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Capitulo 52: entre la luz y la oscuridad

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Pensamiento

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Lady Altheria nunca le dice a Anna que lo de antes da igual. Le cuenta que lo sabía todo, las torturas incluidas, que tuvo las cosas listas para irse, y que igual está orgullosa. Así se perdona de verdad, sabiendo lo peor y sin hacerse la desentendida. Y

Lady Altheria nunca le dice a Anna que lo de antes da igual. Le cuenta que lo sabía todo, las torturas incluidas, que tuvo las cosas listas para irse, y que igual está orgullosa. Así se perdona de verdad, sabiendo lo peor y sin hacerse la desentendida. Y la mano en la cabeza, como cuando era niña, cierra esa conversación mejor que cualquier palabra.

Por eso Sylwen con los ojos cerrados me inquieta tanto: ella también sabe algo, y a ella nadie le ha pedido perdón todavía.

Contenido de la publicación

Anna tardó varios minutos en recorrer el camino que llevaba hasta el ala oeste, hacia la habitación de Lady Altheria. No fue porque estuviera lejos, ni porque el camino fuera difícil. Fue porque, prácticamente a cada poco paso, alguien salía a su encuentro para detenerla.

 

Gentes de todas las edades, oficios y razas, que ahora vivían en aquellas tierras, se acercaban sonrientes para saludarla. Había niños que corrían a su lado, orgullosos y emocionados, señalando con sus pequeñas manos los muros que habían levantado o los huertos que habían cuidado, como si quisieran mostrarle cada pequeño detalle de lo que habían construido para ella y bajo su protección. Familias enteras se acercaban para darle las gracias, con palabras sencillas pero cargadas de un agradecimiento inmenso, llamándola siempre "mi señora" o "señora D'Valrienne". Incluso los trabajadores, hombres y mujeres que transportaban materiales o reparaban caminos, se detenían al verla pasar e inclinaban la cabeza con respeto profundo, reconociendo en ella a la dueña absoluta de estas tierras, a la mujer que había abierto las puertas de su casa cuando el mundo les había cerrado todas las suyas.

 

Y aquello, todo aquello, seguía resultándole extraño. Cuanto más crecía el asentamiento, más fuerte se hacía esa sensación. Ella recordaba este lugar como una tierra olvidada, solitaria y condenada al abandono, y ahora caminaba entre calles llenas de vida, donde la gente la miraba como si fuera la verdadera reina de este pequeño mundo. Aún no terminaba de comprender hasta qué punto su nombre era aquí lo más importante.

 

Finalmente, logró llegar a la zona principal de la mansión. Subió las escaleras de piedra, recorrió el pasillo largo y familiar, aquel que conocía desde que era pequeña, y se detuvo frente a la puerta de madera oscura que siempre había permanecido igual: la habitación de Lady Altheria.

 

Durante unos segundos se quedó allí parada, inmóvil, con la mano suspendida en el aire. Respiró profundamente, intentando calmar los latidos fuertes de su corazón. Luego, llamó suavemente a la puerta.

 

—Adelante.

 

La voz llegó desde el interior, cansada, con el peso de los años, pero firme, clara y fuerte como siempre lo había sido.

 

Anna giró el pomo y empujó la puerta.

 

Y entonces se quedó completamente paralizada en el umbral, con la mano aún apoyada en la madera.

 

—¿Eh...? —fue lo único que alcanzó a decir, confundida y sorprendida.

 

No esperaba aquello. En absoluto.

 

La habitación estaba llena de gente, tan llena que apenas quedaba espacio libre para moverse.

 

En el centro, sentada sobre la cama, con almohadas apoyadas en el respaldo y cubierta por una gruesa chaqueta de lana, estaba Lady Altheria. Sostenía montones de documentos, mapas y cartas que se amontonaban a su alrededor. Se la veía profundamente cansada; mucho más cansada que la última vez que la había visto. Las arrugas alrededor de sus ojos y en su frente parecían más marcadas, y las ojeras bajo su mirada sabia eran imposibles de ignorar, oscuras y profundas, señal de noches enteras sin descansar. Y sin embargo, a pesar de todo, seguía trabajando, atenta, serena, con esa fuerza tranquila que siempre había tenido. Ella era quien dirigía, quien organizaba, quien decidía en el día a día... pero todo lo hacía en nombre de Anna.

 

Frente a ella habían improvisado una gran mesa larga, colocada justo en el centro de la estancia, y alrededor de ella se encontraban reunidas varias personas, personas que Anna jamás habría imaginado ver juntas en el mismo lugar, y mucho menos reunidas para tratar asuntos serios.

 

Había un elfo de rasgos nobles y mirada aguda. Un enano de barba trenzada y brazos fuertes. Una mujer demonio de cabello rojizo y porte elegante, con los cuernos finos y pulidos. Un hombre bestia, de raza felina, con las orejas alerta y movimientos silenciosos. Había un enorme ogro, de proporciones gigantescas, que prácticamente parecía ocupar él solo media habitación, sentado con una postura sorprendentemente educada y tranquila. Una pequeña hada flotaba cerca de una lámpara de aceite, iluminando con su propio brillo los papeles que tenía más cerca. Y también había varios humanos, hombres y mujeres de vestimentas distintas, portando sellos y emblemas que Anna no reconoció al momento.

 

Todos y cada uno de ellos iban acompañados por uno o dos guardias personales, que permanecían de pie detrás, serios y atentos. Pero algo era claro: todos estaban ahí por voluntad propia, reconociendo la autoridad de esta tierra.

