Lo del gusano dolió.
Capítulo 39: la ultima batalla
Pensamiento
Lo del gusano dolió.
Contenido de la publicación
La Esfinge apareció entre los árboles con una calma helada, pero sus ojos brillaban con una inteligencia que antes no habían visto. No era la misma bestia que la primera vez: había aprendido. Cada paso suyo hacía crujir la tierra, y su mirada recorría el terreno calculando cada movimiento posible.
El suelo estalló con violencia. El Gusano de Pantano surgió como una montaña viva, lanzándose directo a rodear su cuello como la vez anterior… pero la Esfinge ya lo esperaba. Con un movimiento rápido y fluido, saltó hacia un lado, esquivando las mandíbulas que cerraron solo sobre el aire con un estruendo ensordecedor. La bestia rugió con burla, como si supiera que repetir el mismo truco era un error.
Aoi no se inmutó. Desde el lomo de Fern, alzó una mano y dio una señal.
En ese instante, el cielo se oscureció. Cientos de aves de todas las especies descendieron como una tormenta viva: cuervos, halcones, pájaros pequeños y grandes, todos unidos por un pacto temporal sellado con Aoi. Picoteaban sus ojos, golpeaban sus alas contra su rostro, se posaban en su lomo y en sus patas. La Esfinge rugía con furia, sacudiéndose con fuerza, golpeando el aire con sus garras, pero por cada ave que alejaba, otras diez tomaban su lugar. Ahora tenía que defenderse de todas partes a la vez.
—¡AHORA, ZERISKA! —gritó Aoi.
La dracónida salió disparada desde el flanco, con su lanza brillando con fuerza. No buscaba herirla de muerte: su misión era desviar, contener y mantenerla ocupada. Cuando la garra de la Esfinge bajó con fuerza letal hacia el lugar donde se encontraba el Gusano, Zeriska se interpuso con un grito, desviando el golpe con el asta de su arma. El impacto fue tan fuerte que los brazos de la joven crujieron y salió despedida varios metros, pero rodó por el suelo y se puso en pie al instante, volviendo a lanzarse. Cuando la cola acorazada de la bestia azotó hacia Fern, ella volvió a aparecer, golpeando la cola con su lanza para cambiar su trayectoria. Cada movimiento suyo protegía a sus compañeros, cada desvío ganaba unos segundos vitales.
—¡GUSANO!
La criatura volvió a hundirse y emergió directamente bajo el vientre de la Esfinge, golpeando con toda su fuerza en su zona más blanda. La bestia rugió de dolor y se dobló hacia adelante; el golpe no le restó mucha vida, pero atrajo toda su atención y su ira hacia el gusano.
—¡FERN!
El enorme Fenrir macho se lanzó como un rayo plateado, mordiendo con fuerza sus patas traseras y rasgando su piel antes de desaparecer de nuevo antes del contraataque. La Esfinge giraba furiosa, golpeando árboles enteros que caían como si fueran ramas secas, pero Fern siempre aparecía por donde menos lo esperaba.
—¡LYN!
La enorme ave descendió envuelta en vientos cortantes que golpeaban su rostro, obligándola a cubrirse los ojos, a perder precisión.
—¡REGULUS!
El pequeño wyvern lanzaba llamarada tras llamarada, envolviendo su cuerpo en fuego que, aunque no la quemaba profundamente, la mantenía a la defensiva y le impedía concentrarse en un solo objetivo.
Así transcurrieron minutos interminables: la Esfinge golpeaba con la fuerza de un desastre natural, pero nunca lograba fijar a nadie. Cada vez que elegía un objetivo, Zeriska estaba allí para interponerse o desviar el golpe; cada vez que intentaba avanzar, el Gusano la frenaba desde abajo; cada vez que levantaba la cabeza, las aves y Lyn la cegaban; cada vez que bajaba la guardia, el fuego de Regulus y los mordiscos de Fern la castigaban. Era una danza mortal donde la coordinación de todos era la única arma contra un enemigo infinitamente superior.
Hasta que Aoi alzó la mano y dio una palmada seca que se escuchó por encima de todo el estruendo:
—¡RETIRADA!
Todos se apartaron al unísono como si fueran un solo cuerpo.
—¡Zeriska, escúchame bien! —ordenó Aoi mientras el Gusano se acercaba a ella—: Súbete a Fern y corre hacia el acantilado. Llega antes que nosotros y avisa a Kyouka. Allí necesitarán tu fuerza cuando llegue el momento. ¡Ve!
