraron el trote y comenzaron a caminar. Víctor vio a Sebastián. Estaba con el perrito en el jardín. Se acercó a Benicio y le dijo al oído que Seba estaba mirándolos. Sebastián observó que Víctor se despedía de Benicio con un abrazo y regresaba por el mismo camino. Sebastián se acercó al camino de la entrada.
—¿Tu mente se despejó? —Benicio lo miró sin comprender.
Lo cierto era que, lejos de despejarse, su mente estaba capturada por un sinfín de interrogantes.
—¿Qué? —preguntó algo perdido.
—Bueno, siempre me dices que correr te ayuda a despejar tu mente. Venías muy contento con él. Imagino que tu mente está despejada.
El comentario, aunque en apariencia trivial, estaba cargado de una frustración y tristeza que Sebastián no sabía cómo exteriorizar. Benicio frunció el ceño, sorprendido por el tono inesperado en las palabras de Sebastián. Sintió una mezcla de confusión e incomodidad, no estaba seguro de cómo interpretarlo. La actitud de Sebastián era inusual y eso lo descolocaba.
No respondió.
No sabía cómo hacerlo.
—Dime algo —continuó Sebastián dando un paso más hacia él—, ¿Víctor sí es hombre para ti?
La expresión de Benicio le indicó a Sebastián que nuevamente había cruzado la línea. Su rostro se tensó con su ceño fruncido y una mirada llena de desconcierto.
—¡Pero qué imbécil eres! —murmuró Benicio y sin más, entró en el edificio. Sentía una punzada en el pecho, como si el comentario de Sebastián hubiera rasgado algo profundo dentro de él. Intentaba mantener la calma y la compostura, pero no podía negar que las palabras de Sebastián lo habían afectado más de lo que quería admitir.
Sebastián buscó a Loki y entró también. Pero el ascensor estaba subiendo y tuvo que esperar.
El teléfono llevaba rato vibrando en su bolsillo. Benicio no tenía dudas de quién era. Un domingo, a las nueve de la mañana. Sólo podía ser una persona. Respiró profundo y atendió, mientras entraba a la casa.
—Buenos días Alfredo —saludó.
—Buenos días ¿Cómo estás? —preguntó el viejo.
—Estoy muy bien.
—¿Saliste a correr?
—Si, recién llego.
—Aquí estoy con Carmen, ella estaba preocupada porque anoche vimos que te fuiste algo descompuesto. Me pidió que te llame.
Benicio sonrió entristecido. Carmen quizás sí estaría preocupada, pero él… ese viejo zorro, no estaba más que testeando el éxito de su macabro plan.
Y eso le dolía.
—Creo que ya estoy viejo para las fiestas de ese tipo. Las luces y la música estridente me afectaron más de lo esperado. Pero dígale a la Sra. Carmen que estoy muy bien.
Sebastián entró en la casa con el perro.
—Ven aquí. Loki. Ven —dijo poniéndole un poco de agua.
—¿Sebastián está contigo? —preguntó Alfredo.
Benicio respondió sin pensar.
—Sí, acaba de entrar.
El viejo sonrió.
—Debe estar cansado. Anoche se quedó con una de las chicas. Solo espero que haya sido lo suficientemente listo como para que no se haga público.
Benicio bajó el rostro. Parecía que Alfredo podía ver dentro de su alma. Sabía exactamente qué decir para lastimarlo. Pero lo peor de todo era que su tono de voz dejaba claro que lo estaba disfrutando.
—Veré que todo esté bien, señor —. Sebastián miró a Benicio.
Sabía que hablaba con su padre. Pero por la expresión de su rostro, no era nada bueno. Cuando cortó, se acercó a él pero Benicio se alejó hacia la heladera, por agua.
—Aún no respondes —dijo Sebastián.
—No voy a responder preguntas estúpidas —dijo luego de beber.
—No es una pregunta estúpida.
—Entonces el estúpido eres tú —. Espetó Benicio caminando al cuarto.
Quería bañarse. Pero Sebastián lo interceptó. Se paró frente a él con un descaro avasallante.
—¿Te gusta?
—¿Qué mierda estás diciendo? —Benicio estaba molesto.
No solo porque Sebastián insinuaba algo tan descabellado, sino porque todo lo que sentía dentro suyo, era por y para él.
—Dijiste que te gustan los tipos mayores que tú.
Benicio, en silencio buscó escabullirse de las preguntas. Pero Sebastián insistió
—Responde.
—Ese no es asunto tuyo —respondió Benicio
—Necesito saber. Necesito entender.
La voz de Sebastián sonaba como una súplica. Benicio lo miró en silencio
—Necesito que me digas qué tengo que hacer para que dejes de rechazarme. ¿Qué más tengo que hacer? ¿O no hacer?
Benicio se sentía débil ante ese tipo de posturas de Sebastián. Era muy bueno manipulándolo, lo sabía. Podía sentir que lo estaba haciendo. Pero esa expresión, ese tono de voz, esa mirada… rompían su corazón.
—No te rechazo a ti, Seba. Rechazo las tonterías que dices.
—¿Querer tener sexo contigo es una tontería para ti?
—La tontería es que insistas con algo que sabes que no va a suceder.
—¿Por qué tienes que ser tan problemático? —Benicio sonrió ante la ironía.
—¡Tú no aceptas un no como respuesta y yo soy el problemático! Eso sí es gracioso
—Solo es sexo. No tienes que ser tan dramático tampoco. ¿Por qué simplemente no…
—¿...me dejo? —interrumpió Benicio.
Ya no había una sonrisa en su rostro, ni siquiera una mueca. Su expresión se había cargado de una clara y profunda señal de desprecio.
Sebastián no respondió.
—Tengo que dejarme hacer lo que tu quieras hacer conmigo. ¿Es eso? ¿Eso sería para ti no ser “dramático” o “problemático”?
—No. No es eso — balbuceó algo avergonzado Sebastián.
—¡Claro que sí! Es lo que estás diciendo. Tengo que acceder a tener sexo contigo. Déjame ver si recuerdo cómo es que te gusta el sexo a ti… No olvidemos que he tenido que esperar a que termines, en ciertas ocasiones, y en otras, tus mujeres comentaban alegremente tus costumbres.
Sebastián dio un paso atrás. Benicio avanzó hacia él.
—Te gusta el sexo duro —continuó Benicio— Jalar el cabello, escupir, enrojecer la piel a palmadas, insultar… —Sebastián retrocedió un poco más pero ya no había dónde ir. Terminó sentado en una de las banquetas de la cocina. Bajó la mirada.
