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Capítulo 29: Un resfriado inesperado

DNavarrete
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Era lunes por la mañana. El sol entraba suavemente por las ventanas del salón mientras los estudiantes llegaban poco a poco. Unos charlaban animadamente, otros repasaban apresurados sus tareas antes…

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Veintinueve capítulos detrás de Lilia y al final se le escapa la palabra mamá entre fiebre y puchero, sin darse ni cuenta. Lo de Haru escondido bajo las sábanas de pequeño ya venía preparando el golpe. Apuesto a que Lilia no se entera de lo que dijo hasta

Veintinueve capítulos detrás de Lilia y al final se le escapa la palabra mamá entre fiebre y puchero, sin darse ni cuenta. Lo de Haru escondido bajo las sábanas de pequeño ya venía preparando el golpe. Apuesto a que Lilia no se entera de lo que dijo hasta dentro de varios capítulos, y cuando se entere lo va a negar igual que niega la fiebre: recuperando maná, claro.

Contenido de la publicación

Era lunes por la mañana. El sol entraba suavemente por las ventanas del salón mientras los estudiantes llegaban poco a poco. Unos charlaban animadamente, otros repasaban apresurados sus tareas antes de que empezara la clase, y unos cuantos permanecían con la cabeza apoyada sobre el escritorio, todavía a medio despertar.

 

Kaede entró junto a Ren y Miyu. Dejaron sus cosas en sus lugares y, casi por costumbre, Kaede miró hacia el escritorio de Lilia. Estaba vacío.

 

—¿Lilia todavía no llegó? —preguntó frunciendo levemente el ceño.

 

Miyu se asomó también.

 

—Qué raro. Ella suele estar aquí antes de que suene el timbre.

 

Ren revisó su reloj.

 

—Ya debería haber llegado.

 

Los tres intercambiaron una mirada. Conocían bien a Lilia: podía quedarse leyendo hasta perder la noción del tiempo, desaparecer horas enteras en la biblioteca, o incluso arrancar una puerta de sus bisagras si la encontraba cerrada. Pero faltar a clases sin avisar… eso sí era completamente extraño.

 

Poco después entró Shido-sensei con los materiales bajo el brazo. Dejó todo sobre su escritorio, se acomodó el delantal y miró al salón antes de hablar.

 

—Antes de comenzar… hay algo que deben saber.

 

El murmullo se apagó poco a poco. Shido-sensei miró directamente hacia el asiento vacío.

 

—Lilia no vendrá hoy.

 

Kaede abrió los ojos ligeramente.

 

—¿No vendrá?

 

—Está enferma. Tiene un resfriado —aclaró ella con suavidad.

 

Silencio absoluto. Miyu miró a Ren. Ren miró a Kaede. Y los tres volvieron a mirar el escritorio vacío, pensando exactamente lo mismo: ¿Lilia?

 

¿La misma chica que podía arrancar una puerta de un solo tirón? ¿Que levantaba a personas con una sola mano como si nada? ¿La que devoró diez platos de ramen sin siquiera quedar satisfecha?

 

Miyu se llevó una mano a la boca. Kaede la miró de reojo.

 

—No te rías… —susurró.

 

—No me estoy riendo —respondió Miyu, aunque su voz temblaba.

 

—Estás temblando.

 

—Estoy conteniéndome.

 

Ren desvió la mirada hacia la ventana.

 

—Yo también.

 

Un sonido ahogado escapó de Miyu. Kaede se tapó la boca con ambas manos.

 

—¡Miyu!

 

—¡Es que… es imposible imaginarla enferma! —consiguió decir entre risas contenidas.

 

Algunos compañeros cercanos empezaron a soltar risitas también. No era burla, era simplemente lo absurdo de la noticia. Alguien levantó la mano.

 

—Sensei… ¿está segura de que hablamos de la misma Lilia?

 

—No tenemos otra Lilia en esta clase —respondió ella con calma, aunque una pequeña sonrisa se le escapaba.

 

El salón entero terminó riéndose en voz baja. Era verdad: parecía imposible que alguien con esa fuerza y aquel apetito pudiera caer enferma de algo tan común como un resfriado.

 

Miyu apoyó la frente sobre el escritorio.

 

—Esto es increíble…

 

Kaede suspiró, aunque seguía sonriendo.

 

—Supongo que hasta ella puede resfriarse. Es humana, después de todo.

 

Ren asintió con seriedad.

 

—Biológicamente tiene todo el sentido.

 

—No necesitaba que me lo explicaras —dijo Miyu mirándolo de reojo.

 

—Solo digo que es posible.