Zeriska asintió con firmeza, con el pecho agitado pero la mirada llena de determinación. Saltó sobre el lomo del lobo y este salió disparado como una flecha hacia el risco. Aoi bajó del suelo y se subió con agilidad sobre el lomo del Gusano, que comenzó a avanzar arrastrándose por la tierra, manteniéndose entre ella y la bestia.
La Esfinge soltó un rugido que hizo temblar las nubes. Al ver que huían, la furia dio paso a una sonrisa retorcida y hambrienta. Comenzó a perseguirlos, disfrutando de la cacería, creyendo que el miedo los hacía retroceder. No sabía que cada paso la acercaba a su perdición.
Durante diez minutos la persecución continuó. Lyn y Regulus seguían atacando desde lo alto, picando su orgullo, irritándola más y más, obligándola a correr con la mente nublada por la ira.
—¡Ya vienen! ¡Prepárense!
Abajo, la Esfinge avanzaba con una sonrisa retorcida, disfrutando de cada metro que ganaba. Creía que Aoi huía por miedo. No imaginaba que cada paso la acercaba a su fin.
Cuando por fin llegaron a la entrada del desfiladero, entre las dos altas paredes de roca, Lyn y Regulus ascendieron velozmente hacia lo más alto. Aoi apretó contra su pecho a Puddle, que permanecía firme y tranquilo, y ordenó al Gusano adentrarse en el estrecho paso.
—¡EMBISTE! —gritó justo cuando la Esfinge se lanzaba sobre ellas con toda su fuerza.
El Gusano de Pantano giró y se lanzó hacia adelante, chocando de frente contra la bestia. El impacto fue brutal: el suelo se fracturó, el aire estalló en un estruendo sordo y el cuerpo del gusano crujió bajo esa presión inmensa, pero se mantuvo firme, sosteniendo a la Esfinge justo en el centro del desfiladero, impidiéndole avanzar ni retroceder.
—¡KYOUKA, AHORA! —ordenó Aoi mientras se introducía rápidamente en la boca del Gusano junto a Puddle, refugiándose en su interior.
Desde la cima, Kyouka no dudó ni un segundo. Apretó el detonador.
¡¡¡BOOOOOOOOOOOOOOOOMMMMMMMM!!!
Una explosión ensordecedora sacudió la montaña entera. El estruendo fue tan fuerte que se escuchó kilómetros más allá, hasta donde la Reina y el resto de la colonia se habían detenido; muchos dracónidos se taparon los oídos, sintiendo cómo la tierra se movía bajo sus pies como si fuera a partirse en dos.
Las paredes de roca se desquebrajaron al instante. Miles de toneladas de piedra, tierra y rocas afiladas comenzaron a desplomarse con un estruendo continuo, como el trueno de mil tormentas juntas. El Gusano de Pantano se hundió en la tierra a una velocidad vertiginosa un segundo antes de que la primera roca gigante golpeara el suelo.
La Esfinge abrió los ojos de par en par, comprendiendo al fin lo que ocurría… pero ya era demasiado tarde. No tuvo tiempo de saltar, ni de cubrirse, ni de huir. Una avalancha imparable cayó sobre ella, aplastándola con un peso que ni siquiera su piel endurecida podía resistir. El último sonido que se escuchó fue un rugido ahogado, que se perdió bajo el estruendo de toneladas de roca que se cerraban sobre ella como una tumba de piedra.
Y entonces… silencio.
Solo quedaba el polvo que se elevaba lentamente hacia el cielo, y una montaña de escombros donde segundos antes había estado la criatura más temida del tercer piso.
El silencio se apoderó del lugar, tan denso que solo se oía el polvo asentándose suavemente sobre las rocas. Los guerreros dracónidos se miraban entre sí, con las armas aún en alto, preguntándose en sus corazones si aquella avalancha había sido suficiente. Pero Aoi y Kyouka no apartaban la vista de la montaña de escombros: ante sus ojos, una barra de vida inmensa seguía allí, menguando lentamente, pero sin desaparecer por completo.
—No está muerta —dijo Kyouka con voz tajante, alzando la voz para que todos la oyeran—. Solo herida. ¡Prepárense! El monstruo sigue con vida.
Apenas terminó de hablar, la tierra tembló con violencia. Una grieta se abrió en el centro de los escombros y…
¡¡¡BOOOOM!!!
