Che, Daeron pasando de no querer acercarse a Anna a decir que seguirla ya no le parece mala idea, todo mientras cuenta frascos. Ese cambio lo venía esperando desde lo del juramento.
Capítulo 26: Donde el dolor no permite dormir
La tela gruesa de la carpa apenas lograba contener lo que había dentro.
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Che, Daeron pasando de no querer acercarse a Anna a decir que seguirla ya no le parece mala idea, todo mientras cuenta frascos. Ese cambio lo venía esperando desde lo del juramento.
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La tela gruesa de la carpa apenas lograba contener lo que había dentro.
El aire era pesado. No solo por el calor o la falta de ventilación, sino por algo más denso… algo que se pegaba a la garganta al respirar. Olor a hierbas machacadas, sangre reciente, sudor frío… y ese rastro sutil, casi imperceptible, de muerte acercándose.
Dentro, el sonido nunca se detenía.
Tos húmeda.
Respiraciones entrecortadas.
Gemidos que intentaban no ser gritos.
Y entre todo eso, voces bajas, urgentes.
—¡Más vendas limpias aquí!
—¡No lo dejes dormir! ¡Hey, mírame!
—¡Está empeorando, se está poniendo morado!
Anna avanzó entre las camillas improvisadas, esquivando cuerpos, recipientes y manos que se extendían sin saber exactamente a quién aferrarse.
Había demasiados.
Demasiados para contarlos.
Demasiados para salvarlos a todos.
Se detuvo junto a una camilla donde un anciano luchaba por respirar. Su pecho subía y bajaba de forma irregular, como si cada intento fuera más difícil que el anterior. Sus labios ya tenían ese tono violáceo que Anna conocía demasiado bien.
Se arrodilló sin dudar.
—Tranquilo… estoy aquí —murmuró, tomando su mano con firmeza—. Respire conmigo… lento… eso es…
El hombre intentó obedecer. Sus ojos, enrojecidos, buscaron los de ella como si se aferraran a lo último que quedaba.
Un curandero a su lado negó levemente con la cabeza.
Anna no lo miró.
No aún.
—Aguante un poco más —insistió, ajustando la posición del anciano para facilitar la respiración—. Solo un poco más…
La tos llegó de golpe.
Violenta.
El cuerpo del hombre se arqueó mientras un hilo de sangre escapaba por la comisura de sus labios. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la mano de Anna, clavándose como si temiera caer en algo sin fondo.
Anna apretó más.
—Aquí estoy.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Y entonces… nada.
El cuerpo dejó de luchar.
La mano perdió fuerza.
El pecho… ya no se movió.
El silencio alrededor de esa camilla duró apenas un instante, pero fue suficiente.
Anna cerró los ojos.
Bajó la cabeza.
Su mano libre subió a su rostro, cubriéndolo apenas.
Uno.
Dos segundos.
Nada más.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya no había duda en ellos.
Soltó la mano del anciano con cuidado, acomodándola sobre su pecho.
—Regístrenlo —dijo con voz firme—. Aislamiento completo del cuerpo. Mismo protocolo que los anteriores.
El curandero asintió en silencio.
Anna ya se estaba levantando.
No miró atrás.
No podía.
Si lo hacía, no seguiría avanzando.
Apenas dio dos pasos cuando una mano la sujetó del antebrazo.
Eliana.
Sus ojos estaban brillosos, su respiración irregular, pero seguía en pie.
—Anna…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Ambas sabían lo que estaba pasando.
Anna la miró un segundo.
Solo uno.
—Sigue —le dijo, sin suavizar el tono—. No podemos detenernos.
Eliana apretó los labios… y asintió.
Se separaron sin más.
El tiempo para consolarse no existía allí dentro.
Un joven pasó corriendo entre ellas, esquivando cuerpos con una agilidad que no parecía propia del lugar. Llevaba vendas limpias en un brazo y frascos en el otro, moviéndose con precisión entre el caos.
—¡Paso! ¡Paso!
