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Capítulo 5: Una razón suficiente

DNavarrete
Pensamiento

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bancodeatras

Ese grifo es un santo.

Ese grifo es un santo.

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Kael ya estaba seco. Eso no significaba que hubiera recuperado su dignidad. El cabello le seguía erizado como si hubiera dormido en un arbusto, tenía plumas atrapadas entre los mechones y una mancha de baba que se resistía a desaparecer de su mejilla. Brunhilde lo miraba a unos metros, mordiéndose los labios para no estallar en carcajadas.

 

—No te rías —murmuró él.

 

—No me río.

 

—Te ríes por dentro. Y fuerte.

 

—Muchísimo, sí.

 

Kael suspiró hondo.

 

—Traición pura.

 

Mientras tanto, Lili parecía haber olvidado el mundo entero. El Gran Grifo estaba echado sobre el césped, alas recogidas, con esa expresión de quien preferiría estar en cualquier otro lugar del planeta… y sin embargo no se movía. Lili estaba sentada en su lomo, acariciando sus plumas enormes.

 

—¡Más alto! —pidió ella.

 

El grifo giró la cabeza, la miró, y volvió a cerrar los ojos. No discutió.

 

Silvarena, en cambio, sí lo hizo.

 

—¡Lili, bájate de ahí!

 

—¡Pero no pasa nada!

 

—¡Es un grifo!

 

—¡Y es amigo de Kael!

 

Silvarena miró a la bestia. El grifo la miró de vuelta. Y volvió a cerrar los ojos.

 

—Eso no significa que puedas montarlo.

 

—Creo que no le molesta —se acomodó ella.

 

El grifo soltó un gruñido grave, casi un suspiro.

 

—¿Acabas de aceptar? —preguntó Silvarena, incrédula.

 

Brunhilde soltó una risa.

 

—Creo que simplemente se rindió.

 

—¡No deberíamos fomentar esto! —protestó la comandante.

 

Kael miró de reojo.

 

—Déjala.

 

—¡Tú no tienes derecho a opinar!

 

—Probablemente.

 

—¡Y todo esto es culpa tuya!

 

—También probablemente —se encogió de hombros—. Pero mírala.

 

Silvarena miró de nuevo. Lili reía, feliz, acariciando el plumaje oscuro y dorado. La comandante suspiró, venciendo.

 

—Cinco minutos. Después bajas.

 

—¡Sí!

 

Kael sonrió, tranquilo. A unos pasos, Vireltha los observaba. Ya no había hostilidad en su rostro. Seguía cautelosa, atenta, pero la tensión se había desvanecido casi por completo. Se acercó a él.

 

—Entonces… ¿qué es lo que planeas?

 

Kael pensó un instante.

 

—Antes de eso, quiero preguntarte algo. ¿Están todas aquí?

 

—¿Todas? —parpadeó ella.

 

—Las demás Dríades. Sé que hay más. No puedo verlas, pero… —se frotó el cuello—…las siento. Tantas miradas que ya me empieza a dar comezón.

 

Vireltha soltó una risa suave.

 

—Eso es raro. La mayoría ni siquiera nota que estamos cerca.

 

—En eso no miente —dijo Brunhilde desde atrás.

 

—Gracias por el apoyo —Kael la miró—. Me anima mucho.

 

Vireltha asintió.

 

—Entonces hablaré claro. ¿Quieres que luchemos contra el Imperio Humano?

 

Kael levantó la mano de inmediato.

 

—De eso nada. No pienso mandar a nadie a morir por una guerra que ya empezó sin nosotras.

 

—¿No? —la Dríade lo miró sorprendida.

 

—No. Lo que necesito es mucho más aburrido y mucho más importante. Comida.

 

Vireltha parpadeó.

 

—¿Comida?

 

—El reino se está quedando sin nada. La gente llega a la ciudad con las manos vacías y no tenemos qué darles. Encontré una zona fértil, con magia natural fuerte. Creo que podemos sembrar ahí. Quiero que ustedes nos ayuden a hacerla crecer.

 

—Si todas trabajamos juntas… —Vireltha miró hacia la espesura—…podríamos tener los primeros cultivos listos en cinco días.

 

—¿Cinco? —Kael abrió los ojos—. ¿De verdad?

 

—Sí.

 

—Perfecto. Eso es mejor de lo que soñaba.

 

Ella lo miró, confundida.

 

—¿Solo eso?

 

—¿Te parece poco?

 

—Me parece demasiado sencillo.

 

—La vida es sencilla —dijo él—. Son las guerras las que la complican. Y no quiero que se agoten por esto. No quiero que se destruyan ayudándonos. Necesito su ayuda, no su sacrificio.