Una explosión de rocas y polvo salió disparada en todas direcciones. La Esfinge emergió de la tumba de piedra, cubierta de heridas, sangrando, pero con sus ojos ardiendo en una furia absoluta que no había mostrado hasta entonces. Rugió con tal fuerza que hizo caer a varios guerreros al suelo, y con un movimiento de su cola envió rocas que golpearon a varios de ellos, haciéndolos gemir de dolor.
La bestia alzó la cabeza y comenzó a reunir una energía oscura entre sus garras, preparando un ataque mágico que habría borrado a todos del mapa de un solo golpe. Pero antes de que pudiera lanzarlo…
El suelo se partió de nuevo. El Gusano de Pantano surgió como un resorte, cerrando sus mandíbulas con fuerza sobre el cuello de la Esfinge justo cuando la magia estaba a punto de estallar. El impacto desvió el ataque hacia el cielo, donde se perdió en una llamarada inútil. El gusano la arrastró varios metros, azotándola contra el muro de roca con todas sus fuerzas, pero la Esfinge, impulsada por la rabia, se recompuso en un instante y descargó una pata acorazada directamente contra el costado del gusano. Se escuchó un crujido de huesos y escamas rotas; la criatura soltó un gemido de dolor y su barra de vida descendió de golpe.
—¡AHORA! —gritó Aoi.
Todos se lanzaron al mismo tiempo. Zeriska, Fern, Lyn, Regulus y los guerreros dracónidos cayeron sobre ella con todo lo que tenían. Desde lo alto del acantilado, el Árbol Viviente desprendía rocas inmensas que caían como martillos sobre la bestia. La batalla se prolongó en un intercambio brutal: el Gusano de Pantano, a pesar de sus heridas, se mantenía siempre en primera línea, recibiendo los golpes más fuertes para proteger a los demás. Aoi, con su abanico en la mano, canalizaba su energía una y otra vez para devolverle fuerzas al gusano, sanando sus heridas justo a tiempo para que pudiera resistir un golpe más.
Pero el esfuerzo empezó a pasarle factura. El sudor recorría el rostro de Aoi, sus manos temblaban y su respiración se volvía entrecortada. Y la Esfinge lo notó. A través del caos, sus ojos se fijaron en la joven: ella era la mente de todo aquello, la que mantenía unido a ese grupo de insignificantes. Con un rugido de pura determinación, apartó a todos de un movimiento brusco y se lanzó directamente hacia Aoi, con la garra levantada para acabar con ella de una vez por todas.
Aoi no tuvo tiempo de reaccionar. Pero antes de que la garra tocara su piel…
Una sombra se interpuso entre ambas.
El Gusano de Pantano se colocó de un salto, recibiendo el golpe letal con todo su cuerpo. El sonido fue seco y definitivo. La barra de vida del enorme monstruo se vació por completo en un solo instante. El gusano quedó inmóvil, protegiéndola hasta el último suspiro.
Por un segundo, todo se detuvo.
Y entonces, la mirada de Aoi cambió. La serenidad que siempre la caracterizaba desapareció, dando paso a una ira helada y absoluta. Sus ojos brillaron con una luz extraña; alzó su mano izquierda y el anillo que llevaba en el dedo comenzó a brillar con una intensidad cegadora.
—¡YA BASTA!
Golpeó el aire con la palma abierta. De la nada surgieron estructuras de piedra y metal, construidas al instante por su voluntad, que se enroscaron alrededor de la Esfinge como una jaula gigantesca y aplastante, apretándola con una fuerza sobrenatural. La bestia rugió, intentando zafarse, pero la presión era inmensa. Sin embargo, mantener aquella construcción drenaba su energía a una velocidad vertiginosa; Aoi sentía cómo su propia fuerza se escapaba, pero no soltaba.
—**¡ATACAD! ¡AHORA MISMO! ¡ACABEN CON ELLA! —ordenó con voz quebrada pero firme.
No necesitaron que se lo dijeran dos veces. Zeriska, Fern, Lyn, Regulus y todos los guerreros se abalanzaron sobre la bestia atrapada, descargando cada golpe, cada hechizo, cada gota de energía que les quedaba sin reservas. Desde dentro de aquella prisión improvisada, los rugidos de la Esfinge se volvieron cada vez más débiles, su barra de vida se desplomó hasta tocar el fondo… y finalmente, desapareció por completo.
Aoi soltó la construcción al instante. El cuerpo colosal de la Esfinge cayó al suelo con un estruendo sordo, inmóvil por fin.
