Mira, hija, la cena de los deseos con Liam colorado jurando que no tenía a nadie, y después la misma noche vista desde la pira, me han tenido un rato sin moverme de la silla. Que al final a Anna solo le salga dar las gracias me recuerda a los entierros de mi pueblo, donde nadie sabía qué decir y todos acababan agradeciendo cosas pequeñas, un recado, una silla que alguien bajó. Apuesto a que Eliana, la del llanto de mentira en la hoguera, es la que peor lo va a llevar.
Capítulo 33: Cargarle fue lo mínimo
Anna caminaba sola entre las carpas. Cada paso era lento, pesado, como si el propio suelo intentara retenerla, o como si llevara sobre los hombros el peso de cada vida que se aferraba al hilo más…
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Mira, hija, la cena de los deseos con Liam colorado jurando que no tenía a nadie, y después la misma noche vista desde la pira, me han tenido un rato sin moverme de la silla. Que al final a Anna solo le salga dar las gracias me recuerda a los entierros de
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Anna caminaba sola entre las carpas. Cada paso era lento, pesado, como si el propio suelo intentara retenerla, o como si llevara sobre los hombros el peso de cada vida que se aferraba al hilo más fino de la existencia. Sus botas se hundían ligeramente en el camino de tierra, un camino que miles de pies habían pisado y que ahora, bajo la luna pálida, parecía llevarla a ninguna parte.
A ambos lados, como un ejército silencioso de fantasmas, se extendían filas interminables de tiendas blancas. Eran lienzos manchados de barro seco, de restos de sangre que no terminaban de quitarse, y de la ceniza constante que caía como una maldición sobre todo el campamento. Algunos enfermos, aquellos que habían resistido un día más, dormían inquietos en su interior, sus cuerpos débiles apenas un bulto bajo las mantas. Otros, los que habían recibido la medicina de los alquimistas, parecían sumidos en un sueño más profundo, un frágil respiro de la fiebre y el dolor. Los voluntarios, incansables a pesar de todo, seguían moviéndose de un lado a otro, aunque el ritmo ya era mucho más pausado que durante la frenética luz del día.
Era uno de esos extraños momentos de la noche, casi mágico en su fragilidad, en los que el campamento parecía respirar. No descansar realmente, porque el peligro nunca dormía del todo, pero sí respirar. Un hondo suspiro colectivo que recordaba que, a pesar de todo, la vida aún se aferraba con uñas y dientes.
Anna llevaba una botella de agua en una mano, la empuñadura fría contra su palma. Su mirada estaba perdida en algún punto que no existía, un lugar que solo ella podía ver, más allá de las tiendas, más allá del horizonte. Tenía ojeras marcadas, profundas como heridas, el cabello oscuro desordenado, pegado a la frente por el sudor y el cansancio, y la ropa llena de manchas imposibles de quitar, recuerdos de vidas que había intentado salvar, de polvos de hierbas, de lágrimas y de dolor ajeno.
Entonces, casi sin querer, alzó un poco la vista.
A lo lejos, más allá de las últimas carpas blancas, el humo seguía subiendo. Una columna oscura, densa, que se perdía en la inmensidad del cielo nocturno estrellado. Las hogueras. Las mismas que llevaban días ardiendo sin descanso, sin que nadie las pudiera apagar, sin que nadie quisiera hacerlo. Las mismas que se habían convertido en parte del paisaje, una constante presencia, el recordatorio más crudo de la batalla que se libraba, día y noche, contra la muerte.
Anna se quedó mirándolas en silencio durante unos segundos, el calor imaginario del fuego en su rostro agotado. Y entonces, casi sin querer, su mente retrocedió, buscando un refugio, un momento de normalidad.
A unos días antes. A una de esas pocas noches en las que el campamento había conseguido detenerse de verdad, aunque fuera solo por un instante, y la esperanza no había parecido una palabra hueca.
Habían encendido una pequeña hoguera cerca de la zona de suministros, donde el fuego podía ser controlado y no se acercará a las tiendas de los enfermos. Nada demasiado grande, apenas una llama bailarina, lo justo para cocinar un poco de carne seca que habían conseguido y calentar el agua para las infusiones. Alrededor, formando un círculo imperfecto y cansado, estaban sentados Garoum, Eliana, Daeron, Lyra, Liam, varios doctores, un par de alquimistas… y Anna.
Era extraño. Por un rato, el campamento había parecido casi normal, casi como si no hubiera una peste matando a la gente a pocos metros. Se escuchaba el sonido amable del fuego crepitando, las voces bajas y cansadas, pero relajadas, el olor reconfortante de la carne cocinándose y el tenue aroma de las hierbas mezclándose con el humo. Incluso algunas risas pequeñas se habían atrevido a escapar de entre los labios, como luciérnagas en la oscuridad.
Garoum, sentado con las piernas cruzadas, tenía un trozo de carne ensartado en un cuchillo que giraba lentamente sobre las llamas, con una concentración casi infantil.
—Cuando todo esto termine —dijo uno de los doctores, estirando la espalda con un gemido de dolor, sintiendo cada hueso de su cuerpo—, voy a dormir dos días seguidos. Sin levantarme para nada.
—Tres —corrigió uno de los alquimistas, con los ojos cerrados, imaginando el descanso—. Yo quiero dormir tres, al menos.
—Cobardes —dijo Garoum con una sonrisa cansada, sin apartar la vista del fuego—. Yo lo único que quiero es sumergirme en una bañera de agua caliente. Y no salir hasta que el agua se ponga fría.
Eso arrancó algunas risas ahogadas, un ligero temblor de hombros que se sentía extraño en ese lugar.
Daeron, que permanecía un poco más apartado, bebió un trago largo de agua antes de hablar, su voz ronca por el cansancio.
—Yo voy a exigir una cama de verdad. Y vino. Mucho vino.
