Tres nombres. Uf.
Capítulo 31: Sin espada, con valor
El castillo seguía latiendo con actividad febril incluso cuando la noche había caído por completo, envolviendo todo en sombras profundas. Las grandes mesas de los salones se habían transformado en…
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Tres nombres. Uf.
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El castillo seguía latiendo con actividad febril incluso cuando la noche había caído por completo, envolviendo todo en sombras profundas. Las grandes mesas de los salones se habían transformado en puestos de trabajo improvisados, cubiertos de montones ordenados de vendas, mantas dobladas, ovillos de hilo y trozos de tela recién cortada. Bajo el resplandor parpadeante de velas consumidas, algunas sirvientas seguían cosiendo con dedos ágiles y cansados, mientras otras hervían agua en grandes calderos, organizaban cajas de suministros o separaban hierbas y frascos de medicamentos.
El agotamiento pesaba sobre todos como una manta húmeda. Los guardias apoyados contra las columnas tenían los párpados caídos y la mirada vidriosa. Los mayordomos caminaban con pasos más lentos y arrastrados, y hasta las cocineras, conocidas por su resistencia incansable, apenas podían mantenerse de pie mientras preparaban sopas y pan para quienes seguían trabajando sin descanso.
Sin embargo, nadie se atrevía a detenerse ni un instante.
Porque allá afuera, en la ciudad y los pueblos cercanos, la gente seguía enfermando y muriendo cada hora que pasaba.
Y aquí dentro, en el refugio más seguro y organizado que tenían, nadie quería ser el primero en darse por vencido o en descansar antes de tiempo.
Entre una mesa y otra, sorteando pasos apresurados y voces susurrantes, había una pequeña figura que finalmente había llegado al límite absoluto de sus fuerzas.
Lira.
La niña estaba sentada en una silla mucho más grande y alta que ella, con los pies colgando sin tocar el suelo, junto a una mesa llena de vendas ya dobladas y listas para ser enviadas. Todavía sostenía entre sus dedos diminutos un trozo de tela que había estado doblando minutos antes, y tenía la cabeza inclinada de lado, apoyada suavemente contra el borde de madera.
Se había quedado profundamente dormida, vencida por el cansancio acumulado de días enteros ayudando en todo lo que podía. Tan profundamente dormida que ni siquiera se movía ni se estremecía a pesar del ruido constante a su alrededor, como si su cuerpo hubiera decidido que ya era suficiente y se hubiera desconectado del mundo por completo.
Su cubrebocas de tela había quedado ladeado, dejando ver parte de su rostro tranquilo y relajado. Uno de sus pequeños guantes de trabajo seguía puesto, pero el otro se había soltado y había caído suavemente sobre su regazo, olvidado.
Las sirvientas iban y venían a su alrededor, concentradas en sus tareas, sin darse cuenta de la pequeña durmiente. Una cruzaba el salón cargando una pila de cajas. Otra llevaba con cuidado una olla de agua caliente. Dos más discutían en voz baja sobre cuántas mantas podrían terminar de coser antes de que amaneciera.
Nadie la vio.
Nadie… excepto Selene.
La joven noble acababa de entrar al salón para revisar cómo avanzaban los preparativos y el trabajo de todos. Su expresión habitual, siempre seria y reservada, estaba ahora marcada por el cansancio profundo: tenía ojeras oscuras bajo los ojos, la piel pálida por las noches sin dormir y la tensión de semanas enteras reflejada en cada rasgo. Llevaba sobre sus hombros el peso de las cartas desesperadas que llegaban cada día, de las discusiones interminables con otros nobles y de las malas noticias que no paraban de llegar desde la ciudad.
Pero en el momento exacto en que sus ojos se posaron en Lira…
Se detuvo en seco.
Por un instante fugaz, todo el ruido a su alrededor pareció desvanecerse. El murmullo de las voces, el crujido de las telas, el chisporroteo de las velas… todo desapareció.
Porque ahí, pequeña y dormida sobre una mesa demasiado grande para ella, con el rostro relajado y los cabellos revueltos por el trabajo…
Selene no vio a Lira.
Vio a Anna.
No a la Anna de ahora. No a la mujer agotada, llena de barro y manchas de sangre seca, que luchaba día y noche contra la enfermedad y la muerte. No a la líder firme, dura y decidida que había desafiado tradiciones y poder.
Vio a su hermana pequeña.
La Anna que existía antes de que las obligaciones, las reglas y las expectativas de sus padres moldearan su carácter.
Antes de las clases de etiqueta interminables que le enseñaron a caminar, hablar y sonreír de una forma determinada.