 

Durante unos segundos eternos, nadie dijo ni una palabra. Todas las miradas, todas sin excepción, se dirigieron hacia la joven que permanecía en la puerta. Y en esas miradas había algo distinto, algo fundamental: reconocimiento.

 

Anna sintió el peso de toda aquella atención caer sobre sus hombros, pero esta vez comprendió lo que significaba. No eran simples visitantes ni representantes de paso. Eran los líderes, los artesanos, los jefes de familia, quienes dirigían las distintas partes del pueblo que había nacido aquí. Podía verlo en la forma rígida y respetuosa en que se sentaban, en la importancia de los documentos que reposaban sobre la mesa —tratados de comercio, leyes locales, planes de defensa—, en la seriedad absoluta de sus expresiones. Aquello era el gobierno de su pueblo, reunido para tomar decisiones importantes... y ella, su señora, acababa de llegar.

 

El silencio se extendió, espeso y cargado de significado.

 

Algunos de los presentes la observaban con evidente curiosidad, analizándola de arriba abajo, queriendo ver con sus propios ojos a la mujer de la que tanto habían oído hablar. Otros parecían nerviosos, cambiando la mirada entre ella y Lady Altheria, preguntándose qué significaba su llegada. Algunos incluso parecían emocionados, con un brillo de esperanza y orgullo en los ojos al verla. Pero también estaban los otros... aquellos que no intentaban ocultar ni su desconfianza, ni su recelo, ni incluso una cierta hostilidad contenida.

 

Y Anna podía entenderlo perfectamente.

 

Después de todo, la fama de Anna D'Valrienne era complicada, cambiante y dependía totalmente de quién fuera la persona que contara su historia.

 

Para algunos, era una heroína que había cambiado.

 

Para otros, una noble que se había reformado y redimido.

 

Para muchos, era simplemente su señora, la dueña de estas tierras, la mujer que había dado la orden de abrir las puertas y decir: "Aquí están a salvo".

 

Pero para otros... para una parte que aún era grande... seguía siendo la tirana. La aristócrata orgullosa y fría que en el pasado había sido responsable de sufrimiento y dolor. Una persona a la que, por mucho que hubieran encontrado refugio aquí gracias a ella, todavía les costaba confiar del todo.

 

Aquellos rostros que tenía frente a sí dejaban claro que en esa habitación había representantes de todos esos grupos. De todas las opiniones. De todas las dudas. Pero todos, absolutamente todos, estaban allí bajo su nombre y su protección.

 

La única persona que parecía completamente indiferente a la tensión del momento era Lady Altheria.

 

La anciana levantó lentamente la vista de los papeles que tenía entre las manos, recorrió con la mirada a la joven que estaba en la puerta, y sonrió. Una sonrisa tranquila, suave, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento y no le sorprendiera en absoluto que hubiera llegado entonces.

 

—Vaya —dijo con voz clara, rompiendo por fin el silencio—. Pensé que tardarías más. Con todo el pueblo ahí fuera, imaginé que te detendrían al menos una docena de veces antes de llegar aquí para darte la bienvenida como te mereces.

 

Anna parpadeó, recuperándose un poco de la sorpresa, y dio un paso al interior cerrando la puerta tras de sí.

 

—Lady Altheria... —empezó, con la voz un poco insegura.

 

—Sigues llamándome así —respondió la anciana, negando levemente con la cabeza, como si fuera una queja de toda la vida—. Sabes que aquí soy solo quien se encarga de llevar las cuentas y dar consejo mientras tú no estás. La señora eres tú.

 

—Es una costumbre difícil de abandonar —reconoció Anna, con una pequeña sonrisa nerviosa.

 

—Y yo sigo intentando que la abandones —murmuró Altheria, soltando un suspiro resignado, aunque sus ojos brillaban con cariño y orgullo.

 

Algunos de los presentes parecieron relajarse al escuchar aquello. Confirmaba lo que ya sabían: que la anciana era la mano que trabajaba, pero Anna era la cabeza que gobernaba.

 

La anciana golpeó suavemente el borde de la cama con una mano, invitándola.

 

—Ven. Acércate, niña. Tu pueblo te ha estado esperando.

 

Anna obedeció. Atravesó la habitación caminando entre las sillas y las miradas atentas de todos los representantes, sintiendo cada paso, consciente de que cada movimiento suyo estaba siendo observado y juzgado por quienes ahora vivían en sus tierras. Finalmente, llegó hasta la cama y se sentó en el borde, junto a Lady Altheria. Por un breve instante, volvió a sentirse exactamente igual que cuando era pequeña: pequeña, insegura, buscando refugio y consejo junto a esa mujer que siempre lo sabía todo.

 

Altheria la observó en silencio durante unos segundos. Recorrió con la mirada su rostro, sus ojos, la forma en que sus manos apretaban su propia falda, la tensión que llevaba en los hombros, esa mezcla de cansancio y confusión que la definía en ese momento. Y sin necesidad de que Anna dijera una sola palabra, comprendió al instante que algo muy importante, algo que la había removido hasta lo más profundo, era lo que la había traído de regreso a casa con tanta prisa.

 

Sin prisas, la anciana dejó los documentos que tenía en la mano sobre la colcha, haciéndolo con mucho cuidado para no desordenarlos. Luego, giró su cuerpo hacia la mesa y dirigió la mirada hacia el resto de las personas reunidas en la habitación.