 

Vireltha se quedó callada. Nadie le había hablado así. Nadie se había preocupado por si ellas descansaban, si comían, si estaban bien.

 

—Eres el primer humano que conozco que habla así —dijo bajito.

 

—¿Cómo?

 

—Como si realmente te importáramos.

 

Kael se quedó en silencio un instante. Vireltha continuó:

 

—Si fueras al Imperio, te darían títulos, tierras, riquezas. Serías un héroe. ¿Por qué haces todo esto entonces?

 

Kael no respondió de inmediato. Giró la cabeza. Allí estaba Lili, riendo sobre el lomo del grifo, con Silvarena sosteniéndola con cuidado para que no cayera. Lo miró unos segundos, y cuando volvió a mirar a Vireltha, su expresión había cambiado: ya no había bromas, ni ironía, ni disfraces. Solo algo suave, profundo, sincero.

 

—No lo hago por poder —dijo despacio—. No lo hago para ser un héroe. Y definitivamente no creo que vaya a salvar el mundo. —Sonrió apenas, mirando a la niña—. Si buscas la razón… solo tienes que mirar detrás de mí.

 

Vireltha siguió su mirada. Lili reía mientras el grifo, con infinita paciencia, inclinaba un poco la cabeza para que pudiera acariciarle el cuello.

 

—Ella es la única razón que necesito —terminó Kael, bajando la voz, como si le hablara más a sí mismo que a la Dríade—. Que crezca sin miedo. Que sepa lo que es comer sin contar los granos. Que pueda jugar, y reír, y sentirse segura. Eso es todo. No necesito más.

 

Vireltha lo miró a los ojos. Y por primera vez, sonrió de verdad.

 

—Entonces ayudaremos.

 

La charla se extendió un buen rato. Una vez confirmado que las Dríades colaborarían con los cultivos, Kael planteó algo que consideraba igual de vital: cómo se administraría y repartiría todo lo que se produjera. Se reunieron alrededor de una mesa improvisada en el claro. Vireltha frente a él; Silvarena y Brunhilde atentas a cada palabra.

 

Kael señaló las marcas que había hecho sobre el pergamino.

 

—La cosecha se dividirá en tres partes: una para la ciudad central, otra para las aldeas que aún pueden sostenerse, y una tercera que guardaremos como reserva.

 

—Tiene lógica —asintió Vireltha.

 

—Y hay algo más —Kael levantó la vista—. Los números, los lugares, todo lo que tenga que ver con producción y existencias llegará directamente a mí o a una de ustedes. Nadie más.

 

Brunhilde frunció el ceño.

 

—¿Por qué?

 

—Porque si la información se filtra antes de que tengamos todo organizado, alguien intentará quedarse con la comida para sí mismo.

 

—Los nobles… —murmuró Silvarena, comprendiendo al instante.

 

—Exacto —Kael sonrió con amargura—. No es que lo crea. Lo sé.

 

—Entonces —dijo Vireltha—, primero alimentamos a la gente. Después nos ocupamos del resto.

 

—Así es.

 

Silvarena intervino:

 

—A cambio, el castillo garantizará su protección. Podrán atravesar cualquier territorio sin que nadie las detenga. Si lo necesitan, los soldados las escoltarán.

 

—Y podrán pedir materiales para los cultivos —añadió Kael—, siempre y cuando tengamos para dar.

 

Vireltha reflexionó.

 

—Por ahora solo necesitamos piedras mágicas.

 

Brunhilde levantó la cabeza de golpe.

 

—Eso es complicado. Son muy escasas. Las minas del norte se perdieron en la guerra y desde entonces cada una cuenta.

 

Kael asintió.

 

—Entonces por ahora no. La comida va primero. No vamos a gastar lo que nos queda antes de sembrar.

 

—Tienes razón —reconoció Brunhilde.

 

Kael la miró de reojo y sonrió.

 

—Aunque… tengo la impresión de que ustedes conocen una que nadie más sabe.

 

Vireltha se quedó inmóvil. El silencio se alargó.

 

—Lo suponía —dijo él, satisfecho.

 

—¿De verdad? —Brunhilde lo miró—. ¿Cómo lo sabías?

 

—No lo sabía —Kael se rio bajito—. Lo dije al azar. Solo quería ver su reacción.

 

Vireltha lo miró entre incrédula y divertida.

 

—Eres un lobo disfrazado de oveja.

 

—Lo tomaré como un cumplido —sonrió él.

 

—No lo era —dijo Brunhilde, soltando una carcajada.

 

—Detalles.

 

Vireltha negó con la cabeza.

 

—No te pediré que nos la entregues. Y no te llevaré a verla todavía. Esa decisión no me corresponde solo a mí. Tendrías que convencer a las demás. Y para ser honesta… la mayoría todavía te mira como si fueras un incendio que acaba de entrar en su casa.

