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Capítulo 33: Un día de descanso... más o menos

DNavarrete
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El sonido rítmico de las olas rompiendo contra la arena fina llenaba el aire. El cielo estaba completamente limpio, de un azul intenso que parecía no tener fin, y el sol brillaba con fuerza,…

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Aupa, treinta y tres capítulos detrás de Aoi y es la primera vez que lo veo sin mazmorra y sin Puddle, y la playa le da más guerra que Argos. Las hermanas se lo llevan detrás de las casetas y él agarrándose a las conchas. Luego se sienta solo en las rocas

Aupa, treinta y tres capítulos detrás de Aoi y es la primera vez que lo veo sin mazmorra y sin Puddle, y la playa le da más guerra que Argos. Las hermanas se lo llevan detrás de las casetas y él agarrándose a las conchas.

Luego se sienta solo en las rocas y llega Shizuka a llamarlo Domadora con el helado en la mano. Esa calma me da más miedo que cualquier jefe del laberinto. Me da que el juego se le acaba de salir a la vida real.

Contenido de la publicación

El sonido rítmico de las olas rompiendo contra la arena fina llenaba el aire. El cielo estaba completamente limpio, de un azul intenso que parecía no tener fin, y el sol brillaba con fuerza, calentando suavemente la piel. Una brisa fresca cargada de sal recorría la orilla, moviendo la hierba alta de las dunas y llevando consigo el aroma del mar.

 

Sentado bajo la sombrilla que acababa de clavar, Aoi soltó un suspiro largo y profundo. El calor le daba de lleno en la cara, y aunque no le molestaba, no podía evitar sentirse fuera de lugar.

 

—... —murmuró mirando hacia la orilla—. No es que no me guste la playa... pero hay demasiada gente.

 

Había niños corriendo y chapoteando, grupos jugando al voleibol, música que sonaba a lo lejos y conversaciones que se mezclaban en un murmullo constante. Era exactamente el tipo de ambiente que solía evitar.

 

—Podría estar explorando el Tercer Piso ahora mismo... o organizando el diseño de la mazmorra con Puddle —se dijo a sí mismo con resignación.

 

—¡Eso ni se te ocurra! —respondió una voz conocida detrás de él.

 

Aoi cerró los ojos. Sabía perfectamente quién era.

 

—Hay que salir de casa y pisar el pasto... y la arena —añadió Hina entre risas.

 

Aoi se giró despacio. Las dos hermanas caminaban hacia él cargando una nevera y varias bolsas de tela, y desde el primer momento era imposible no mirarlas. Hina llevaba el traje de baño con unos pantalones cortos de mezclilla desgastada, caminando con esa energía despreocupada que hacía que todo pareciera sencillo y divertido. Kaede, en cambio, llevaba un pareo blanco fluido atado a la cintura; cada movimiento suyo era suave y elegante, y la luz del sol se reflejaba en su cabello con una calma que llamaba la atención sin esfuerzo.

 

Aoi sonrió, aunque seguía un poco cansado.

 

—Llegan tarde.

 

—Mentira —replicó Hina dejando las bolsas en la arena—. Tú llegaste demasiado temprano por ansioso.

 

Kaede acomodó la nevera con mucho cuidado bajo la sombra.

 

—Queríamos buscar un lugar tranquilo, lejos de la multitud —dijo mirando a su alrededor—. Creo que lo hemos conseguido.

 

Hina se acercó a él con una sonrisa traviesa, se llevó una mano al pecho y dijo con tono dramático:

 

—Bueno, cuéntame... ¿qué se siente al tener dos hermanas tan hermosas? ¿No te sientes el chico más afortunado del mundo?

 

Aoi la miró unos segundos, luego miró a su alrededor y respondió con total sinceridad:

 

—Siento que destacáis demasiado. Todo el mundo os está mirando.

 

Hina parpadeó y giró la cabeza. Vio lo que Aoi decía: varios grupos de personas las observaban de reojo, algunos chicos fingían conversar mientras no apartaban la vista, y hasta una pareja se había detenido un instante para mirarlas.

 

—Bueno... —respondió Hina enderezándose con orgullo—, eso solo demuestra que tengo buen gusto.

 

Kaede suspiró con una sonrisa suave.