—¿Solo una cama? —preguntó Lyra, arqueando una ceja con una burla juguetona en los ojos—. Después de todo esto, te mereces una mansión entera solo para ti.
—Ya tengo una mansión —respondió Daeron, con una sonrisa ladeada.
—Entonces dos —dijo ella, y el grupo soltó otra pequeña risa, una burbuja de humanidad en medio de la desolación.
Anna permanecía sentada junto al fuego, envuelta en una manta gruesa que le cubría hasta los hombros, y con una taza caliente entre las manos. Por primera vez en días, en semanas quizás, no estaba revisando listas interminables, ni dando órdenes, ni mezclando algo en un mortero. Solo estaba ahí, en silencio, escuchando las voces, sintiendo el calor del fuego, intentando que el cansancio no la derribara.
Entonces, uno de los alquimistas, un hombre joven y de mirada curiosa, la miró de reojo.
—¿Y usted, Lady Anna? —preguntó, y su voz rompió la burbuja de la normalidad.
Ella levantó apenas la vista, un destello de sorpresa en sus ojos agotados.
—¿Yo qué?
—¿Qué hará cuando todo esto termine? ¿Cuál será su deseo?
Anna pensó unos segundos, su mente buscando entre los escombros de sus sueños.
—Dormir —respondió, y el agotamiento en su voz hizo que la palabra sonara menos a chiste y más a una promesa imposible.
Eso hizo reír a varios, un sonido un poco más fuerte esta vez.
Pero Garoum negó lentamente con la cabeza, su sonrisa cansada.
—No le creo.
—¿Por qué no? —preguntó Anna, con un tono ligeramente desafiante.
—Porque la conozco —dijo él, señalándola con el cuchillo, su mirada penetrante—. Apenas termine todo esto, se encerrará otra vez en su mansión y no saldrá de allí durante semanas. Se esconderá del mundo, como siempre.
—Eso no suena tan mal —murmuró Anna, casi para sí misma, pensando en el silencio y la soledad de su estudio.
—¡Lo sabía! —exclamó Lyra de inmediato, señalándola con el dedo—. Volverá a esconderse de todo y de todos.
—Como un animal asustado —agregó Daeron, con un tono grave que no terminó de ser del todo broma.
Anna entrecerró los ojos, un destello de la antigua Anna en su mirada.
—¿Y por qué ustedes dos hablan como si no fueran los peores para esconderse? Ustedes son los que se pierden durante meses cuando no hay nada que hacer.
—Porque nosotros somos encantadores —dijo Lyra, con una sonrisa amplia.
—Y sociables —añadió Daeron, con una pose de falsa superioridad.
Anna soltó una pequeña exhalación cansada, pero una sonrisa minúscula se dibujó en la comisura de sus labios.
—Ustedes son insoportables —murmuró, y esta vez, el cansancio en su voz no ocultó el cariño genuino que había en sus palabras.
Eso hizo reír al resto del grupo. Incluso algunos doctores tuvieron que cubrirse la boca para ahogar sus carcajadas, sintiendo lo extraño de la situación, lo fuera de lugar que era la risa allí. Porque verla así, discutiendo con ellos, como si fueran viejos amigos, era raro. Era inesperado. Pero también se sentía bien. Se sentía humano.
Entonces uno de los voluntarios, un joven que no había hablado mucho, miró a Liam.
—¿Y tú? —preguntó.
Liam, que estaba sentado algo más atrás, envuelto en una manta y mirando el fuego con la mirada perdida, levantó la vista, confundido.
—¿Yo qué?
—¿Qué harás cuando todo esto termine? ¿Cuál será tu gran plan?
El joven se quedó pensando un momento, su rostro todavía infantil enmarcado por la manta.
—Supongo que volver a casa. A casa de mis padres.
—Qué aburrido —dijo el voluntario con un tono de decepción.
—¿Y qué quieren que haga? —preguntó Liam, con un ligero rubor en las mejillas.
Uno de los doctores sonrió, con una picardía en la mirada.
—Buscar una esposa. Ya tienes edad, muchacho. Es el momento.
Liam casi se atragantó con el agua que estaba bebiendo.
—¿Qué? ¡No! ¡No tengo edad para eso!
—Claro que sí —insistió el doctor.
—¡No!
—Sí.
Liam negó varias veces con la cabeza, su rostro poniéndose tan rojo como el fuego de la hoguera.
—¡No tengo a nadie! —exclamó, casi desesperado.
—Eso sonó demasiado rápido —dijo Lyra, con una mirada astuta.
—Sospechosamente rápido —agregó Garoum, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Muy, muy rápido —remató Daeron, apoyándose en su mano y mirándolo fijamente.
Liam se puso todavía más rojo, su vergüenza palpable en el aire.
—¡No tengo a nadie! —repitió, casi en un grito, y en ese momento, ocurrió algo terrible para él.
Su mirada, por un instante apenas perceptible, se movió. Solo un microsegundo. Un destello de sus ojos, cansados pero honestos, que se posó fugazmente en Anna.
Ella no se dio cuenta. Estaba tomando otro trago de agua de su botella, con la mirada perdida en el humo de las hogueras lejanas.
Pero el resto sí.
Y el silencio que cayó sobre el grupo durante medio segundo fue suficiente. Un silencio que lo dijo todo. Un silencio pesado que hizo que Liam comprendiera que había cometido un error garrafal, un error que ahora todos habían visto.
Garoum abrió lentamente los ojos, que antes tenía entornados, y su sonrisa desapareció.
Lyra se cubrió la boca con una mano, no para ahogar la risa, sino para ocultar su propia sorpresa.
Daeron, en lugar de reírse, simplemente sonrió, pero una sonrisa distinta, una que decía: "Ah, con que así están las cosas".