 

Kael se rascó la nuca.

 

—Sí… ya me he dado cuenta. Tengo la espalda llena de miradas.

 

—Te acostumbrarás.

 

—Espero que no.

 

Poco después quedó todo acordado: las Dríades iniciarían los cultivos; el castillo daría protección y recursos; la distribución se mantendría bajo control estricto; y cualquier asunto pendiente se trataría directamente entre ellos.

 

Vireltha extendió la mano.

 

—Tenemos un acuerdo.

 

Kael la estrechó.

 

—Tenemos un acuerdo.

 

—No me hagas arrepentirme.

 

—Haré lo posible.

 

Una a una, las demás Dríades se retiraron hacia la espesura. Algunas aún lo miraban con desconfianza manifiesta. Kael las siguió con la mirada.

 

—Definitivamente me odian.

 

—Un poco —admitió Brunhilde.

 

—¿Solo un poco?

 

—Está bien… bastante.

 

—Genial.

 

Brunhilde miró el camino de regreso.

 

—Será mejor que empecemos a volver.

 

—Sí —asintió Kael, mirando hacia donde Lili seguía acariciando al grifo—. Vamos, pequeña.

 

Lili saltó del lomo del animal y corrió a tomarle la mano. El grifo soltó un último gruñido, desplegó las alas y se elevó en un remolino de viento y plumas, perdiéndose entre las copas de los árboles.

 

Cuando estaban a punto de ponerse en marcha, Vireltha habló:

 

—Silvarena.

 

La comandante se detuvo.

 

—¿Sí?

 

—¿Podrías quedarte un momento? Me gustaría hablar contigo a solas.

 

Silvarena miró a Kael. Él le sonrió y asintió.

 

—Nosotros vamos yendo despacio. No te preocupes.

 

—Vamos, Sylva —dijo Lili, tirando suavemente de la mano de Brunhilde—. Ya regresamos pronto.

 

Las dos se alejaron por el sendero, Lili contándole algo animada a Brunhilde mientras caminaban. Cuando sus voces se perdieron en la distancia, el claro quedó en silencio, solo con el susurro de las hojas.

 

Vireltha se giró hacia Silvarena. Su expresión, antes vigilante y reservada, se suavizó.

 

—Es diferente a como lo imaginaba.

 

—¿Kael? —preguntó Silvarena.

 

—Sí. —Vireltha miró hacia la entrada del bosque por donde se habían ido—. Esperaba arrogancia. Esperaba exigencias. En su lugar… me encontré con alguien que se preocupa por que no nos cansemos demasiado. Alguien que pone comida antes que piedras mágicas. Antes que fronteras.

 

Silvarena la observó.

 

—Lo es. Diferente, quiero decir.

 

—¿Y tú confías en él? —la miró fijamente la Dríade—. Eres la que mejor lo conoce de nosotras.

 

Silvarena guardó silencio unos instantes.

 

—No sé si confío en él —dijo despacio—. Es imprudente. Bromista. A veces parece que no toma nada en serio… hasta que se da cuenta de que algo importa. Y entonces lo sostiene todo. —Respiró hondo—. Confío en que no hará daño a Lili. Y confío en que hace todo lo que puede por este pueblo. Eso es todo lo que tengo ahora.

 

Vireltha asintió lentamente.

 

—Es suficiente para empezar. —Bajó la mirada hacia el suelo, donde las raíces se entrelazaban tranquilas—. Y el grifo… que él lo llame amigo y que ese animal lo proteja… eso pesa más que cualquier palabra. Los grifos no se equivocan.

 

—Eso creo yo también —dijo Silvarena.

 

Vireltha le sonrió, apenas.

 

—Ve. Se quedarán esperando.

 

Silvarena asintió y dio unos pasos antes de detenerse.

 

—Vireltha… gracias.

 

La guardiana del bosque inclinó la cabeza.

 

—Gracias a ustedes. Por no venir a pedir sangre. Vinieron a pedir semillas.

 

Silvarena sonrió y se marchó. Alcanzó a Kael, Lili y Brunhilde un poco más adelante, caminando entre la luz que se filtraba entre las hojas.

 

—¿Todo bien? —preguntó Kael, mirándola.

 

—Todo bien —respondió ella, y esta vez su sonrisa era sincera—. Todo bien.

 

Cinco días habían pasado desde la visita al bosque.

 

En la frontera principal del reino, el ambiente estaba cargado de tensión. Ragnha observaba a los soldados: rostros endurecidos por años de lucha, miradas incrédulas, puños apretados. La orden que acababan de recibir era la que nadie esperaba.

 

—Repítelo —dijo uno de los generales, con voz que denunciaba su molestia.

 

Ragnha suspiró.

