Yuuto quitándose la capucha y el cubrebocas solo con Reika, antes de decir nada. Con una persona así ya alcanza para empezar.
Capítulo 41: Una sola palabra
Pensamiento
Yuuto quitándose la capucha y el cubrebocas solo con Reika, antes de decir nada. Con una persona así ya alcanza para empezar.
Contenido de la publicación
Yuuto permaneció bajo el árbol unos instantes más, mirando el dibujo que tenía entre las manos y recordando las palabras de Takamura. Todavía le parecía increíble que alguien hubiera intervenido sin dudar, sin exigirle explicaciones, sin mirarlo con desconfianza. Simplemente lo había defendido.
Debería darle las gracias…
La idea surgió de golpe. Lo vio alejándose por el sendero, con las manos en los bolsillos y el paso tranquilo. Sin pensarlo más, guardó todo a toda prisa y salió corriendo tras él.
—¡Takamura-san!
El nombre se le quedó a medio camino. Se llevó una mano a la boca, asustado por haberlo intentado sin querer. Miró a su alrededor, buscando la libreta que siempre llevaba consigo. No estaba. Por supuesto que no estaba. ¡Otra vez la olvidé!
Primero el malentendido con aquel hombre, y ahora esto… justo cuando por fin tenía el valor de acercarse para agradecerle.
Takamura se giró al oír los pasos.
—¿Yuuto? ¿Pasa algo?
Yuuto negó con la cabeza. Se llevó las manos al pecho e hizo una reverencia. Empezó a gesticular con rapidez: señaló el lugar donde había estado sentado, hizo como alguien levantaba un teléfono, y finalmente señaló a Takamura levantando ambos pulgares. Una explicación sin palabras, desesperada y torpe.
Takamura lo miró en silencio unos segundos… y soltó una carcajada.
—¡Jajajaja! ¡Espera, espera! ¡Creo que te entiendo!
Yuuto se quedó inmóvil. Lo miró con unos ojos que decían claramente: ¿Te estás riendo de mí?
—¡Perdón, perdón! —se disculpó Takamura, aunque no tenía ninguna intención de dejar de sonreír—. Es que estás haciendo un esfuerzo enorme para decirme algo que con dos gestos bastaba.
Yuuto infló las mejillas y apartó la mirada, ofendido.
—Vale, no pongas esa cara —dijo él cruzándose de brazos—. No tienes que esforzarte tanto. Sé lo que quieres decir. Y no hace falta.
Se inclinó un poco hacia él.
—Además, no tienes que agradecerme nada. Simplemente vi que alguien necesitaba ayuda y fui. No iba a quedarme quieto viendo cómo te acusaban sin escucharte.
Lo dijo con total naturalidad, como si no hubiera hecho nada especial. Pero para Yuuto sí lo era. Había pasado tanto tiempo viendo cómo la gente apartaba la mirada, murmuraba a sus espaldas o juzgaba sin saber… que alguien se pusiera de su lado sin pedirle nada a cambio valía más de lo que podía explicar.
Bajó la cabeza. Apretó la correa de su bolso. Podía seguir intentando gestos. Podía buscar un papel. Pero el momento se le escapaba. Y entonces, casi sin darse cuenta, abrió los labios:
—Gracias…
Fue un susurro tan suave que el viento casi se lo lleva. Pero Takamura lo oyó. Su sonrisa se suavizó hasta desaparecer, sustituida por una sorpresa genuina. Lo miró con los ojos entreabiertos. No era la primera vez que lo veía, pero nunca lo había escuchado hablar. Ni siquiera así.
Yuuto pareció darse cuenta de lo que acababa de hacer demasiado tarde. Se quedó rígido, las mejillas encendiéndose poco a poco. Apretó los labios, como si quisiera esconder aquella voz que se le había escapado.
Takamura parpadeó. Y entonces, con esa sonrisa traviesa que lo caracterizaba, se inclinó un poco más:
—Vaya… así que sí puedes hablar.
Yuuto se puso aún más rojo.
—Tienes una voz bonita, ¿sabes? —continuó él, fingiendo reflexionar—. Ahora que lo pienso… con esa apariencia y esa voz… ¿seguro que no eres una chica escondida bajo toda esa ropa?