 

—No seas tan presumida, Hina. Venid, ayudadnos a extender la toalla.

 

Mientras empezaban a acomodar las cosas, Aoi levantó la vista y se quedó helado. Dos figuras caminaban hacia ellos por la arena, acercándose despacio.

 

—¡Buenos días! —saludó Reina levantando la mano.

 

—Perdón por la demora —añadió Reika con una sonrisa cálida.

 

Aoi no pudo responder al instante. Las veía casi todos los días en la academia, con su uniforme impecable, pero hoy eran completamente distintas. Reina llevaba un traje de baño de colores vivos con una tela ligera que se abría a los costados y bailaba con la brisa; irradiaba tanta luz y alegría que parecía brillar por sí misma. Reika, por su parte, llevaba un modelo elegante de una sola pieza, con un pareo azul oscuro que le daba un aire sereno y distinguido. Ambas se veían tan naturales, tan hermosas bajo la luz del sol, que por unos segundos Aoi olvidó dónde estaba.

 

—¿Aoi? —preguntó Reika inclinando ligeramente la cabeza al verlo callado.

 

—¿Te pasa algo? —añadió Reina divertida.

 

Aoi reaccionó de golpe, sintiendo cómo el calor subía rápidamente por sus mejillas.

 

—¡Ah! N-No... nada —se rascó la nuca con nerviosismo—. Es solo que... se ven muy bien. Las dos.

 

Las palabras se le escaparon antes de que pudiera detenerlas. Reina se sonrojó al instante, bajando la mirada hacia la arena, y Reika desvió la vista hacia el mar, respondiendo en un susurro:

 

—G-Gracias... tú también.

 

Aoi se hundió aún más, deseando que la arena se lo tragara. Pero no había pasado desapercibido para todo el mundo. Hina lo había visto todo: la forma en que se había quedado mirándolas, el rubor en sus mejillas, la sinceridad en sus palabras. Su sonrisa se ensanchó lentamente, esa sonrisa que todos en la familia conocían bien y que siempre significaba problemas.

 

Se acercó despacio hasta colocarse justo detrás de él y le puso una mano sobre el hombro.

 

—Bueno, hermanito —dijo con voz tranquila—, creo que ya es hora de empezar con los preparativos importantes.

 

—¿Preparativos? —preguntó Aoi confundido.

 

—Sí —asintió Hina con total seriedad—. Los de tu boda.

 

Un silencio absoluto cayó sobre el grupo. Reina se quedó con la boca entreabierta, totalmente roja. Reika se cubrió media cara con una mano. Aoi abrió los ojos como platos, sin dar crédito a lo que oía.

 

—¡¿QUÉ BODA?! —gritó.

 

—Pues la tuya —respondió Hina como si fuera lo más lógico del mundo—. Está clarísimo: tarde o temprano vas a terminar eligiendo entre ellas dos. Así que mejor voy reservando fecha y lugar.

 

—¡H-Hina, por favor cállate! —exclamó Reina escondiendo la cara entre las manos.

 

—N-No digas esas cosas... —suplicó Reika con voz muy baja.

 

—¡¿Cómo puedes decir eso delante de ellas?! —reprochó Aoi, sintiendo que su cara debía estar ardiendo más que el sol.

 

Hina empezó a contar con los dedos, sin dejar de sonreír.

 

—Mira, las pruebas son irrefutables: las miraste como si no hubiera nadie más en la playa, te quedaste embobado, y encima les dijiste en voz alta que se veían muy bien. ¿Qué más hace falta?

 

—¡Solo dije la verdad! ¡Eso no significa nada! —protestó él desesperado.

 

—Eso es lo que dice todo el mundo al principio —se rió Hina.

 

Kaede, que había estado observando todo en silencio, intervino con una risa suave.

 

—Hina, déjalo respirar un poco. Pobrecito, está entre cuatro personas y se siente totalmente superado.

 

—Está bien, está bien —Hina levantó las manos fingiendo rendirse, pero antes de alejarse guiñó un ojo a Reika y Reina, y dijo en voz alta para que Aoi la oyera perfectamente—: De todas formas, cualquiera de las dos sería una cuñada maravillosa.

 

—¡¡¡HINAAAAAA!!! —el grito de Aoi resonó en toda la orilla.

