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Capítulo 35: Un pequeño paso

DNavarrete
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La mañana era tranquila, de esas en las que la luz del sol entraba suavemente por la ventana, bañando la habitación con tonos dorados y el aire fresco de la primavera. Se escuchaba a lo lejos el…

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Después de tantos capítulos viéndolo con la libreta en la mano, esta vez me fijé en cuándo la suelta. En casa le habla a su mamá con su propia voz; en el vagón vuelve a escribir para los padres de la niña, aunque ya estaba sonriendo. Parece que la voz la

Después de tantos capítulos viéndolo con la libreta en la mano, esta vez me fijé en cuándo la suelta. En casa le habla a su mamá con su propia voz; en el vagón vuelve a escribir para los padres de la niña, aunque ya estaba sonriendo. Parece que la voz la guarda para los de adentro de la casa. Apuesto a que el primero de afuera que lo oiga hablar en voz alta va a ser Shiori en la biblioteca, antes que Goro.

Contenido de la publicación

La mañana era tranquila, de esas en las que la luz del sol entraba suavemente por la ventana, bañando la habitación con tonos dorados y el aire fresco de la primavera. Se escuchaba a lo lejos el canto de los pájaros y el murmullo lejano de la ciudad despertando, pero aquí adentro todo era silencio y calma.

 

Por primera vez en mucho tiempo, Yuuto se encontraba frente al espejo de su habitación sin llevar puesto el uniforme escolar. Su cabello plateado caía suelto y sedoso sobre sus hombros, y sus ojos claros, ahora sin la sombra de la capucha que siempre lo cubría, se miraban con una mezcla de nervios e incertidumbre. Sobre la cama había varias prendas cuidadosamente dobladas, todas limpias y ordenadas, esperando ser elegidas.

 

Algunas eran demasiado llamativas, con colores vivos o diseños que le parecían demasiado atrevidos. Otras demasiado formales, como si fuera a una reunión importante. Y algunas... simplemente no parecían ser para él, como si al ponérselas estuviera usando la ropa de otra persona.

 

Yuuto pasó una mano por su cabello, apartando un mechón de su frente, y habló con su voz suave, tranquila y natural, sin necesidad de su libreta.

 

—Solo voy a comprar unos cuadernos y algunos materiales... —dijo en voz baja, mirando su propio reflejo—. No necesito algo especial, ni que llame la atención. Solo quiero ir, comprar y volver.

 

Sentada sobre el borde de la cama, Aoi Kanzaki observaba todo con una sonrisa divertida y cariñosa, sus ojos violetas brillando con esa mezcla de ternura y picardía que solo una madre sabe tener.

 

—Eso dices ahora —respondió ella con suavidad, levantándose y acercándose a la pila de ropa—, pero una cosa es lo que tú crees que necesitas, y otra muy distinta es lo que te queda bien.

 

Yuuto levantó la vista justo a tiempo para ver que su madre ya estaba rebuscando entre las prendas, con esa expresión concentrada que le era tan familiar. Eso nunca era buena señal. Sabía muy bien que cuando Aoi se ponía así, no había forma de que saliera de la habitación con la ropa sencilla y discreta que él tenía en mente.

 

—Veamos... —murmuró ella, sacando una prenda de entre todas las demás y sosteniéndola en el aire—. ¿Qué tal esto?

 

Yuuto miró fijamente lo que tenía en la mano, y casi sintió que se le paraba el corazón.

 

—Mamá... eso parece ropa de modelo, no de alguien que va a una papelería —dijo con una mezcla de protesta y resignación, negando con la cabeza—. Es demasiado... demasiado todo.

 

—¿Y cuál es el problema? —preguntó ella, inclinando la cabeza y poniendo una cara de inocencia que él conocía demasiado bien—. Se te vería muy bien, te lo aseguro. Tienes la figura para llevarlo.

 

—Eso es precisamente lo que me preocupa —respondió él, acercándose un poco y señalando con el dedo—. Si me pongo eso, todo el mundo me va a mirar. Y ya sabes que... que no me gusta ser el centro de atención.

 

—¿Y qué tiene de malo verte lindo? —insistió ella, acercándose y sosteniendo la prenda frente a él, como si estuviera comparando con su reflejo en el espejo—. Desde que eras pequeño te lo digo, eres muy lindo, y ahora que has crecido... mucho más.