Nada de lo que Benicio estaba diciendo era mentira. Siempre había disfrutado de ese tipo de cosas. Sin embargo, nada de eso venía a su mente cuando pensaba en acercarse a él. Se sentía avergonzado. Que Benicio conociera esa parte de su vida lo avergonzaba.
—¿Me olvido de algo más? Ah sí, recuerdo que Marianella en una de las veces que fuimos al club, exhibió una mordida tuya.
Sebastián cerró sus ojos. Recordaba ese día. ¿Cómo pudo ser tan descarado?
—¿Es eso lo que quieres?
—No —dijo Sebastián casi sin aliento.
Benicio se acercó más a él. Se veía amenazante. Sebastián se hizo hacia atrás apoyándose en la mesa
—¿Eso es lo que tengo que soportar? —preguntó con rudeza.
—¡No! —dijo el muchacho con una voz que sonó más quebrada de lo que hubiera deseado.
—Si dejo de ser problemático y accedo a todo eso, ¿dejaras de insistir y de romperme las pelotas? Porque de ser así, estoy dispuesto a sacarme esta mierda de encima cuanto antes.
Sebastián desconoció a Benicio. Ese hombre no hablaba, no actuaba ni se veía como Benicio. Vio que bajó el cierre de su chaqueta. Se la quitó y la arrojó con fuerza sobre la otra banqueta, luego se le acercó de nuevo y se inclinó más hacia él. Le tomó el rostro y se acercó.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Sebastián con una voz temblorosa, por el miedo. En verdad estaba aterrado. Nada de eso era lo que él tenía en mente.
—Besarte —le respondió con naturalidad
—No lo hagas —. Sebastián estaba temblando.
Benicio lo notó.
Estaba enfurecido.
No solo por la insistencia de Sebastián, sino porque con sus propias palabras, había traído a su mente todas aquellas imágenes de Sebastián, y se dio cuenta de que le dolían profundamente. “¿Cómo pude enamorarme de este hombre?” se preguntó. Dio un paso hacia atrás.
Sebastián respiraba agitado.
En sus ojos había pánico.
El impulso de Benicio al verlo fue abrazarlo y pedirle perdón. Pero se contuvo. No quería empeorar más las cosas confundiendo a Sebastián aún más. Todo ese ardor que sentía en el centro de su pecho lo tragó una y otra vez, para que no se evidenciara. Respiró profundamente y adoptó una postura de superioridad que le quedaba grande por todos lados.
—Mírate —dijo Benicio en tono burlón —. ¿Quién es el dramático ahora?
Tomó su chaqueta y se dirigió al cuarto. Tomó su ropa y se fue a bañar. Cerró la puerta del baño, se apoyó en ella y se dejó caer. Apoyó sus codos en sus rodillas y sostuvo su cabeza con sus manos. Su corazón latía tan rápido, y tan fuerte, que se hacía doloroso. Maldecía en voz baja. No estaba seguro de si maldecía a Sebastián, a Alfredo, al destino, o a él mismo. Al fin y al cabo no importaba. En ese instante solo necesitaba dejar salir algo de lo mucho que tenía dentro de él oprimiéndolo.
Sebastián aún no salía de su asombro. Nunca en su vida se había sentido de esa manera. Por un lado, tan avergonzado ante Benicio. Aún cuando lo había visto en sus peores momentos, nunca antes había sentido tanta vergüenza y arrepentimiento. La imagen que Benicio tenía de él era devastadora. Pero por otro lado, la forma en que su corazón estaba latiendo en su pecho era increíble. No recordaba haber sentido algo tan intenso.
Miedo, vergüenza, excitación, tristeza, todas las emociones estaban exacerbadas en ese instante. Todas mezcladas unas con otras en un mix que no hacía más que paralizarlo. Su cuerpo aún no dejaba de temblar y apenas Benicio entró en el cuarto secó su rostro.
Ni siquiera se dio cuenta cuándo comenzó a llorar.
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Y ahora, lloraba.
Se sentía tan ridículo. Nervioso, secó su rostro con sus mangas. Se levantó de la banqueta rápidamente y aún conmocionado terminó de preparar el desayuno. La puerta del baño se abrió y Sebastián se sobresaltó.
Benicio estaba furioso. Pero ahora que tenía la mente un poco más clara, su enojo era por otra cosa: “¿cómo pude hacer algo así?”, “¿cómo pude perder el control de esa manera?” Se sentía avergonzado de sí mismo y de su comportamiento. Tenía la mirada de Sebastián, enrojecida y llena de miedo, grabada en sus retinas.
No sabía cómo mirarlo a los ojos, jamás había hecho algo tan reprochable. Si se disculpaba con él daba lugar a que volviera a insistir. Y si no lo hacía, no podría vivir consigo mismo. Apretó en su mano la toalla con la que secaba su cabello, y luego la arrojó contra el cesto de ropa sucia.
Caminó de un lado a otro, como un animal enjaulado. Al voltear hacia la puerta vio a Sebastián. De pie, mirándolo. por unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Se miraron llenos de palabras que morían en sus bocas. Impulsos, de esos que los llevaban el uno hacia el otro, terminaron ahogados en sus puños cerrados.
Arrepentimientos.
—El desayuno está listo —dijo finalmente Sebastián rompiendo un silencio que se sintió eterno.
Sebastián giró y se dirigió a la cocina, se sentó en su banqueta y sumergió su mirada en su tazón de chocolate caliente. Caminando despacio, Benicio se acercó y se sentó frente a su café. Sin dudas el aroma de la taza humeante colaboraba a calmar las cosas.
—Lamento mucho mi comportamiento —. Dijo Benicio.
Sebastián asintió en silencio.
—Beni… Yo… nunca… —Sebastián quería aclarar las cosas con Benicio.
Quería que él supiera que nada de todo aquello quedaba en él. Sólo eran cosas que desearía no haber hecho. Pero las palabras no lograban salir de su boca.
—Yo nunca te trataría a ti de esa manera.
—Sebastián, por favor, ya basta —dijo Benicio dejando la taza en la mesa.
—Nunca te he tratado a ti como trato al resto de mis amigos.
—¿Que no entiendes? —Benicio se sentía desesperado.
—No hay razón para que pienses que sería igual que con otras personas.
—¡Maldita sea! —dijo en voz alta golpeando la mesa.
Benicio se levantó y se dirigió a la puerta.
