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Capítulo 31: Un lugar que quedó vacío

DNavarrete
Pensamiento

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TeresaGuz

La escena del pijama de orejas de gato se tuerce en una sola frase: Aiko dice que Haru decía lo mismo y Lilia pasa de amenazar con colgarla de un tobillo a mirarse las manos. En mi familia también hay uno al que se le dice tonto con más cariño que a nadie

La escena del pijama de orejas de gato se tuerce en una sola frase: Aiko dice que Haru decía lo mismo y Lilia pasa de amenazar con colgarla de un tobillo a mirarse las manos. En mi familia también hay uno al que se le dice tonto con más cariño que a nadie, así que ese idiota me sonó muy de casa. ¿Tenías pensado desde el principio que fuera Aiko la primera en decirlo?

Contenido de la publicación

La noche había caído sobre la ciudad. Las calles estaban tranquilas, iluminadas por las luces de los comercios y los faroles que se extendían a lo largo de las avenidas. A diferencia de otros días, Miyu y Ren caminaban sin Kaede. Ella había decidido quedarse aquella noche en casa de Lilia para cuidarla.

 

—Supongo que estará bien —dijo Miyu mientras caminaba con las manos detrás de la cabeza—. Kaede sabe cuidar de alguien.

 

—Y probablemente Lilia necesite que alguien la vigile —respondió Ren.

 

Miyu soltó una pequeña risa.

 

—Sí. Porque si la dejamos sola, probablemente intentará levantarse para estudiar aunque tenga cuarenta de fiebre.

 

—Es bastante probable.

 

Caminaron unos metros en silencio. Miyu observó las luces de la ciudad mientras pensaba en los últimos meses. Desde que Lilia había aparecido aquel día en medio del salón de clases… todo había cambiado. No de una manera enorme. Simplemente… las cosas se habían vuelto más animadas.

 

—Oye, Ren.

 

—¿Qué?

 

—¿No te parece que desde que apareció Lilia todo se volvió más interesante?

 

Ren la miró de reojo.

 

—¿Interesante?

 

—Sí. —Miyu comenzó a contar con los dedos—. Antes teníamos clases, clubes, tareas, exámenes… lo normal.

 

Levantó otro dedo.

 

—Ahora tenemos a una antigua general de otro mundo que rompe puertas porque están cerradas.

 

Otro.

 

—Que puede sacar una espada de la nada.

 

Otro.

 

—Que se tomó diez platos de ramen como si fueran vasos de agua.

 

Ren suspiró.

 

—Eso último todavía me cuesta procesarlo.

 

—Y ahora se enfermó por primera vez en su vida. —Miyu sonrió—. Definitivamente es más divertido desde que llegó.

 

Ren dejó escapar una pequeña risa.

 

—En eso tienes razón.

 

Sin embargo, después de unos segundos, su expresión se volvió un poco más seria.

 

—Aunque sí hay algo extraño.

 

—¿Qué?

 

—Lilia está demasiado acostumbrada a la vida militar para este mundo.

 

Miyu soltó una carcajada.

 

—¡Eso es cierto!

 

—No estoy bromeando.

 

—Ya sé. —Miyu bajó un poco la mirada—. A veces parece que no sabe cómo comportarse como una persona normal.

 

—Porque probablemente nunca tuvo la oportunidad de aprenderlo.

 

Miyu guardó silencio.

 

—Piensa en todo lo que nos ha contado —continuó Ren—. Desde que era niña solo conoció guerras, entrenamiento, órdenes y batallas.

 

—Hasta que conoció a Haru.

 

—Exactamente.

 

Miyu guardó silencio. Ren miró hacia el cielo nocturno.

 

—Quizá por eso Haru decidió enviarla aquí.

 

—¿A pesar de todo lo que había pasado?

 

—Precisamente por eso.

 

Miyu lo miró.

 

—¿Crees que quería que aprendiera a vivir?

 

—Creo que quería que descubriera cómo era una vida en la que no tuviera que luchar para sobrevivir.

 

Miyu sonrió ligeramente.

 

—Entonces hizo bien.

 

Ren asintió.

 

—Sí.

 

Continuaron caminando. Durante unos segundos solo se escucharon sus pasos. Hasta que Miyu habló nuevamente.

 

—Oye, Ren.

 

—¿Sí?