Antes de los vestidos pesados, las joyas incómodas y las miradas frías de la alta sociedad.
Vio a la niña curiosa, vivaz y tierna que se quedaba dormida sobre libros enormes porque insistía en leer más de lo que su pequeña mente podía aguantar.
La Anna que alguna vez se quedó dormida en una biblioteca inmensa, abrazando fuertemente un libro de cuentos de hadas, porque se negaba a dejarlo a la mitad, aunque sus ojos se cerraban solos.
Por un instante… Selene volvió a verla. Volvió a sentir esa ternura inmensa y protectora que había sentido tantas veces cuando eran niñas y ella cuidaba de su hermana menor.
Sus ojos se suavizaron apenas, perdiendo parte de su dureza habitual.
Y sin decir una sola palabra, sin llamar a nadie ni pedir ayuda, caminó lentamente hasta la silla donde descansaba la pequeña.
Se inclinó despacio, con un cuidado extremo, y tomó a Lira entre sus brazos, levantándola suavemente como si temiera que el más mínimo movimiento brusco pudiera romperla o despertarla de ese sueño reparador que tanto necesitaba.
La pequeña apenas se movió. Solo murmuró algo inentendible, entre sueños, y se acomodó un poco más contra el pecho de Selene, aferrándose con fuerza instintiva a la tela de su vestido como si temiera que la soltaran y la dejaran sola.
Fue en ese momento cuando varias sirvientas finalmente notaron lo que estaba pasando y se detuvieron en seco, sorprendidas.
—¡Ay, Lira! —exclamó una de ellas, dejando rápidamente la caja que llevaba sobre la mesa—. ¡No nos dimos cuenta de que se había quedado dormida, disculpe, Lady Selene…
Otra mujer se acercó enseguida, visiblemente nerviosa y preocupada por haber descuidado su deber. Era la encargada directa de vigilar y cuidar a la pequeña durante las jornadas de trabajo.
—Mil disculpas, mi señora. Fue culpa mía por no vigilarla mejor. Yo la llevo ahora mismo a uno de los cuartos vacíos para que duerma cómoda.
Selene negó suavemente con la cabeza, sin dejar de mirar el rostro dormido de la niña. Lira seguía aferrada a ella, respirando tranquila y profundamente, ajena a todo lo que pasaba a su alrededor.
—No se preocupe —dijo Selene con voz baja, suave y serena, tan distinta a su tono habitual que sorprendió a todos los presentes—. Yo me encargo.
Las mujeres se quedaron quietas y en silencio, mirándola con sorpresa contenida. Porque había algo extraño y hermoso en verla así: más suave, más tranquila, más humana. Por un momento, la mujer dura y orgullosa que conocían se había desvanecido, dejando ver a una hermana cariñosa y a una mujer capaz de una ternura inmensa.
Selene miró un momento más el pequeño rostro de Lira, recorriendo con la mirada sus rasgos inocentes.
Luego habló otra vez, en voz baja pero clara, para que todas escucharan.
—Ha trabajado más de lo que debería alguien de su edad. Ha ayudado sin quejarse ni un solo momento, y ha aguantado tanto como cualquiera de nosotros. Se merece descansar bien.
La encargada bajó la cabeza avergonzada, sabiendo que tenía razón.
—No pudimos convencerla de que parara ni un momento —murmuró—. Cada vez que le decíamos que descansara, decía que si todos trabajaban, ella también tenía que hacerlo.
Selene acarició apenas el cabello revuelto de la niña con dedos suaves y cálidos.
—Se parece demasiado a alguien que conocí —susurró con una media sonrisa triste, sin explicar nada más. No hacía falta. Todas entendieron a quién se refería.
Y con Lira dormida y segura entre sus brazos, Selene salió lentamente del salón, caminando con cuidado por los pasillos del castillo, mientras detrás de ella el trabajo continuaba sin descanso, igual que la lucha que libraban cada día.
El campamento médico había cambiado radicalmente desde los primeros días de caos y desesperación.
Seguía oliendo a humo de las hogueras, a hierbas medicinales y al sudor de cientos de personas trabajando sin parar. Todavía se escuchaban llantos, gemidos de dolor y voces asustadas, y las camillas improvisadas seguían ocupando cada rincón disponible.
Pero ahora… ahora había orden.