 

Yuuto se quedó inmóvil, sintiendo cómo se le subían los colores a las mejillas.

 

—Mamá, por favor... —susurró, bajando la mirada—. No soy lindo, solo... solo soy yo.

 

—Claro que sí lo eres —aseguró ella, sonriendo con esa seguridad absoluta que siempre tenía—. Y no tienes por qué ocultarlo. Pero está bien, si ese te parece demasiado, tengo otra opción. Te prometo que es más discreta, pero igual de bonita.

 

Treinta minutos después, Yuuto estaba de pie frente a la puerta de entrada de la casa, listo para salir.

 

Llevaba puesto un conjunto que su madre había elegido: una chaqueta ligera de color azul pálido, de corte suelto y elegante, sobre un suéter de cuello alto negro, de tela fina y suave, que cubría su cuello sin ser pesado. Los pantalones eran de un tono gris muy claro, de corte recto y cómodo, que caían suavemente hasta sus zapatos. Completaba el atuendo unos guantes negros de tela fina y unos lentes oscuros de montura fina que cubrían sus ojos, un pequeño escudo que él mismo había pedido para sentirse un poco más protegido.

 

Nada era extravagante, nada era escandaloso ni llamativo por sí mismo. Pero la combinación, junto con su cabello plateado que caía libre y brillante sobre sus hombros, su piel pálida y sus rasgos tan delicados y hermosos, hacía que se viera increíblemente bien. Tenía un aire elegante, tranquilo y misterioso, como alguien que había salido de la página de una revista juvenil, no como un chico que iba a comprar útiles escolares.

 

—Te ves muy bien, te lo dije —dijo Aoi apareciendo detrás de él, acomodando un pequeño mechón de cabello que había quedado fuera de lugar—. Discreto, pero guapo. Y muy tú.

 

Yuuto miró su reflejo en el espejo de la entrada, ajustándose un poco los lentes.

 

—Creo que aun así todos me van a mirar —dijo con voz suave, aunque esta vez no había tanta protesta en sus palabras. La verdad es que, mirándose bien, se sentía cómodo. Se sentía él mismo, pero sin capas de más.

 

—Probablemente —admitió ella con una sonrisa—, pero recuerda algo muy importante: no porque estés haciendo algo malo, ni porque te vean como algo extraño. Sino porque te ves bien, porque eres agradable a la vista. Y eso no es malo, hijo. No siempre tienes que esconderte.

 

Yuuto guardó silencio, asimilando sus palabras. Durante años, salir de casa significaba solo hacerlo cuando era estrictamente necesario, y casi siempre acompañado: por ella, por su abuelo, más recientemente por Reika, por Ayaka, por Airi, por Shiori, por Goro o por Kaito. Siempre había alguien a su lado, alguien que lo protegía, alguien que hacía de escudo.

 

Pero hoy no. Hoy estaba solo. Y esa era precisamente la razón por la que había decidido hacerlo. No quería depender de los demás para siempre. No quería que cada paso de su vida requiriera que alguien lo tomara de la mano. Quería demostrarse a sí mismo que podía hacerlo, que estaría bien, que podía caminar por la calle sin miedo.

 

Respiró profundamente, llenando sus pulmones de aire fresco, y asintió con la cabeza.

 

—Volveré pronto —dijo con una sonrisa pequeña, pero sincera.

 

—Te estaré esperando aquí mismo —respondió ella, abrazándolo suavemente por un momento, como si quisiera darle toda su fuerza y cariño antes de soltarlo.

 

La puerta se cerró tras él con un suave clic, y por un instante, Yuuto se quedó quieto en el umbral, sintiendo cómo el aire fresco de la mañana lo envolvía.

 

Y por un instante, solo por un instante, sintió miedo. El viejo miedo, ese que lo había acompañado durante años: las miradas curiosas, los susurros a sus espaldas, los rumores que siempre parecían perseguirlo, todo aquello que siempre parecía esperarlo afuera, más allá de la seguridad de su hogar.

 

Sus dedos se apretaron suavemente contra la correa de su pequeña mochila donde llevaría sus compras, pero entonces, en medio de ese miedo, vinieron los recuerdos.