 

—Debemos abandonar esta posición y replegarnos hacia el interior.

 

—¿Abandonar la frontera? —exclamó otro—. ¿Por orden del nuevo Rey?

 

—Exacto.

 

Los murmullos estallaron de inmediato. Ragnha no estaba mucho más contenta. Ella también había defendido esas tierras con sangre. Pero sabía lo que Silvarena le había explicado.

 

—Escúchenme —su voz cortó el ruido—. Yo también pensé que era una locura. Pero si nos quedamos aquí, protegiendo tierras vacías, no defendemos a nadie. Solo gastamos provisiones y perdemos gente.

 

—¡Si retrocedemos, perdemos territorio! —reclamó un general.

 

—¿Y de qué sirve el territorio si no hay nadie para vivirlo? —replicó ella—. Ahora la prioridad es proteger a nuestra gente. Reunir fuerzas. Cuando estemos fuertes, recuperaremos lo que nos pertenece.

 

Las discusiones iban a continuar, pero una voz grave, profunda y pesada como el acero las detuvo de golpe.

 

—¡Suficiente!

 

Todos callaron. Al frente del grupo apareció Gorak Thar, el orco más veterano del ejército. Llevaba una armadura remendada mil veces, el rostro surcado de cicatrices y un hacha que había visto más batallas que cualquier soldado allí presente. Había luchado junto al padre de Lili. No necesitaba gritar para que lo escucharan.

 

—Quiero saber una cosa —dijo, mirando a cada uno—. ¿Qué planea hacer ese humano que se sienta en el trono?

 

—Lo más sencillo del mundo —respondió Ragnha—: darle de comer a los nuestros antes que defender piedras vacías. Proteger a los que quedan. Preparar el camino.

 

—Eso suena bonito —replicó el general—, pero no nos devuelve lo que perdimos.

 

Gorak lo miró fijamente.

 

—¿Y si nos quedamos aquí? ¿Qué proteges? ¿Un mapa? ¿Un nombre? —señaló las caravanas con suministros escasos—. Nosotros mismos tenemos poco. Imagina cómo viven las familias que dices defender.

 

Nadie respondió. El silencio se volvió pesado.

 

—Hay algo más —dijo Ragnha—. Fue personalmente al bosque de las Dríades.

 

El murmullo se apagó por completo. Gorak entrecerró los ojos.

 

—¿Las Dríades?

 

—Sí. Fue a pedirles ayuda para cultivar. No para pelear. Para hacer crecer comida.

 

Gorak la observó largo rato. Todos sabían que las Dríades solo habían respondido al antiguo Rey. Después de su muerte, se habían alejado de todos.

 

—¿Crees que lo logrará? —preguntó el viejo guerrero.

 

Ragnha dudó un instante. Recordó la sonrisa burlona de Kael, su descaro, su forma de bromear incluso cuando todo parecía perdido… y también la forma en que miraba a Lili, como si ella fuera lo único real que quedaba.

 

—Es un idiota —dijo—. Pero sí. Creo que lo logrará.

 

—No respondiste a mi pregunta —insistió Gorak.

 

—No confío en él del todo —admitió ella—. Pero confío en que no miente. Y eso es más de lo que hemos tenido en mucho tiempo.

 

Gorak soltó un suspiro profundo. Finalmente se giró hacia los soldados.

 

—¡Preparad la marcha! —ordenó—. Nos replegamos a la zona interior. Nadie se queda solo por orgullo. Y las caravanas salen con ella —señaló a Ragnha— para llevar ayuda a los nuestros.

 

Nadie protestó. La duda seguía en cada mirada, pero nadie se opuso.

 

Ragnha se acercó a Gorak cuando quedaron a solas.

 

—Gracias.

 

El orco la miró de reojo mientras tomaba su hacha.

 

—No lo hago por él.

 

—Ya me lo imaginaba —sonrió ella.

 

—Lo hago por ti. Porque creo en tu criterio. —Hizo una pausa y su mirada se endureció—. Pero dile esto: si se equivoca… si nos lleva a la ruina… seré yo mismo quien lo saque del trono.

 

Ragnha asintió, seria.

 

—Se lo diré.

 

Gorak asintió y se marchó. Ragnha se quedó mirando el horizonte, donde las tierras abandonadas se perdían en la distancia. Rezaba para que ese humano que bromeaba con todo, que se dejaba sacudir por un grifo y que hablaba de sembrar antes que de luchar, tuviera razón. Porque si no la tenía, no habría ejército que pudiera detener la caída.

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Kael ya estaba seco. Eso no significaba que hubiera recuperado su dignidad. El cabello le seguía erizado como si hubiera dormido en un arbusto, tenía plumas atrapadas entre los mechones y una mancha…

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