La ayuda que Lyra había traído consigo, formada por nobles menores, sirvientes, médicos y carretas cargadas de suministros, había permitido reorganizar todo el lugar de manera inteligente y eficaz. Las tiendas se habían separado por zonas según la gravedad de los síntomas, las rutas de paso estaban claramente marcadas para evitar aglomeraciones y contagios innecesarios, y el personal —médicos, alquimistas, enfermeros y voluntarios— ya no corría de un lado a otro sin saber a quién atender primero ni qué hacer.
Ahora había prioridades claras, normas estrictas y una estructura que funcionaba.
Y gracias a todo eso, por primera vez en muchas semanas, todos los que trabajaban y vivían allí sentían que podían respirar un poco, que no todo estaba perdido y que tenían una oportunidad real de salvar vidas.
La primera zona estaba reservada para los pacientes más leves: personas que apenas comenzaban a presentar síntomas, como fiebre baja, tos seca o cansancio extremo, pero que todavía podían caminar, valerse por sí mismos y comunicarse sin dificultad. Algunos de ellos, al sentirse un poco mejor, incluso ayudaban a otros enfermos más débiles o colaboraban con tareas sencillas.
Allí las camas estaban más separadas unas de otras, había más espacio entre las tiendas y se respiraba una atmósfera de esperanza cautelosa. Los gritos y los llantos eran escasos, y el silencio se veía interrumpido principalmente por las conversaciones bajas o las palabras de aliento. Los medicamentos que se usaban eran simples: infusiones de hierbas curativas, bebidas fortificantes y pequeñas dosis del compuesto especial creado por Anna para frenar la progresión de la enfermedad y fortalecer el cuerpo. Los sanadores revisaban a cada persona constantemente, observando el color de sus ojos, el ritmo de su respiración y la temperatura de su piel para asegurarse de que no empeoraran ni pasaran a estados más graves.
La segunda zona era muy distinta, mucho más tensa y peligrosa. Allí estaban los pacientes que todavía podían salvarse… pero que ya comenzaban a mostrar síntomas mucho más avanzados y aterradores: tos con sangre, fiebre alta que no bajaba, mareos constantes, debilidad extrema y dificultad para respirar que a menudo les hacía sentir que se ahogaban.
En esta zona los médicos trabajaban mucho más rápido, con movimientos precisos y expresiones serias. Los alquimistas iban y venían continuamente con frascos de medicina recién preparada, compresas frías para bajar la fiebre y nuevas mezclas que probaban con la esperanza de encontrar algo más efectivo. Había más camillas, más cubetas con agua limpia o sucia, más paños manchados de sangre y más voces de dolor. Y también había mucho miedo. Porque cualquiera de ellos podía empeorar de un momento a otro, y todos sabían que la línea entre la vida y la muerte era muy fina.
Y finalmente estaba la tercera zona. La peor de todas. La más silenciosa y pesada. La zona de los enfermos graves.
Ahí el aire se sentía denso, cargado de olores fuertes y una sensación de tristeza inevitable. Las camas estaban muy juntas unas de otras, ocupando todo el espacio disponible, y los sanadores apenas daban abasto para atender a todos. Los enfermos ya no gritaban ni se quejaban tanto, porque la mayoría ya no tenía fuerzas ni para eso. Solo se escuchaban respiraciones débiles y entrecortadas, toses húmedas y profundas, y el murmullo suave de quienes intentaban dar consuelo o rezar junto a personas que tal vez no verían salir el sol al día siguiente. Muchos de los que estaban allí ya habían perdido la esperanza de sanar, y todos en el campamento lo sabían.
Era en esa zona donde Anna pasaba la mayor parte de su tiempo, agotándose hasta el límite, intentando salvar incluso a quienes parecían estar condenados. Y era también donde más trabajaban Eliana, Lyra y Liam, ayudando sin descanso.
Eliana se movía entre los enfermos con elegancia y determinación, llevando siempre su cubrebocas ajustado firmemente al rostro y las mangas remangadas hasta los codos. Entregaba medicamentos en el momento exacto, limpiaba el sudor frío de las frentes, ayudaba a los sanadores con procedimientos delicados y daba instrucciones claras y seguras a los voluntarios nuevos que llegaban cada día desde las casas nobles. Su presencia transmitía calma y confianza, y muchos enfermos se sentían mejor solo con verla cerca.
Lyra, visiblemente agotada tras el largo viaje y el esfuerzo físico, pero incapaz de quedarse quieta ni un solo instante, ayudaba a registrar síntomas y evoluciones, organizar los nombres y datos de los pacientes, y mover suministros médicos y víveres entre las distintas carpas para que nada faltara.