Y Eliana…
Eliana, que había estado escuchando en silencio, se quedó completamente quieta. Luego, lentamente, bajó la cabeza. Sacó un pañuelo de algún lugar oculto entre sus ropas.
Y comenzó a fingir que lloraba desconsoladamente, con una teatralidad exagerada que, sin embargo, lograba su propósito.
—Lo sabía… —dijo con voz dramática, entre sollozos falsos—. Mi querida Anna me va a abandonar por un chico más joven… ¡Después de todo lo que hemos vivido juntas! ¡Yo que la amé incluso cuando parecía un cadáver caminando y nadie daba un céntimo por ella!
Anna casi escupió el agua que tenía en la boca, su sorpresa más grande que la vergüenza.
—¡¿Qué?! ¡Eliana, deja de decir tonterías!
Liam estaba tan rojo que parecía que iba a explotar en cualquier momento.
—¡Yo no dije eso! ¡Yo no dije nada de eso!
—No tienes que decirlo —respondió Eliana, secándose una lágrima imaginaria con el dorso de la mano y señalándolo con el pañuelo—. Tus ojos ya hablaron por ti, muchacho. Y lo hicieron en voz muy alta.
—¡Mis ojos no hablaron nada! —protestó Liam, avergonzado hasta la médula.
Garoum tuvo que darse la vuelta, su espalda temblaba. Ya no podía aguantar la risa, su cara estaba roja por el esfuerzo de contenerla. Lyra estaba prácticamente doblada sobre sí misma, sin poder evitar las carcajadas.
Daeron, con una sonrisa genuina, apoyó una mano sobre el hombro de Liam.
—Ánimo, muchacho. Podría haber sido peor.
—¿¡Cómo podría ser peor!? —preguntó Liam, desesperado, sintiendo que su vida acababa de terminar en un instante.
—Podría haberte escuchado Selene —dijo Daeron, y esa frase terminó de destruir el poco orgullo que le quedaba a Liam, que se hundió sobre sí mismo, deseando que la tierra se lo tragara.
Y por primera vez en muchos días, alrededor de aquella pequeña hoguera, entre el humo de la muerte y el aire helado de la noche, el campamento volvió a escuchar un sonido que había olvidado, un sonido que era un eco de vida, de normalidad, de esperanza:
Risas. Sinceras. Y necesarias.
Anna seguía de pie en medio del camino de tierra entre las carpas, inmóvil, como una estatua tallada por el cansancio. La botella de agua seguía en su mano, pero ahora sus dedos la apretaban con una fuerza casi violenta. El cuero de sus guantes rechinaba un poco, un sonido apenas audible en el silencio de la noche, pero que resonaba en su cabeza, en sus propios oídos.
Sus labios temblaban. No mucho. Un leve, casi imperceptible, pero constante movimiento que traicionaba la lucha interna que libraba. Era una batalla silenciosa contra la debilidad, contra el miedo que intentaba colarse, contra el agotamiento que amenazaba con derrumbarla. Ese pequeño temblor era la única señal de que estaba perdiendo esa pelea.
Seguía mirando hacia las hogueras lejanas, hacia el humo que subía en silencio, una columna sombría que era un recordatorio constante de la muerte. Y entonces, sin avisar, otro recuerdo volvió a golpearla. No un golpe fuerte, sino un susurro fantasmal que se colaba por las grietas de su mente cansada, arrastrándola de nuevo al pasado.
A una de las noches más difíciles.
A la mesa. La misma mesa donde llevaba días, semanas, trabajando sin descanso. Un improvisado escritorio cubierto de papeles manchados de tinta y hierbas, frascos de cristal vacíos y llenos, morteros con restos secos de mezclas, y el rastro de la prisa en cada cosa. La luz de varias velas consumidas, sus llamas moribundas proyectando sombras alargadas que danzaban con cada ráfaga de viento.
Anna estaba sentada completamente sola, inclinada sobre un cuaderno abierto, lleno de fórmulas escritas con una caligrafía que se volvía cada vez más ilegible. Tenía una mano sobre la frente, la piel caliente y húmeda, y la otra movía lentamente un frasco con una mezcla verdosa, sus ojos fijos en el líquido, pero su mente muy lejos de allí. Llevaba demasiado tiempo despierta. Demasiado tiempo sin dormir de verdad, sin descansar. Se notaba en la opacidad de sus ojos, en el temblor de sus manos, en su forma de respirar, entrecortada y superficial.
La tela de la entrada de la carpa se abrió apenas, un susurro silencioso que apenas rompió el tenue ambiente. Garoum entró primero. Se movía con la fluidez de un gato, a pesar de su tamaño, llevando una bandeja de madera con un plato simple: algo de carne seca, un trozo de pan y un tazón con agua caliente.
—Tienes que comer —dijo, su voz baja y firme, sin dar espacio para discusiones.
Anna ni siquiera levantó la vista del frasco.
—Después.
—Eso dijiste hace cinco horas. Y antes de eso, también.
—Estoy ocupada. No tengo tiempo.
Garoum dejó la bandeja sobre la mesa con un pequeño golpe, un sonido seco que pareció vibrar en el aire.
—Y también estás viva. O al menos deberías intentarlo un poco. Porque si no comes, dejarás de estarlo.
Anna siguió escribiendo una nueva anotación, como si no lo hubiera escuchado. Garoum la observó unos segundos, su mirada llena de una mezcla de preocupación y exasperación. Luego suspiró, un sonido largo y cansado.
—Si te desplomas otra vez, Eliana me va a culpar. Y me va a torturar hasta que mi alma pida a gritos la muerte. Lo sabes, ¿verdad?
Eso hizo que Anna levantara apenas la vista, un atisbo de algo en sus ojos.
—¿Por qué a ti? —preguntó, su voz apenas un susurro.
—Porque aparentemente ahora soy el encargado oficial de asegurarme de que no mueras de agotamiento. O de hambre. O de lo que sea que te mate primero. Así que, por favor, hazme el favor de comer algo.