 

—Bien —dijo, con una voz que, aunque suave, impuso silencio y atención al instante. Porque hablaba en representación de Anna, y todos lo sabían.

 

Los representantes se enderezaron ligeramente en sus asientos, esperando instrucciones.

 

—Haremos una pausa —anunció Altheria.

 

Un murmullo de sorpresa recorrió la estancia. Algunos intercambiaron miradas confundidas.

 

—¿Lady Altheria? —se atrevió a preguntar el elfo, inclinándose levemente hacia adelante—. Pero los informes sobre los límites del bosque y las rutas comerciales aún no están aprobados, y esperábamos su... —se detuvo un segundo y corrigió suavemente—... esperábamos saber qué opina la señora Anna de todo ello.

 

La anciana levantó una mano, deteniendo sus palabras con un gesto tranquilo pero absoluto.

 

—La reunión continuará dentro de una hora —aseguró con firmeza—. Mientras tanto, aprovechen para descansar, comer algo, estirar las piernas o discutir entre ustedes los puntos que aún tengan pendientes. Todo lo que estamos construyendo aquí, lo hacemos bajo el nombre de ella, y nada cambiará eso. Pero ahora, ella necesita hablar conmigo.

 

Nadie discutió. Nadie objetó. Porque, aunque Altheria fuera quien llevaba el peso del día a día, todos sabían que era solo la guardiana, y que la autoridad verdadera, la razón de que todo esto existiera, acababa de sentarse junto a ella.

 

Uno a uno comenzó a levantarse. El demonio cerró su carpeta de cuero con un golpe seco. El enano asintió con respeto hacia Anna. Incluso el enorme ogre se puso de pie con una lentitud impresionante, agachando la cabeza para no golpear el techo, e hizo una reverencia profunda hacia la joven. Salieron de la habitación en grupos pequeños, hablando en voz baja, pero sin dejar de mirar a Anna. Especialmente aquellos que aún no habían decidido qué pensar de ella, que veían en ella el pasado y el futuro de este lugar.

 

Cuando finalmente la habitación comenzó a vaciarse y el último de los representantes estaba cruzando el umbral, Altheria habló una vez más, con un tono de voz más ligero, casi divertido, que llegó a todos ellos.

 

—Y por favor... no se preocupen.

 

Todos se detuvieron y se giraron hacia ella.

 

La anciana sonrió con tranquilidad, con esa sonrisa que sabía más que nadie.

 

—La señora Anna no ha venido a derrocar todo lo que hemos construido ni a cambiar las leyes en los próximos diez minutos. Solo ha venido a buscar respuestas, igual que todos ustedes lo hacen conmigo. Pueden ir tranquilos.

 

Algunas risas nerviosas escaparon de los presentes, rompiendo la tensión acumulada. Incluso Anna, que seguía sentada junto a la cama, se llevó una mano al rostro, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas.

 

Los últimos guardias salieron y cerraron la puerta tras ellos, dejando por fin el silencio absoluto en la habitación.

 

Lady Altheria observó a Anna durante varios segundos más. Luego, se inclinó y alcanzó una taza de té que descansaba en la mesita de noche. Bebió un pequeño sorbo, saboreando la calidez del líquido, y volvió a sonreír. Era una sonrisa tranquila, paciente, profunda... la sonrisa de alguien que había esperado aquella visita, aquella llegada y aquel momento desde el mismo instante en que recibió la carta anunciando su regreso.

 

Dejó lentamente la taza sobre la mesa, haciendo un ruido suave al chocar con la madera, y se giró completamente hacia ella. Sus ojos, claros y brillantes a pesar de la edad, se clavaron directamente en los de Anna, leyendo en ellos cada duda, cada miedo, cada esperanza y cada culpa que la joven llevaba dentro.

 

—Bien —dijo en voz baja, solo para ella.

 

Hizo una pequeña pausa, y luego preguntó, con esa mezcla de autoridad y cariño que siempre la caracterizaba:

 

—Ahora dime... ¿Qué hizo esta vez el Emperador para que hayas recorrido medio Imperio, dejando atrás tu vida en la Academia y viniendo hasta aquí, a tu casa, buscando desesperadamente mi consejo?

 

El silencio que llenó la habitación fue denso, pesado y cálido a la vez. Era el tipo de silencio que solo se crea cuando se han compartido secretos que pesan toneladas, y que quedan flotando en el aire, esperando ser asimilados.

 

Solo se escuchaba el suave y rítmico crepitar de la leña en la chimenea, un sonido reconfortante que chisporroteaba al ritmo de las llamas, proyectando sombras danzantes que se alargaban por las paredes de madera oscura. De vez en cuando, se oía el leve y delicado tintinear de la porcelana cuando Lady Altheria movía la taza entre sus manos, un sonido pequeño y frágil que contrastaba con la magnitud de lo que acababa de ser dicho.

 

Anna había terminado de hablar hacía ya unos minutos.

 

Había desgranado cada detalle de lo ocurrido en el palacio. La reunión solemne con el Emperador, sus palabras serias y directas, la propuesta que le había hecho, el honor que suponía, pero también —y sobre todo— el peso aplastante de la responsabilidad, la duda que le carcomía las entrañas y la razón exacta por la cual había recorrido medio Imperio, dejándolo todo atrás, solo para llegar hasta aquí y encontrar respuestas.

 

Había admitido que tenía miedo.

 

Había confesado que no se sentía digna.

 

Había dicho que no entendía por qué la elegían a ella, si todos sabían quién había sido.