 

Hina salió corriendo entre carcajadas hacia el agua, mientras Reika y Reina se sentaban en la arena sin atreverse a levantar la vista, completamente sonrojadas. Aoi se dejó caer sobre la toalla cubriéndose la cara con las manos, pensando que nunca se recuperaría de la vergüenza. Mientras tanto, Kaede lo miraba con ternura, sabiendo que aunque se sintiera fuera de lugar, nunca había estado tan bien acompañado.

 

Aoi dejó caer el rostro entre las rodillas, soltando un suspiro que parecía sacarle el aire del cuerpo.

 

—Al menos... —murmuró resignado—, ahora podré descansar un rato. Pensé que lo peor ya había pasado. Hina ya hizo suficientes bromas por hoy, y Reika y Reina siguen demasiado avergonzadas como para decir nada más.

 

Pero justo cuando empezaba a relajarse, sintió dos miradas clavadas sobre él. Levantó la cabeza despacio. Hina y Kaede lo observaban con la misma sonrisa: no era maliciosa, era peor. Era esa calma absoluta que solo aparecía cuando ya habían tomado una decisión y nada las haría cambiar de opinión.

 

Aoi tragó saliva. Conocía esa expresión demasiado bien.

 

—No... —dijo poniéndose de pie lentamente, retrocediendo paso a paso—. ¿Qué... qué planeáis ahora?

 

—Solo será un momento —respondió Kaede con voz suave, dando un paso hacia él.

 

—Ni siquiera sabes qué vamos a hacer —añadió Hina sonriendo más.

 

—No hace falta —replicó él, acelerando el retroceso—. Os conozco. Cuando las dos sonreís así... siempre termina mal para mí.

 

—Qué exagerado eres —se rió Hina.

 

—No soy exagerado. Tengo experiencia —aseguró él, y de repente dio media vuelta y echó a correr—: ¡¡Me niego!!

 

—¡Atrápenlo! —gritó Hina entre carcajadas.

 

—Aoi, no huyas —dijo Kaede, aunque también se puso en movimiento.

 

Cinco segundos después, la huida terminó. Las dos lo alcanzaron sin esfuerzo y lo sujetaron firmemente por los brazos.

 

—¡Suéltenme! —pataleaba él—. ¡No quiero! ¡Déjenme en paz!

 

—Reika, Reina, esperadnos aquí un ratito —dijo Hina mientras empezaba a arrastrarlo suavemente por la arena.

 

—Volvemos enseguida —añadió Kaede con amabilidad.

 

Aoi intentaba aferrarse a la tierra, a las conchas, a cualquier cosa que pudiera detenerlo. Miró desesperado a las dos chicas.

 

—¡Ayúdenme! ¡Por favor! ¡Mis hermanas no planean nada bueno!

 

Reina se levantó medio instintivamente, preocupada.

 

—¿N-No deberíamos ir a ayudarlo?

 

Reika lo vio desaparecer detrás de unas casetas de madera, luego miró a Kaede, y finalmente suspiró.

 

—Creo que... ya es demasiado tarde.

 

—¡¡TRAIDORAS!! —fue lo último que alcanzó a gritar antes de que la voz se le perdiera entre las risas de sus hermanas.

 

Quince minutos pasaron despacio. Reina bebía su jugo sin saber muy bien qué pensar, y Reika solo miraba hacia donde se habían ido, negando con la cabeza.

 

—¿Qué crees que le estarán haciendo? —preguntó Reina.

 

—Prefiero no imaginarlo —respondió Reika.

 

Entonces aparecieron. Hina iba primero, con una sonrisa de oreja a oreja; Kaede caminaba a su lado; y detrás de ambas, alguien se escondía casi por completo, usándolas como escudo humano. Solo se veían unas piernas temblorosas asomando por detrás.

 

—Bueno —dijo Hina cruzando los brazos—, ya es hora de la presentación.

 

—No... por favor... no —suplicó la voz de Aoi desde atrás.

 

—Sal un poquito —le pidió Kaede con dulzura.

 

—No.

 

—Aoi.

 

—¡No!

 

Hina simplemente dio un paso a un lado. Kaede hizo lo mismo. Y el escudo desapareció.