Ella soltó apenas una pequeña exhalación cansada. No llegó a ser una risa, ni siquiera una sonrisa. Pero era algo. Una pequeña señal de que todavía quedaba algo de vida en ella.
Garoum se cruzó de brazos, sin moverse.
—Come aunque sea un poco. Un trozo de carne, un sorbo de agua. Lo que sea.
Anna miró de reojo el plato.
—Luego.
—Eso no fue un no.
—Tampoco fue un sí.
Garoum iba a responder algo más, a insistir, cuando la entrada de la carpa volvió a abrirse, revelando nuevas siluetas en la oscuridad. Daeron apareció primero, su figura alta y delgada. Sostenía varios papeles enrollados bajo el brazo. Lyra venía detrás de él, con un saco pequeño colgado del hombro. Por primera vez en días, ambos parecían un poco menos tensos, como si el peso del mundo se hubiera aligerado por un instante.
—Llegaron —dijo Daeron apenas entró, su voz baja, pero con una nota de alivio.
Anna levantó la vista, dejando caer la pluma.
—¿Qué llegó? ¿Las nuevas muestras?
—No —respondió Lyra, acercándose a la mesa y dejando caer varios documentos frente a ella con un suave golpe—. Los suministros. De mi territorio.
Eso bastó para que Anna se enderezara un poco, un atisbo de esperanza brillando en sus ojos.
—Alimentos, mantas, medicinas, madera, herramientas, incluso trajeron más animales de carga —enumeró Lyra, señalando los papeles con un dedo—. Viene todo lo que pediste.
Daeron dejó otro papel al lado, sus ojos encontrándose con los de Anna.
—No es suficiente para terminar con todo esto de una vez —admitió, la dureza de la realidad en sus palabras—, pero sí suficiente para aguantar. Para que nadie muera de hambre o frío en los próximos meses.
Anna observó las hojas, sus ojos recorriendo las listas. Sus hombros, tensos hasta el límite, parecieron relajarse apenas un poco, un suspiro silencioso.
—Llegaron a tiempo —murmuró, la voz apenas audible.
—Por poco —dijo Daeron, la misma nota de alivio en su voz—. Pero llegaron.
Lyra sonrió apenas, una sonrisa cansada pero genuina.
—Y también trajeron vino. Una buena provisión, por si hace falta.
Garoum levantó la vista, y un brillo travieso apareció en sus ojos.
—Eso sí que es importante. Esa es la mejor noticia de todas.
—No es para ti —le advirtió Lyra, con una sonrisa burlona.
—Entonces es una tragedia —dijo él, volviendo a su trozo de carne, un dramatismo fingido en su voz.
Anna negó apenas con la cabeza, una pequeña sonrisa cansada se asomó a sus labios. Por un momento, solo por un momento, parecía casi tranquila, casi en paz.
Entonces la tela de la entrada volvió a moverse. Eliana entró primero, su cabello oscuro desordenado y algo de polvo sobre la ropa. Liam venía detrás de ella, las mangas remangadas y varias manchas de algún líquido desconocido en las manos. Ambos parecían haber terminado alguna de sus rondas por las zonas de los enfermos, sus rostros cansados pero satisfechos.
—Así que aquí estaban todos —dijo Eliana, con su habitual tono dramático, mientras entraba—. Ya parecía una reunión secreta de conspiradores.
—Lo era —respondió Garoum, sin levantar la vista de su comida—. Pero tú siempre apareces en el momento menos oportuno.
—Porque soy importante —contestó ella, con una pose exagerada.
Liam soltó una pequeña risa, una risa cansada pero sincera. Anna levantó apenas la vista hacia ellos, un atisbo de curiosidad en sus ojos.
Eliana se acercó primero a ella, su mirada experta escudriñando el rostro de Anna.
—¿Has dormido algo de verdad? —preguntó, con un tono que no era una pregunta, sino una afirmación.
—Sí —respondió Anna, a la defensiva.
—Mentira.
—Dormí. Dos horas.
—Dos horas no cuentan. Necesitas más. Tienes peor cara que ayer, y eso es decir mucho.
Anna iba a responder algo, a defenderse, pero Eliana le acomodó un poco el cabello de forma automática, con un gesto maternal y familiar.
—Tienes peor cara que ayer.
—Gracias. Qué amable.
—De nada.
Liam se quedó un poco más atrás, observándolos a todos con una pequeña sonrisa cansada.
—La zona dos está más tranquilas —dijo finalmente, rompiendo el tenso silencio que se había formado entre Anna y Eliana—. Las nuevas mezclas funcionaron mejor de lo que pensábamos. Hoy hubo menos casos graves.
Anna bajó la mirada hacia los papeles de los suministros, y un suspiro de alivio, casi imperceptible, escapó de sus labios.
—Eso es bueno. Eso es muy bueno.
Hubo un pequeño silencio. Un silencio extraño, pero por alguna razón, tranquilo. Por un instante, mientras todos estaban dentro de esa carpa, rodeados por el tenue resplandor de las velas y el aroma de las hierbas, pareció que nada malo podía pasarles. Como si el mundo de afuera, con su enfermedad, su muerte y sus conspiraciones, no existiera. Como si todavía quedara tiempo.
Y entonces, el recuerdo terminó.
Anna seguía de pie en medio del campamento, ahora completamente sola. La botella de agua temblaba con más fuerza entre sus dedos enguantados, su agarre blanco en los nudillos, casi aplastando el cuero. Sus ojos ardían, no solo por el cansancio, sino por una humedad que se negaba a derramar, una presión insoportable que se acumulaba detrás de ellos. Su respiración se rompía, un jadeo contenido que se esforzaba por mantener oculto, pero que la traicionaba con cada segundo que pasaba.