 

Cuando su voz se apagó, Lady Altheria permaneció inmóvil, con la mirada fija en el vapor que ascendía lentamente de su taza de té, como si estuviera saboreando no solo la bebida, sino también cada una de las palabras que Anna acababa de soltar. Pasaron varios segundos, largos y eternos, antes de que la anciana se moviera apenas un milímetro y llevara la taza a sus labios para tomar un sorbo lento, medido, tranquilo.

 

—¿Y por eso estás dudando? —preguntó entonces, con una voz serena que rompió el silencio sin brusquedad, pero que atrajo toda la atención de la habitación.

 

Anna parpadeó, confundida, levantando levemente la cabeza, sin comprender del todo el tono de aquella pregunta.

 

—¿Lady Altheria?

 

La anciana apartó la taza de sus labios y la observó con fijeza, mirándola por encima del borde de sus gafas, con esa expresión sabía que siempre había logrado ver mucho más allá de lo que nadie más podía.

 

—Anna... después de lo que hiciste aquí, durante la pandemia... sinceramente esperaba que tu problema fuera algo mucho más complicado, mucho más profundo. Esperaba tener que desentrañar cosas terribles. Pero esto... esto es sencillo.

 

La habitación quedó en suspenso. Las sombras de la chimenea seguían moviéndose, como si también esperaran sus palabras.

 

—Salvaste miles de vidas —dijo Altheria, marcando cada palabra con una claridad absoluta, como si estuviera escribiendo con fuego sobre la pared—. No solo las protegiste, no solo las curaste. Te pusiste al frente, te arriesgaste, diste órdenes que nadie más se atrevía a dar y lograste que la muerte se detuviera justo en el límite de estas tierras. Salvaste miles de vidas, Anna.

 

Anna abrió la boca para responder, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. No supo qué decir.

 

—Reconstruiste una región entera —continuó la anciana, bajando la taza hasta apoyarla en sus rodillas, cubiertas por la manta gruesa—. Cuando todo parecía perdido, cuando la gente solo pensaba en huir o en sobrevivir, tú les diste un motivo para quedarse. Organizaste la reconstrucción, creaste leyes nuevas, hiciste que el orden volviera donde solo había caos.

 

Hizo una pequeña pausa y giró levemente la cabeza, señalando con la mirada la puerta pesada de madera por la que, hacía apenas unos minutos, habían salido aquellos representantes de tantas razas distintas: el elfo, el enano, el demonio, el hombre bestia, el ogro... todos juntos, hablando, discutiendo, acordando.

 

—Lograste que personas que antes se odiaban a muerte, que se matarían solo por verse, que no compartirían ni el aire que respiran... lograras que trabajaran juntas aquí, bajo tu nombre y tu protección. La mitad de las personas que estaban sentadas en esa mesa hace un rato, jamás habrían compartido ni un mismo techo hace apenas un año. Y hoy están aquí, decidiendo el futuro de este lugar. Todo gracias a ti.

 

Altheria volvió a mirarla fijamente a los ojos.

 

—Y ahora vienes y me dices que el Emperador quiere que viajes, que ayudes con un proyecto para integrar a nuevas razas dentro de la Academia, para enseñarles a convivir, para que aprendan a entenderse y trabajar unidas por el bien del Imperio...

 

La anciana se encogió ligeramente de hombros, con una naturalidad absoluta, como si estuviera diciendo lo más obvio del mundo.

 

—Francamente... me parece una elección bastante lógica. Si yo estuviera en su lugar, te habría pedido exactamente lo mismo.

 

Anna bajó la mirada de nuevo, clavando sus ojos en sus propias manos, que reposaban sobre su falda. Y allí seguía, inmenso, pesado, doloroso... el verdadero problema.

 

Porque para Lady Altheria todo parecía lógico, sencillo, natural. Porque ella estaba viendo a la mujer que Anna era ahora, a la señora de estas tierras, a la salvadora, a la líder. Pero no estaba viendo... no podía estar viendo... lo que Anna había sido antes.

 

Lo que Anna llevaba tatuado en el alma.

 

Sus dedos se cerraron lentamente sobre la tela de su vestido, arrugando la tela con fuerza, como si quisiera aferrarse a algo antes de caer al vacío.

 

Tal vez...Tal vez debía decirle la verdad.

 

Toda la verdad. Sin omitir nada.

 

Aquella parte oscura, terrible, que ni siquiera el propio Emperador conocía completamente, porque los informes oficiales siempre se quedaban en la superficie, porque nadie se atrevía a escribirlo, porque nadie quería recordarlo.

 

Las torturas sistemáticas.

 

Los experimentos crueles realizados solo por curiosidad o poder.

 

Los esclavos comprados y tratados como objetos.

 

La Flor del Silencio, aquella práctica horrorosa que había creado para que nadie pudiera hablar jamás contra ella.

 

Toda la sangre, todo el dolor, todo el sufrimiento que ella había causado antes de llegar aquí, cuando aún tenía poder y se sentía dueña de vidas y destinos.

 

La culpa que pesaba más que el mundo entero sobre sus hombros.

 

Abrió la boca. El aire entró en sus pulmones, tembloroso. Estaba a punto de soltarlo todo. De confesar. De ver si esa mirada de respeto y cariño se convertía en asco y repulsión.

 

Pero no llegó a decir ni una sola sílaba.

 

Porque Lady Altheria habló primero, con una voz baja, suave, que pareció llenar toda la habitación y helarle la sangre en las venas.