Liam, por su parte, iba de un lado a otro como siempre, convertido en el alma del campamento y la mano derecha de todos. Cargaba cubetas de agua limpia, movía montones de vendas y ropa sucia, sostenía a pacientes que no podían caminar ni sentarse solos, daba de beber a quienes estaban demasiado débiles y se sentaba horas enteras al lado de quienes tenían miedo o dolor, hablándoles suavemente y dándoles esperanza.
Y afuera de cada zona, vigilando todas las entradas y salidas, había alquimistas esperando con frascos y recipientes. Cada persona —sanador, voluntario o visitante— que cruzaba de una zona a otra debía detenerse obligatoriamente frente a ellos. Los hombres y mujeres vestidos con túnicas protectoras abrían pequeños frascos de cristal y dejaban caer unas gotas de líquido transparente y espeso sobre las manos, la ropa y los zapatos de cada uno. Un olor fuerte y penetrante, parecido al alcohol pero mezclado con aromas de hierbas quemadas y resinas medicinales, llenaba el aire cada vez que lo hacían.
—Levanten los brazos y gírense —ordenaban con voz monótona y estricta.
—Respiren hondo tres veces —indicaban a continuación.
—Si tienen fiebre, tos o malestar, no pasen. Quédense aquí.
Todo debía hacerse con el mayor cuidado posible. Todo debía limpiarse y desinfectarse al detalle. Porque ya no podían darse el lujo de cometer errores, de descuidos o de contagios innecesarios. No después de haber visto morir a tanta gente. No ahora que finalmente empezaban a tener una oportunidad real de ganar la batalla.
Liam volvió a moverse ágilmente por el campamento apenas salió de la pequeña carpa donde Anna descansaba, obligada por Eliana a dormir unas horas por primera vez en mucho tiempo. Llevaba los brazos llenos de frascos de vidrio, paños limpios y pequeños recipientes con infusiones calientes, caminando rápido y esquivando con destreza a las personas que pasaban, charcos de agua sucia y cajas apiladas.
La zona dos seguía llenas de actividad y tensión. No tanto como los primeros días de caos absoluto, pero seguía siendo una de las áreas más ocupadas y delicadas del campamento. Liam entró en una de las tiendas levantando un poco la voz para que todos lo escucharan.
—¡Traje más infusiones curativas y paños limpios!
Varias sanadoras se acercaron enseguida, agradecidas por el suministro tan esperado. Una tomó los frascos con cuidado, como si llevara vidrio precioso. Otra le quitó de los brazos la pila de paños limpios. Una tercera abrió la pequeña caja que traía bajo el brazo y revisó su contenido con mirada experta.
—¿Quedan más de estos compuestos? —preguntó con voz urgente.
—Muy pocos —respondió Liam—, pero Daeron me dijo que los alquimistas ya están preparando una nueva tanda. En un par de horas tendremos más.
La mujer asintió, tranquila al menos por ese detalle, y se marchó a distribuir lo recibido.
Liam siguió avanzando entre las camas, atento a cualquier necesidad. Ayudó a una anciana débil a incorporarse un poco para que pudiera beber agua sin ahogarse, le acomodó la manta a un niño que dormía inquieto y cambió un balde sucio por uno limpio y fresco, tratando de no hacer ruido.
Mientras lo hacía, uno de los enfermeros que trabajaba cerca levantó brevemente la vista hacia él.
—¿Y Lady Anna? —preguntó en voz baja, con un deje de preocupación—. Hace horas que no la vemos pasar por aquí.
Liam se detuvo apenas un instante, lo justo para tragar saliva y mantener la compostura. Luego siguió acomodando unas vendas que se habían soltado.
—Por ahora… es mejor que nos encarguemos nosotros —respondió con calma, pero firmeza—. Ella no está disponible.
El hombre lo miró fijamente unos segundos, tratando de entender el verdadero significado de sus palabras. No hizo falta que preguntara nada más. En cuanto vio la expresión serena pero inamovible de Liam, comprendió todo de inmediato.
Lady Anna estaba descansando.
Y todos en el campamento sabían perfectamente quién había sido la única persona capaz de conseguirlo.
Una de las sanadoras que escuchaba la conversación dejó escapar una pequeña sonrisa cansada pero sincera.
—Al fin Lady Eliana lo logró —murmuró, sacudiendo la cabeza—. Hacía semanas que nadie podía sacarla de aquí ni obligarla a parar.
—Ya era hora —añadió otro hombre mientras exprimía un paño mojado—. No recuerdo la última vez que la vi dormir de verdad, en una cama y sin saltar ante cualquier ruido. Siempre estaba despierta, siempre vigilando, siempre trabajando.