Porque ahora entendía algo, con una claridad cruel y dolorosa. Esos momentos. Esas conversaciones. Esas pequeñas risas alrededor del fuego... se habían convertido ya en recuerdos. Eran fantasmas de una normalidad fugaz, instantes robados que ahora se le escapaban entre los dedos como arena.
Y su mente, esa mente siempre tan aguda y controlada, ahora solo repetía una única frase, una tortura constante, un eco que resonaba en lo más profundo de su ser, ahogando cualquier otro pensamiento:
No pude salvarlo.
No pude salvarlo.
No pude salvarlo.
El mantra la golpeaba una y otra vez, un martillo implacable contra su alma.
Anna se detuvo junto a una de las carpas, los hombros encorvados, como si la espina dorsal le hubiera cedido al peso del mundo. A un costado, apoyado contra una caja de suministros marcada con el símbolo imperial, había un viejo espejo. El cristal estaba sucio, manchado por la tierra y el humo del campamento, pero aún reflejaba lo suficiente para mostrar una imagen distorsionada.
Anna no levantó la vista. No quería hacerlo. Sus ojos estaban clavados en el suelo, en el polvo que cubría sus botas, en las huellas que dejaban sus pasos cansados. No necesitaba mirar. Porque ya sabía, con una certeza helada que le erizó la piel, lo que iba a ver.
En el reflejo, justo detrás de ella, una figura se materializó, más oscura que las sombras de la noche, más nítida que la realidad. La otra Anna.
Estaba de pie, su postura recta y altiva, con un vestido inmaculado que contrastaba brutalmente con el barro y la miseria que la rodeaban. Su cabello oscuro, impoluto, caía en cascada perfecta sobre sus hombros. Pero lo más aterrador eran sus ojos, idénticos a los de Anna, pero llenos de un desprecio gélido, una crueldad contenida que siempre había llevado dentro. La sombra no era un reflejo del pasado; era un espectro de su propio miedo, de su peor versión, de todo lo que había intentado dejar atrás.
El reflejo giró lentamente la cabeza hacia ella, con una elegancia inhumana. Un movimiento lánguido, casi perezoso, que irradiaba un poder oscuro y antiguo. Anna no se movió. Su cuerpo estaba petrificado, cada músculo tenso, el corazón latiéndole desbocado en el pecho. No hacía falta moverse. Ya sabía que esa parte de sí misma, esa sombra que la había atormentado durante años, estaba allí. Siempre había estado allí.
La sombra sonrió un poco más. Una sonrisa fina, gélida, que no alcanzaba los ojos, solo la boca. Y luego, el sonido, una risa baja, gutural, cruel, que arañó los oídos de Anna, una burla que le retumbaba en lo más profundo del alma.
—Mira nada más… —murmuró la voz de la sombra, idéntica a la suya, pero teñida de una burla que helaba la sangre—. La gran salvadora. La heroína de su pueblo.
Anna siguió mirando el suelo, su garganta apretada. Sus dedos, blancos por la presión, seguían apretando la botella de agua, como si intentara que su propia mano no se desintegrara.
—Trabajaste tanto —continuó la sombra, su voz como un silbido venenoso que acariciaba sus oídos—. Corriste de un lado a otro. No dormiste. No comiste. Diste órdenes, ayudaste a todos, ensuciaste tus manos con los moribundos…
La sonrisa de la otra Anna se volvió más grande, una mueca de triunfo macabro.
—¿Y de qué sirvió? ¿Realmente creíste que podrías cambiar algo?
Anna no respondió. Su boca estaba seca, el aire se le negaba a pasar por la garganta.
—Porque no pudiste salvarlos a todos. No pudiste salvar a nadie, ¿verdad?
Un silencio helado.
—Porque tardaste demasiado en aceptar que algunos están condenados, no importa lo que hagas.
Silencio otra vez, un silencio roto solo por el siseo de la sombra, que la rodeaba, que la invadía.
—Y ahora alguien ha caído. Alguien importante, ¿no es así?
La respiración de Anna se quebró apenas, un gemido ahogado que intentó sofocar, pero que la traicionó. Solo un poco. Un ligero temblor en el pecho, un suspiro más hondo de lo normal, una fisura en su armadura de desesperación controlada.
Pero la sombra lo notó. Y eso fue suficiente. La risa se intensificó, un sonido que era puro placer ante el sufrimiento ajeno.
—Ah… así que sí duele. Después de todo, sigues siendo débil.
Anna cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta que vio chispas. La imagen de la sombra se disolvió, pero su voz seguía resonando en su mente, inquebrantable. Y entonces, otro recuerdo la golpeó. Un recuerdo más vívido, más brutal, más punzante que el anterior.
La zona de quema de cuerpos. El cielo gris y opaco, como un sudario. El olor del humo, denso y acre, mezclado con el hedor de la enfermedad, impregnándolo todo, pegándose a su ropa, a su piel, a su alma. Las zanjas excavadas en la tierra, oscuras y profundas. Las telas empapadas de aceite, esperando.
Y frente a ella…
Un cuerpo. Cubierto con una manta gruesa y áspera, tan pequeña que solo podía ser de un niño.
Anna estaba de pie frente a él. Completamente quieta. Sus manos colgaban inertes a los costados, los hombros rígidos, la mandíbula tensa. Mirándolo. Mirándolo con una intensidad desesperada, como si en cualquier momento esperara que el bulto bajo la manta se moviera, que el pequeño cuerpo se levantara. Como si todavía pudiera abrir los ojos. Como si todavía pudiera respirar. El viento movía un poco la tela, revelando un contorno demasiado familiar, demasiado frágil.
Nada más. Solo el viento, el humo, el silencio. Y la negación que se le anclaba en el pecho.
Y entonces la imagen cambió, abrupta, violenta, como si alguien hubiera roto un cristal en su mente. Otro recuerdo. Más brusco. Más roto.