 

—¿Estás dudando por las torturas, Anna?

 

El tiempo pareció detenerse.

 

Anna se congeló en su sitio. Cada músculo de su cuerpo quedó rígido, inmóvil, paralizado por el impacto de aquellas palabras. Sintió cómo la sangre abandonaba su rostro por completo, dejándola pálida como la nieve, como si le hubieran arrancado el calor de golpe. Levantó la vista de golpe, sus ojos muy abiertos, desmesurados, fijos en la anciana, y por primera vez desde que había entrado en aquella habitación, pareció realmente, absolutamente sorprendida.

 

—¿Qué...? —susurró, con la voz quebrada, apenas un hilo de aire— ¿Cómo...? ¿Cómo puedes saber...?

 

Altheria suspiró. Fue un suspiro largo, profundo, cargado de años, de conocimiento y de tristeza. Dejó lentamente la taza vacía sobre la mesa de noche, haciendo un sonido seco y definitivo al chocar con la madera, y se acomodó mejor entre las almohadas, girando un poco más su cuerpo hacia la joven.

 

—Anna... —dijo con firmeza, mirándola a los ojos— tengo muchos defectos. He cometido errores, he fallado, me he equivocado muchas veces en mi vida. Pero algo que nunca he sido... es estúpida.

 

El silencio volvió a caer, esta vez más pesado, más incómodo, más doloroso que nunca. El fuego crepitaba al fondo, indiferente a la revelación.

 

—Lo sé —dijo simplemente la anciana.

 

Anna no pudo ocultar el terror y la confusión que sentía.

 

—¿Lo sabía? ¿Usted lo sabía todo?

 

—No todo en detalle —reconoció Altheria, negando suavemente con la cabeza—. No vi todo con mis propios ojos, ni estuve allí. Pero sí lo suficiente. Suficiente para saber la clase de monstruo en el que te habías convertido.

 

La anciana desvió la mirada hacia las llamas que danzaban en la chimenea, y su expresión se volvió lejana, dura, como si estuviera obligándose a recordar algo que había intentado enterrar para siempre, algo amargo y oscuro.

 

—Cuando comenzaron a llegar los primeros rumores, las primeras noticias extrañas... yo todavía trabajaba como profesora en la Academia Imperial, muy lejos de aquí. En ese entonces, tú aún gobernabas tus tierras originales, tenías todo el poder, todo el oro, todo lo que querías... y hacías lo que querías con ello.

 

Hizo una pausa y sus dedos se cerraron sobre la manta.

 

—Escuché historias. Comentarios susurrados por los pasillos. Informes que llegaban a las mesas de los maestros. Hablaban de desapariciones extrañas, de gente que iba a tus dominios y jamás regresaba. De personas que volvían, sí, pero que estaban aterradas, destrozadas por dentro, mudas, rotas... después de haber pasado por tu mansión.

 

Anna sintió cómo el estómago se le encogía hasta doler, una sensación de asco y vergüenza que le subía por la garganta. Recordaba esas personas. Recordaba el miedo que les había metido en el cuerpo.

 

—Al principio... —la voz de Altheria se volvió amarga, cortante como un cuchillo— quise creer que eran exageraciones. Quise pensar que eran habladurías de envidiosos, mentiras de enemigos que querían manchar tu nombre. Quise creer que la niña que yo había criado, la niña inteligente, brillante y con sueños de cambio... no podía haber hecho nada de eso.

 

Calló un instante, y el fuego iluminó las arrugas profundas de su rostro.

 

—Pero cada año llegaban más historias. Y más. Y más. Cada vez más terribles, más detalladas, más confirmadas. Y llegó un momento... llegó un momento en que simplemente ya no pude seguir ignorándolo. Ya no pude cerrar los ojos ni taparme los oídos. Sabía. Lo sabía todo.

 

El silencio regresó, pesado, insoportable.

 

—Cuando comprendí realmente lo que estaba ocurriendo, que estabas haciendo en nombre de tu familia, lo que estabas convirtiendo en tu vida... —Altheria apretó ligeramente los labios, conteniendo la emoción— quise venir aquí. Dejé todo, pedí permisos, busqué la forma de viajar. Quise llegar hasta ti, mirarte a los ojos, y decirte exactamente lo que pensaba de ti.

 

Anna bajó la cabeza, sintiendo que no podía sostener esa mirada. No necesitaba escuchar el resto para saber lo que le habría dicho. Lo sabía perfectamente.

 

—Quería decirte que te habías convertido en todo aquello que una vez juraste no ser —continuó Altheria, y su voz no tenía ira. Curiosamente, no había rabia ni odio en ella. Y eso lo hacía mil veces peor. Porque lo que había, y lo que golpeaba el corazón de Anna, era una profunda, desgarradora decepción—. Quería decirte que estabas destruyendo vidas inocentes por capricho. Que estabas destruyendo el nombre de tu familia y todo lo que habíamos construido. Y sobre todo... que te estabas destruyendo a ti misma, Anna. Te estabas pudriendo por dentro.

 

Un dolor agudo y extraño atravesó el pecho de la joven.

 

—Pero entonces... —la anciana soltó una pequeña risa seca, amarga, sin nada de humor— tus hermanos te derrocaron. Demian y Selene hicieron lo que yo ya no creía posible, lo que yo ya pensaba que nadie podría hacer jamás. Te quitaron el poder. Te despojaron de todo. Y te enviaron aquí, al destierro, a esta vieja mansión olvidada y fría.

