Lo dije en el del azadón, che: Julián nunca durmió en la calle. Ahora que es el Señor Vance, Valeria lo va a hacer laburar el doble para que se gane el nombre de vuelta.
Capítulo 6: Las cartas sobre la mesa
Pensamiento
Lo dije en el del azadón, che: Julián nunca durmió en la calle. Ahora que es el Señor Vance, Valeria lo va a hacer laburar el doble para que se gane el nombre de vuelta.
Contenido de la publicación
Esa misma noche, la tormenta cayó con furia sobre la montaña. Los truenos retumbaban haciendo vibrar las vigas del granero.
Gabriel estaba sentado sobre un fardo de heno, mirando la pantalla encendida de su teléfono satelital. Tenía las maletas hechas en su mente; sabía que debía regresar a la capital antes de que sus socios destruyeran su imperio. Se puso de pie para salir hacia la lluvia, pero al abrir la puerta de madera, encontró a Valeria esperándolo bajo el alero, cubierta con una manta oscura y sosteniendo un farol de aceite.
La luz dorada iluminaba su rostro tenso.
—¿Te vas sin despedirte, Señor Vance? —preguntó ella, acentuando el apellido con una ironía filosa.
Gabriel se quedó petrificado en la penumbra. Sabía que la hora de la verdad había llegado.
—Valeria... puedo explicártelo —empezó él, dando un paso al frente.
—No me expliques nada —lo interrumpió ella, dando un paso hacia él hasta quedar a escasos centímetros de su pecho—. Me mentiste desde el primer segundo. Jugaste a ser el desdichado para entretenerte con mi vida y mi trabajo. ¿Te pareció divertido ver cuánta compasión podías sacarle a una campesina?
—¡No fue un juego! —exclamó Gabriel, alzando la voz por encima del ruido del trueno—. Al principio sí, no te miento. Quería huir de la falsedad de mi mundo. Pero desde que llegué aquí, desde que te vi enfrentarte al mundo con esa inteligencia y esa fuerza... jamás me he sentido más real. Prefiero mil veces el barro de tus manos que todo el oro de la capital.
Valeria lo miró en silencio, con la respiración agitada. En sus ojos no había miedo, solo un fuego de dignidad implacable.
—Tu mundo te está buscando, Gabriel. Y el mío no es un refugio para hombres ricos que juegan a la tragedia —dijo ella en voz baja pero firme—. Mañana saldrá el primer carruaje hacia la ciudad. Si te quedas, será para trabajar la tierra de verdad y pedir perdón por tus mentiras. Si te vas... asegúrate de no volver jamás.
Gabriel la miró a los ojos, sintiendo por primera vez en su vida que el dinero no podía comprar la única cosa que de verdad le importaba en ese momento: la confianza de la única mujer que lo había visto tal como era.
—No me voy a ir —dijo él, dando un paso definitivo hacia ella—. A menos que me eches tú misma.
Thoughts
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PermalinkValeria ya esperándolo bajo el alero con el farol dice que sabía que se iba esa noche. Me gusta que él tenga que gritar por encima del trueno y ella no. Apuesto a que pedir perdón le va a costar más que el azadón.
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PermalinkLo dije en el del azadón, che: Julián nunca durmió en la calle. Ahora que es el Señor Vance, Valeria lo va a hacer laburar el doble para que se gane el nombre de vuelta.
Esa misma noche, la tormenta cayó con furia sobre la montaña. Los truenos retumbaban haciendo vibrar las vigas del granero.