Anna de rodillas, el barro y la tierra húmeda empapando sus pantalones. Sus manos, antes firmes, ahora desesperadas, golpeando una y otra vez un pecho que no respondía, en un ritmo desordenado y frenético.
—¡Despierta! —gritaba, su voz quebrada, ronca, desesperada, rasgándole la garganta—. ¡Despierta!
Una súplica desgarradora.
—Por favor… Por favor, no me hagas esto…
No se veía el rostro. No se veía el cuerpo que ella intentaba reanimar, la imagen estaba borrosa, fuera de foco, como un acto de piedad de su propia memoria. Solo a Anna. Temblando. Su cuerpo entero sacudido por espasmos de dolor y rabia. Golpeando. Golpeando sin sentido, negándose a aceptar lo que tenía frente a ella.
—No… no… ¡Despierta! —Su cabeza se balanceaba de un lado a otro, los cabellos cayéndole sobre la cara, pegándosele a las lágrimas que ahora sí corrían libremente por sus mejillas. Sus ojos estaban desorbitados, inyectados en sangre, enfocados en un punto más allá de la realidad, en el milagro que se negaba a llegar. Los puños golpeaban el pecho inerte, con una furia desesperada, un ritmo arrítmico de CPR que sabía era inútil, pero no podía, no quería detenerse. Cada golpe era un intento de empujar la vida de vuelta a ese cuerpo inanimado, una negación rotunda de la muerte que ya había ganado. Su cuerpo entero era un nudo de tensión, de un dolor tan físico que le quemaba las entrañas.
El recuerdo desapareció de golpe, arrancado de su mente con violencia.
Volvió la zona de quema. Volvió el cuerpo cubierto bajo la manta, inerte. Y Anna, sola, de pie, su cuerpo sacudido por el eco de los golpes, por la reverberación de su propio grito desesperado. Sus puños se cerraban y abrían inútilmente, el eco de aquel esfuerzo frenético, inútil, grabado en sus músculos.
Y entonces una mano, grande y firme, se apoyó sobre su hombro. Una mano que no era la de la sombra, una presencia cálida que cortó el frío de su pesadilla.
Garoum.
Su voz sonó grave, áspera por el cansancio, pero llena de una compasión que Anna no se permitía a sí misma.
—Anna… yo puedo llevarlo.
Ella no apartó la vista del bulto bajo la manta, del pequeño cuerpo inerte que le robaba el aliento. Sus labios temblaron apenas, un movimiento tan sutil que solo Garoum, que la conocía tan bien, pudo percibir.
—No —respondió, su voz apenas un suspiro, un hilo casi inaudible que se perdía en el humo.
Garoum apretó un poco la mandíbula, sintiendo la resistencia de Anna, la pesada carga que ella se imponía. Su mano se aferró con más fuerza a su hombro.
—No tienes que hacerlo tú —insistió, su voz llena de una autoridad suave pero firme.
Anna siguió mirando la manta, sus ojos fijos en el perfil blando que se dibujaba bajo la tela. Su voz salió entrecortada, una confesión dolorosa.
—Me corresponde a mí.
Y el recuerdo volvió a romperse, desmoronándose en mil pedazos.
Anna estaba otra vez frente al espejo. La sombra seguía ahí, inmutable, un reflejo perverso de su propio ser. Seguía sonriendo, disfrutando de cada grieta que aparecía en el alma de Anna, saboreando su dolor.
—¿Lo ves? —susurró lentamente la sombra, su voz como un bálsamo helado que se colaba por sus oídos—. No importa cuánto luches. No importa cuánto te esfuerces.
La otra Anna se acercó un poco más dentro del reflejo, su imagen ahora más nítida, más real que la propia Anna.
—Este mundo es mucho más cruel de lo que tus libros decían. Mucho más cruel de lo que tu corazón idealista quiere aceptar.
Anna seguía inmóvil, sus músculos tensos hasta el límite.
—Creíste que si te esforzabas lo suficiente, si no dormías, si no comías, si dabas cada gramo de tu ser, podrías salvarlos a todos. Creíste que tu ciencia, tu conocimiento, tu maldita bondad… sería suficiente.
La sombra inclinó un poco la cabeza, su sonrisa convirtiéndose en una mueca de burla.
—Pero no fue así. Nunca es así.
El reflejo sonrió una vez más, una victoria amarga pintada en sus labios.
—Y acabas de comprobarlo. Una y otra vez.
La sombra seguía ahí, sonriendo detrás de ella en el espejo, sus ojos recorriendo a Anna de arriba abajo, como si disfrutara cada pequeña fisura, cada temblor apenas visible, cada gota de dolor que exudaba de su cuerpo cansado.
—¿Ves? —murmuró con suavidad, su voz arrullándola, intentando seducirla de nuevo a la oscuridad—. Por eso eras mejor antes.
Anna no respondió. Su respiración era lenta, pesada, una lucha silenciosa por mantener el control, por no derrumbarse por completo. Sus ojos, aunque cerrados, seguían viendo la imagen de la sombra.
—Antes no te importaban tanto los demás. Antes entendías cómo funcionaba este mundo. La supervivencia. El más fuerte. Antes no dejabas que estas cosas te afectaran.
La otra Anna ladeó un poco más la cabeza, sus ojos penetrando a través de los párpados cerrados de Anna.
—La muerte de aldeanos, de sirvientes o de campesinos no era nada para ti. Eran números en un informe. Eran pérdidas inevitables en un mundo imperfecto. Gente común.
La sombra sonrió un poco más, una promesa seductora de alivio.
—Y eras más fuerte así. Más fría. Más eficiente. Más… tú.
Anna bajó un poco más la mirada, la barbilla casi tocando el pecho. Sus dedos, que antes apretaban la botella, ahora temblaban de forma incontrolable, un movimiento nervioso que no podía detener.