Yuuto levantó la cabeza de golpe. Lo miró fijamente un instante. Y cerró los puños.
—¡Oye, oye! ¡Era una broma!
¡Pum! Le dio un golpe suave en el hombro.
—¡Eh!
¡Pum, pum! Empezó a golpearlo con ambas manos, sin fuerza, pero con una indignación que venía acumulándose desde hacía rato.
—¡Jajajaja! ¡Está bien, me rindo! No sabía que eras tan impulsivo.
Takamura levantó los brazos riendo, hasta que sujetó suavemente sus muñecas para detenerlo.
—Vale, ya lo entiendo. Eres un chico. Un chico que se enfada y pega cuando se burlan de él.
Yuuto se detuvo. Lo miró tan ofendido que Takamura tuvo que desviar la mirada para no volver a reír.
—No me mires así… de verdad que me río otra vez.
Yuuto retiró las manos de golpe, se cruzó de brazos y giró la cara hacia otro lado. Era tan espontáneo, tan distinto al chico callado y encogido que todos conocían… que Takamura sonrió con ternura. Al menos hoy, por un rato, no estaba ocultándose.
—Bueno, me voy —dijo acomodándose la chaqueta—. Se hace tarde. Tú también deberías volver.
Yuuto lo miró de reojo.
—Nos vemos el lunes en clase —añadió Takamura—. Y hablando de eso… se acerca el festival escolar.
Yuuto ladeó la cabeza. Lo había oído mencionar, sí: uno de los días más grandes del año, con puestos, actividades, espectáculos… todo lleno de gente.
—Tendrás que pensar cómo participar —continuó él—. No puedes quedarte todo el tiempo en un rincón dibujando, ¿no?
Los ojos de Yuuto se abrieron un poco más. ¿Participar? Hasta hace poco, la sola idea de aparecer en algo así le habría parecido imposible. Pero ahora… pensó en Ayaka, en Reika, en Shiori, en todos los que se sentaban con él, que lo defendían, que lo buscaban cuando desaparecía. Tal vez no estaría solo.
—No tienes que decidirlo ahora —dijo Takamura suavizando el tono—. Solo piénsalo. Hay tiempo.
Yuuto asintió despacio. Hizo un gesto de despedida con la mano.
—Hasta el lunes —respondió él—. Y procura no olvidar la libreta la próxima vez. No siempre vas a tener que recurrir a los puños para que te entiendan.
Yuuto frunció el ceño y levantó los puños otra vez.
—¡Jajajaja! ¡Ya me voy! ¡Era otra broma!
Se alejó riendo hasta desaparecer entre los árboles. Yuuto se quedó solo, mirando el sendero. Se llevó los dedos a los labios. Solo una palabra. Pero la había dicho. Sin papel, sin gestos, sin miedo. Y Takamura lo había escuchado.
Sonrió, avergonzado pero ligero. Definitivamente el lunes lo voy a evitar, pensó. Y entonces recordó la otra palabra: festival.
No sabía cómo. No sabía si estaría listo. Pero por primera vez, en lugar de imaginarse escondiéndose, se permitió pensar: quizá pueda intentarlo.
Aún no lo sabía, pero aquel pequeño pensamiento era el comienzo de algo mucho más grande que un festival.
El sol ya empezaba a teñir de naranja las calles cuando Yuuto llegó cerca de su casa. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos y la mente todavía llena de lo que Takamura le había dicho. El festival escolar… Antes, solo la idea de estar entre tanta gente le habría hecho buscar el rincón más apartado de todos. Siempre al margen, siempre sin llamar la atención, siempre escondiéndose para no ser visto. Pero ahora… algo había cambiado. No sentía que tuviera que desaparecer. Sin embargo, el miedo seguía ahí, suave y constante, como un susurro: ¿y si no estoy listo? ¿y si me equivoco?
Estaba perdido en esos pensamientos cuando la vio.
Reika estaba esperando justo en la puerta. No llevaba el uniforme impecable del consejo estudiantil ni la expresión firme que todos conocían. Iba con ropa sencilla y cómoda, y tenía una postura relajada que Yuuto apenas había visto antes. Se le detuvo el corazón. Hacía tiempo que no la veía así… y no podía negar que se veía muy bien. Sintió cómo el calor le subía a las mejillas y bajó un poco la mirada, sin saber si acercarse o quedarse donde estaba.