Liam sonrió apenas, una sonrisa pequeña y llena de afecto.
—Entonces no desperdiciemos su esfuerzo —dijo suavemente—. Sigamos trabajando, organizando y atendiendo a todos para que pueda descansar un poco más.
Nadie respondió nada. Simplemente volvieron a sus tareas con más energía y decisión, como si esas palabras hubieran sido una orden sagrada. Porque todos pensaban exactamente lo mismo: Anna había cargado sobre sus hombros el peso de la ciudad entera durante demasiado tiempo, sin quejarse ni pedir nada a cambio. Lo mínimo que podían hacer por ella era sostener el campamento y mantenerlo en pie unas horas más, sin que tuviera que preocuparse por nada.
Afuera, bajo la luz de las antorchas y las estrellas, Garoum seguía organizando el movimiento de las provisiones que no paraban de llegar. Los nobles menores que habían venido junto a Lyra habían traído muchísimo más de lo que todos esperaban: carretas enteras cargadas de cajas de madera, barriles sellados, sacos enormes de harina y granos, medicamentos cuidadosamente embalados, rollos de tela y herramientas de todo tipo. Todo eso estaba acumulado cerca de la entrada principal, formando montones que parecían interminables.
Pero Garoum sabía muy bien que si no se organizaban correctamente, si no se enviaba cada cosa a su lugar exacto y en el momento adecuado, todo ese esfuerzo y toda esa ayuda se convertirían en un caos inútil. Por eso no dejaba de dar órdenes claras y precisas.
—¡Esas cajas van directo a la cocina central! ¡Rápido! —gritaba con voz potente.
—¡Los barriles de agua al almacén número dos! ¡Cuidado, que no se caigan!
—¡Separad bien los medicamentos del resto! ¡No mezcléis nada, o podría ser peligroso!
Los guardias y voluntarios corrían de un lado a otro siguiendo sus instrucciones. Algunos cargaban sacos pesados sobre los hombros, doblados por el esfuerzo. Otros empujaban carros de madera crujientes, tratando de no chocar con nadie. Unos pocos vigilaban atentamente la entrada para asegurarse de que no se colara nadie sin autorización mientras los últimos suministros seguían siendo descargados.
Garoum caminaba entre ellos con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido, revisando cada movimiento, cada caja y cada camino, asegurándose de que nada faltara ni se perdiera por el camino.
—Capitán —llamó uno de los soldados acercándose a él con paso rápido—. ¿Quiere que enviemos otra tanda de mantas y ropa de abrigo a la zona tres? Se están quedando cortos otra vez.
—Sí —respondió Garoum sin dudar—. Y llevad también más agua potable. Ahí siempre se acaba antes que en ningún otro sitio.
El guardia asintió y salió corriendo a cumplir la orden.
Garoum se detuvo un momento y observó todo el campamento extendido ante sus ojos. Había más movimiento, más gente, más ayuda y más recursos que nunca antes. Todo estaba mucho más ordenado, mucho más limpio y mucho más seguro que al principio. Y aun así… aun con todo eso, no podía quitarse una sensación extraña del pecho. Una sensación de fragilidad. Como si todo lo que habían construido pudiera derrumbarse en cualquier momento.
Porque todavía seguían perdiendo gente cada día.
Todavía veían el humo de las hogueras funerarias elevarse hacia el cielo al final de cada tarde.
Todavía estaban luchando contra algo que no podían ver, que no podían atrapar con las manos ni detener con espadas.
En la zona de administración, Daeron estaba inclinado sobre una mesa grande cubierta de papeles, plumas y tinteros, rodeado de listas interminables. Lyra estaba frente a él, revisando cada entrada junto a varios ayudantes, comprobando que todo coincidiera y que nada se perdiera entre los números.
—Cuatro barriles de agua limpia y tratada —leyó ella en voz alta.
—Anótalo en el registro principal —respondió Daeron sin levantar la vista, escribiendo rápido con la pluma.
—Tres cajas de vendas nuevas y telas para curas.
—Anótalo también. Son muy necesarias.
—Cinco sacos de harina, dos de arroz y uno de sal refinada.
Daeron escribía sin parar, con una concentración absoluta, y de vez en cuando revisaba otras hojas que ya tenía delante. Aun con toda la ayuda que había llegado en las últimas horas, seguía calculando cada recurso como si fueran monedas de oro contadas una por una, sabiendo perfectamente que no podían permitirse despilfarros ni errores.