—¡Ya no quiero seguir con esto!
Sebastián se puso de pie y lo detuvo.
—Será como tú digas.
—¿Qué?
—Una sola vez. Y luego, nunca más hablaremos de eso. Será como tú digas, Beni. Cuando tú digas y donde tú digas. Tú pones las condiciones.
Sebastián estaba agitado. Nervioso. Su corazón latía con fuerza mientras esperaba la respuesta de Benicio.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Benicio, tratando de ocultar su sorpresa y su propia confusión.
—Lo que estoy diciendo, Beni, es que estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario.
Sebastián se tomó un momento para intentar calmarse un poco
—Tú pones las condiciones. Yo haré lo que tú me digas. Pero ya no me rechaces.
Sebastián no sabía porqué no podía soportar la idea de ser rechazado. Quizás porque nunca nadie lo había rechazado. Benicio lo miró, intentando encontrar cualquier signo de duda en sus ojos. Antes se había acercado a él y Sebastián no pudo soportarlo. Estaba claro que no tenía idea de lo que estaba hablando. Pero aún así, lo que vio en esa mirada fue una sinceridad que no esperaba. Respiró hondo, sabiendo que esta era una oportunidad para poner límites claros.
—Si lo que quieres es tener intimidad conmigo, Seba, tengo tres condiciones. Si estás dispuesto a aceptarlas, entonces yo aceptaré.
Sebastián asintió ansioso.
—Tú sólo dime lo que quieres y lo haré.
—Bien. La primera condición: No tendremos sexo, haremos el amor.
Sebastián lo miró confundido.
—Es lo mismo.
—No, no lo es. Ya te lo había dicho.
Sebastián aceptó conforme y entusiasmado, puesto que para él sí era igual.
—Está bien. Acepto —. Benicio sintió que perdía el rumbo.
Respiró profundo y se armó de valor para continuar.
—Segunda condición: Lo harás solo conmigo, y con nadie más —. Sebastián se rio abiertamente.
—¿Qué? ¿Estás loco? ¿Qué clase de condición es esa? —recuperando la calma, respondió con seriedad.
—No vuelvas a insistir Sebastián porque en verdad me vas a ver muy enojado —dijo apartándose nuevamente. Sebastián lo detuvo otra vez.
—Pero… Beni, me estás pidiendo que sea tu esclavo sexual, que me vuelva gay… ¡Es una locura!
—Las condiciones son para ambos. Yo también las cumpliré.
—Pero tú ya eres gay y yo no.
Sebastián estaba molesto. Benicio sonrió un poco más aliviado.
—Lo haces a propósito ¿verdad? —preguntó Sebastián.
—Son mis condiciones —respondió con calma.
—Y a ver… dime ¿cuál es la tercera?
Benicio se acercó a Sebastián. Pero esta vez, Sebastián no sintió miedo, un calor nació muy dentro de él y se extendió por todo su interior.
—La tercera condición: No será sólo una vez, sino por el resto de tu vida.
—¿Es una broma? —preguntó Sebastián sonriendo.
—No. Si lo que quieres es “probar el sexo con un hombre” búscate a alguien más, si lo que quieres es intimidad conmigo, esas son mis condiciones.
Sebastián notó que Benicio estaba molesto. Y no se equivocaba. La sola idea de que Sebastián buscara a alguien más le revolvía las tripas.
—Si quisiera probar el sexo con un hombre, hubiera aceptado hacerlo con Manuel cuando me lo propuso. Lo que yo quiero es hacer el amor contigo.
Benicio se estremeció. “¡Pero qué listo eres!” pensó sintiendo que todo su cuerpo reaccionaba a esas palabras. Ese tipo sí que sabía cómo escoger las palabras. No quiso darle a su alma una pizca de ilusión. Tenía muy claras las intenciones de Sebastián y no se dejaría engañar. Aún así, no pudo evitar ese alboroto en su interior.
—Si eso fuera cierto. Si quisieras hacer el amor conmigo, las condiciones se darían por sí solas.
—Esto no es justo.
Sebastián se quejó enojado.
—Tus condiciones no son más que esas cosas que sabes que no haré.
—Pero son las cosas que yo quiero hacer. Dijiste que sería como yo deseara. Bueno, yo deseo que sea bajo esas tres condiciones —respondió Benicio con seriedad
Sebastián se quedó sin aliento. Las palabras de Benicio resonaron en su mente, cada sílaba cargada de un peso que nunca había imaginado. No podía creer lo que acababa de escuchar. Era una locura. Su corazón latía desbocado.
—No espero que decidas ahora mismo —agregó Benicio con calma.
—¿Decidir qué? Aquí no tengo nada que decidir. Me estás rechazando de una manera más que sutil. De hecho suena más a un chantaje del tipo que suele hacer mi padre. ¿Acaso fue por esto que mi padre te llamó? ¿Estas condiciones son cosa de él? ¿Él te pidió que me dijeras esto?
—Tu padre me llamó para decirme que habías pasado la noche con una mujer. Estaba de buen humor. Se ve que la fiesta de anoche fue de su agrado, pero está preocupado de que tus andanzas de anoche lleguen a oídos de tu futuro suegro.
—Si no te conociera pensaría que tus condiciones son tu forma de vengarte de mí por lo que te dijo mi padre.
Benicio sonrió.
—¿Vengarme de ti? No olvides que yo sé que dormiste abrazado al perro. Pero no podía decirle eso a tu padre, ¿verdad?
—¡Es que no te entiendo! —dijo Sebastián exaltado— ¿Por qué me cubres? ¿Por qué cuidas de mi, como anoche y luego me rechazas?
Benicio se acercó a Sebastián. Lo miró a los ojos. Recordó las palabras de Víctor. Probablemente tenía razón. Sebastián no tenía ni idea respecto del cariño, del afecto y mucho menos sobre el amor. Esa carencia de Sebastián le inspiraba una profunda tristeza. Le habló con ternura.
—Seba, ya te dije que no te rechazo a ti. Pero tienes que entender que hay cosas que son difíciles para mí. Y el que las rechace cuando las ofreces, no implica que te rechace a ti.
Sebastián recordó. Benicio había rechazado muchas veces sus propuestas; ya sea de beber, de apostar, de disfrutar de la compañía de sus amigas, o sumarse a los encuentros de los fines de semana en el departamento, incluso alguna vez le ofreció las pastillas que solía dejarle Ramiro. Ciertamente, no se había sentido tan afectado con el rechazo en esas ocasiones, simplemente lo aceptó conforme. ¿Por qué era tan diferente esta vez?