 

—¿Es muy obvio?

 

Ren la miró.

 

—¿Qué cosa?

 

Miyu giró la cabeza hacia él.

 

—Que Lilia estaba enamorada de Haru.

 

Ren no respondió inmediatamente. Simplemente siguió caminando.

 

—Sí.

 

Miyu parpadeó.

 

—¿Así de fácil?

 

—Con solo escucharla hablar de él es suficiente.

 

—Aunque ella lo niegue.

 

—Aunque ella lo niegue.

 

Miyu soltó una pequeña risa.

 

—Pensé que quizá solo era porque él era importante para ella.

 

—Lo era. —Ren hizo una pausa—. Pero era algo más.

 

Miyu guardó silencio.

 

—Lilia no es de las personas que expresan fácilmente lo que sienten —continuó Ren—. Pero se puede notar en cómo habla de las personas. Cuando habla de cualquiera, suele describir lo que hicieron, cómo eran o qué ocurrió. Es bastante directa.

 

—Sí.

 

—Pero cuando habla de Haru… —Ren sonrió ligeramente— recuerda detalles.

 

Miyu levantó la mirada.

 

—Detalles que probablemente nadie más recordaría.

 

—Exactamente. Sus palabras. Sus decisiones. —Miyu añadió en voz baja— Incluso sus errores.

 

Ren asintió.

 

—Y hasta lo llama idiota.

 

Miyu soltó una risita.

 

—Un gran idiota.

 

—Sí.

 

Ambos rieron suavemente. Pero la risa desapareció después de unos segundos. Miyu miró hacia adelante.

 

—Es una lástima.

 

Ren entendió inmediatamente a qué se refería.

 

—Sí.

 

—Que él ya no esté aquí para ella.

 

Ren tardó unos segundos en responder.

 

—Lamentablemente, eso no podemos cambiarlo.

 

Miyu bajó la mirada.

 

—Ella todavía piensa mucho en él.

 

—Y probablemente lo seguirá haciendo.

 

—¿Crees que eso está mal?

 

—No. —Ren negó con la cabeza—. No tienes que dejar de querer a alguien porque ya no esté.

 

Miyu permaneció callada. Ren continuó caminando mientras metía las manos en los bolsillos.

 

—Además, creo que Haru sabía que Lilia nunca lo olvidaría.

 

—Entonces… ¿por qué enviarla aquí?

 

Ren sonrió ligeramente.

 

—Quizá porque sabía que no podía quedarse atrapada en el pasado.

 

Miyu lo miró.

 

—¿Y nosotros?

 

Ren se detuvo por un instante. Miyu también.

 

—¿Qué?

 

—Dijiste que no podemos cambiar que Haru ya no esté. —Miyu lo observó con seriedad—. Entonces… ¿qué hacemos con el lugar que dejó?

 

Ren tardó unos segundos en contestar. Después sonrió.

 

—Lo ocupamos nosotros.

 

Miyu parpadeó.

 

—¿Nosotros?

 

—Kaede, tú, yo… su familia. —Miró hacia el camino que tenían delante—. No podemos ser Haru.

 

—Claro que no.

 

—Y tampoco deberíamos intentar reemplazarlo.

 

Miyu asintió lentamente.

 

—Pero podemos estar aquí.

 

—Exactamente. —Ren volvió a caminar—. Si Lilia tiene miedo, estaremos ahí.

 

—Si se mete en problemas…

 

—Probablemente tendremos que sacarla de ellos.

 

—Si rompe otra puerta…

 

Ren suspiró.

 

—Tendremos que explicarle nuevamente cómo funcionan las puertas.

 

Miyu comenzó a reír.

 

—Y si vuelve a comer diez platos de ramen…

 

—Entonces tendremos que avisarle al restaurante con anticipación.

 

Ambos rieron. Después de unos segundos, Miyu volvió a ponerse seria.

 

—Creo que ya entiendo.

 

—¿Qué?

 

—Lilia no necesita otro Haru.

 

Ren la miró.

 

—No.

 

—Necesita personas que estén con ella.

 

—Sí.

 

Miyu sonrió.

 

—Entonces supongo que podemos hacer eso.

 

Ren asintió.

 

—Para eso estamos aquí.