Se detuvo junto a una camilla, entregó un frasco sin titubear y ya estaba girando hacia la siguiente antes de que alguien pudiera darle las gracias.
Anna lo observó un segundo.
—Tú —lo llamó.
El joven se detuvo apenas, girando hacia ella.
Sus manos estaban manchadas de sangre hasta las muñecas. Su ropa igual. Pero su mirada… estaba clara. Concentrada.
—¿Nombre?
—Liam —respondió de inmediato.
—¿Cuántos años?
—Diecinueve.
Anna evaluó eso en un instante.
—¿Estás asignado a alguien?
—A todos los que me necesiten.
No había arrogancia en la respuesta.
Solo hecho.
Anna asintió.
—Bien. Quédate cerca de los casos graves. Si alguien pierde la respiración, me llamas. Si ves cambios en la coloración o en la lengua, lo reportas de inmediato. No tomes decisiones solo.
Liam asintió sin perder tiempo.
—Entendido.
Ya se estaba moviendo otra vez antes de que Anna terminara de hablar.
No preguntó nada más.
No dudó.
Simplemente… siguió.
Anna lo vio alejarse entre las camillas.
Otra chispa.
Otra persona que había decidido quedarse… sabiendo exactamente dónde estaba.
A su alrededor, los sonidos continuaban.
Un niño llorando en una esquina.
Un hombre suplicando agua que no podía beber.
Un cuerpo siendo cubierto con una tela.
Anna respiró hondo.
El aire quemaba.
Pero no se detuvo.
No podía.
—Siguiente —dijo, avanzando hacia otra camilla.
Y la noche… apenas estaba comenzando.
Anna apartó la lona de la carpa y salió al exterior.
El cambio fue inmediato.
El aire nocturno, frío y áspero, golpeó su rostro empapado en sudor. No era limpio… pero al menos no estaba cargado de muerte. Se llevó la mano al rostro y bajó el cubrebocas lo suficiente para poder inhalar con fuerza.
Una vez.
Otra.
Su pecho subió con dificultad, como si incluso respirar fuera un esfuerzo que su cuerpo había olvidado cómo hacer sin dolor.
—Bebe —dijo una voz a su lado.
Anna giró levemente el rostro.
Garoum estaba ahí, inmóvil, esperándola. En su mano sostenía un recipiente de agua.
Ella no dijo nada. Solo lo tomó y bebió. No con elegancia, no con cuidado… sino como alguien que necesitaba ese momento para no colapsar. Cuando terminó, exhaló lento y le devolvió el recipiente.
—Gracias…
Garoum asintió, pero no apartó la mirada.
Había visto su salida.
Había visto ese segundo… ese pequeño instante donde su cuerpo casi cedía.
—No esperaba… —comenzó él, su voz más baja de lo habitual— que la primera misión que cumpliría al seguirla… fuera algo así.
Anna soltó una leve exhalación por la nariz.
No era risa.
Pero tampoco era tristeza.
Era… cansancio.
—Yo tampoco —respondió.
El silencio se instaló entre ambos, pesado, acompañado por los sonidos lejanos del campamento que no se detenía.
Un grito.
Un nombre.
Una orden.
Garoum miró hacia las carpas iluminadas.
—En el campo de batalla, al menos sabes a qué te enfrentas —continuó—. Puedes ver al enemigo. Puedes romperlo.
Hizo una pausa.
—Aquí… solo ves cómo caen.
Anna lo escuchó sin interrumpir.
—¿Te estás arrepintiendo? —preguntó de pronto.
No lo dijo con desafío.
No lo dijo con dureza.
Lo dijo… directo.
Garoum la miró.
Y por un instante, el silencio entre ambos cambió de peso.
—No —respondió sin dudar.
Luego agregó, con la misma calma:
—Pero no esperaba que doliera así.
Anna sostuvo su mirada.
Eso… sí lo entendía.
Más de lo que quería admitir.
Desvió la vista hacia sus manos. Aún estaban manchadas. Aún sentía el contacto de la piel que se enfriaba demasiado rápido.