 

Altheria clavó sus ojos de nuevo en las llamas, como si vieran el pasado reflejado en el fuego.

 

—Cuando terminó mi contrato y mis obligaciones en la Academia, vine inmediatamente. No perdí ni un día. Pensé que quizás, solo quizás... al caer tan bajo, al perderlo todo... quizás aún quedaba algo por salvar en ti. Pensé que el golpe te habría hecho despertar.

 

Hizo una pausa larga, cargada de dolor.

 

—Y me equivoqué.

 

Anna sintió que algo dentro de ella se rompía definitivamente. No había odio en aquellas palabras. Solo tristeza. Una tristeza infinita, vieja y profunda.

 

—Cuando llegué a esta mansión, cuando crucé estas puertas y te vi por primera vez después de tanto tiempo... —Altheria negó lentamente con la cabeza, con un movimiento lleno de pena— no encontré a la niña que yo había criado. No encontré a la estudiante brillante que recordaba. No encontré a la joven noble que soñaba con cambiar el mundo y ayudar a los demás.

 

La anciana cerró los ojos un instante, como si el recuerdo le doliera físicamente.

 

—Solo encontré un demonio. Una mujer llena de odio, de orgullo, de rencor, culpando a todo el mundo de su desgracia, sin mirar ni un segundo sus propias manos manchadas. Fría, dura, cruel incluso en la derrota. Seguías siendo exactamente la misma persona que yo había escuchado describir en los informes. El monstruo seguía ahí.

 

El silencio cayó sobre ambas, pesado y definitivo. Anna no dijo nada. No podía. No había nada que decir. Porque tenía razón. Absolutamente toda la razón. Ella era eso. Lo había sido.

 

—Y fue entonces... —continuó Altheria con voz suave pero firme— cuando decidí marcharme.

 

Anna levantó la cabeza bruscamente, los ojos muy abiertos, conmocionada.

 

—¿Qué?

 

—Pensaba abandonar esta mansión —repitió la anciana, con una calma aterradora, como si estuviera hablando de algo que había ocurrido siglos atrás y ya no importara, aunque en el fondo importaba todo—. Empacar mis cosas, cerrar las puertas, irme lejos y no volver jamás. Ya no veía ninguna razón para quedarme.

 

Su mirada se perdió en la distancia.

 

—La persona a la que yo le había dedicado tantos años de mi vida, a la que había enseñado, cuidado y querido... simplemente había desaparecido. Se había perdido para siempre. Y sinceramente... —una sonrisa triste curvó sus labios— ya estaba cansada. Cansada de esperar algo que nunca llegaba. Cansada de ver maldad donde yo antes vi bondad.

 

Anna sintió un nudo enorme y doloroso en la garganta. Porque aquella mujer había sido una de las pocas personas que realmente la habían querido de verdad, sin interés, sin miedo... y aun así, había llegado al punto de querer irse y dejarla sola para siempre.

 

—Estaba preparando mi partida —continuó Altheria, bajando la mirada hacia sus manos arrugadas—. Había comenzado a organizar mis pertenencias. Incluso tenía decidido dónde pasaría mis últimos años, lejos de todo esto, lejos de tu sombra y tu odio. Ya casi todo estaba listo.

 

La anciana volvió a levantar la vista hacia ella, y en sus ojos brilló algo distinto. Algo que hizo que el corazón de Anna diera un vuelco.

 

—Y entonces... despertaste.

 

Anna se quedó inmóvil, sin respirar.

 

Altheria la observó por encima de sus gafas, fijamente, intensamente. Durante varios segundos ninguna habló. El fuego seguía crepitando, el viento soplaba suavemente fuera, y el tiempo parecía detenido en ese instante.

 

Finalmente, la anciana sonrió. Fue una sonrisa pequeña, suave, extrañamente cálida, que iluminó su rostro y borró por un instante todos los años y las penas.

 

—Y de repente... —su voz bajó apenas un poco, volviéndose íntima, solo para ella— la niña que yo creía perdida para siempre... comenzó a aparecer otra vez. Despacio, al principio, con miedo, con dolor... pero apareció. Empezaste a ver lo que habías hecho. Empezaste a arrepentirte. Empezaste a ayudar. Y durante la pandemia... te vi. Realmente te vi.

 

El corazón de Anna se estremeció con fuerza. Porque por segunda vez en apenas unos días, alguien estaba hablando de esa niña. La niña que el Emperador dijo haber visto en ella. La niña que ella misma había olvidado que existía, enterrada bajo años de orgullo y crueldad.

 

Y por primera vez desde que comenzó aquella conversación llena de verdades duras y dolorosas... Lady Altheria extendió su mano, esa mano pequeña, arrugada y llena de venas, y la colocó suavemente sobre la cabeza de Anna, acariciando su cabello con ternura infinita, exactamente igual que cuando era pequeña y venía llorando o asustada a buscar consuelo.

 

—Así que no, Anna —dijo la anciana con firmeza, con amor, con seguridad absoluta.

 

Sus ojos se suavizaron hasta ser casi líquidos, llenos de orgullo verdadero.

 

—No estoy decepcionada contigo. No estoy decepcionada porque descubriera lo que hiciste, ni porque supiera qué clase de monstruo llegaste a ser.

 

Se inclinó un poco más hacia ella, haciendo que sus palabras quedaran grabadas en su alma.

 

—Estoy orgullosa... porque, después de todo lo que hiciste, después de todo el daño que causaste, después de ser la persona más oscura y cruel que pude imaginar... elegiste dejar de ser esa persona. Elegiste cambiar. Elegiste ser mejor. Elegiste volver a ser tú.