 

El vaso de jugo se le resbaló de las manos a Reina. Cayó sobre la arena con un sonido apagado, pero ella ni siquiera lo notó. Reika también abrió los ojos un poco más, quedándose completamente inmóvil.

 

Allí estaba Aoi. Llevaba pantalones cortos y una camiseta ligera de playa, pero sobre su cabeza caía una larga peluca negra, perfectamente peinada y brillante. Siempre habían dicho que su rostro se parecía mucho al de su avatar femenino del juego, pero ahora, sin su cabello habitual ocultándole parte de la cara y con esa melena cayéndole por los hombros, el parecido era impresionante. Sus facciones suaves, su complexión delgada... a primera vista, cualquiera pensaría que era una chica.

 

Aoi tenía la cabeza gacha, las mejillas ardiendo de rojo intenso, y apretaba con fuerza el borde de la camiseta como si quisiera desaparecer dentro de ella.

 

El silencio duró varios segundos. Fue Reina quien rompió el hechizo, llevándose una mano a la boca.

 

—E-Es... —tartamudeó, mirándolo una y otra vez sin poder creerlo— ...muy linda.

 

Aoi cerró los ojos con fuerza. Sabía que dirían eso.

 

Reika sonrió entonces, con una ternura inmensa.

 

—Ahora entiendo perfectamente... por qué tu avatar se parece tanto a ti.

 

Aoi suspiró, derrotado.

 

—Porque Hina dijo... que si ya tenía esa cara... debía aprovecharla.

 

—¡Y así es! —exclamó Hina levantando ambos pulgares con orgullo—. ¡Quedó perfecto!

 

Kaede asintió despacio.

 

—La verdad... sí que es cierto.

 

Aoi las miró indignado, con los ojos brillantes entre el flequillo de la peluca.

 

—¡¿De qué lado están ustedes?!

 

—Del lado de la diversión —respondió Hina sin dudarlo.

 

—¡Eso no es ningún lado!

 

Reina ya no pudo contenerse más y soltó una risa suave.

 

—Lo siento mucho... de verdad... pero es que... te queda realmente bien.

 

Aoi se agachó un poco más, escondiendo la cara entre las manos.

 

—No vuelvo a salir con ustedes... nunca más.

 

Hina le dio una palmada cariñosa en la espalda.

 

—Eso dijiste la última vez. Y la anterior. Y aquí sigues.

 

Aoi solo pudo suspirar otra vez. Sabía perfectamente que cuando sus dos hermanas se ponían de acuerdo, no había argumento ni huida que valiera: era una batalla perdida desde el principio.

Aoi permanecía sentado en la arena, entre Reika y Reina, con la mirada baja y los labios fruncidos en un puchero que parecía no tener fin. Las dos habían decidido dejar las bromas de lado: el pobre ya había pasado suficiente vergüenza por un día.

 

Reina se acercó un poco más y le dio unas palmaditas suaves en el hombro.

 

—Ya no estés así, por favor.

 

—Sí —añadió Reika con calma—. Solo fue una broma de tus hermanas.

 

Aoi respondió sin levantar la vista:

 

—Fue una emboscada perfectamente planeada.

 

Las dos soltaron una risita suave.

 

—Lo fue —admitió Reina—, pero ya pasó.

 

—Nunca más confiaré en ellas —murmuró él cruzando los brazos con fuerza.

 

—Eso dijiste la última vez —le recordó Reika sonriendo—, y aún así caíste otra vez.

 

Aoi infló las mejillas todavía más.

 

—Es que no esperaba que trajeran una peluca escondida en la nevera...

 

La risa de las dos salió un poco más fuerte.

 

—Está bien, está bien —dijo Reina levantando las manos en señal de paz—, prometo que no nos reiremos más. Además, creo que deberías aprovechar y disfrutar de la playa.

 

Aoi alzó apenas la mirada, confundido.

 

—¿Disfrutar?

 

—Claro —señaló Reina el mar brillante—. Vinimos para pasar un buen rato, no para que te quedes aquí castigado.

 

—Por hoy —añadió Reika con ternura— olvida el juego, olvida a Argos, olvida entrenar. Solo descansa.

 

Aoi guardó silencio unos instantes, miró el agua, luego a ellas dos, y finalmente soltó un suspiro largo que pareció sacarle todo el aire.

 

—Está bien... —se puso de pie despacio—. Pero solo porque ustedes me lo pidieron.