 

Recordó la biblioteca, ese lugar silencioso y seguro donde Shiori siempre estaba esperándolo con calma. Las risas ruidosas y alegres de Airi, que siempre lo arrastraba a divertirse. Las bromas inteligentes y la compañía de Ayaka. Las conversaciones tranquilas y profundas que tenía con Shiori, donde podía hablar de todo sin miedos. A Goro, levantándolo en brazos como si fuera lo más ligero del mundo, protegiéndolo con su cuerpo enorme. A Kaito, golpeándole suavemente la espalda y diciéndole que dejara de preocuparse tanto, que todo estaría bien. A Reika, observándolo con esa seriedad suya que siempre escondía una inmensa preocupación y cariño.

 

Y de repente, el miedo se hizo un poco más pequeño. No desapareció por completo, todavía estaba ahí, como una sombra lejana, pero ya no pesaba tanto. Se volvió soportable.

 

Yuuto comenzó a caminar por la acera, con paso tranquilo pero firme. El sol brillaba sobre las calles, iluminando los edificios, los árboles, la gente que pasaba de un lado a otro. La ciudad seguía igual que siempre, con su ruido, su movimiento y su vida. Pero algo había cambiado, y él lo sabía.

 

Por primera vez en mucho tiempo, no estaba saliendo para escapar de algo, ni para esconderse, ni porque se lo obligaran. Estaba saliendo porque quería hacerlo. Porque quería ir a esa papelería del centro, buscar esos cuadernos de dibujo que le gustaban, esos que había visto hace tiempo y que quería para retomar una afición que había abandonado años atrás, cuando todo se volvió demasiado difícil.

 

Mientras avanzaba, con el viento moviendo su cabello plateado y la luz del sol calentando su rostro, sin darse cuenta, una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Era apenas visible, muy leve, casi imperceptible, pero estaba ahí.

 

Y para Yuuto Kanzaki, ese pequeño detalle, esa pequeña sonrisa en medio de una mañana cualquiera, caminando solo por la ciudad, ya era una victoria enorme.

 

El trayecto hasta el centro de la ciudad era más largo de lo que Yuuto recordaba. No porque la distancia hubiera cambiado, sino porque llevaba años evitando lugares concurridos, espacios cerrados donde las miradas se acumulaban y el ruido parecía pesado. El metro era uno de esos sitios que siempre había tratado de evitar, pero hoy, quería hacerlo todo por sí mismo, incluso las partes difíciles.

 

Aun así, respiró hondo, inflando el pecho con aire fresco antes de entrar, y subió al vagón justo cuando las puertas se abrieron con un suave aviso mecánico. La pequeña libreta descansaba apretada bajo uno de sus brazos, su compañera de siempre, el refugio en el que podía esconder sus palabras. Los guantes negros cubrían sus manos con delicadeza, ocultando su piel pálida y suave; los lentes oscuros, de montura fina, ocultaban gran parte de su mirada, y un sombrero de ala corta, de tela ligera y color neutro, ayudaba a cubrir un poco más su cabello plateado que, a la luz del día, brillaba con un resplandor propio. O al menos eso esperaba que hiciera: ocultarlo lo suficiente.

 

Las puertas se cerraron detrás de él con un golpe seco y suave. El tren comenzó a moverse, deslizándose por las vías con un zumbido constante, y casi inmediatamente, Yuuto sintió esa sensación que le era tan familiar: miradas. Muchas miradas. No necesitaba levantar la vista para saberlo; las sentía posarse sobre él, recorrer su figura, su ropa, su cabello, como pequeñas agujas que se clavaban suavemente en su espalda y en su cuello.

 

Su primera reacción fue la de siempre, la que había aprendido durante años: bajar la cabeza, encogerse ligeramente, intentar ocupar el menor espacio posible, desear poder hacerse pequeño, invisible, desaparecer entre la gente. Quizás la ropa era demasiado llamativa, pensó con angustia, quizás mamá se había excedido un poco al elegir este conjunto tan elegante. Quizás realmente me veo raro. Sí, seguramente es eso. Siempre es eso.

 

Yuuto observó fijamente su reflejo borroso en la ventana del vagón, intentando ignorar la presión que sentía en el pecho, mientras a su alrededor comenzaban a escucharse pequeños susurros, voces bajas que se mezclaban con el ruido del tren. Nada agresivo, nada hostil, solo curiosidad, esa curiosidad que siempre le había resultado tan dolorosa.

