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Capítulo 4: Fuego en las manos

cece
Pensamiento

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idea1908

Para mí Valeria ya sospecha que su Julián no viene de ningún lado de abajo, che. Nadie que agarra el azadón como lapicera durmió en la calle, y ella se lo dijo en la cara.

Para mí Valeria ya sospecha que su Julián no viene de ningún lado de abajo, che. Nadie que agarra el azadón como lapicera durmió en la calle, y ella se lo dijo en la cara.

Contenido de la publicación

La primera semana en la finca fue un infierno táctico para Gabriel. Para un hombre acostumbrado a mover millones con una llamada, dominar un azadón al amanecer bajo el frío punzante de la montaña fue la lección más humillante de su vida.

​Valeria no le dio tregua. Mientras sus hermanos, Mateo y Tomás, lo observaban con abierta desconfianza esperando que saliera huyendo, ella lo presionaba sin piedad.

​—Estás sosteniendo la herramienta como si fuera un bolígrafo de pluma —dijo Valeria, apareciendo a su espalda en el cafetal antes de que saliera el sol—. Si no cambias el ángulo de la muñeca, para el mediodía tendrás las manos abiertas en carne viva y la mitad del trabajo sin hacer.

​Gabriel se detuvo, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo. Tenía los hombros engarrotados y el cuerpo molido, pero se negó a soltar el azadón.

​—Sé lo que hago —respondió con la respiración agitada.

​—No, no lo sabes —corrigió ella, acercándose demasiado. Le tomó las manos con firmeza para corregirle el agarre. Sus dedos eran cálidos y decididos—. Aquí la tierra no perdona el orgullo, "Julián". Si no aprendes a escucharla, te destruye.

​Por un segundo, la cercanía de Valeria lo descolocó. Pudo oler el aroma a lavanda y hojas secas que emanaba de ella, y por primera vez en años, el corazón de Gabriel latió fuera de ritmo. Ella no lo miraba como al multimillonario Gabriel Vance, ni con el temor reverencial de sus empleados, ni con la codicia de las mujeres de su círculo social. Lo miraba como a un hombre en bruto que necesitaba ser moldeado.

​—¿Por qué me ayudas? —preguntó él en un susurro, sosteniéndole la mirada.

​Valeria se congeló un instante, sorprendida por la intensidad en los ojos oscuros del supuesto vagabundo.

​—Porque la gente que cae merece una oportunidad de levantarse —dijo, soltándole las manos bruscamente—. Ahora muévete, que la cosecha no espera por nadie.

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    Para mí Valeria ya sospecha que su Julián no viene de ningún lado de abajo, che. Nadie que agarra el azadón como lapicera durmió en la calle, y ella se lo dijo en la cara.

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La primera semana en la finca fue un infierno táctico para Gabriel. Para un hombre acostumbrado a mover millones con una llamada, dominar un azadón al amanecer bajo el frío punzante de la montaña…

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