Saria manejó hasta el punto de encuentro con el pulso más rápido de lo normal. Cuando se detuvo en la acera y vio a Caleb de pie, cargando su maleta y mirando las calles de Atenas con asombro, la distancia acumulada durante cinco años se desintegró en un segundo.
—No has cambiado mucho —dijo Saria al bajarse del auto, sonriéndole de verdad—. Salvo por la cara de cansancio tras el vuelo.
—Es un largo camino desde Lima —respondió Caleb, aliviado al escuchar su voz en persona por primera vez.
Se sentaron en una cafetería tranquila en un barrio antiguo, bajo la sombra de un olivo. Tras ponerse al día con los detalles del viaje, un silencio lleno de expectativa se apoderó de la mesa. Caleb tomó aire, la miró fijamente a los ojos y dejó de lado el miedo.
—Saria, no vine hasta aquí solo para conocer Atenas —comenzó Caleb, con voz firme—. Vine porque a los veintiún años me di cuenta de que te convertiste en la persona más importante de mi vida. Guardé silencio porque tenía pánico de arruinar nuestra amistad por culpa de la distancia. Pero me di cuenta de que callarme dolía más que arriesgarme. He trabajado duro estos años para estar hoy frente a ti y decirte, cara a cara, que te amo.
Saria lo escuchó con una atención serena, sintiendo cómo cada palabra de Caleb confirmaba lo que ella siempre había intuido de él: su lealtad y su valor. Apoyó las manos sobre la mesa y lo miró con la misma luz con la que él se había enamorado años atrás.
—Caleb, siempre supiste que soy una persona pragmática —dijo Saria con suavidad—. Nunca creí en cuentos de fadas, pero sí creo en la verdad. Durante años vi cómo me cuidabas a la distancia y siempre me pregunté cuándo tendríamos el valor de dar este paso. La distancia asusta, sí, pero que hayas cruzado el planeta solo para mirarme a los ojos me demuestra quién eres.
Saria esbozó una sonrisa cálida y le tomó la mano sobre la mesa.
—Yo tampoco quiero que seamos solo amigos, Caleb. Siempre dije que esperaría a que el amor llegara a mi vida de forma real... y resulta que ya llevaba cinco años caminando hacia mí desde Perú.
Bajo el atardecer dorado de Atenas, los dos sonrieron con la certeza de que el tiempo y la espera habían validadas cada una de sus decisiones.