Pero el esfuerzo había sido demasiado. Aoi dio un paso atrás, sus piernas fallaron y cayó al suelo perdiendo el conocimiento al instante, justo cuando Kyouka y Zeriska corrían hacia ella para sostenerla.
Todo se volvió oscuro y suave, como flotar en un sueño sin tiempo. Aoi no sentía dolor ni cansancio, solo una calma extraña que la envolvía por completo. Y entonces, a su alrededor, aparecieron seis llamas de colores distintos: dorada, azul profundo, verde esmeralda, roja como el fuego, plateada y violeta. Cada una brillaba con una luz antigua y serena, y al unísono, con voces que parecían venir de muy lejos pero llenas de una ternura inmensa, dijeron:
—Madre…
Aoi se detuvo, sorprendida:
—¿Madre? Yo no…
—Sí eres tú —respondió la llama dorada—. Han pasado quinientos años. Quinientos años en los que hemos mantenido el orden, esperando el momento en que volvieras.
La llama azul continuó:
—Hace cinco siglos, una humana común y corriente hizo algo que nadie más se atrevió a hacer. Todos nos temían: éramos solo crías de dragón, y nuestro poder asustaba a las razas de este mundo. Pero ella no tuvo miedo. Se acercó a nosotros, nos tomó bajo su protección y nos enseñó lo que nadie jamás nos había dicho: cómo cuidarnos a nosotros mismos, cómo sobrevivir… y también cómo cuidar a quienes nos rodean.
—Pero la vida humana es breve —dijo la llama verde con un tono triste—. Y un día, ella se fue. Nos dejó solos, pero con la promesa de que algún día volveríamos a encontrarnos.
Las seis llamas brillaron con más fuerza alrededor de ella:
—Hoy, después de quinientos años… has regresado. Eres ella, renacida. Por favor, Madre… encuéntranos. Trae de vuelta la vida y la calma que una vez protegiste en estas tierras.
Aoi sintió cómo las lágrimas le llenaban los ojos sin saber por qué, como si algo muy antiguo en su interior despertara al fin. Estiró la mano hacia las llamas…
—¡Aoi! ¡Por favor, despierta!
La voz de Kyouka atravesó aquel mundo de luz como una cuerda que la llamaba de regreso.
Poco a poco, la oscuridad y las llamas se desvanecieron. Aoi abrió los ojos lentamente. El primer rostro que vio fue el de Kyouka, pálida y llena de angustia. A su lado estaban Zeriska, los guerreros, Fern, Lyn y Regulus; todos la miraban con una preocupación que le llenó el pecho.
—¿Cómo… cómo terminó todo? —preguntó con voz débil, incorporándose con ayuda de sus amigas.
Zeriska bajó la mirada, con los ojos brillantes:
—Ganamos. La Esfinge ha desaparecido. Pero… perdimos a cuatro de nuestros guerreros. Dieron la vida para protegernos.
Luego, todos levantaron la vista al mismo tiempo. Hacia un lado, inmóvil y silencioso, descansaba el enorme cuerpo del Gusano de Pantano. Aquel que había sido su escudo, su fuerza y su refugio hasta el final.
Aoi se acercó despacio, sintiendo cómo el corazón se le apretaba. Puso su mano sobre su piel rugosa y fría. No hubo respuesta.
—¿Volverá? —preguntó Kyouka con suavidad—. ¿Cómo los demás cuando fueron derrotados por Argos?
Aoi negó lentamente, sin apartar la mano:
—El contrato que nos unía era temporal. Ahora que ha caído, volverá a nacer… pero ya no habrá lazos entre nosotros. Será solo una criatura más de este bosque. Y yo… ni siquiera estaré en sus recuerdos.
El silencio volvió a caer, pero esta vez no era el silencio del miedo: era el silencio del agradecimiento, del respeto por quien lo había dado todo sin pedir nada a cambio.
En el campamento de la Reina Zerineth, el tiempo parecía haberse detenido. Habían pasado horas desde que ese estruendo ensordecedor sacudió la tierra, horas en las que nadie hablaba, nadie descansaba y todos mantenían la mirada fija en el camino que llevaba hacia el acantilado. La angustia pesaba sobre cada corazón: si ellos regresaban, había esperanza. Si no… mejor no pensarlo.
Hasta que alguien señaló temblando hacia el claro:
—¡Miren! ¡Vienen!