—Pero ahora… —continuó la otra Anna, su voz bajando a un susurro íntimo, casi una confidencia— ahora duele.
El reflejo dio un paso más cerca, invadiendo su espacio, llenando el cristal con su presencia.
—Porque te volviste sentimental.
—Porque empezaste a quererlos.
—Porque empezaste a pensar que podías salvarlos.
Anna cerró lentamente los ojos, un gesto de rendición. Y el recuerdo volvió una vez más. Ya no era un golpe; era un torrente, arrastrándola, envolviéndola.
La zona de las hogueras. El crepitar constante de la madera, una melodía macabra. El humo elevándose hacia el cielo nocturno, como una ofrenda interminable a los dioses de la muerte. El silencio. Un silencio denso y respetuoso que lo decía todo.
Ya había gente reunida alrededor. Voluntarios con los rostros demacrados, médicos que ya no tenían fuerzas para nada, alquimistas con los brazos cruzados. Herbolarios con los ojos rojos por el humo. Algunos soldados, estoicos, pero con la mirada fija en el fuego. Personas comunes del campamento, figuras silenciosas, una comunidad unida en el dolor.
Nadie hablaba. Porque todos sabían. Todos sabían quién era el pequeño cuerpo, y quién era la mujer que se acercaba.
Anna caminaba despacio. Sus pasos eran como los de un autómata, rígidos, mecánicos. Cargando el cuerpo entre sus brazos, envuelto en la manta que ahora parecía un sudario. No parecía pesado, no por su tamaño, pero aun así, cada paso que daba parecía costarle más que el anterior, un esfuerzo sobrehumano para avanzar. Su cuerpo temblaba ligeramente, apenas perceptible, pero era un temblor que venía de lo más profundo de su ser.
Quería llorar. Lo sentía. Lo sentía en la garganta, una presión insoportable que le impedía respirar. Lo sentía en el pecho, un puñal clavado en su corazón. Lo sentía en los ojos, un ardor que no cedía. Pero no podía. No ahí. No frente a todos. No todavía. Tenía que ser fuerte. Por él. Por los demás. Tenía que soportar esa carga.
La manta que cubría el cuerpo se movía apenas con el viento, una tela blanca que ondeaba sobre la pequeña figura inerte, como un último adiós. Cada fibra de su ser gritaba, pero por fuera, Anna era una máscara de dolor contenida, su rostro pálido y sus ojos vidriosos fijos en el destino final.
Anna llegó hasta la pira preparada, sus pasos resonando en el silencio como latidos. Su cuerpo se desplomó lentamente hasta arrodillarse, un gesto de agotamiento que no era una reverencia, sino una necesidad imperiosa. Sus manos, que habían temblado antes, ahora lo bajaron con un cuidado imposible de describir, con una delicadeza que solo se reserva para lo más frágil y preciado. Lo depositó sobre la madera, que chirrió apenas bajo el peso, como si aún pudiera sentir algo, como si todavía pudiera despertarlo si lo trataba con la ternura suficiente.
Detrás de ella, poco a poco, los demás comenzaron a reunirse. Llegaron como sombras, sus pasos ahogados por el dolor.
Garoum llegó primero, su mandíbula tan apretada que parecía dolerle. Sus ojos, rojos y vidriosos, evitaban el bulto en la pira, fijos en algún punto indefinido del suelo.Lyra tenía la cabeza baja, sus manos apretadas una contra la otra, el cuerpo ligeramente encorvado. Daeron permanecía quieto, como una estatua, sus puños cerrados a ambos lados del cuerpo, los nudillos blancos por la tensión, su rostro inexpresivo, una máscara de dolor contenida. Y Eliana...Eliana estaba inmóvil, sus ojos rojos, hinchados, llenos de lágrimas que se negaban a caer. Su respiración era un jadeo quebrado, cada aliento una batalla. Parecía que si daba un paso más, si la más mínima brisa la tocaba, se rompería por completo.
Anna permaneció unos segundos frente al cuerpo cubierto, su propia respiración apenas un hilo. El viento movió un poco la manta, acariciando la tela áspera. Y lentamente, con dedos temblorosos que dudaron un instante, Anna tomó la tela. La levantó. Solo un poco. Solo lo suficiente para ver.
El rostro apareció. Pálido. Demasiado quieto. Las medicinas y los cuidados, la lucha incesante, habían evitado que su piel mostrara las marcas horribles de la enfermedad, que se viera como muchos de los otros cuerpos que se quemaban cada noche. Pero aun así, no parecía dormido. No era un sueño plácido. Parecía vacío. Sin la luz, sin el alma.
Liam.
Su cabello, oscuro y ligeramente revuelto, estaba como siempre. Como si se hubiera acabado de levantar y se quejara por tener que ir a correr. Su expresión era tranquila. Demasiado tranquila. Como si en cualquier momento fuera a abrir los ojos, a quejarse porque todos estaban haciendo demasiado drama por él, porque se estaban perdiendo el tiempo cuando había tanto por hacer.
Anna se quedó mirándolo. Sin moverse. Sin respirar, o al menos no conscientemente. Porque todavía una parte de ella, la parte más desesperada y negada, seguía esperando que pasara. Que sus ojos se abrieran, que un atisbo de esa sonrisa tan suya apareciera, que dijera algo. Lo que fuera.
Pero no pasó.
Detrás de ella, Garoum bajó lentamente la cabeza, un gesto de dolor y rendición. Lyra comenzó a rezar en voz baja, sus labios moviéndose sin sonido, sus ojos cerrados, buscando consuelo en las palabras antiguas. Daeron cerró los ojos, apretándolos con fuerza, como si intentara borrar la imagen que tenía delante. Y Eliana…Eliana dio un paso adelante. Luego otro. Su cuerpo temblaba con cada movimiento, hasta quedar justo detrás de Anna, tan cerca que su aliento quebrado le rozaba la nuca.