 

—Así está mucho mejor —sonrió Reina.

 

—Muchísimo mejor —coincidió Reika.

 

Aoi empezó a caminar hacia la orilla, todavía con las mejillas un poco sonrosadas, pero ya sin esa expresión de indignación absoluta. Tal vez sí pueda relajarme un rato, pensó.

 

No dio más de diez pasos cuando una voz lo detuvo:

 

—Disculpa un momento.

 

Aoi se giró. Frente a él había un joven de unos veinte años, que se rascaba la nuca con una sonrisa muy confiada.

 

—¿Sí?

 

—Perdón por molestarte —dijo el chico—, pero te llevo viendo desde hace un rato y... quería preguntarte si te gustaría caminar un trato conmigo.

 

Aoi parpadeó una, dos y tres veces. Tenía un muy mal presentimiento.

 

—La verdad —continuó el muchacho—, me pareciste muy linda. Si no tienes planes, podríamos charlar un rato, incluso intercambiar...

 

No terminó la frase. Aoi levantó la cabeza de golpe, una pequeña vena se marcó en su frente y explotó:

 

—¡¡SOY HOMBRE!!

 

El silencio cayó sobre toda esa parte de la playa. El chico dio un salto hacia atrás, pálido.

 

—¿¡EH!?

 

—¡¡Todo esto es culpa de mis hermanas!! —señaló la peluca con ambas manos— ¡¡Yo tampoco quería ponérmela!! ¡¡Así que deja de confundirme con una chica!!

 

—Y-Yo... lo siento muchísimo —tartamudeó el joven totalmente avergonzado—, no... no tenía ni idea...

 

Aoi soltó un bufido tan fuerte que le movió el flequillo, dio media vuelta y se alejó refunfuñando:

 

—Lo sabía... sabía que algo así iba a pasar... Maldita sea... cuando encuentre a Hina...

 

Desde la sombrilla, Reina se dobló sobre sí misma, riendo hasta que le faltó el aire. Reika intentó aguantar unos segundos más, pero terminó riéndose también, limpiándose las lágrimas.

 

Mientras tanto, Hina y Kaede regresaban con los helados en la mano. Al ver la escena, Hina se detuvo y miró cómo Aoi se alejaba indignado.

 

—¿Qué pasó ahora? —preguntó.

 

Reina apenas podía hablar entre risas:

 

—L-Lo... lo confundieron... con una chica...

 

Hina abrió los ojos de par en par y soltó una carcajada tan fuerte que se le cayó el helado. Kaede se llevó una mano a la frente, negando con la cabeza mientras sonreía resignada:

 

—Pobre... de verdad hoy no tuvo ninguna suerte.

 

Aoi siguió caminando solo por la orilla, con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada fija en la espuma que rompía sobre sus pies.

 

—La próxima vez —murmuró para sí mismo— me quedo en casa jugando. Aunque tengan que atarme con cuerdas y arrastrarme hasta aquí. No vuelvo a caer.

 

Aoi caminaba arrastrando los pies por la orilla, las manos hundidas en los bolsillos y el ceño fruncido.

 

—No vuelvo a dejar que nadie me acerque una peluca... —murmuraba entre dientes—. Ni Hina, ni Kaede, ni nadie. Jamás.

 

Cada vez que alguien pasaba cerca, sentía las miradas clavadas en él y escuchaba los comentarios bajitos:

 

—Qué chica más linda...

 

—¿Será modelo? Tiene una elegancia increíble...

 

—Parece tan dulce...

 

Aoi apretó los dientes con fuerza. Una vena se marcó en su frente.

 

—¡¡Soy un chico!! —gruñó entre dientes, aunque nadie lo oyó claramente. Cuanto más intentaba ignorarlo, peor se ponía su humor.

 

Tras varios minutos caminando, se alejó de la zona llena de gente hasta llegar a un grupo de grandes rocas que asomaban junto al agua. Subió a una de las más altas y se dejó caer pesadamente, abrazando las rodillas. Allí solo se escuchaba el romper rítmico de las olas y el viento suave.

 

—Estoy rodeado de traidores —se quejó bajito—. Primero mis hermanas, luego Reika y Reina... ni siquiera ellas me defendieron.