 

Los dos continuaron caminando bajo las luces de la ciudad. Y mientras se alejaban de la casa donde Lilia dormía, ninguno de los dos podía ocupar el lugar de Haru. Pero tampoco era necesario. Porque aquel lugar no necesitaba ser ocupado por una sola persona. Solo necesitaba dejar de estar vacío.

 

La habitación se hallaba sumida en una calma suave, apenas iluminada por el resplandor tenue de la pequeña lámpara sobre la mesa de noche. Fuera, la noche ya había cubierto por completo la ciudad, y el silencio solo se veía interrumpido por el zumbido lejano del viento entre los árboles y el suave resplandor que se filtraba a través de las cortinas.

 

O, al menos, debería haber sido silencio absoluto.

 

—Aiko.

 

La voz de Lilia sonó con una seriedad absoluta, cortando el aire tranquilo de la habitación.

 

Aiko permanecía de pie junto al marco de la puerta, con una sonrisa inocente tan evidente que difícilmente podía engañar a nadie. Lilia, sentada al borde de la cama, miraba hacia abajo con una expresión que oscilaba entre la indignación y la vergüenza. Vestía un pijama de tela suave: pantalones cortos que dejaban al descubierto sus piernas y una chaqueta corta que se cerraba al frente, rematada por una capucha con dos pequeñas orejas de gato cosidas en la parte superior. Y, para colmo de su desgracia, las orejas se alzaban erguidas sobre su cabeza.

 

—Te colgaré de un solo tobillo desde la rama más alta del jardín.

 

—¡¿Por qué?! —exclamó Aiko, llevándose las manos a la cintura fingiendo ofenderse—. ¡Es solo un pijama!

 

—Es humillante.

 

—Es cómodo.

 

—Es innecesariamente revelador. Mis piernas están expuestas. No existe ninguna razón lógica ni práctica para que la ropa de dormir sea tan corta.

 

—Es pijama de verano, Lilia. Hace calor.

 

—Precisamente por la noche baja la temperatura. Podrían haberlo hecho largo. Con protección.

 

Kaede, sentada en una silla junto a la ventana mientras terminaba de desplegar y acomodar el futón sobre el suelo, se llevó una mano a la boca y apretó los labios con fuerza, haciendo un esfuerzo casi visible por no estallar en carcajadas. Sus hombros, sin embargo, temblaban levemente.

 

Lilia giró lentamente la cabeza hacia ella.

 

—Kaede.

 

—¿Sí? —respondió ella con voz entrecortada.

 

—No te rías.

 

—No me estoy riendo.

 

—Estás temblando.

 

—Es… porque tengo frío.

 

Lilia la miró fijamente entrecerrando los ojos.

 

—La ventana está cerrada. La temperatura de la habitación es agradable. Tu mentira es pésima.

 

Aiko ya no pudo contenerse más y soltó una carcajada clara y sonora que llenó cada rincón del cuarto. Se acercó a la cama y, con una sonrisa tierna y traviesa, alisó la tela de la capucha y acomodó las orejas sobre la cabeza de Lilia con suavidad.

 

—No te quejes. Te quedan preciosas. Se ven muy tiernas.

 

Lilia se quedó rígida, inmóvil como una estatua.

 

—… No vuelvas a pronunciar esa palabra.

 

—¿Cuál? ¿Tierna?

 

—Esa. No soy tierna. Soy… funcional. Y eficaz.

 

Aiko sonrió con una dulzura que hizo dudar a Lilia por un instante.

 

—Sabes… eso mismo decía Haru.

 

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Lilia parpadeó una vez, dos, y luego desvió la mirada hacia sus manos, apretando levemente la tela del pijama entre los dedos. Su voz bajó de tono, volviéndose casi un murmullo.

 

—… Él también tenía pésimo gusto.

 

—Sí —asintió Aiko suavemente, con una sonrisa que ya tenía un dejo de nostalgia—. Era un gran idiota.

 

—El más grande.

 

Kaede guardó silencio, observando la escena sin intervenir. Había algo en la forma en que ambas decían aquella palabra, con cariño y tristeza a la vez, que hacía que el nombre de Haru no doliera tanto. Sonaba a recuerdo. A hogar.

 

Poco después Aiko se despidió con un gesto suave y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. En cuanto quedaron solas, Lilia volvió a mirar a Kaede con expresión seria.