De pronto, un aleteo suave rompió el ruido ambiente. Un pájaro pequeño, oscuro y ágil, descendió desde lo alto y se posó con cuidado sobre uno de los postes de madera más cercanos a ellos.
Daeron levantó la vista de inmediato, reconociendo al mensajero al instante. Se acercó despacio, no fuera a asustarlo, y vio que llevaba un pequeño tubo de cuero atado firmemente a una de sus patas. Lo soltó con destreza, abrió el tubo y sacó el mensaje enrollado que había dentro.
Lo leyó una vez, rápido y atento. Luego volvió a leerlo con más calma, como si quisiera asegurarse de no haber entendido mal nada de lo que ponía.
Y por primera vez en muchos días, la expresión tensa y preocupada de su rostro cambió levemente. Una chispa de esperanza brilló en sus ojos oscuros.
Lyra lo notó enseguida y se inclinó hacia adelante, interesada.
—¿Qué pasa? —preguntó suavemente—. ¿Son malas noticias?
Daeron bajó lentamente el papel, apretándolo un poco entre sus dedos como si temiera que desapareciera.
—No —respondió con voz firme y aliviada—. Son buenas. Llegan mañana.
—¿Quiénes llegan mañana? —insistió ella, sin terminar de entender.
—Mis hombres —dijo él, levantando la vista y mirándola fijamente—. Las caravanas de mi familia ya están en camino. Traen comida en cantidad, agua embotellada y tratada, telas, animales de carga, medicinas preparadas por nuestros propios alquimistas y herramientas de todo tipo. Todo lo que tenemos y más.
Lyra soltó el aire que sin darse cuenta había estado conteniendo, sintiendo cómo un peso enorme se levantaba de su pecho. Porque sabía muy bien lo que eso significaba. La familia de Daeron tenía prácticamente el mismo nivel de riqueza, poder e influencia que la casa de Anna. Si ponían todos sus recursos a disposición, la situación cambiaba radicalmente.
Significaba tiempo.
Significaba vidas salvadas.
Significaba que podían ganar.
Daeron dejó la carta sobre la mesa y volvió a mirar los registros, pero ahora sus movimientos eran más rápidos y seguros.
—Gracias a lo que trajeron ustedes, hemos podido mantenernos hasta hoy —dijo con sinceridad—. Pero con lo que llega mañana… podemos aguantar el tiempo que haga falta.
Lyra sonrió levemente, una sonrisa cansada por el viaje y el trabajo, pero llena de satisfacción y esperanza.
—Entonces resistiremos —afirmó con voz segura.
Daeron la miró apenas un segundo y asintió lentamente. No hicieron falta más palabras.
Alrededor de ellos, el campamento seguía moviéndose y latiendo como un corazón gigante. Liam iba de una tienda a otra sin parar. Garoum organizaba guardias y suministros con mano firme. Los médicos y sanadores seguían trabajando hasta el agotamiento. Los enfermos seguían luchando por respirar, por sanar, por vivir un día más.
Y todos, absolutamente todos, sabían algo importante: su señora estaba descansando, por fin. Y nadie, absolutamente nadie, iba a detenerse ni a fallar en su deber hasta asegurarse de que, cuando despertara a la mañana siguiente, abriera los ojos y encontrara el campamento todavía en pie, fuerte y seguro.
Castillo, sala de reuniones privadas
Lejos del ruido constante de los sirvientes, del movimiento de gente y del trabajo febril de las salas convertidas en enfermería, en una de las habitaciones más reservadas y silenciosas del castillo, se reunían Selene y Demian con los dos nobles de mayor rango que habían llegado junto a Lyra.
Lord Aeron Valcrest permanecía de pie frente a la mesa de madera oscura, con la espalda recta y la mirada seria. Todavía llevaba parte de su armadura puesta, como si no quisiera desprenderse de ella ni por un momento, listo para la acción o para la defensa. A su lado, Lady Seraphine D'Rhael mantenía los brazos cruzados sobre el pecho y observaba con atención varios mapas desplegados sobre la mesa, marcados con líneas y puntos de diferentes colores.
La atmósfera en esa habitación era mucho más pesada, mucho más fría y mucho más peligrosa que en el campamento médico. Porque aquí no estaban hablando de cómo salvar vidas ni de cómo tratar la enfermedad. Aquí estaban hablando de encontrar culpables. De descubrir quién o quiénes estaban detrás de todo lo que estaba pasando.
Demian apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose un poco hacia adelante y mirando fijamente a los dos nobles.
—Lyra me dijo que habían conseguido información importante durante el viaje —empezó sin rodeos—. Dijeron que sabían cosas que nosotros no teníamos.