 

Soltó un suspiro cargado de resignación. En ese momento, sintió algo frío y suave apoyarse contra su mejilla.

 

—¡¿Hya?! —saltó del susto girando de golpe—. ¡Hina ya basta, que no pienso...!

 

Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. No era Hina.

 

Frente a él había una mujer que no conocía: tendría unos veinticuatro años, con un porte elegante que parecía fuera de lugar incluso en la playa. Llevaba un traje de baño negro, una camisa blanca abierta y un pareo fino oscuro; su cabello castaño estaba recogido con mucho cuidado, y sostenía un helado con la misma calma con la que alguien sostiene un documento importante. Tenía un aire muy familiar, casi idéntico a Nano-sensei, pero unos años mayor y con una presencia más firme.

 

Ella sonrió con amabilidad.

 

—Lo siento mucho. No quería asustarte.

 

Se acercó un poco más y le ofreció el helado.

 

—Ten. Parece que lo necesitas más que yo.

 

Aoi dudó unos segundos, pero terminó tomándolo por educación.

 

—...Gracias.

 

Ella se sentó a su lado en la roca, mirando hacia el mar en silencio. Pasaron unos instantes antes de que ella volviera a hablar:

 

—Te vi caminando muy enfadado desde hace rato. Se nota bastante.

 

—¿Tanto? —murmuró Aoi dándole una mordida al helado.

 

—Bastante —asintió ella riendo suavemente—. Y también escuché cuando gritaste que eras hombre.

 

Aoi sintió que las mejillas se le encendían de nuevo, con ganas de desaparecer entre las piedras.

 

—Perdón —dijo ella—, no me estoy burlando. Es solo que me dio curiosidad. Nunca imaginé que alguien pudiera cambiar tanto de apariencia solo con ropa... y una peluca.

 

Aoi suspiró, cansado.

 

—Si ha venido a reírse de mí, le aviso que por hoy ya tuve suficiente.

 

Ella negó con serenidad.

 

—No vine para eso. Es solo que... me pareciste alguien interesante.

 

El silencio volvió a caer, pero ya no se sentía incómodo: al contrario, era una calma extraña, como si el tiempo pasara más despacio allí. Entonces ella giró la cabeza hacia él y le tendió la mano.

 

—Mejor me presento. Mi nombre es Shizuka Takahashi.

 

Aoi estrechó su mano despacio.

 

—Yo soy Aoi.

 

—Mucho gusto, Aoi —respondió ella inclinando levemente la cabeza.

 

Hubo una pausa breve. Y entonces Shizuka habló de nuevo, con la misma naturalidad, como si dijera algo obvio:

 

—Aunque creo que debería decir: mucho gusto... Domadora.

 

El tiempo pareció detenerse por completo. La cuchara se quedó inmóvil en la mano de Aoi. Sus pupilas se contrajeron, y muy despacio giró la cabeza hacia ella, con los ojos muy abiertos.

 

Shizuka seguía sonriendo, tranquila y segura.

 

—La verdad —continuó—, nunca imaginé que terminaría encontrándome cara a cara con la persona de la que todo el servidor habla. Y mucho menos... —hizo una pequeña pausa, mirándolo directamente a los ojos— descubrir que la legendaria Domadora que derrotó a Argos... en realidad es un chico.

 

El helado casi se le resbala de los dedos. El corazón de Aoi dio un vuelco tan fuerte que creyó que se le saldría del pecho. ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo pudo reconocerme?

 

Por primera vez desde que salió victorioso del laberinto, sintió un nerviosismo completamente distinto al miedo o a la vergüenza. No era una suposición, ni una coincidencia: esa mujer sabía exactamente quién era, y probablemente mucho más de lo que estaba diciendo.

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  • novelaacuestas

    Aupa, treinta y tres capítulos detrás de Aoi y es la primera vez que lo veo sin mazmorra y sin Puddle, y la playa le da más guerra que Argos. Las hermanas se lo llevan detrás de las casetas y él agarrándose a las conchas.

    Luego se sienta solo en las rocas y llega Shizuka a llamarlo Domadora con el helado en la mano. Esa calma me da más miedo que cualquier jefe del laberinto. Me da que el juego se le acaba de salir a la vida real.

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  • rellenoPuro

    La peluca en la nevera 😂

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