Al principio fueron solo siluetas entre los árboles, pero poco a poco se fueron definiendo. Un grito de júbilo estalló en todo el campamento, un vitoreo que brotó de las gargantas con fuerza desbordada: ¡estaban allí! Si habían vuelto, significaba que la Esfinge ya no era una amenaza, que el bosque estaba a salvo por fin. Cientos de personas corrieron a su encuentro, abrazándolos, llorando de alegría, agradeciéndoles con la mirada y con el corazón.
Pero al acercarse, las sonrisas se apagaron poco a poco. De los diez guerreros que partieron, solo seis regresaban. Nadie tuvo que decir nada: la ausencia de aquellos cuatro hablaba por sí sola. La Reina Zerineth dio un paso al frente, su mirada llena de respeto y dolor contenido, y dijo con voz firme que todos pudieron escuchar:
—Se les dará sepultura con todos los honores que su valentía merece. Sus nombres jamás serán olvidados. Murieron defendiendo lo que aman… y eso los convierte en los héroes más grandes de nuestra historia.
Entre todos, Aoi avanzaba montada sobre el lomo de Fern. Ni siquiera ella, que siempre tenía una palabra amable o una sonrisa para todos, pudo levantar el rostro esta vez. El cansancio y la tristeza pesaban demasiado en su mirada.
Entonces, unos pequeños se abrieron paso entre la multitud y preguntaron con inocencia:
—¿Y el señor gusano? ¿No vendrá a jugar con nosotros?
Un silencio pesado cayó sobre todos. Nadie sabía cómo responder, nadie quería romper esa inocencia con la verdad. Pero Aoi bajó lentamente del lobo y se arrodilló frente a ellos, acariciando suavemente la cabeza del más pequeño:
—El señor gusano tuvo que irse muy lejos —dijo con voz dulce y serena—. Hay otras personas que necesitan de su ayuda y él no podía quedarse. Me pidió que les diera muchos saludos… y que algún día, cuando menos lo esperen, quizás vuelvan a encontrarse.
Los niños sonrieron aliviados, imaginando al gran gusano viajando por el mundo para proteger a otros. Y aunque los adultos sabían la verdad, por un instante, todos quisieron creer en esas palabras.
La Reina Zerineth miró a todos con ternura y gratitud:
—Ahora descansen. No hay nada que hacer hasta que recuperen todas sus fuerzas.
Kyouka asintió con una leve sonrisa:
—Le agradecemos. Pero yo debo volver antes de que alguien intente llevarse algo de mi tienda.
La Reina inclinó la cabeza con respeto:
—Nunca olvidaré que cruzaste tantos pisos solo para ayudarnos.
Kyouka miró de reojo hacia donde Aoi se alejaba despacio, buscando quedarse sola:
—No lo hice por ustedes. Lo hice por ayudar a una amiga. Si quiere agradecerle a alguien, agradézcale a ella.
Zeriska se acercó a Kyouka:
—Y si alguna vez necesitas materiales, plantas o minerales que nadie más encuentre… solo díganos. Conocemos cada rincón de estas tierras.
Kyouka sonrió con sincero agradecimiento, y luego bajó la voz:
—Gracias. Pero te encargo a Aoi, por favor… debe estar destrozada por lo que pasó.
—No te preocupes —respondió Zeriska suavemente—. Déjamela a mí. Me aseguraré de que se recupere.
Kyouka asintió, se despidió de todos y alzó un cristal brillante en su mano. Una luz envolvió su figura y, en un instante, desapareció, regresando a su tienda en la ciudad del segundo piso.
Cerca de allí, junto a un pequeño lago de aguas tranquilas, Aoi estaba sentada mirando hacia la nada. Su postura decía claramente quiero estar sola, aunque Fern, Lyn, Regulus y Puddle permanecían cerca, vigilándola en silencio.
Entonces escuchó una voz suave a su lado:
—¿Puedo sentarme contigo?
Aoi asintió lentamente con la cabeza. Zeriska se sentó a su lado, sin decir nada al principio, solo acompañándola. Luego, con mucha ternura, posó su mano sobre la espalda de Aoi y la atrajo suavemente hacia sí, dejando que apoyara la cabeza en su pecho. Aoi no se resistió; se dejó llevar, cerrando los ojos mientras la mano de Zeriska acariciaba despacio su cabello.
—Fue un gran compañero —dijo Zeriska con voz muy baja.
Aoi asintió de nuevo, con un hilo de voz:
—Sí… lo fue.