Aeron asintió lentamente, con un movimiento grave y pesado.
—No fue algo que buscáramos desde el principio —explicó con voz profunda—. Sucedió casi por casualidad, mientras volvíamos hacia aquí.
Lady Seraphine tomó la palabra con voz tranquila pero cortante.
—Hace unos días, nuestras patrullas interceptaron varias caravanas que intentaban cruzar el territorio usando caminos secundarios, senderos olvidados y rutas que casi nadie utiliza. Iban muy cargadas y se movían de noche para no ser vistos.
Selene levantó la vista de inmediato, interesada y tensa.
—¿Contrabando? —preguntó con desconfianza—. ¿Intentaban vender cosas sin pagar impuestos?
—Eso pensamos al principio —respondió Aeron—. Pero había algo extraño en todo aquello.
Tomó uno de los mapas pequeños y señaló tres caminos distintos que rodeaban la ciudad y sus alrededores.
—Las carretas llevaban grandes cantidades de harina —señaló—. Muchísima harina. Pero ninguna de las bolsas ni de los sacos tenía sellos oficiales de procedencia, ni marcas de molinos conocidos, ni permisos comerciales válidos. Nada que demostrara de dónde salía ni adónde iba.
Demian frunció el ceño, sintiendo que algo no encajaba. Eso ya era raro de por sí. Demasiado raro para ser un simple caso de contrabando.
—Los detuvimos para inspeccionarlos —continuó Lady Seraphine—. Al principio creímos que solo intentaban aprovechar la crisis para vender comida a precios desorbitados sin que nadie se enterara. Pero la reacción de los hombres que las escoltaban nos dejó helados.
Selene se tensó por completo, sintiendo un mal presentimiento en el estómago.
—¿Qué hicieron? —preguntó con voz tensa.
Aeron bajó levemente la mirada hacia el mapa, como si le costara contar lo que había pasado.
—Se suicidaron —dijo simplemente.
El silencio cayó de golpe sobre la habitación, denso y pesado como una manta. Demian se quedó completamente inmóvil, sin respirar casi.
—No fue con cuchillos ni con veneno —añadió Lady Seraphine, y su voz se volvió más fría y dura que nunca—. No tuvieron que hacer nada. Simplemente murieron.
Su expresión se endureció hasta parecer una máscara de piedra.
—Tenían un hechizo de muerte sellado sobre sus cuerpos.
Selene abrió los ojos un poco, sorprendida y horrorizada a la vez.
—¿Un sello mágico de muerte? —repitió incrédula—. ¿Están seguros?
—Completamente —afirmó Aeron—. En el momento exacto en que nuestros hombres intentaron capturarlos o tocarlos, varios comenzaron a sangrar profusamente por la nariz y la boca. Algunos se desplomaron al instante, sin emitir ni un solo sonido. Otros apenas alcanzaron a decir un par de palabras antes de caer muertos al suelo, con los ojos vidriosos y la piel fría.
Demian apretó lentamente la mandíbula hasta que los dientes rechinaron. Eso no era obra de simples criminales ni contrabandistas. Eso significaba organización, poder mágico, dinero y mucha, mucha maldad. Significaba que alguien planeaba todo esto desde hace tiempo. Significaba que eran tan peligrosos que preferían matar a sus propios hombres antes de permitir que cayeran en manos enemigas y hablaran.
—Por suerte —dijo Aeron señalando otra zona del mapa—, una de las caravanas fue interceptada mucho más rápido que las demás. Nuestros hombres lograron separar a uno de los escoltas antes de que el sello se activara por completo y acabara con su vida.
Lady Seraphine se apoyó un poco sobre la mesa y miró directamente a Selene y Demian.
—Vio morir a todos sus compañeros frente a sus propios ojos en cuestión de segundos —explicó con voz baja—. Entendió de inmediato que quienes lo habían contratado no tenían ninguna intención de dejar testigos vivos, ni siquiera entre los suyos.
Selene no apartó la mirada de ella ni un instante.
—¿Y habló? —preguntó con dureza—. ¿Dijo algo antes de morir?
—Habló —respondió Aeron con gravedad—. Habló de inmediato, sin necesidad de torturas ni amenazas. Estaba aterrorizado y quería salvar su vida a toda costa.
Demian sintió cómo el aire de la sala se volvía espeso, casi irrespirable, cargado de una tensión que parecía estallar en cualquier momento.
Lady Seraphine tomó entonces un pequeño trozo de pergamino, cuidadosamente doblado, y lo deslizó suavemente sobre la superficie de madera hasta dejarlo justo en el centro, frente a ellos.