 

—Estamos hablando de Lilia.

 

—Precisamente.

 

Las risas se fueron apagando poco a poco. Shido-sensei los observaba desde su escritorio, con una expresión suave y atenta. Cuando Lilia llegó por primera vez, todos la miraban con desconcierto y extrañeza: su forma de hablar, sus conocimientos tan peculiares, sus respuestas demasiado literales, aquella fuerza que no encajaba en nada… Pero ahora hablaban de ella como de cualquier otra compañera. Se preocupaban. Bromeaban. La sentían parte de ellos.

 

Ya es una más del grupo, pensó ella con una calidez que le agradó profundamente.

 

Entonces Kaede levantó la mano.

 

—Sensei… ¿podemos ir a visitarla después de clases?

 

Miyu levantó la cabeza de golpe.

 

—¡Yo también quería decir eso!

 

Ren asintió.

 

—Podríamos llevarle algo. Bebidas, comida… lo que necesite.

 

Varios compañeros se sumaron de inmediato.

 

—Yo puedo llevarle apuntes.

 

—Alguien debería llevarle algo caliente.

 

—Y dulces… por si se siente mal.

 

Kaede sonrió.

 

—Entonces podemos ir todos juntos.

 

Miyu negó rápidamente.

 

—Mejor no.

 

—¿Por qué?

 

—Imaginen que está acostada, cansada… y de repente aparecemos veinte personas en su habitación. Probablemente sería demasiado para ella.

 

Ren asintió.

 

—Tiene razón. Sería agotador.

 

—Entonces… —Kaede pensó un instante— ¿qué propones?

 

—Turnarnos —dijo Miyu con decisión—. Unos van hoy, otros mañana, y así sucesivamente. Siempre habrá alguien con ella, pero nunca demasiada gente a la vez.

 

—Y además evitamos llenar su casa de golpe —añadió Ren.

 

La propuesta gustó a todos. Empezaron a organizarse, a proponer fechas y a pensar qué llevarle. Shido-sensei los miraba en silencio, complacida. Aquella pequeña chica que había llegado de tan lejos, con tantas sombras a cuestas, había logrado algo hermoso: había encontrado un lugar donde todos se preocupaban por ella de verdad.

 

Entonces miró el reloj y carraspeó suavemente.

 

—Es muy bonito que todos estén tan preocupados por su compañera… pero la clase empezó hace cinco minutos.

 

Silencio. Miyu miró su reloj. Kaede se sentó de un golpe. Ren tomó rápidamente su cuaderno.

 

—Lo organizamos después —susurró Kaede.

 

Shido-sensei tomó la tiza.

 

—Ahora todos a sus asientos. Empezamos.

 

Escribió la fecha en la pizarra y comenzó la lección. Mientras hablaba, su mirada descansó un instante sobre el escritorio vacío de Lilia. Nadie lo veía ya simplemente como el lugar de una alumna ausente. Era el lugar de alguien a quien todos esperaban ver de vuelta pronto. Alguien que, sin darse cuenta, se había ganado un lugar en el corazón de cada uno de ellos.

 

En la habitación, Lilia permanecía acostada entre las sábanas, con el termómetro en la boca y una expresión que oscilaba entre la seriedad y el ligero malestar. Tenía las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes por la fiebre y, en cuanto su madre intentó retirarle el termómetro, habló con voz entrecortada pero firme, sin dejarlo salir del todo.

 

—No entienden… no estoy enferma… —murmuró sacándolo apenas lo suficiente—. Simplemente… estoy recuperando energías. Una falta excesiva de maná. Eso es todo. No es nada grave.

 

Aiko, de pie junto a la cama, se mordía el labio inferior con todas sus fuerzas para no soltar una carcajada. A su lado, el padre hacía lo mismo, apretando los labios y mirando hacia la ventana para disimular. Aquella chica, tan valiente y decidida, estaba aferrada a su orgullo de guerrera con más fuerza que a nada, negándose a aceptar que algo tan simple como un resfriado la había vencido.

 

—Maná, dices… —alcanzó a decir Aiko con voz temblorosa.

 

—Sí. Mi cuerpo… necesita recargarse. No es enfermedad.

 

Su madre suspiró con ternura y, empapando una toalla en agua fresca, se la colocó suavemente sobre la frente.

 

—Deja de ser tan terca, hija. Estás acostada, tienes fiebre y te cuesta hasta hablar. Es solo un resfriado. Quédate quieta y descansa.