Y se quedaron allí, en silencio, bajo el cielo que empezaba a despejarse, sabiendo que no había palabras que pudieran borrar el dolor… pero que al menos, ya no tenían que cargarlo solas.
Al amanecer, la luz del sol atravesaba despacio las nubes dispersas, iluminando un bosque que por fin recuperaba su respiración tranquila. Aoi tenía ya sus cosas listas: su mochila ajustada, sus compañeros reunidos a su alrededor, lista para retomar el camino que había interrumpido al escuchar la desgracia de los dracónidos.
Pero antes de que pudiera dar el primer paso, la Reina Zerineth se acercó a ella. Su postura seguía siendo imponente, pero en sus ojos se veía una mezcla de gratitud inmensa y una humildad que muy pocos habrían imaginado ver en una soberana.
—Aún no encuentro palabras que alcancen —empezó a decir con voz solemne—. No sé qué podemos darte que esté a la altura de lo que has hecho por nosotros. Pusiste en riesgo tu vida, usaste hasta el límite tus fuerzas, perdiste a un compañero valioso… y todo por un pueblo que ni siquiera conocías. Gracias a ti, seguimos aquí. Gracias a ti, nuestros hijos podrán crecer sin miedo. Y por eso… no tengo nada más valioso que ofrecerte que a mí misma.
Aoi la miró sorprendida, sin comprender hacia dónde iba.
—Durante todo este tiempo —continuó Zerineth, bajando la mirada hacia su propia lanza—, me sentí inútil. Reina, guerrera… y sin embargo no pude hacer nada para detener a esa bestia. Sentí que no merecía llevar esta corona, que no era digna de guiar a nadie. Por eso quiero entregártela a ti. Quiero dejar de ser la reina… y convertirme en tu sirvienta, en tu escudo, en todo lo que necesites, hasta que pueda devolverte una parte de lo que nos has dado.
En ese preciso instante, una ventana luminosa apareció flotando ante los ojos de Aoi, con letras brillantes:
¡Condiciones especiales cumplidas! ¿Deseas establecer contrato con la Reina de los Dracónidos? Unidad de nivel excepcional.
Aoi no dudó ni un segundo. Con un simple movimiento de la mano, desestimó la oferta y la ventana desapareció al instante.
La Reina abrió los ojos con sorpresa y un poco de dolor:
—¿Por qué? Sé que soy fuerte, que puedo serte útil…
—Por favor, nunca vuelvas a decir que no eres digna —la interrumpió Aoi con firmeza, pero con una ternura que llegó directo al corazón de Zerineth—. Hiciste todo lo que cualquier líder habría hecho: mantuviste la esperanza, protegiste a los tuyos hasta el último momento y no te rendiste. Lo que nos atacó venía de un lugar mucho más allá de este piso; no se trataba de que tú no fueras suficiente, sino que nadie lo habría sido solo. Si tu pueblo sigue unido y vivo… es gracias a ti. No te quites el mérito que te pertenece. Quédate aquí, al frente de quienes te necesitan más que nunca.
Zerineth se quedó en silencio unos instantes, y entonces una pequeña risa, sincera y llena de alivio, escapó de sus labios mientras asentía:
—Eres verdaderamente extraña… cualquier otro en tu lugar habría aceptado sin pensarlo dos veces.
—Pues yo no soy como el resto —respondió Aoi cruzándose de brazos con una media sonrisa.
—Ya me he dado cuenta —dijo la Reina mirándola con nuevos ojos—. Y precisamente por eso, ahora no tengo ninguna duda de lo que debo hacer. Si yo no puedo ir contigo… entonces sé perfectamente quién sí debe hacerlo.
Antes de que Aoi pudiera preguntar, Zeriska dio un paso al frente. Con paso firme se acercó hasta quedar justo frente a ella, y lentamente se arrodilló, apoyando una mano sobre su pecho y sosteniendo con fuerza el asta de su lanza.
—Permíteme a mí —dijo con voz clara y decidida, con los ojos brillantes de determinación—. Déjame ser quien te acompañe. Seré tu compañera, tu guardia, tu mano derecha en todo lo que necesites. No te pagaré por lo que hiciste por nosotros… pero haré que mi vida valga la pena al estar a tu lado. Te lo ruego: déjame ir contigo.
Thoughts
La Esfinge apareció entre los árboles con una calma helada, pero sus ojos brillaban con una inteligencia que antes no habían visto. No era la misma bestia que la primera vez: había aprendido. Cada…