Pero ella ya lo había visto. Sonrió y caminó hacia él.
—Llegas tarde —dijo con tono suave—. ¿Cómo te fue? Hacía mucho que no salías así.
Yuuto se quedó quieto un instante. Luego, con un gesto casi automático, se llevó las manos a la capucha y se la quitó. Después bajó el cubrebocas. No sabía explicarlo, pero con ella nunca le gustaba esconderse. Era la única persona frente a la que siempre quería mostrarse tal como era.
—Fue… un desastre —susurró, con esa voz suave que apenas empezaba a atreverse a usar—. Olvidé mi libreta.
Reika sonrió con ternura.
—¿Y eso te parece algo malo?
Yuuto la miró sin comprender.
—Piensa un momento… —dijo ella acercándose un poco más—. Durante mucho tiempo esa libreta fue tu voz. Salir sin ella era como salir sin poder hablar. Y hoy… ni siquiera te diste cuenta de que no la llevabas. Eso significa que, poco a poco, estás empezando a sentir que no la necesitas tanto.
Yuuto parpadeó. No lo había visto así. Pero tenía razón. Había hablado sin pensar, sin planear, sin buscarla. Quizá… quizá ya no era tan dependiente de ella.
—Además —añadió Reika con una sonrisa—, me parece que hoy dijiste lo más importante sin escribirlo.
Yuuto sintió que el corazón le latía con fuerza. Iba a responder, pero en ese momento la puerta se abrió detrás de ellos y su madre salió al porche. Los miró a ambos, vio las mejillas sonrosadas de su hijo, la sonrisa de Reika… y una sonrisa traviesa iluminó su rostro.
—Vaya… —dijo bajando las escaleras—. Me dijiste que salías a comprar algo, Yuuto, pero no me contaste que ibas a tener una cita tan bonita.
Yuuto se quedó helado.
—¿Mamá…?
—Mi pequeño crece tan rápido —continuó ella divertida—. Y ya tiene novia. Qué orgullo.
—¡Mamá! —gritó Yuuto, rojo como un tomate.
Reika no se quedó atrás: se llevó una mano a la boca, totalmente sonrojada, sin saber dónde mirar.
—No… no es eso… —alcanzó a balbucear.
—¡Mamá, deja de decir eso! —exclamó Yuuto, persiguiéndola cuando ella salió riendo hacia el jardín.
—¡Si es la verdad! —se burló ella, esquivándolo con agilidad—. ¡Y se ve tan bien juntos!
—¡Mamá!
Reika se quedó en la entrada, sin poder evitar reír entre la vergüenza y la ternura. Al final, cuando la persecución terminó y Yuuto volvió rojo y un poco sin aliento, su madre lo tomó suavemente del brazo y le dijo:
—Está bien, ya me callo. Pero… Reika, ¿te gustaría quedarte a cenar? He preparado suficiente para todos.
Yuuto la miró con ojos suplicantes, aunque en el fondo esperaba que dijera que sí.
—Me encantaría —respondió Reika sonriendo—. Si no les molesta.
—Claro que no —dijo su madre guiñándole un ojo—. Vamos, entremos.
Durante la cena, la conversación fluyó con calma. Su madre no volvió a bromear, pero de vez en cuando los miraba con una sonrisa dulce que hacía que Yuuto se sonrojara de nuevo. Reika habló de la escuela, de lo que iban a hacer, del festival que se acercaba… y poco a poco Yuuto se sintió más tranquilo, más seguro, más él mismo.
Cuando Reika se despidió, ya de noche, se quedó un momento con él en la puerta.
—Piénsalo, ¿sí? —le dijo en voz baja—. Sobre el festival. No tienes que hacerlo solo.
Yuuto asintió.
—Gracias, Reika —susurró.
Ella le sonrió y se marchó. Yuuto se quedó mirándola hasta que desapareció por la esquina. Luego entró a casa, con el corazón ligero y una sonrisa que no podía borrar. Quizá todavía tenía miedo. Quizá todavía le faltaba camino. Pero por primera vez, el futuro no le parecía tan oscuro.