Sus labios temblaban sin control, pero aun así habló. Su voz salió rota, pequeña, como un hilo de cristal a punto de romperse.
—Siempre llegaba primero… —murmuró, las palabras un lamento—. Siempre corría más rápido que todos, ¿verdad?
Anna no respondió. Sus ojos, vidriosos y fijos, seguían clavados en el rostro de Liam.Eliana apretó una mano contra su pecho, justo donde dolía más.
—Y siempre sonreía… incluso cuando estaba exhausto. Incluso cuando no había razón para sonreír.
Lyra, que había estado conteniendo las lágrimas, rompió a llorar en silencio, sus hombros temblaban. Daeron apartó la vista, incapaz de soportar más la escena. Garoum seguía inmóvil, una roca de dolor silencioso.
Y alrededor de ellos, poco a poco, todos los presentes comenzaron a bajar la cabeza. Porque todos conocían a Liam. El chico que cargaba cajas, el que corría de una carpa a otra con una energía inagotable. El que nunca decía que no, que siempre ofrecía su ayuda, una palabra amable, una sonrisa. El que siempre encontraba fuerzas para seguir ayudando, incluso cuando el resto ya no podía. El que todavía sonreía, iluminando el campamento con su simple presencia.
Anna seguía de pie frente a él. Sus ojos ardían, una presión insoportable detrás de sus globos oculares. Su pecho dolía con una intensidad física, una punzada constante que le robaba el aliento. Y aun así no lloraba. Porque si empezaba… sentía que ya no iba a poder detenerse. Sentía que se desmoronaría por completo, que el dique se rompería y se ahogaría en un mar de dolor y culpa.
Anna permaneció inmóvil frente a la pira. El fuego de la antorcha que Garoum le había puesto en la mano iluminaba apenas su rostro cansado, sus rasgos tensos. Sus dedos la sostenían con fuerza, tanto que dolía, una quemazón que no era de la llama, sino de la tensión.
Frente a ella, Liam seguía ahí. Quieto. Cubierto hasta el pecho por la manta. Como si todavía pudiera levantarse de un momento a otro y quejarse porque todos estaban exagerando demasiado. El campamento entero parecía haberse sumido en un silencio que se extendía, pesado y profundo.
Pero no era un silencio completo.
Se escuchaban los sollozos contenidos. El llanto ahogado. Las plegarias murmuradas en voz baja, como si el propio viento las llevara. Algunos voluntarios lloraban abiertamente, sin esconder su pena, sus lágrimas brillando a la luz de las hogueras cercanas. Otros apretaban los dientes con tanta fuerza que sus mandíbulas temblaban, luchando por contener el dolor. Incluso varios soldados, hombres curtidos en mil batallas, mantenían la cabeza baja, incapaces de mirar directamente hacia la pira, hacia la inocencia perdida.
Porque todos conocían a Liam. Todos habían recibido una sonrisa suya. Una ayuda. Una palabra amable. Un gesto de aliento.
Anna observó el rostro del joven una última vez, grabándolo en su memoria, esa última imagen de paz que no se atrevía a romper. Sus labios temblaron apenas, un último esfuerzo por contener el torrente de emociones.
Y por primera vez en mucho tiempo, su voz salió. Tan baja que apenas parecía un susurro, una exhalación de dolor que el viento apenas recogió.
—Gracias...
No dijo nada más. No había nada más que pudiera decir. Las palabras eran huecas, insignificantes.
Gracias por correr de un lado a otro, sin descanso. Gracias por seguir sonriendo, por mantener la esperanza. Gracias por quedarse, por su lealtad inquebrantable. Gracias por ayudarla a cargar un peso que nunca debió llevar sola.
Anna cerró lentamente los ojos, una lágrima solitaria escapando por fin de entre sus pestañas. Respiró hondo una vez, su pecho se expandió con dolor.
Y luego, con un movimiento deliberado y doloroso, lanzó la antorcha.
La llama, pequeña pero decidida, atravesó el aire oscuro y cayó con un siseo sobre la madera empapada en aceite. El fuego se extendió rápido. Primero, un suave crepitar, lento, incierto. Luego, con un rugido creciente, más fuerte, más voraz, hasta envolver poco a poco toda la pira.
El calor golpeó el rostro de Anna, un calor que no podía calentar el frío de su corazón.
Detrás de ella, alguien rompió a llorar, un grito ahogado que se convirtió en un lamento colectivo.
Y mientras las llamas comenzaban a elevarse hacia el cielo nocturno, devorando la oscuridad, Anna permaneció ahí. Sin moverse. Sin apartar la vista. Viendo cómo el fuego se llevaba a alguien que merecía haber vivido mucho más. Alguien a quien ella no pudo salvar. Y esa imagen, grabada a fuego en su alma, la acompañaría para siempre.
Thoughts
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PermalinkQue Anna no deje que Garoum lo cargue y le conteste que le corresponde a ella lo entiendo perfecto. A mí me tocó ver gente así, que necesita llevar el peso con sus propias manos para poder creérselo, y nadie se lo quita aunque sea por cariño. Garoum hace lo único que se puede, ofrecer y quedarse al lado. Y la sombra del espejo le vende la trampa de siempre, que antes sufría menos porque quería menos. Ya verás que Anna no se la compra.
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PermalinkMira, hija, la cena de los deseos con Liam colorado jurando que no tenía a nadie, y después la misma noche vista desde la pira, me han tenido un rato sin moverme de la silla. Que al final a Anna solo le salga dar las gracias me recuerda a los entierros de mi pueblo, donde nadie sabía qué decir y todos acababan agradeciendo cosas pequeñas, un recado, una silla que alguien bajó. Apuesto a que Eliana, la del llanto de mentira en la hoguera, es la que peor lo va a llevar.
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