—Nos dio tres nombres —anunció con voz grave y firme.
Selene bajó la mirada lentamente hacia el papel, como si temiera lo que iba a leer. Y efectivamente, al ver las palabras escritas con tinta oscura, sintió que la sangre se le helaba en las venas.
Tres casas nobles.
Tres nombres que todo el mundo conocía.
Familias antiguas, con raíces profundas en la historia del reino.
Influyentes, poderosas y respetadas por todos.
Al menos, en apariencia.
Demian reconoció cada uno de ellos apenas los leyó. Y eso fue lo peor de todo.
Porque no se trataba de nobles menores, de señores de provincias alejadas ni de hombres ambiciosos que solo buscaban dinero fácil a cualquier precio. No.
Eran casas importantes. De las más importantes. Personas con poder real, capaz de cambiar el curso de las cosas. Personas que habían caminado por los pasillos de este mismo castillo como si fueran su propia casa. Que habían compartido cenas, fiestas y reuniones con ellos, sentados a la misma mesa y brindando por el bienestar del pueblo. Que habían sonreído, estrechado manos y pronunciado palabras de aliento, fingiendo preocupación y dolor por la suerte de la ciudad mientras, quizás, planeaban su destrucción.
Selene sintió cómo la ira subía por su pecho como una llamarada furiosa, abrasadora y repentina. Una rabia tan intensa y profunda que, por un momento, le costó incluso respirar. Le temblaban ligeramente las manos y tuvo que apretar los puños para controlarse.
—Esos malditos… —susurró con voz ronca, llena de odio y desprecio, incapaz de decir nada más.
Demian tomó el pergamino entre sus dedos, despacio, con un movimiento lento y deliberado. Lo observó en silencio durante unos segundos, leyendo y releyendo cada nombre, grabándolos en su mente como una sentencia de muerte. Luego levantó la mirada hacia los dos nobles que estaban frente a él.
Sus ojos, habitualmente cálidos o serios, estaban ahora completamente fríos. Vacíos de cualquier sentimiento, duros como el acero y tan cortantes como el filo de una espada.
— quiero todo lo que tengan sobre ellos —dijo con voz baja, pero tan autoritaria y peligrosa que hizo estremecerse a los presentes—. Cada movimiento, cada viaje, cada trato, cada conversación. Quiero saber con quién hablan, qué compran, qué venden y a dónde van. No quiero que se me escape ni el detalle más pequeño.
Aeron asintió inmediatamente, con una expresión igualmente severa.
—Ya lo he hecho —respondió sin vacilar—. En cuanto supimos los nombres, envié a mis mejores hombres a investigar todo lo relacionado con ellos: sus movimientos de las últimas semanas, sus rutas comerciales, sus contactos y sus negocios. Si están involucrados de alguna manera, te aseguro que vamos a encontrar pruebas. Y si hay algo que esconden, lo vamos a sacar a la luz.
Lady Seraphine bajó un poco el tono de voz, volviéndose más seria si era posible, y clavó la mirada directamente en Selene y Demian.
—Pero escuchadme bien —dijo lentamente, marcando cada palabra—: si de verdad estas casas están detrás de todo esto… entonces no estamos hablando solo de negligencia, de codicia o de falta de cuidado. No se trata simplemente de que miraran hacia otro lado mientras la gente moría.
Hizo una pausa breve, dejando que sus palabras calaran hondo.
—Esto fue un ataque —afirmó con rotundidad—. Un ataque planeado, frío y calculador contra todos nosotros. Contra esta ciudad y contra su gente.
La habitación quedó sumida en un silencio absoluto y pesado. Nadie se movió. Nadie habló. Porque todos pensaban exactamente lo mismo al mismo tiempo.
La harina extraña que aparecía por caminos ocultos. La enfermedad que se extendía con una velocidad aterradora y de forma tan misteriosa. Las rutas comerciales bloqueadas o desviadas. Los hechizos de muerte para silenciar a cualquiera que pudiera hablar.
Todo empezaba a encajar demasiado bien. Todas las piezas del rompecabezas encajaban a la perfección, dibujando una imagen aterradora y espantosa.
Y si todo esto era verdad… si todo lo que sospechaban era real… entonces alguien no solo había dejado morir a la ciudad lentamente. Alguien no solo había permitido el desastre.
Alguien había querido verla arder desde el principio. Alguien había planeado cada paso, cada dolor y cada muerte. Alguien quería ver este lugar convertido en cenizas.