—Yo no voy a desistir —dijo Sebastián, con determinación.
—Eso lo hace todo aún más desagradable.
—Es tan desagradable mi insistencia como tu rechazo.
—Pues, a mi me duele tu insistencia —dijo Benicio con calma.
—¡Y a mi me duele tu rechazo! —Sebastián en cambio estaba muy enojado, y la parsimonia que mostraba Benicio más lo exaltaba.
—Ya sabes lo que tienes que hacer para que no haya más rechazo.
—Sí, convertirme en tu esclavo sexual —Benicio sonrió.
—Oh, vamos… —dijo con gracia ante la exageración.
—¿También me tendrás “por el resto de mi vida” atado a la pata de tu cama?
Sebastián hablaba en voz alta. Benicio reía suavemente. No se había percatado antes, pero Sebastián se veía increíblemente atractivo cuando se enojaba.
—¡Deja de burlarte! —gritó furioso.
—No me estoy burlando —. Respondió Benicio con su calma de siempre.
—Claro que sí, ¿crees que no me doy cuenta que todo esto lo haces a propósito?
La sonrisa de Benicio se desdibujó de su rostro.
—¡Por supuesto que lo hago a propósito! ¿O qué esperabas? ¿Que cediera ante tus caprichos como si nada? ¿Que deje que hagas conmigo lo que tú quieras sin importarte lo que yo deseo? Eso solo sucedió una vez, y me juré a mi mismo que nunca iba a volver a repetirse.
Sebastián se sintió incómodo. La comparación que Benicio acababa de hacer le resultó ofensiva.
—¡Te dije que sería como tú quisieras! —gritó nuevamente
—¡Y yo te dije como quiero que sea! — Respondió Benicio.
—Eso fue pura mierda ¡Todo esto es una mierda! “hacer el amor, solo contigo, por el resto de mi vida” —repitió burlón—. ¡PURA MIERDA!
Benicio sabía muy bien que Sebastián no aceptaría jamás las condiciones. Pero no podía dejar de sentir dolor en su alma al escuchar esas palabras. Parecía que Sebastián percibía como una tortura la idea de pasar la vida junto a él.
No iba a reclamarle, no quería exponer sus sentimientos. Porque acababa de comprobar que sus intenciones, sólo eran objeto de burla. Respiró profundamente. Y caminó hacia Sebastián.
Lo tomó del brazo y lo condujo hacia la puerta.
—¿Qué haces? —preguntó sorprendido Sebastián.
—¿Tú qué crees?
Sebastián observaba inquieto. No tenía miedo, al contrario, se sentía tan seguro que se atrevió a imaginar a ese hombre abrazándolo y besándolo. Benicio lo puso contra la puerta. Sebastián sintió el choque suave de su espalda contra la madera y solo podía pensar en que Benicio lo presione con su cuerpo y lo bese. Su corazón se aceleró aún más.
—¿Tanto quilombo solo porque quiero coger contigo? —dijo.
Vio que Benicio, en silencio, tomaba de la charola su llavero y retiraba el aro con las dos llaves del departamento. Luego le tomó la mano y puso su llavero en ella.
—Tú no quieres coger conmigo —. Le dijo casi en un susurro.
Se acercó mirándolo fijamente a los ojos. Sebastián sintió un calor abrasador recorriéndolo por dentro. Pero en la mirada de Benicio solo encontró dolor. Y, otra vez, ante la cercanía de ese hombre, su cuerpo no dejaba de temblar.
—¿Sabes por qué? —Le preguntó inclinándose hacia él.
Conteniéndose.
Sebastián negó en silencio.
—Porque te va a doler —respondió Benicio.
Sebastián sintió que la crudeza de las palabras de Benicio no parecían coincidir con lo que sus ojos mostraban.
Y era cierto, había tantas cosas que Benicio le hubiera querido decir a ese muchacho. Tantas palabras se deshicieron en su boca, que se sentía asfixiado. Su respiración era pesada. Su aliento acariciaba el rostro de Sebastián, quizás por eso le pareció que iba a besarlo. Pero no, no había esa intención en Benicio.
Simplemente deslizó su mano al costado de Sebastián, rozándolo muy suavemente. El muchacho sintió que algo dentro de él comenzaba a arder. Su cuerpo se sintió de pronto demasiado débil, sus piernas se aflojaron y tuvo la sensación de estarse derritiendo.
Le faltaba el aire, quizás la boca de Benicio pegada a la suya le devolviera el aliento. Sin embargo, ajeno a ese caudal de sensaciones y de deseos que se estaba apoderando de Sebastián, Benicio tomó la manija de la puerta, la abrió y con su mano en el pecho del muchacho lo condujo al pasillo. Al mirarlo, Sebastián percibió en sus ojos algo que no conocía, estaban húmedos, nunca lo había visto así. Se sintió profundamente conmovido. “¿Qué acabo de hacer?” se preguntó.
—No quiero volver a verte —balbuceó Benicio, con una voz apagada y rota.
Había repetido en su mente una y otra vez esa frase, y cada vez dolía más. Cerró la puerta y apoyó sus palmas y su frente en la madera.
—Mierda, Seba —. Susurró cerrando sus ojos.
Sebastián, en el pasillo frente a la puerta cerrada, estaba llorando. No podía entenderlo. Simplemente las lágrimas no cesaban de salir. También se sentía terriblemente excitado, quizás por el acercamiento, por el roce, por esa imagen en su mente en la que Benicio lo abrazaba y lo besaba.
Estaba frustrado por la ausencia del beso, no pudo evitar tocar sus propios labios con las yemas de sus dedos. “¿Qué demonios es todo esto?” Realmente no comprendía por qué se sentía así.
Las palabras de Salvador regresaron a su mente “Cuando tengas una situación que no sabes cómo solucionar, ellos te pueden ayudar a pensar las cosas de otra manera. Están todo el día. 24/7. Vengas a la hora que vengas encontrarás a alguien del equipo.” Salió del edificio rápidamente. necesitaba respuestas.
•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••
Sebastián irrumpió en el consultorio.
La profesional se puso de pie algo sobresaltada. Cuando reconoció a Sebastián se sorprendió. No sólo porque estaba allí en su consultorio, sino porque estaba llorando y limpiando su rostro con sus mangas.
—¿Sebastián?
—Yo no sé qué pasa… Tienes que ayudarme —. Dijo caminando nervioso de un lado a otro de la habitación.