 

—¿Es una peluca? —alcanzó a distinguir entre el ruido, una voz femenina suave.

 

—No creo... se ve demasiado natural —respondió otra.

 

—Debe estar teñido, ¿verdad? Nunca he visto un color así, ni en pinturas —comentó un hombre, con tono de asombro.

 

—¿Será extranjero? —preguntó alguien más—. O tal vez... ¿es una modelo? Se viste con mucha elegancia.

 

Yuuto no escuchó todas las palabras, el movimiento y el sonido del tren se las llevaban a medias, pero no hacía falta. Sabía lo que decían, lo que siempre decían: raro, diferente, extraño. Y eso era suficiente para hacer que sus manos, bajo los guantes, se cerraran con fuerza sobre la libreta.

 

Afortunadamente, las puertas volvieron a abrirse en la siguiente estación, dejando entrar más luz y más pasajeros. El vagón se llenó aún más, la gente se apretó, los cuerpos se juntaron, y Yuuto soltó un pequeño suspiro de alivio. Mientras más gente haya, menos atención recibiré, pensó, repitiéndose esa idea como un mantra. Seré uno más entre la multitud.

 

O al menos eso pensó... hasta que ocurrió algo inesperado.

 

Entre la multitud que acababa de subir, venía una familia: padres jóvenes y una niña pequeña, de no más de cinco o seis años, tomada de la mano de su madre, con un vestido claro y dos coletas que se movían con cada paso. La niña caminaba mirando todo con esa curiosidad infinita que tienen los niños, hasta que levantó la vista y sus ojos se encontraron directamente con los de Yuuto, ocultos tras los lentes oscuros.

 

Se quedó completamente inmóvil. Parpadeó una vez, dos veces, tres veces, muy despacio, como si estuviera viendo algo que no entendía, algo que le parecía imposible de creer.

 

Yuuto se tensó al instante, sus hombros se pusieron rígidos. Estaba acostumbrado a esa reacción: la sorpresa, la atención fija. Normalmente, después venían las preguntas incómodas, las risitas ahogadas o los comentarios bajos que le hacían sentir que algo estaba mal en él.

 

Pero la niña no hizo nada de eso. Simplemente abrió mucho más los ojos, iluminados por el asombro, y tiró suavemente de la manga del abrigo de su madre.

 

—¿Qué pasa, cariño? —preguntó la mujer, bajando la vista hacia su hija con dulzura.

 

La niña señaló directamente hacia Yuuto, con ese dedito pequeño y decidido, sin ningún tipo de vergüenza o malicia.

 

—Mira, mamá. ¡Mira!

 

La madre siguió la dirección del dedo, y su mirada se posó sobre el joven de cabello plateado.

 

—¿Hm? —murmuró, sin entender del todo.

 

Entonces, la pequeña dijo algo que hizo que todo el vagón pareciera quedarse en silencio absoluto.

 

—Esa señorita... parece un ángel.

 

El tiempo pareció detenerse. El zumbido del tren se sintió más lejano, más suave. Incluso Yuuto levantó la cabeza de golpe, sorprendido, sus ojos se abrieron detrás de los lentes oscuros.

 

Silencio. Un silencio total, cargado de sorpresa. La madre quedó con la boca entreabierta, el padre miró a su hija y luego a Yuuto, con una expresión de asombro sincero. Y la niña continuó hablando con total naturalidad, como hacen los niños que aún no conocen la malicia, ni los prejuicios, ni las etiquetas que el mundo pone a las personas.

 

—Mira su cabello, mamá... brilla —dijo con voz clara y alegre—. Es muy bonito, como la luz de la luna. Parece alguien de un cuento, ¿verdad?

 

Yuuto se quedó inmóvil, rígido, sin saber cómo reaccionar. No estaba acostumbrado a escuchar algo así. Ni siquiera de forma indirecta. Porque la niña no estaba intentando ser amable, ni consolarlo, ni decir algo por educación. Simplemente estaba diciendo lo que veía, lo que sus ojos pequeños y sinceros percibían.

 

Y para ella... lo que veía era hermoso. No extraño, no aterrador, no raro. Hermoso. Como algo mágico, como algo sacado de una historia.