 

—Se lo prohíbo. No se te ocurra contarle esto a Miyu.

 

—¿Lo del pijama?

 

—Todo. Las orejas. Los pantalones cortos. Lo que dije. Lo que dije de Haru. Todo.

 

—Haré lo posible por guardar el secreto —respondió Kaede conteniendo una sonrisa.

 

—Gracias.

 

—Aunque… —Kaede inclinó la cabeza—. Miyu se dará cuenta de que oculto algo. Lo notará en mi cara. Y entonces querrá saberlo todo.

 

Lilia dejó caer la espalda contra la cabecera y se cubrió el rostro con una mano.

 

—Estoy rodeada de personas terribles. Todas conspiran contra mi dignidad.

 

Kaede sonrió con ternura mientras se arrodillaba junto al futón para acomodar las mantas.

 

—Y aun así… pareces bastante feliz.

 

Lilia se quedó inmóvil un instante. Luego bajó la mano y la miró a los ojos. Las sombras de la habitación suavizaban sus rasgos, dándole un aspecto tranquilo, casi sereno.

 

—Sí.

 

Kaede terminó de acomodar su lugar, apagó la luz principal y se recostó. Solo quedó encendida la pequeña lámpara junto a la cama, proyectando un resplandor cálido y suave sobre las paredes. El silencio regresó entonces, pero ya no era un silencio vacío. Era cálido, seguro, como una manta puesta sobre la habitación. Lilia permanecía recostada mirando al techo, con las manos cruzadas sobre el pecho y la expresión perdida en la penumbra.

 

Minutos después, Kaede rompió el silencio con voz muy suave, casi un susurro.

 

—Lilia…

 

—¿Sí?

 

—¿Cómo era tu mundo? De verdad. Allá donde vivías antes de venir aquí.

 

Lilia tardó unos segundos en responder. Sus ojos siguieron el contorno de las sombras en el techo antes de que su voz se dejara escuchar, pausada y suave, como si estuviera sacando los recuerdos de un lugar muy profundo.

 

—Después de dejar atrás el ejército del Rey Demonio… descubrí que el mundo era mucho más vasto y hermoso de lo que jamás me habían permitido conocer. Durante toda mi vida, mi mundo había sido esto: fortalezas de piedra fría, campos de batalla ensangrentados, tiendas de campaña en campamentos militares y los territorios que el ejército controlaba. Nada más. No existía nada más allá de las fronteras de guerra.

 

Hizo una pausa breve, y su mirada se volvió lejana, como si pudiera ver aquellas tierras en este mismo instante.

 

—Cuando empecé a viajar con Haru y los demás… vi cosas que ni siquiera había imaginado que pudieran existir. La ciudad imperial… era inmensa. Sus murallas eran tan altas que parecían tocar las nubes. Sus calles estaban llenas de gente de todas partes: humanos, elfos de cabellos plateados, enanos de barbas trenzadas, gentes de las montañas y del desierto… razas que ni siquiera sabía que existían. Todos caminaban, hablaban, comerciaban…

 

Kaede la escuchaba sin apartar la mirada, fascinada.

 

—¿Y todas convivían juntas?

 

—No sin problemas. Había prejuicios, distancias, diferencias. Pero convivían. Eso ya era algo que yo no conocía. También vi ciudades construidas sobre montañas, donde las casas parecían colgar de las rocas. Otras rodeadas de bosques tan altos que el sol apenas llegaba al suelo. Vi puertos donde el mar se perdía en la niebla y mercados donde vendían cosas que no sabía ni nombrar.

 

Lilia guardó silencio un momento.

 

—Para mí… el mundo había sido siempre el lugar donde se luchaba. Donde se daban órdenes y se obedecía. Descubrir que también existían mercados, festivales donde la gente reía y bailaba hasta el amanecer, escuelas, bibliotecas enormes… incluso personas que discutían por cosas sin importancia… fue como aprender a ver de nuevo. Al principio no sabía qué hacer con tanta belleza. No entendía por qué me dejaban estar ahí.

 

Kaede sintió que el corazón se le encogía suavemente.

 

—¿Y cuando llegaste a la ciudad imperial? ¿Cómo fue?

 

Lilia tardó en contestar. Sus dedos se tensaron levemente sobre la sábana.