La joven lo observó. Su relación con Sebastián no había terminado bien. Él estuvo con otras mujeres paralelamente y cuando ella lo supo, se sintió profundamente traicionada. Por lo que un Sebastián Carrasco en ese estado de pronto era sumamente satisfactorio, hasta divertido. Él estaba en crisis, era evidente. Pero verlo ahí dentro era algo para lo que no estaba preparada. Suspiró.
—¿Cómo es posible? —decía el joven por lo bajo, como pensando en voz alta—. ¿Qué es lo que pasa conmigo?
La mujer caminó lentamente hacia el otro lado del escritorio y se apoyó en el borde, mirando atentamente. Sebastián seguía llorando.
—¿Sebastián, qué haces aquí? —preguntó la profesional.
—Me estoy volviendo loco. Tienes que ayudarme.
Cuando alzó la vista hacia ella, la reconoció. Había tenido una relación con ella. “¿Con cuántas mujeres he tenido relaciones?” se preguntó.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó él sintiéndose algo avergonzado mientras volvía a secar su rostro con sus mangas.
—Estoy trabajando.
La reconoció. Claro. Había estado con ella. Pero... ¿era psicóloga? ¿Siempre lo había sido?
Ella respondió con calma, aún cuando la situación era bastante incómoda. Sebastián dudó por unos segundos, luego abrió la puerta y miró el cartel “Departamento de Psicología”. Miró a la joven algo confundido. ¿Acaso su ex era psicóloga?
—Ni siquiera recuerdas que soy psicóloga ¿verdad?
La joven sonrió, era típico de Sebastián.
—Pues, si lo eres estoy en el lugar correcto.
La profesional notó la congoja y el nerviosismo.
—Tal vez sí es el lugar correcto, pero temo que no es el momento correcto. Sebastián, yo no puedo ayudarte. Deberías regresar mañana. Mi turno termina a las 6 am.
Él secó su rostro nuevamente.
—Me estoy volviendo loco ahora.
La psicóloga suspiró de nuevo. La situación no era nada cómoda. Sebastián estaba exaltado, y era su responsabilidad. No había otro profesional de guardia, con lo cual tenía la difícil tarea de hacer a un lado todo el resentimiento que le tenía a ese hombre y ser lo más profesional posible.
—De acuerdo. Dime ¿qué es lo que te está volviendo loco?
Sebastián se detuvo y la miró con pánico.
—Ni siquiera me tocó —dijo acercándose a ella—. Pensé que iba a besarme, pero no lo hizo. Y ahora tengo una erección.
Gesticulaba con sus brazos al hablar
—Y no tomé nada. Yo te juro que no tomé nada —dijo juntando sus palmas frente a su boca—. No tomo nada hace meses. ¡Dios! —exclamó llevando una mano a su pecho—. Mi corazón late muy rápido. ¿No deberías chequear que esté todo bien?
—Acércate.
Sebastián se acercó y ella revisó sus ojos.
—Te acabo de decir que no tomé nada. No tomé nada. —repitió un par de veces en voz baja— No tomé nada pero tengo una erección. ¿Cómo es posible?
—Sebastián, no es necesario tomar nada para tener una erección.
—Claro que sí. Siempre las he tomado.
La joven no pudo evitar preguntarse si acaso con ella también. Pero hizo a un lado esas ideas. No era lo apropiado. Y si quería librarse de esa situación cuanto antes, lo mejor era concentrarse en sacar a Sebastián de esa crisis.
—Dijiste que hace meses que no tomas nada. Entonces… ¿Hace meses que no tienes sexo?
—Sí.
—Probablemente tu cuerpo solo reaccionó involuntariamente ante el estímulo, producto de la abstinencia. Las erecciones involuntarias son muy comunes. Y si hace tiempo que no tienes sexo, pueden ser más frecuentes.
—Pero no me tocó.
—No tiene que tocarte. Un estímulo puede ser visual, auditivo. Puede ser escuchar su voz lo que te estimula. Incluso lo que piensas, una idea. Dijiste que pensaste que iba a besarte pero no lo hizo. Tal vez, pensar en su beso te provocó la erección.
—Esto no debería estar pasando —el joven se alejó hacia la puerta—. Yo no quiero sentir esto —dijo secando su rostro nuevamente—. Yo no quiero ser gay. Tienes que quitarme esto.
—Un momento… ¿Ser gay? ¿A qué te refieres?
—A que tienes que quitarme esto que siento. porque no quiero ser gay.
—Entonces, te estás sintiendo atraído por un hombre.
Sebastián negó en silencio. Su mirada estaba cargada de pánico.
—Yo solo quería probar el sexo con él, con un hombre. Nada más. No quiero sentir esto.
—¿Y qué es exactamente lo que sientes?
Sebastián peinó su cabello con una mano, recordando lo que había estado sintiendo últimamente.
—Siento que me falta el aire, que me explota el pecho, que se me para cuando está cerca, y que no me puedo mover cuando me mira —dijo exaltado.
Su mente comenzó a mostrar imágenes, sensaciones y exhaló más calmado.
—Quiero tocarlo, tocar su cabello, su cara…
Miró su mano recordando la sensación de la barba de Benicio. Una sonrisa, que no pasó desapercibida para la profesional, se dibujó en el rostro de Sebastián
—Tocar su pecho.
Él miró a la joven, pidiendo desesperadamente ser ayudado.
—Últimamente, he pensado en que me abrace, cada noche cuando nos acostamos. Me cuesta dormir pensando en eso.
Las lágrimas de Sebastián no dejaban de correr por su rostro, parecían ser interminables.
—¿Cómo te hace sentir esa idea? —él la miró y secó su rostro—. Me refiero a dormir abrazado a él. ¿Cómo te hace sentir? —él se sentó en el sofá.
—Bien, supongo. Nunca lo hizo. Y no sé que voy a sentir cuando lo haga. Pero… creo que me gustaría…
Sebastián se quedó en silencio unos segundos y luego continuó
—Me gustaría que lo haga… ¡Por dios!
Rompió a llorar
—¿Te das cuenta? No quiero sentir esto. No quiero.
Exclamó desesperado, apretando el entrecejo
Ella caminó hacia él con la caja de pañuelos y se sentó en el sillón. En silencio. Extendió hacia Sebastián la mano con la caja y él tomó unos cuantos para limpiar su rostro. Ella dejó la caja en la mesita que estaba frente a ellos y habló con suavidad.