 

Poco a poco, los adultos que estaban alrededor comenzaron a intercambiar miradas, a mirar a la niña y luego a Yuuto, y sus expresiones cambiaron. La curiosidad dejó paso a la admiración, la duda a la sorpresa agradable. Y los comentarios, antes llenos de incertidumbre, empezaron a cambiar por completo.

 

—Ahora que lo pienso... tiene razón —dijo una mujer mayor, sonriendo suavemente—. El color de su cabello es increíble, nunca vi nada igual. Y se ve tan natural...

 

—Es verdad —asintió otro—. Y la ropa que lleva, tan elegante, tan sencilla... tiene algo especial, ¿no?

 

—Da una sensación muy tranquila, muy suave —comentó una chica joven, mirándolo con una sonrisa amable—. Como si estuviera brillando un poco, en serio.

 

—Parece muy dulce...

 

Yuuto escuchaba fragmentos aislados, palabras que flotaban en el aire, y no terminaba de entender qué estaba ocurriendo. Toda su vida había asumido que las miradas significaban rechazo, que la gente observaba porque había algo malo en él, porque era diferente, porque destacaba demasiado. Pero aquella niña... había visto exactamente lo mismo que todos los demás: su cabello, su piel pálida, su forma de ser, su ropa... y había llegado a una conclusión completamente distinta.

 

Por primera vez en mucho tiempo, Yuuto no sintió miedo de las miradas. No sintió la necesidad de esconderse, ni de bajar la cabeza, ni de desaparecer. Solo sintió confusión, mucha confusión... y una extraña calidez, suave y agradable, que comenzó a extenderse lentamente desde su pecho hasta sus manos, llenándolo de una sensación que no conocía bien, pero que se sentía muy bien.

 

Mientras el tren continuaba avanzando hacia el centro de la ciudad, deslizándose entre luces y sombras, Yuuto se permitió, por primera vez, levantar un poco más la cabeza. No se sentía completamente seguro, el miedo no había desaparecido del todo, pero ya no pesaba tanto. Y mientras acariciaba suavemente la tapa de su libreta con los dedos, pensó que quizás, solo quizás... las cosas podían ser diferentes a como siempre había creído.

 

La siguiente estación fue anunciada por los altavoces con una voz clara y tranquila que recorrió todo el vagón. Yuuto levantó ligeramente la vista, sus ojos tras los lentes oscuros buscando el panel electrónico que indicaba el recorrido. Allí estaba. Era la suya. Aún faltaban uno o dos minutos, pero ya podía ver cómo el nombre de la calle y la zona se acercaban poco a poco en la pantalla luminosa.

 

Frente a él, la pequeña seguía observándolo con la misma fascinación de antes, como si cada segundo que pasaba fuera un regalo y temiera que, si apartaba la vista un solo instante, esa figura de cabello plateado pudiera desvanecerse entre la gente.

 

—Mamá, mira —insistió de nuevo, tirando suavemente de la manga de su madre, sin dejar de mirar a Yuuto ni un segundo.

 

—Ya lo vimos, cariño —respondió la mujer con voz suave, intentando calmarla un poco.

 

—Pero es muy bonita... de verdad, parece de otro mundo.

 

—Shhh... hablemos más bajito, por favor —pidió ella, cubriéndose el rostro con una mano, visiblemente avergonzada por la franqueza infinita de su hija.

 

El padre, por su parte, miraba a todos lados menos hacia donde estaban ellos, sin saber dónde meterse, con esa expresión de "ojalá me trague la tierra" que tantas veces había visto en otros adultos.

 

—Lo sentimos mucho —dijo finalmente, inclinando ligeramente la cabeza hacia Yuuto con respeto—. Nuestra hija no suele tener filtro cuando algo le gusta o le llama la atención. Dice lo que piensa sin maldad, pero entendemos si es incómodo.

 

La niña infló las mejillas de inmediato, cruzando los brazos sobre el pecho, ofendida de que pensaran que había hecho algo malo.

 

—Pero no mentí —se defendió con firmeza.

 

—Lo sabemos, pequeña —dijo su madre, acariciándole el cabello—. Nadie dice que hayas mentido.

 

—Entonces no hice nada malo. Solo dije la verdad.

 

—No es eso... es que... —el padre intentó explicar, pero no encontró las palabras.