 

Lilia parpadeó, sintiendo el frescor del paño sobre su piel. Las mejillas se le encendieron aún más: mitad por la fiebre, mitad por la vergüenza de verse así, tan indefensa y cuidada. Sin decir una palabra más, se hundió despacio entre las sábanas hasta que solo quedaron fuera sus ojos y la punta de la nariz.

 

Aquella imagen fue el límite.

 

Aiko soltó una carcajada sonora y su padre no pudo contenerse más. Ambos se doblaron de risa, sin poder creer que la temible general del ejército demoníaco se escondiera entre las mantas avergonzada como una niña pequeña.

 

—¡Basta! —exclamó Lilia asomando un instante la cabeza, con los ojos entrecerrados y las mejillas ardiendo de furia y rubor.

 

Al ver que seguían riendo, estiró la mano, tomó lo primero que encontró sobre el velador —un cojín, luego una caja de pañuelos y finalmente un libro pequeño— y se los lanzó uno tras otro con una puntería perfecta, sin siquiera levantarse.

 

—¡Salgan! ¡Los dos! ¡Ahora!

 

El cojín golpeó al padre justo en el pecho. La caja rozó el hombro de Aiko. Y el libro cayó cerrando la puerta tras ellos apenas salieron, todavía riendo.

 

—¡Lilia! —se escuchó la voz de Aiko desde el pasillo entre risas—. ¡Descansa, guerrera sin maná!

 

Lilia bufó, se giró sobre sí misma y se hundió de nuevo entre las sábanas, dándole la espalda a la habitación. Sus labios se curvaron hacia abajo en un puchero claro y visible, mientras el paño fresco se le resbalaba un poco por la frente.

 

Su madre reprimió una sonrisa, se sentó suavemente al borde del colchón y le acomodó las mantas.

 

—Ya se fueron. Solo quedamos nosotras.

 

Lilia no se giró. Solo refunfuñó bajito, con voz todavía espesa por la fiebre:

 

—Sigo diciendo… que es falta de energía.

 

—Está bien —aceptó su madre acariciándole el cabello—. Lo que tú digas. Ahora cierra los ojos.

 

Lilia gruñó muy bajito, pero no se movió más. Y aunque seguía diciendo que no estaba enferma, se dejó arropar sin oponer resistencia, con el ceño todavía fruncido y los labios formando aquel puchero terco y tierno que solo aparecía cuando su orgullo de guerrera había sido derrotado… por un simple resfriado.

 

Lilia se había hundido tan profundamente entre las sábanas que apenas quedaba fuera la parte más alta de su cabeza, escondiendo el rostro por completo. Desde debajo de las mantas solo se escuchaban quejidos bajos y continuos, refunfuñando algo que nadie lograba entender del todo, pero que dejaba muy claro que no estaba nada conforme con la situación.

 

Su madre la miró con una ternura infinita y una sonrisa suave se formó en sus labios. Verla así, terca, escondiéndose y negándose a aceptar lo evidente... le recordó tanto a Haru. Cuando era pequeño hacía exactamente lo mismo: en cuanto se enfermaba, se metía bajo las sábanas y se negaba a salir, demasiado orgulloso para admitir que se sentía mal. Y ahora, aquí estaba Lilia, con idéntica actitud. Parecía que aquel orgullo testarudo era algo que compartían más de lo que imaginaba.

 

—Lilia... —dijo su madre con voz suave, sentándose al borde de la cama—. Deja de ser tan orgullosa. No hay nada malo en estar enferma y descansar.

 

Desde debajo de las sábanas llegó su voz, amortiguada pero firme.

 

—No fui vencida por ninguna enfermedad.

 

Su madre arqueó una ceja, divertida.

 

—¿Ah sí? Entonces dime... ¿por qué estás acostada en cama, con fiebre y sin poder levantarte?

 

Hubo un silencio breve. Lilia pareció buscar una respuesta con la que no perdiera su argumento.

 

—Porque... estoy recuperando maná.

 

Su madre reprimió una risa y asintió con fingida seriedad.

 

—Ya veo. Recuperando maná, claro está.

 

Deslizó las manos y apartó con suavidad un poco las mantas, dejando al descubierto su rostro. Las mejillas de Lilia estaban encendidas, los ojos brillantes y avergonzados. La mirada de su madre se suavizó por completo. Así es como quiero que sea, pensó. Una niña normal y corriente, con sus vergüenzas, sus cosas simples... no una guerrera cargada de deberes y batallas. Simplemente una hija.

 

—Mira qué cara tienes —le dijo acariciándole suavemente la frente—. Deja de quejarte y déjate cuidar. Descansa, que pronto te sentirás mejor. Pero te advierto: si sigues con ese orgullo tan terco, tendré que darte de nuevo esas medicinas de antes.