—No podemos elegir lo que sentimos. Las emociones se disparan dentro de nosotros sin que podamos hacer nada. Sin embargo, podemos decidir qué hacer con eso que sentimos.
—Pero yo no sé qué hacer.
—¿Estás enamorado de él?
Sebastian la miró totalmente sorprendido por la pregunta, y a la vez desconcertado.
—Claro que no. Yo solo quería coger. Una vez. Nada más. Y solo para saber cómo era el sexo con un hombre. Yo no quería nada de todo esto.
—¿Fue por eso que dejaste de tener sexo estos meses? Es decir, después que tuviste sexo con él, ya no tuviste sexo con nadie más.
—No tuve sexo con él.
Sebastián se levantó, nervioso de nuevo
—Me rechazó desde el principio. Llevo meses insistiendo… pero siempre me dijo que no. Todavía no entiendo por qué. Y hoy, cuando por fin accede a coger, yo voy y me niego. —Sebastián hablaba rápido—. Claro que después me arrepentí, y le dije que sería como él quisiera, que él ponga las condiciones que quiera, y ahí va y me sale con pura mierda… me dice que no vamos a coger, que haremos el amor, que solo puedo coger con él y que durante toda mi vida… pero ¿qué le pasa? —exclamó exaltado de nuevo—. Encima, yo quería que me besara, pero cuando él lo intentó, yo lo detuve. ¿Por qué carajo hice eso? Después, cuando me echa de su casa diciendo que no quiere volver a verme, tengo una erección… y él ni siquiera me tocó… Y ahora no puedo parar de llorar y no sé por qué. ¿Te das cuenta? Todo esto es una mierda.
—¿De verdad no sabes por qué lloras? —Sebastián la miró y sintió que sus ojos se humedecieron de nuevo.
—¿Porque no quiero sentir esto?
—En tu mente, todo eso que sientes es inaceptable.
—Es asqueroso.
—Si. Debió ser asqueroso que se te acerque, que quiera besarte. Por eso lo detuviste.
Sebastián negó en silencio, pensativo.
—No sentí asco.
—¿Qué sentiste, entonces?
—No sé —dijo notando nuevamente que toda su piel se estremecía—. Sólo no quería que fuera así.
—Así ¿cómo?
—No sé. Así. Algo… violento —la joven lo observó en silencio—. Comenzó a desvestirse, como diciendo “vamos a coger y ya”.
—Pero eso era lo que tú querías. Solo coger. Acabas de decirlo.
Sebastián estaba confundido. En un principio era eso exactamente lo que buscaba, pero por alguna razón, cuando finalmente tuvo la oportunidad, ya no era así.
Algo había cambiado.
“¿En qué momento había cambiado? ¿Qué era lo que había cambiado, exactamente?” se preguntó.
—¿Has considerado la posibilidad de que quizás no es sexo lo que quieres?
Sebastián seguía caminando de un lado a otro. La joven seguía sentada en el sillón. Mientras lo observaba, pensaba que si alguien alguna vez le hubiera dicho que vería a Sebastián en ese estado, probablemente no le hubiera creído.
—Cuando Manuel me habló del sexo entre hombres, me propuso que probáramos. Pero yo no pude ni siquiera soportar la idea de coger con él. Luego, volvió a insistir, y le pregunté cómo sería. Y con cada maldita palabra que me decía, yo solo podía pensar en hacerlo con Benicio.
—¿Benicio? —preguntó la joven sorprendida.
—Sí, ¿por qué?
—Es decir que la persona por la que sientes todo eso es Benicio.
—Sí. ¿Por qué? ¿Pasa algo con eso? ¿Te gusta Benicio o qué? —ella sonrió.
—Tranquilo. Solo me sorprendió el que no se tratara de uno de los cabeza huecas de tus amigos. Has escogido más que bien. Benicio es un buen hombre. Y francamente se me hace difícil creer que haya sido violento contigo.
—Estábamos discutiendo. Él estaba sacado.
—Tienes el talento para sacar de sus casillas a un hombre tan ubicado y controlado como él. Tú sí que te superas día a día…
El sarcasmo llegó a Sebastián. Se volvió hacia ella y la miró con desinterés.
—No me importa si vas a burlarte de mí, si disfrutas todo esto, o lo que sea que pienses. Lo único que quiero es sacarme esto de adentro. Ayúdame a sacarme este sentimiento.
—Como yo lo veo —, dijo ella ya enfocada nuevamente—, solo tienes dos caminos. O bien aceptas lo que sientes y te haces cargo. O bien lo sigues negando y continúas con tu vida de locura y desenfreno. Como siempre. En el primer caso, —Sebastián escuchaba con atención— tendrás que decidir luego qué hacer con esos sentimientos. Si Benicio no siente lo mismo, te va a tocar aprender a vivir con eso. El segundo caso es precisamente donde estamos ahora, por lo que, probablemente, seguirías sintiéndote como te sientes ahora.
—No quiero sentirme así por él. No quiero perderlo.
—Así como no podemos elegir lo que sentimos, tampoco podemos elegir por quién lo sentimos.
—Él es importante para mí. El día que tuvo el infarto, yo lo estaba sosteniendo y sentía cómo se iba desvaneciendo. Nunca antes había tenido tanto miedo en toda mi vida. Pensé que se moría —la joven vio que mientras hablaba, todo en ese hombre indicaba que estaba reviviendo ese momento con profundo miedo y dolor— Y yo no podía hacer nada. Quise morirme con él.
—¿Cuándo comenzó tu interés sexual en Benicio?
—Cuando Manuel me habló del sexo entre hombres.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace un tiempo. Diciembre, Enero. En un viaje que hicimos.
—¿Más o menos el mismo tiempo que hace que no tienes sexo? —Sebastián asintió.
Ella observó que Sebastián estaba más tranquilo, y ahora era capaz de reflexionar un poco mejor .
—¿Tu interés en él tuvo que ver en el cese de tu actividad sexual?
—Dejé todo. Sexo, drogas, apuestas, noche, alcohol… quería que él aceptara.
—Recién mencionaste que siempre que le hablaste del tema, él te rechazó.
—Sí. Y eso también me jode mucho. No entiendo porqué me rechaza —dijo confundido—. Antes pensé que era porque no le gustaban los hombres, o porque le daba asco estar con un tipo. Pero él es homosexual… no tiene razones para rechazarme.
La profesional sonrió. Recordó que alguna vez Sebastián le había hablado de una mujer que le desagradaba mucho
—¿Qué dirías si Catalina Riera te propusiera tener sexo?