 

Retiró la mano y señaló hacia la ventana, hacia la oscuridad de la noche que cubría ya el pueblo que ella había construido.

 

—Eso es lo que ve el Emperador.

 

—Eso es lo que ven tus hermanos.

 

—Eso es lo que ve ese pueblo ahí fuera.

 

Hizo una pausa.

 

—Y después de mucho tiempo...

 

Sonrió.

 

—Eso es también lo que veo yo.

 

—después de hablar con Lady Altheria—

 

La conversación había durado mucho más de lo que Anna imaginaba. Después de aquellas palabras que le habían quitado un peso que llevaba sobre los hombros desde hacía años, se habían quedado hablando largo rato, ya sin la tensión de antes, con la confianza de siempre.

 

Anna le había contado todo sobre su vida en la Academia Imperial: las clases, los maestros, la gente que había conocido allí, amigos y enemigos, las lecciones que había aprendido no solo de libros, sino de la vida misma. Le habló del estado actual del Imperio, de las tensiones que crecían en las fronteras, de cómo la gente veía al Emperador y a su familia. Y fue ahí donde Lady Altheria, que en su juventud había sido muy cercana a la familia imperial, le contó detalles que nadie más sabía, historias antiguas, razones ocultas detrás de decisiones que ahora parecían confusas, y le ayudó a entender mucho mejor el porqué de la propuesta que le habían hecho.

 

Por primera vez en mucho tiempo, Anna no se sentía pesada. No sentía el frío miedo de ser juzgada, ni la culpa que siempre le apretaba el pecho. Se sentía... ligera. Como si alguien hubiera abierto una ventana dentro de su alma y hubiera dejado salir todo el aire viciado.

 

Caminaba despacio por los pasillos de la mansión, con las manos entrelazadas a la espalda, disfrutando de la calma. La luz del atardecer entraba por los grandes ventanales de madera, dibujando rayos dorados sobre el suelo de piedra pulida que ella recordaba frío y vacío, y que ahora parecía acogedor y vivo.

 

Se detuvo frente a uno de esos ventanales y miró hacia afuera.

 

Allí estaba.

 

El pueblo.

 

Lo que años atrás no había sido más que un terreno baldío, rodeado de muros altos y oscuros, un lugar al que la habían enviado para aislarla, para que se pudriera lejos de todo, su propia prisión de lujo... ahora se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Casas de piedra y madera, calles trazadas con orden, humo saliendo de las chimeneas, gente moviéndose, construyendo, viviendo.

 

Si sigue creciendo a este ritmo... pensó Anna, observando cómo se alzaban nuevas estructuras más allá de las primeras murallas de madera, ...en muy poco tiempo esto dejará de ser un pueblo. Se convertirá en una ciudad. Una ciudad próspera, fuerte y única.

 

Y todo eso... gracias a ella. A la decisión que tomó un día de abrir las puertas. Al cambio que empezó en ella misma.

 

Sonrió levemente, con una sensación cálida en el pecho, y estaba a punto de seguir caminando cuando algo cambió en el aire. Fue solo un instante: una pequeña corriente de aire, un ligero cambio en la luz, una sensación de presencia que no estaba ahí un segundo ante.

 

Levantó la vista bruscamente.

 

Frente a ella, en medio del pasillo, aparecieron dos figuras. No habían pasado por ninguna puerta, ni se habían escuchado pasos. Simplemente... estaban ahí.

 

Anna dio un paso atrás por el susto, pero se recuperó rápido. Conocía esa forma de moverse, esa discreción absoluta. Y al mirarlas bien, supo exactamente lo que eran.

 

Una mujer elfa de avanzada edad, o al menos eso era lo que decía la sabiduría popular, aunque sus rasgos no lo demostraran. Era hermosa, de facciones finas, cabello largo y plateado, ojos de color verde profundo, y su piel parecía tan joven y suave como la de una muchacha de veinte años. Pero Anna lo sabía. Sabía que esa apariencia era solo una máscara. Los elfos eran criaturas de vida larguísima, que vivían siglos y siglos, y que sus cuerpos se mantenían jóvenes y hermosos durante casi toda su existencia, guardando la verdadera marca del tiempo solo en sus ojos, en su voz, en su forma de moverse.

 

Y lo que confirmó esa sospecha fue lo que pasó después.

 

La mujer hizo una reverencia elegante y profunda, llena de respeto, y luego señaló con delicadeza a la joven que caminaba unos pasos detrás de ella, vestida con el uniforme impecable de las soldados de la guardia local: armadura ligera, espada al cinto, porte recto y orgulloso.

 

—Señora Anna —dijo la mujer elfa con voz melodiosa y calmada—. Disculpe nuestra intromisión al aparecer así, pero queríamos saludarla personalmente. Soy Lythariel. Y esta joven que me acompaña es mi hija, Sylwen.

 

Anna parpadeó, sorprendida.

 

Su hija.

 

Miró a la madre, que parecía tener unos treinta o treinta y cinco años como mucho según su apariencia física.

 

Miró a la hija, que parecía tener unos dieciocho o veinte años, una soldado joven, fuerte y preparada.