El lunes por la mañana, los pasillos de la academia hervían de conversaciones. Todos hablaban del festival escolar que se acercaba: qué puestos prepararían, qué espectáculos presentarían, a quién invitarían. Entre la multitud, Reika Himuro caminaba con su postura impecable y sus libros contra el pecho. O al menos intentaba hacerlo. Sus mejillas conservaban un tono rosado difícil de disimular, y a su lado, Ayaka contenía una risa que amenazaba con estallar en cualquier instante.
—Pfff…
—Ayaka, deja de reírte.
—¡No me estoy riendo!
—Te conozco demasiado bien.
Ayaka se tapó la boca con las manos.
—Es que no puedo creerlo… ¡Nuestra presidenta del consejo tiene novio!
—¡NO TENGO NOVIO! —exclamó Reika, demasiado alto. Varias cabezas se giraron. Reika carraspeó y recuperó la compostura de inmediato, como si nada hubiera pasado. Ayaka tuvo que detenerse para doblarse de la risa.
Todo había empezado antes, en casa de Yuuto. Como siempre, habían ido a recogerlo. Pero la puerta se abrió antes de que Yuuto saliera, y su madre apareció con una sonrisa que prometía problemas.
—¡Buenos días! Qué alegría verlas tan temprano. Reika, quería darte las gracias por acompañar a mi hijo el fin de semana. ¡Fue una cita encantadora, verdad?
—¿Una… una cita? —tartamudeó Reika.
—¡Claro que sí! Cenaron juntos y todo. Mi hijo estaba tan rojo cuando volvió que casi no podía mirarme a los ojos. Y tú también estabas preciosa esa noche.
—¡Señora, por favor!
—No te preocupes —continuó ella, radiante—, no le diré a nadie que mi futura yerna vino a cenar.
En ese momento salió Yuuto, con su ropa holgada, capucha y cubrebocas. Las miró una por una y supo de inmediato que algo terrible había ocurrido.
—¡Yuuto, mira! —dijo su madre—. Ya tienes novia. ¡Cuídala bien!
El silencio fue absoluto. Yuuto se quedó rígido. Reika cerró los ojos con una expresión de auténtico sufrimiento. Y Ayaka… Ayaka perdió la batalla.
—¡JAJAJAJAJA!
Yuuto la miró.
—¡Perdón! ¡Pero la cara de Reika! ¡Y tú pareces un novio al que acaban de descubrir!
—Vamos, Yuuto —se burló Ayaka—, tu madre ya aceptó a la novia.
—Ayaka… —advirtió Reika.
—¿Sí?
—Corre.
Yuuto salió disparado tras ella. Ayaka corrió riendo por la calle.
—¡Reika, ayúdame!
—¡No pienso hacerlo! —respondió Reika, todavía encendida—. ¡Tú te lo has buscado!
—¡Traidora!
La persecución duró gran parte del camino. Y ahora, en los pasillos, Ayaka no dejaba de recordarlo.
—De verdad, Reika, debiste verte. Creí que te ibas a desmayar.
—Te recuerdo que tú también te reíste.
—¡Pero solo seguía la corriente!
—¿Después de todo lo que dijeron? ¿Después de que Yuuto te persiguiera?
—Fue inolvidable.
Reika suspiró. ¿Por qué me rodeo de gente así?
Ayaka se puso seria de pronto.
—Oye, Reika… te voy a preguntar algo, y quiero que seas sincera. ¿Te molesta tanto que digan que eres la novia de Yuuto?
Reika abrió la boca para responder de inmediato. Es absurdo. Solo somos amigos. Tenía todo preparado. Pero las palabras no salieron. Desvió la mirada y sus mejillas se encendieron aún más.
Ayaka abrió los ojos.
—Oh…
—No digas nada.
—Ooooh…
—¡Ayaka!
—¡Reika Himuro está enamorada!
—¡¡¡AYAKA!!!
Reika la sujetó con un brazo alrededor del cuello.
—¡Te dije que te callaras!
—¡No puedo respirar de la risa!
—¡Pues deja de reírte!
—¡No puedo! ¡Es más fuerte que yo!
Varias estudiantes pasaron mirando de reojo. Ver a la impecable presidenta del consejo “ahogando” amistosamente a su mejor amiga no era algo que se viera todos los días.
—Disculpen.
Una voz suave las detuvo. Se giraron. Era Nano Fujimoto, con gafas y expresión seria, aunque inquieta. Reika reconoció el nombre: era amiga de Sakura. La atmósfera cambió de golpe.