Sebastián abrió sus ojos y luego arrugó su cara.
—Que no, obviamente —respondió él, casi sin pensar—. ¡Qué asco!
La sola idea le provocaba escalofríos
—Esa mujer es desagradable por donde se la mire —agregó.
—Pero es una mujer. Y como tú eres hétero, deberías tener sexo con ella, no tienes razones para rechazarla.
Sebastián alzó una ceja.
—Touché —dijo.
—El punto es que, no siempre la persona que amamos nos ama, Sebastián, y eso hay que aceptarlo.
—¿Quién habló de amor? Yo no soy gay. Yo solo quería sexo. Sólo una vez.
—Bueno, pero eso ya no es así. Tú lo dijiste: hoy cuando él accedió a eso, a “sólo coger una vez y ya” tu sentiste que ya no era lo que tu querías. Por eso lo rechazaste. Porque ahora quieres algo más.
—¿Algo más? ¿Qué más? —preguntó él confundido.
—Eso es lo que deberías intentar averiguar, Sebastián. Por lo que me dices, Benicio es importante para ti. Sé que siempre han sido cercanos, pero con la curiosidad que despertó Manuel en ti, se han abierto otras posibilidades. En principio el probar el sexo con un hombre. Está claro que Benicio te atrae, quizás más de lo que imaginas o estás dispuesto a aceptar. También es evidente que te sientes bien con él, y que, aún si son inaceptables para ti, las cosas que sientes con él te agradan. Es lógico que estando con alguien con quien compartes tantas cosas, “solo sexo” como tu dices, no es suficiente. O quizás lo que no es suficiente es que sea “solo una vez”.
—¡Ja! Ahora me vas a decir que quiero hacerlo con él por el resto de mi vida. En ese caso ya estaría cumpliendo una de las tres condiciones que me impuso esta mañana.
—¿Cuáles son las tres condiciones que te puso?
—No tendremos sexo, haremos el amor, una tontería. Para mi es lo mismo, pero él dice que no, que son diferentes. —la profesional sonrió—. ¿Te estás burlando de mí? —preguntó él molesto.
—No, de hecho pensaba en lo que dijiste hace unos minutos, cuando me decías porqué habías rechazado a Benicio hoy.
—¿Qué hay con eso?
—Bueno, pensaba que tal vez, sí conoces la diferencia entre tener sexo y hacer el amor.
Sebastián se quedó pensativo
—Quizás es precisamente eso. Esa diferencia lo que te llevó a rechazar el “sexo” hoy. Porque, quizás, hacer el amor es ese “algo más” que tu quieres ahora.
—O sea que ya tendría dos condiciones cumplidas, según tú… la de “hacer el amor” y la de “por el resto de mi vida”.
—¿Y cuál es la tercera?
—Sólo con él, y con nadie más.
—Bueno, creo que esta es la primera que cumpliste.
Sebastián la miró comprender.
—¿A qué te refieres?
—Me dijiste que hace unos meses que no tienes sexo con nadie. Que dejaste todo para que él te acepte.
Sebastián se quedó en silencio.
Bajó su rostro, pensativo.
Habiendo pasado la crisis, la profesional le sugirió que primero pensara en lo que habían hablado y luego podría buscar un profesional que lo acompañe en el proceso terapéutico.
Sebastián estaba lejos de escuchar la sugerencia. Se marchó hacia su departamento. Al llegar, se demoró en abrir la puerta. Su padre le había reiterado ya varias veces que cambie la cerradura, pero aún no lo hacía. Hacía ya un tiempo que le habían dado el departamento. Lo había heredado de su abuela materna y se había mudado a los veinte años. Los primeros tiempos ese lugar era poco menos que un paraíso para él. Ahora, miraba cada rincón y todo eso le resultaba tan ajeno. Tan frío.
No tenía idea de cómo seguir adelante. En su mente tenía miles de ideas, pero ninguna encajaba con la soledad que estaba sintiendo en ese instante. Quería cerrar sus ojos y dormir… dormir, sólo eso. Dormir largamente, y sólo despertar cuando todo estuviera más claro.
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Los días siguientes fueron difíciles para ambos.
Benicio se presentó el lunes temprano en la casa de Alfredo con su renuncia indeclinable y la idea de irse muy lejos. Pero Alfredo le ofreció reincorporarse la semana siguiente y gestionar el traslado hacia una sucursal del interior.
Benicio dudó en un principio, puesto que ya anteriormente le había ofrecido lo mismo, pero luego quedó supeditado a la condición de que Sebastián se casara. Según Alfredo, el matrimonio de Sebastián ya era un hecho, por lo que el traslado de Benicio también lo era.
Finalmente Benicio aceptó, aunque cada día en la empresa era una franca agonía para él.
Luego de su chequeo semanal, Alfredo se sentó en el sofá de su despacho y le mencionó a su hermano lo ocurrido con Benicio. Arturo estaba guardando sus equipos médicos.
—Fredi, no deberías presionar tanto. Ese muchacho va a colapsar de nuevo. Si lo que quieres es alejarlo de Seba ¿Por qué no lo dejas ir y ya?
—Benicio no es consciente del poder que tiene. Ya sea en la empresa, con Sebastián, o en el Holding. Necesito tenerlo bajo control.
—¿Qué piensas hacer?
—Le voy a dar lo que ha deseado siempre.
Alfredo hizo una pausa y observó a su hermano sentarse frente a él.
—Lo enviaré al interior, con un cargo ejecutivo. Tengo pensado enviarlo a Mendoza, sé que volvió encantado con ese lugar. He pedido que me den tres nombres de las personas más inútiles que hay en la sucursal. Lo enviaré como director interino, para que encuentre entre esos tres inútiles a uno que pueda asumir la dirección de la sede. Mientras pierde el tiempo en eso disfrutará del sitio. Se amoldará y finalmente le daré el cargo a él.
—No veo la forma en que eso sea diferente a la situación actual. ¿Cuánto crees que demorará Sebastián en saber dónde está y en ir tras él?
Arturo tomó su taza de café. Alfredo estaba incómodo ante ese comentario. No solo porque colocaba a su hijo en una posición de dependencia, sino porque sabía que Sebastián lo haría.
—El mes próximo es la reunión del Consejo Directivo. Sebastián ya no estará en la Distribuidora. Pasará a trabajar en el Holding como mi segundo, y futuro sucesor. Poco después de eso se casará, y estará de viaje casi todo el tiempo.
—Veo que tienes todo ya pensado.