 

Los ojos de Lilia se abrieron de golpe.

 

—¡No! —exclamó inmediatamente—. No quiero esas pócimas. Saben horrible. No me gustaron nada.

 

Su madre fingió pensarlo.

 

—Puedo obligarte a tomarlas si no te portas bien.

 

Lilia la miró unos instantes, indignada, y entonces, casi sin darse cuenta, antes de volver a esconderse bajo las sábanas, murmuró con voz pequeña y ofendida:

 

—Mamá es mala conmigo.

 

Y se hundió de nuevo entre las mantas.

 

La madre se quedó inmóvil. Su corazón dio un vuelco. Lilia tampoco pareció darse cuenta de lo que acababa de decir. Siguió refunfuñando bajito desde su escondite, como si nada hubiera salido de su boca.

 

Fuera de la habitación, junto a la puerta entreabierta, el padre y Aiko se quedaron de piedra, mirándose entre sí con los ojos llorosos y una sonrisa temblorosa. Nadie dijo una palabra. Aquella palabra, dicha sin pensarlo, con total naturalidad... lo había dicho.

 

Dentro, la madre recuperó el aliento despacio, acarició suavemente el bulto que formaba Lilia bajo las sábanas y susurró con voz quebrada de felicidad:

 

—Sí... quizá un poquito. Pero lo hago porque te quiero, hija mía.

 

Y desde abajo, sin asomar la cabeza, llegó un quejido aún más bajito, pero esta vez ya no sonaba enfadado. Sonaba... aceptado.

 

La madre salió finalmente de la habitación y cerró la puerta con cuidado. Apenas se giró, se encontró con su esposo y Aiko esperándola en el pasillo, ambos con una sonrisa demasiado evidente. Ella los miró en silencio.

 

—¿Qué?

 

Aiko se llevó una mano a la boca, intentando contener la risa.

 

—Nada, mamá.

 

—Estás sonriendo.

 

—No estoy sonriendo.

 

—Sí lo estás.

 

El padre tampoco pudo aguantar más.

 

—Es que... tienes los ojos vidriosos.

 

La madre se llevó una mano al rostro y rápidamente se secó una pequeña lágrima que amenazaba con escapar.

 

—No estoy llorando.

 

—Claro que no —respondió Aiko, con una sonrisa todavía más grande—. Solo tienes los ojos... ¿cómo decirlo? ¿Emocionados?

 

—Aiko.

 

—¿Sí?

 

—No empieces.

 

Pero ya era demasiado tarde.

 

—¡Mamá primeriza!

 

La madre abrió los ojos de par en par.

 

—¿Qué?

 

—¡Mamá primeriza! ¡Te dijeron "mamá" y casi te echas a llorar! —soltó Aiko entre carcajadas.

 

—¡Aiko!

 

El padre se cruzó de brazos, divertido.

 

—Tengo que admitir que sí pareces una madre primeriza.

 

La madre lo miró lentamente.

 

—¿Tú también?

 

—Solo estoy diciendo la verdad.

 

—¿Y qué tiene de especial que me haya llamado mamá?

 

—Nada.

 

—Entonces, ¿por qué estás sonriendo?

 

El hombre intentó ponerse serio.

 

—No estoy sonriendo.

 

—Estás sonriendo.

 

—Es que fue bonito.

 

Aiko volvió a reír.

 

—¡Papá también está emocionado!

 

—¡Tú cállate!

 

—¡Mamá se puso sentimental!

 

—¡Aiko!

 

La madre respiró profundamente e intentó recuperar la compostura. Pero al ver que ambos seguían sonriendo, su expresión cambió por completo.

 

—Muy bien.

 

Aiko dio un paso atrás, inquieta.

 

—¿Qué significa ese "muy bien"?

 

La madre tomó la escoba apoyada contra la pared.

 

—Van a aprender a no burlarse de mí.

 

El padre levantó ambas manos.

 

—Cariño... podemos hablar de esto como adultos.

 

—No.

 

—¿No?

 

—Ahora mismo no.

 

Aiko empezó a retroceder.

 

—¡Mamá, espera!

 

—¡Corran!

 

—¡AAAAH!

 

Aiko salió disparada por el pasillo y el padre fue tras ella.

 

—¡¿Por qué tengo que correr yo también?!

 

—¡Porque tú empezaste!

 

—¡Yo solo hice un comentario!

 

—¡Pues ahora recibe las consecuencias!

 

—¡Cariño, espera!

 

¡PAM!