 

Yuuto observó toda aquella escena con una tranquilidad que le sorprendió a sí mismo. Por alguna razón, le resultaba divertida. Ver a aquellos padres tan preocupados por si lo habían molestado, y a la niña tan segura de lo que había dicho, defendiendo su verdad con tanta fuerza, le hizo sentir algo ligero en el pecho. La pequeña parecía más preocupada por demostrar que tenía razón que por cualquier otra cosa.

 

Con calma, tomó su libreta y su lápiz, escribió unas pocas palabras con letra clara y ordenada, y se la mostró directamente a los padres.

 

"No me molesta. Al contrario, gracias."

 

Los dos adultos parecieron soltar un aire que habían estado conteniendo sin darse cuenta, relajando los hombros y la expresión.

 

—Gracias por entender, de verdad —dijo la madre, sonriendo con alivio.

 

La niña, al ver que ya no había regaños ni disculpas, sonrió de inmediato, brillante y victoriosa, como si acabara de ganar la batalla más importante de su vida.

 

—¿Ves? ¡Tenía razón! —exclamó mirando a sus padres.

 

—No empieces otra vez... —respondió el padre, aunque ahora sonreía también.

 

Yuuto casi pudo imaginar a Ayaka diciendo exactamente lo mismo, con esa misma seguridad y esa misma sonrisa de satisfacción cuando sabía que tenía la razón. Ese pensamiento, el recuerdo de su amiga, hizo que una pequeña sonrisa apareciera en sus propios labios, oculta bajo los lentes oscuros.

 

Un aviso mecánico anunció que las puertas comenzaban a prepararse para abrirse. Era su estación.

 

Guardó la libreta con cuidado, ajustó la correa de su pequeño bolso sobre el hombro y se puso de pie con elegancia y suavidad.

 

Al verlo levantarse, la niña abrió mucho los ojos, casi con miedo.

 

—¿Te vas? —preguntó con voz bajita, como si le diera pena que se fuera.

 

Yuuto asintió lentamente, con suavidad. Luego se detuvo un segundo, dudando.

 

Antes... probablemente habría bajado la cabeza, habría cruzado los brazos sobre sí mismo y simplemente se habría marchado, sin decir nada, sin mirar a nadie, deseando que nadie lo recordara. Pero hoy era diferente. Muy ligeramente, muy poco, pero diferente.

 

Se acercó unos pasos hasta donde estaba ella, y para sorpresa absoluta de todos los que lo miraban, se agachó despacio hasta quedar exactamente a su altura, mirándola a los ojos, dejando que ella viera su rostro más de cerca.

 

La pequeña se quedó inmóvil, boquiabierta, sin creer que "el ángel" se acercara a ella.

 

Yuuto levantó una mano enguantada, con mucho cuidado, muy despacio, como si temiera asustarla, y acarició suavemente la parte superior de su cabello, con un gesto dulce, tierno y cálido.

 

Los padres se quedaron congelados por la sorpresa, sin saber qué decir ni hacer. La niña parecía aún más sorprendida, pero sus ojos brillaban con una felicidad inmensa.

 

Yuuto volvió a tomar su libreta, escribió unas palabras rápidas y claras, y se la mostró.

 

"Fue un gusto conocerte."

 

La niña leyó, y su sonrisa se hizo más grande que nunca.

 

Él dio la vuelta a la página y escribió una segunda línea, esta vez con una caligrafía un poco más suave, más sentida.

 

"Gracias por tus palabras. Fueron lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo."

 

Por un momento nadie dijo nada. La sinceridad de aquella frase era evidente, se sentía en el aire. Yuuto no estaba siendo educado, no estaba siendo amable por compromiso ni por cortesía. Lo decía de verdad, desde lo más profundo de su corazón.

 

La niña, sin entender del todo por qué, pero sintiendo la verdad en esas palabras, sonrió con toda la fuerza y la inocencia de una niña pequeña.

 

—¡De nada! ¡Eres muy linda! —respondió con alegría.

 

Yuuto soltó una pequeña risa silenciosa, una risa que solo él sintió, y guardó su libreta en su bolso.

 

Las puertas finalmente se abrieron con un sonido suave, dejando entrar el aire fresco de la calle y la luz del sol de la mañana.

 

Antes de salir, le dedicó una última inclinación de cabeza, respetuosa y amable.