 

—Fue… extraño. Porque todos sabían quién era yo. Sabían lo que había hecho. Habían visto mis acciones en la guerra. Había pueblos que yo misma había visto caer. Familias que habían perdido todo por causa de las órdenes que yo cumplí. Para ellos no importaba que ahora viajara junto al Héroe. Cuando caminaba por las calles, la gente se apartaba. Algunos entraban en sus casas al verme pasar. Otros cambiaban de acera. Nadie se acercaba. Nadie me hablaba. Solo había silencio y miedo.

 

Su voz se volvió más baja, pesada.

 

—Llevaba además un sello en el cuerpo que me impedía usar magia. Estaba completamente indefensa. Cualquier persona hubiera podido hacerme daño… y no habría podido defenderme. Dependía enteramente de que nadie me atacara. De que alguien me protegiera.

 

—¿Quién podía quitarte ese sello? —preguntó Kaede casi en un susurro.

 

—Solo Haru.

 

Kaede sonrió con una ternura infinita.

 

—Entonces… literalmente estabas en sus manos. Él era responsable de ti.

 

—Sí. —Lilia respondió sin dudar, con una seriedad absoluta—. Mi vida estaba en sus manos. Cada paso, cada decisión… dependía de él.

 

—Debió ser muy difícil —dijo Kaede suavemente.

 

—Lo era. Aunque creo que Haru nunca lo entendió del todo. Porque él… él simplemente actuaba como si nada. Como si yo fuera una persona cualquiera.

 

—¿Y eso funcionó?

 

Lilia cerró los ojos un instante, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios al recordar.

 

—No al principio. Yo esperaba siempre la orden. La instrucción. Pero él… él me hablaba. Me preguntaba qué quería comer. Me llevaba a ver cosas. Me presentaba a la gente y decía mi nombre como si fuera algo de lo que sentía orgullo. A veces hacía cosas absurdas y sin sentido solo para verme fruncir el ceño. Empezó a confiar en mí. Sin órdenes. Sin condiciones. Y poco a poco… yo también aprendí a confiar en él.

 

Su voz se suavizó por completo.

 

—Y algo más empezó a cambiar. La gente… dejó de verme solo como un arma. No todos. Algunos nunca me perdonaron. Pero otros… empezaron a mirarme y a verme a mí. A Lilia. No a la general. No al arma. A mí.

 

—Entonces Haru no consiguió que todos te amaran —dijo Kaede suavemente.

 

—No. Solo consiguió que dejaran de verme únicamente como algo que debía temerse.

 

Lilia abrió los ojos y volvió a mirar el techo, donde las sombras se mecían suavemente.

 

—La desconfianza seguía ahí. Las miradas. Los silencios. Pero ya no dolían tanto. Ya no pesaban como antes. Porque sabía que él estaba ahí. Que no me soltaría.

 

Un silencio cálido llenó la habitación. Kaede se acomodó de lado sobre el futón, mirando hacia la cama.

 

—Parece que Haru era una persona muy especial.

 

Lilia asintió muy despacio, y sus palabras salieron casi como una caricia.

 

—Era un gran idiota.

 

Kaede soltó una risita suave que se mezcló con la penumbra.

 

—Eso ya lo dijiste muchas veces.

 

—Y lo diré mil veces más.

 

—Está bien.

 

Lilia cerró los ojos por fin. Su respiración se volvió lenta y tranquila. La luz de la lámpara acariciaba su rostro, suave y cálida. Y mientras ambas permanecían en silencio, la historia de aquel mundo lejano se quedó flotando entre ellas, contada sin espadas, sin sangre y sin órdenes. Solo dos amigas, en la quietud de la noche, compartiendo lo que el corazón lleva guardado.

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  • TeresaGuz

    La escena del pijama de orejas de gato se tuerce en una sola frase: Aiko dice que Haru decía lo mismo y Lilia pasa de amenazar con colgarla de un tobillo a mirarse las manos. En mi familia también hay uno al que se le dice tonto con más cariño que a nadie, así que ese idiota me sonó muy de casa. ¿Tenías pensado desde el principio que fuera Aiko la primera en decirlo?

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La noche había caído sobre la ciudad. Las calles estaban tranquilas, iluminadas por las luces de los comercios y los faroles que se extendían a lo largo de las avenidas. A diferencia de otros días,…

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