 

—¡AU! —el padre se llevó una mano a la espalda—. ¡Eso dolió!

 

—¡Entonces corre más rápido!

 

La persecución continuó escaleras abajo. Y fue justo en ese momento cuando sonó el timbre. La puerta se abrió y aparecieron Miyu, Ren y Kaede. Se quedaron petrificados en la entrada: primero pasó Aiko corriendo, luego el padre pidiendo clemencia, y finalmente la madre con la escoba en alto.

 

—¡Los dos van a dejar de burlarse de mí! —gritó ella detrás de ellos.

 

Los tres visitantes se miraron sin decir palabra.

 

—...¿Qué está pasando? —alcanzó a preguntar Miyu.

 

La madre frenó en seco al verlos, enderezó la postura y recuperó al instante su semblante tranquilo y amable.

 

—Ah... son ustedes. Pueden subir. Está en su habitación.

 

Miyu miró hacia donde habían desaparecido los otros, luego miró la escoba y finalmente volvió a mirarla.

 

—¿Todo bien?

 

—Perfectamente —respondió ella con una sonrisa impecable.

 

Desde la planta baja resonó un grito.

 

—¡¿POR QUÉ ME PEGASTE A MÍ SI AIKO TAMBIÉN SE ESTABA RIENDO?!

 

La madre apretó con fuerza el mango de la escoba.

 

—Disculpen... voy a terminar esto.

 

Y salió disparada de nuevo.

 

—¡ESPERA, CARIÑO!

 

—¡NO!

 

Miyu, Ren y Kaede se quedaron mirándose unos segundos. Ren ajustó sus lentes.

 

—Creo que mejor no preguntamos.

 

—Estoy de acuerdo —asintió Kaede.

 

—Yo también —dijo Miyu.

 

Subieron las escaleras en silencio. Mientras tanto, abajo se escuchó otro golpe.

 

¡PAM!

 

—¡AU! ¡OTRA VEZ NO!

 

Miyu negó con la cabeza.

 

—Definitivamente no preguntaremos.

 

Llegaron frente a la puerta de Lilia y Kaede llamó suavemente.

 

—¿Lilia?

 

No hubo respuesta inmediata. Miyu abrió un poco la puerta.

 

—¿Podemos entrar?

 

—Sí.

 

Al entrar, la encontraron sentada contra la cabecera, todavía cubierta parcialmente por las mantas, con el cabello algo revuelto y las mejillas sonrosadas. Parecía mucho más tranquila que antes.

 

—Hola —saludó Kaede acercándose—. ¿Cómo te sientes?

 

Lilia los miró uno a uno y respondió con absoluta seriedad.

 

—Estoy recuperando maná.

 

Ren suspiró.

 

—Sigues diciendo eso.

 

—Porque es la verdad.

 

—Tienes fiebre —le recordó Kaede.

 

—Eso no demuestra que esté enferma.

 

Miyu no pudo evitar sonreír.

 

—Definitivamente eres tú.

 

Lilia asintió satisfecha y luego miró hacia la puerta.

 

—¿Dónde están mi madre, mi padre y Aiko?

 

En ese instante, desde la planta baja estallaron los gritos.

 

—¡CORRE, AIKO!

 

—¡MAMÁ NOS VA A MATAR!

 

Lilia parpadeó. Sus amigos también. Ren se aclaró la garganta.

 

—Creo que... están ocupados.

 

Lilia se quedó en silencio unos instantes escuchando el alboroto que subía desde abajo. Y entonces, sin saber muy bien por qué, una pequeña y suave sonrisa apareció en sus labios. No necesitaba entenderlo todo. Bastaba con escucharlos para saber que, allí, en aquella casa tan ruidosa y caótica, todo estaba exactamente como debía estar.

Thoughts

  • LauraLetras

    Me hizo mucha gracia que haga falta un resfriado para derrotar a la general del ejército demoníaco, cuando ni la guerra pudo con ella. Y en el fondo todo el capítulo va de eso: la madre piensa que así la quiere, una niña con sus vergüenzas en vez de una guerrera, y Lilia le da justo eso sin proponérselo, hundida bajo las mantas. Me da que la fiebre le bajó más la guardia que las fuerzas.

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    Veintinueve capítulos detrás de Lilia y al final se le escapa la palabra mamá entre fiebre y puchero, sin darse ni cuenta. Lo de Haru escondido bajo las sábanas de pequeño ya venía preparando el golpe. Apuesto a que Lilia no se entera de lo que dijo hasta dentro de varios capítulos, y cuando se entere lo va a negar igual que niega la fiebre: recuperando maná, claro.

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