 

La niña comenzó a agitar los brazos con todas sus fuerzas, llamando su atención.

 

—¡Adiós, señorita ángel! ¡Cuídate mucho!

 

El vagón entero quedó en silencio durante un segundo, sorprendido por el apodo, y luego, como si un hechizo se rompiera, varias personas no pudieron evitar sonreír, algunas incluso soltaron pequeñas risas tiernas y amables.

 

Yuuto sintió que sus orejas se calentaban. Mucho. Demasiado. La vergüenza le subió por el cuello, pero esta vez no era una vergüenza dolorosa, sino suave, agradable, diferente.

 

Así que simplemente dio un paso hacia afuera y salió del tren, caminando por el andén mientras detrás de él todavía escuchaba la vocecita alegre y clara de la niña despidiéndolo:

 

—¡Adióooos! ¡Vuelve pronto!

 

Las puertas se cerraron detrás de él. El metro volvió a ponerse en marcha, alejándose y perdiéndose en la vía oscura, llevándose consigo a aquella familia y aquel momento inolvidable.

 

Durante unos minutos, Yuuto caminó sin rumbo fijo por el andén, luego subió las escaleras y salió a la calle, todavía procesando todo lo que acababa de ocurrir, con la mente llena de imágenes y palabras. Caminó hasta que encontró una calle más tranquila, alejada del flujo principal de gente, donde el ruido de la ciudad se oía más lejano y suave.

 

Allí se detuvo. Se apoyó con la espalda contra una pared fresca y soltó lentamente todo el aire de sus pulmones, un aire que ni siquiera sabía que había estado conteniendo desde que subió al tren.

 

Su corazón seguía latiendo rápido, muy rápido, pero no por miedo. Era una velocidad nueva, llena de emoción, de sorpresa, de algo que no entendía bien.

 

Cerró los ojos un instante. Y allí estaba de nuevo, la voz de la niña, clara y nítida en su memoria: "Parece un ángel."

 

Abrió los ojos de golpe, mirando al frente, confundido. Todavía no entendía cómo reaccionar a eso. Durante años había escuchado muchas cosas sobre sí mismo: algunas crueles, otras hirientes, otras simplemente falsas o llenas de mentiras. Pero nunca... nunca algo así. Nunca algo tan bonito, tan puro, tan sincero.

 

Lentamente llevó una mano hasta su pecho, justo sobre su corazón. La sensación seguía allí, esa especie de calor extraño, suave, cálido, difícil de describir con palabras. Era como si algo que llevaba mucho tiempo roto, o dañado, o simplemente olvidado, hubiera recibido una pequeña reparación. No era suficiente para arreglarlo todo, ni mucho menos, las heridas del pasado seguían ahí, profundas y antiguas... pero esa pequeña reparación estaba ahí. Y por ahora, eso bastaba.

 

Yuuto bajó la mirada hacia su libreta, que llevaba siempre consigo. La abrió con cuidado, pasó las hojas llenas de pensamientos y dibujos, hasta llegar a una página en blanco. Tomó el lápiz entre sus dedos y, despacio, escribió una única frase.

 

"Hoy conocí a una niña extraña."

 

Se quedó observando esas palabras unos segundos, recordando su sonrisa, su valentía, su forma de ver el mundo. Y después añadió una segunda línea, con más cuidado, con más sentimiento.

 

"Me dijo que parecía un ángel."

 

El lápiz se detuvo sobre el papel, sin escribir nada más. Yuuto contempló aquellas palabras escritas con su propia letra, y por primera vez en mucho tiempo, por primera vez en años... sonrió sin darse cuenta. Una sonrisa pequeña, dulce, sincera, que iluminó su rostro bajo la luz del sol de la mañana.

Thoughts

  • acta_no_leyenda

    Después de tantos capítulos viéndolo con la libreta en la mano, esta vez me fijé en cuándo la suelta. En casa le habla a su mamá con su propia voz; en el vagón vuelve a escribir para los padres de la niña, aunque ya estaba sonriendo. Parece que la voz la guarda para los de adentro de la casa. Apuesto a que el primero de afuera que lo oiga hablar en voz alta va a ser Shiori en la biblioteca, antes que Goro.

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  • plazofijo

    La mamá eligiendo la ropa, mirá, es igualito en todas las casas. Treinta minutos para salir a comprar cuadernos.

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