—Por supuesto, no puedo dejar que mi hijo, nacido para ser grande, se pierda en los pantalones de un huérfano homosexual, sin aspiraciones.
Arturo miró su taza de café y sonrió con ironía.
—Hermano, no estás teniendo en cuenta algo —dijo con calma.
—¿Qué cosa?
—Lo que Sebastián quiere.
—Él hará lo que yo diga —dijo con seguridad el viejo Carrasco.
Sebastián, por alguna razón que aún desconocía, solo podía dormir y descansar tranquilamente en el departamento de Benicio, por lo que se desmejoró bastante en esos días en que no lograba dormir. Su departamento a veces era invadido por sus amigas, en busca de diversión. Pero él no estaba para ese tipo de cosas, así que decidió acondicionar la oficina pequeña que tenía en el galpón con un sofá no muy cómodo, pero que le permitía cerrar los ojos por un rato.
Seguía yendo a hablar con la psicóloga, aún cuando ella le había dicho una y otra vez que no podía ser su terapeuta, pero él no quería hablar con nadie más. Fue un par de veces a ver a Arturo, en busca de alguna pastilla para dormir, pero su tío le había dicho que no.
—Pasa, Martina. Me dijo Hugo que querías hablar conmigo.
La psicóloga entró en la oficina de Arturo y se sentó en el sofá. Frente a ella estaba Hugo Ripoll, jefe del equipo de Salud Mental de la clínica.
—Sí, y te agradezco el tiempo. Hablé con él anteriormente, y me sugirió que lo hablara contigo —. La joven suspiró—. Se trata de Sebastián.
—Lo imaginé.
—Arturo, yo te respeto y te tengo mucho afecto. Lo sabes. Por eso es que necesito ponerte al tanto de la situación. Para mí esto no es sencillo. Le he dicho cada vez que viene que no puedo atenderlo. Que no puedo ni quiero ser su terapeuta. Pero él insiste en que no quiere ser atendido por nadie más. Que no necesita un terapeuta
Arturo sonrió ante la ironía
—Pero cada vez que viene, está en crisis, y eso me fuerza a intervenir. No quiero poner en juego mi carrera por los caprichos de tu sobrino, pero tampoco puedo dejarlo en el estado en el que está.
Arturo suspiró.
—¿Puedes ayudarlo?
—Lo intento. A pesar de todo, siempre me paro frente a él como profesional. No te voy a negar que muchas veces he deseado que viviera en carne propia lo que le hacía a otras personas. Pero no puedo dejar de conmoverme ante su sufrimiento —dijo ella, algo preocupada—. Ayer vino y lo vi muy mal, pero no sólo anímicamente, sino muy venido abajo físicamente. me dijo que tú le has negado cualquier tipo de tratamiento farmacológico.
—Así es.
—El problema es que no está durmiendo —. Arturo suspiró de nuevo.
—El problema es Alfredo Carrasco —el médico estaba hablando con resignación—. Le pedí a Hugo que no expida receta para él, porque todos sabemos que tiene tendencia a caer en excesos. Ha estado limpio desde hace tiempo y quiero que siga así. El problema de Sebastián es su padre. Es anímico. Afectivo, si se quiere. Necesita ser capaz de resolverlo, y para eso tiene que estar lúcido. Si lo adormezco con pastillas, no solo pasará a depender de la medicación, sino que será el títere que su padre desea que sea.
—Entiendo —dijo ella—. Pero es mi carrera la que está en juego en esta guerra intrafamiliar.
—No, Martina. No está en juego tu carrera. Lo único que está en juego es la vida de Sebastián. Tú, asume que solo eres una consejera. No dejes de remarcar que no eres su terapeuta. Incluso, —dijo mirando al jefe del sector— podríamos hacerle firmar un consentimiento informado. Deberías hacerlo tú Hugo. De esa manera ella estaría resguardada. El documento debe dejar en claro dos cosas principalmente: una, que él asiste a hablar con una profesional que no es su terapeuta, y la otra que se le recomienda tomar terapia con un profesional que él escoja, y que por cuestiones de ética profesional, no puede ser la Lic. Velez.
El médico asintió. La psicóloga se veía más distendida. Y Arturo suspiró entristecido. La situación de Sebastián era para él muy dolorosa, pero confiaba en que ese muchacho lograría salir de ella, aunque no ileso.
Llevaban más de dos semanas sin hablarse ni verse.
Sebastián estaba cada vez más demacrado. Había perdido peso y se veía terrible. Haydée le había indicado algunas hierbas que podrían ayudarlo a dormir. Pero nada parecía funcionar con él.
Benicio recibía malas noticias en cada uno de sus controles. Arturo lo amenazó con no darle el alta si no mejoraba. Estaba a punto de irse a donde siempre había querido ir, solo tenía que esperar una semana, y sin embargo se sentía muy angustiado. Su secretaria lo había notado. Estaba preparando todos los documentos y los permisos legales. Iba a ir como Director Interino, una oportunidad por la que tantos habrían dado lo que fuera incluso él mismo había esperado esa posibilidad por mucho tiempo. Pero su rostro lo delataba: nada en él parecía celebrar esa conquista. La semana se estaba haciendo demasiado larga.
Alfredo ya le había dado las indicaciones respecto de lo que tenía que hacer en su nuevo destino. Benicio estaba seguro de que, al alejarse, todo ese dolor se calmaría.
Thoughts
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PermalinkArturo otra vez es el que ve claro. En el capítulo anterior ya había mandado poner el sofá, y ahora le dice al hermano que se le olvida lo que Sebastián quiere. Alfredo tiene todo armado: Mendoza para Benicio, el Holding para Seba, la boda, el viaje. Mi papá también hacía planes así, y el único que no entraba en la cuenta era uno. ¿Ya sabías desde el primer capítulo cuáles iban a ser las tres condiciones?
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PermalinkCon lo del cachorro se me aguaron los ojos. Benicio se burla de la casa con dos cuartos y el perro, y resulta que lo escuchó y fue a hablar con el consorcio. Así quiere él, sin decirlo, con cosas que se pueden tocar. Mi abuela era igual, nunca decía te quiero pero te guardaba el último pan de la tarde. Y Seba dormido en la alfombra abrazado a Loki para no ir a la cama me dejó con un nudo.
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PermalinkTanto candelabro y tanto chef, y Seba sonriendo porque se acordó del pollo con papas de Benicio. Me quedé con eso más que con el palacio.
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PermalinkUf. Alfredo.