—Necesito preguntaros algo sobre Yuuto —dijo Nano, mirando a ambos lados para asegurarse de que nadie escuchaba—. ¿Por qué se esconde así?
Reika entrecerró los ojos. No era una acusación. Era una pregunta sincera, dolorosa.
—Lo vi el fin de semana —continuó Nano en voz baja—. En una tienda de arte. Se quitó la capucha y el cubrebocas… y lo reconocí. Era Mika.
Reika y Ayaka intercambiaron una mirada. Lo sabía.
—Al principio pensé que me equivocaba —siguió Nano—, pero era él. Y ahora no sé qué pensar. Por eso he venido a vosotras. Sé que sois las personas que más lo conocen.
Reika asintió lentamente.
—Te lo explicaré. Pero lo que te voy a decir es algo profundamente suyo. No es un chisme. No es algo que debas compartir con nadie. Y mucho menos con Sakura.
—No se lo he dicho —aseguró Nano de inmediato—. Ni sé cómo decírselo.
Reika respiró hondo.
—Todo empezó cuando tenía diez años. Su cuerpo cambió. Sus rasgos se volvieron delicados, su cabello plateado… se volvió andrógino. No lo eligió. No lo provocó. Pero el mundo empezó a mirarlo de otra manera. Se burlaron de él. Lo confundieron constantemente. Le hicieron sentir que había algo malo en ser como era. Con el tiempo, empezó a cubrirse para protegerse. Si nadie lo ve, pensaba, nadie lo juzga.
Nano escuchaba con el nudo en la garganta. Recordó a Yuuto en la tienda, dudando antes de mostrarse.
—Cuando lo vi… no parecía alguien que necesitara esconderse —susurró.
—Para ti puede parecerlo —dijo Ayaka con tristeza—, pero tú no has vivido lo que él. Ha pasado años intentando desaparecer.
—Está empezando a cambiar —añadió Reika—. Poco a poco. Y no vamos a permitir que nadie destruya lo que está consiguiendo.
Nano bajó la cabeza.
—Yo… también formé parte de esto. No escribí los panfletos, pero escuché todo y no dije nada. Dude de él sin conocerlo. Y ahora quiero enmendarlo. No sé cómo, pero quiero hacerlo.
Se limpió los ojos tras las gafas. Reika la observó: no era una excusa. Era reconocer su culpa.
—Gracias por decírnoslo —dijo Reika—. Y gracias por no contárselo a Sakura todavía.
—¿Todavía?
—Sakura lleva tiempo obsesionada con encontrar a Mika —explicó Reika—. No sabemos cómo reaccionará si descubre que es Yuuto. Podría sentir que la engañaron. Podría usarlo para dañarlo más. No podemos arriesgarnos.
Nano asintió con gravedad.
—Tienes razón. No le diré nada. Y si escucho rumores, no me quedaré callada. Lo prometo.
—Eso sería un buen comienzo —dijo Reika—. Y si descubres algo más, nos avisas antes de actuar.
Nano se despidió y se alejó entre la multitud. Reika y Ayaka se quedaron solas.
—Vaya mañana… —suspiró Ayaka.
—No me lo recuerdes.
—Primero tu futura suegra, luego la persecución y ahora esto. Los lunes son peligrosos para ti.
Reika la miró de reojo.
—Ayaka…
—¿Sí?
—Si vuelves a mencionar a mi supuesta suegra… te arrojo por la ventana.
—¡JAJAJAJA! ¡Pero si no has negado que quieras casarte con Yuuto!
Reika volvió a sujetarla.
—¡¡¡AYAKA!!!
Mientras forcejeaban entre risas, Reika pensó en Nano. Había algo nuevo allí: alguien que se daba cuenta del daño y quería cambiar. Pero también había algo que temer: Sakura buscando a Mika, sin saber que la estaba buscando justo en la persona que más estaba lastimando. Tarde o temprano, la verdad saldría a la luz. Y cuando lo hiciera, nadie sabía qué pasaría.
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Yuuto permaneció bajo el árbol unos instantes más, mirando el dibujo que tenía entre las manos y recordando las palabras de Takamura. Todavía le parecía increíble que alguien hubiera intervenido sin…