 

Y ahí tuvo la confirmación absoluta de lo que ya sospechaba. Esa mujer no era joven. No podía serlo. Habían pasado muchas décadas, quizás un siglo o más, para que tuviera una hija de esa edad. Su apariencia engañaba a cualquiera que no supiera de las razas antiguas, pero Anna ahora entendía perfectamente: frente a ella tenía a una elfa que probablemente había vivido más de ciento cincuenta años, y que mantenía la belleza intacta como si el tiempo no se atreviera a tocarla.

 

—Es un honor conocerlas, Lythariel, Sylwen —respondió Anna, enderezándose y adoptando el porte de señora de estas tierras, la autoridad que ahora sabía que tenía.

 

La mujer, Lythariel, se comportaba con una corrección impecable. Era cordial, educada, amable, con esa mezcla de respeto y afecto que se espera de un súbdito hacia el señor que le ha dado refugio y hogar. Hablaba con gratitud, miraba a Anna a los ojos, sonreía con sinceridad. Todo estaba siendo muy agradable, muy correcto, muy normal.

 

Pero entonces Anna miró a la hija.

 

Sylwen.

 

El joven soldado permanecía detrás de su madre, con la espalda recta, la mano apoyada con elegancia sobre la empuñadura de su espada, tal como le habrían enseñado. Pero había algo que estaba mal. Algo que hizo que la sonrisa de Anna se apagara lentamente.

 

La joven no la miraba.

 

En absoluto.

 

Sus ojos, permanecían cerrados. Apretados. Como si no quisiera ver nada de lo que tenía frente a ella. Como si no pudiera soportar levantar la vista hacia Anna. O peor aún... como si la presencia de Anna fuera algo insoportable para ella.

 

Lythariel se dio cuenta al instante. Su expresión cambió apenas una fracción, solo por un segundo, mostrando una leve molestia, y luego se giró hacia su hija y le dio un pequeño toque suave en el brazo.

 

—Sylwen —dijo con voz firme pero educada—. Saluda debidamente a la señora Anna. Recuerda que, gracias a su bondad, gracias a que abrió estas tierras y estas puertas sin dudar, tenemos un lugar donde vivir, donde estar a salvo, donde construir un futuro. Debes respeto y gratitud a quien nos dio todo esto.

 

Anna sintió un nudo extraño en el estómago. Vio cómo los párpados de la joven se tensaban aún más ante esas palabras, aunque no se movió ni abrió los ojos.

 

—Por favor, no es necesario —intervino Anna rápidamente, levantando una mano para detener la situación, aunque la incomodidad crecía en su interior—. De verdad, no se preocupe. Acabamos de conocernos, es normal que se sienta tímida o... reservada. No hay obligación de nada entre nosotros.

 

La mujer elfa le dedicó una sonrisa agradecida, aunque Anna notó que era una sonrisa de disculpa, de vergüenza por el comportamiento de su hija.

 

—Es muy amable, señora. Le agradezco su comprensión. Bien, no la molestaremos más en su paseo. Que tenga una buena tarde.

 

—Igualmente —respondió Anna.

 

Ambas mujeres volvieron a hacer una reverencia. La madre, perfecta y elegante. La hija, correcta en la forma, pero con la cabeza baja y los ojos siempre cerrados. Y con ese mismo movimiento silencioso con el que habían aparecido, se despidieron y desaparecieron por uno de los pasillos laterales, fundiéndose con las sombras casi sin hacer ruido.

 

Anna se quedó sola de nuevo frente a la ventana, mirando hacia el pueblo, pero ya no veía las casas ni las calles.

 

No podía quitarse esa sensación de encima.

 

Esa sensación fría y desagradable que le había dejado el joven soldado.

 

¿Qué fue eso? se preguntó, apretando los dedos contra el marco de piedra.

 

La madre la respetaba, la admiraba, le estaba agradecida. Pero la hija... la hija parecía que la odiaba. O peor, parecía que la simple presencia de Anna, respirar el mismo aire que ella, mirar su rostro... era algo que la joven no podía soportar. Algo que le causaba rechazo, asco o dolor.

 

Y lo peor de todo era que Anna no entendía por qué.¿Qué sabía ella? ¿Qué le habían contado? ¿Qué veía ella en Anna que el resto, incluso Lady Altheria, ¿ya no veía?

 

La ligereza que sentía en el pecho hacía apenas unos minutos se había esfumado por completo, reemplazada por una pequeña espina, una duda nueva que empezaba a crecer en su mente.

 

—¿Qué es lo que soy para ti, Sylwen? —susurró al viento, mirando hacia donde habían desaparecido los dos elfos.

 

Y el silencio fue la única respuesta.

Thoughts

  • salmos23

    Lady Altheria nunca le dice a Anna que lo de antes da igual. Le cuenta que lo sabía todo, las torturas incluidas, que tuvo las cosas listas para irse, y que igual está orgullosa. Así se perdona de verdad, sabiendo lo peor y sin hacerse la desentendida. Y la mano en la cabeza, como cuando era niña, cierra esa conversación mejor que cualquier palabra.

    Por eso Sylwen con los ojos cerrados me inquieta tanto: ella también sabe algo, y a ella nadie le ha pedido perdón todavía.

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  • AndresQuiroga

    Vea, el consejo alrededor de la cama me pareció lo más serio desde que la mandaron al destierro. Altheria lleva las cuentas y frena las rutas del bosque, todo en nombre de Anna, y nadie discute que mande una mujer que vive lejos. Eso aguanta mientras las dos estén de acuerdo. Apuesto a que el viaje a la Academia abre esa grieta: el día que alguno de los que la llaman tirana pida decidir sin su nombre, la anciana va a tener que escoger si gobierna ella.

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