—Esto no es como una guerra —murmuró—. Aquí no ganas aunque hagas todo bien… porque igual pierdes a alguien.
Garoum asintió lentamente.
—Y aun así… sigue entrando ahí dentro.
Anna cerró los ojos un instante.
Solo uno.
—Si no lo hago yo… alguien más tendrá que hacerlo.
Volvió a abrirlos.
—Y ahora mismo… no hay suficientes.
Garoum observó eso en silencio.
No era orgullo.
No era arrogancia.
Era… responsabilidad.
Pesada.
Real.
—Entonces no se rompa —dijo finalmente—. Porque todos ahí dentro… la están siguiendo, aunque no lo sepan.
Anna alzó la vista.
—No me están siguiendo a mí.
Garoum negó levemente.
—Sí lo hacen.
Señaló con la mirada hacia las carpas.
—No a la noble. No a la antigua Anna.
Breve pausa.
—A la que se quedó.
El viento movió ligeramente la lona detrás de ellos.
Anna no respondió de inmediato.
Pero esta vez… su respiración ya estaba estable.
Se colocó el cubrebocas nuevamente, ajustándolo con firmeza.
Sus manos ya no temblaban.
—Entonces no tengo derecho a fallar —dijo.
Garoum tomó su lanza.
—Nunca lo tuvo.
Anna lo miró un segundo… y luego giró hacia la carpa.
—Volvamos.
—Siempre —respondió él.
Y ambos regresaron.
Porque la noche… todavía tenía mucho que quitarles.
Daeron pasó otra página del registro, deslizando la pluma con rapidez sobre el papel ya manchado de tinta y polvo. Su mesa era un caos, pero no uno desordenado, sino el tipo de caos que nace cuando todo se mueve demasiado rápido como para detenerse a ordenar.
Frascos abiertos, otros casi vacíos, listas tachadas una y otra vez, nombres repetidos con urgencia. Cada línea que escribía parecía quedarse corta en el momento en que la terminaba.
—Quince frascos restantes… —murmuró para sí mismo, apenas audible—. No alcanza ni para la mitad de la noche.
Apretó los labios, sin necesidad de mirar alrededor para entender lo que eso significaba. Había visto suficientes rostros, suficientes cuerpos, suficientes manos extendidas como para saber que lo que tenía frente a él no bastaría.
Tomó otro documento y lo revisó con rapidez, pasando los ojos por cada anotación.
—Raíz de musgo blanco… en descenso crítico. Extracto de flor lunar… prácticamente agotado.
Exhaló por la nariz, breve, seco.
—Perfecto…
Sin perder más tiempo, tomó una hoja limpia y comenzó a escribir con mayor velocidad, la pluma raspando el papel con decisión. No se molestó en suavizar las cantidades. Sabía que, incluso exagerando, seguiría siendo insuficiente.
Cuando terminó, levantó apenas la vista y extendió el documento hacia un joven cercano.
—Llévalo al castillo. Directo a la guardia del norte. Que no se desvíe.
El mensajero asintió y salió corriendo sin hacer preguntas.
Daeron dejó la pluma sobre la mesa un segundo, solo uno, y se llevó la mano al rostro, presionando los ojos con cansancio. El ruido del campamento no disminuía en lo más mínimo, pero por un instante logró aislarse de él.
Si alguien le hubiera dicho, hace una semana, que terminaría así…
Soltó una leve exhalación.
Hace apenas unos días, lo único que hacía era mantenerse lejos de Anna. Lo prudente era no involucrarse, no acercarse demasiado, no confiar. Era lo lógico, considerando quién había sido ella.
Y ahora…
Giró ligeramente la cabeza, observando el movimiento constante a su alrededor. Gente corriendo de un lado a otro, camillas entrando, órdenes que no se detenían, manos trabajando sin descanso. En medio de todo eso, sin necesidad de verla, sabía que Anna estaba ahí dentro, moviéndose de un paciente a otro, sosteniendo una línea que en cualquier momento podía romperse.
Chasqueó la lengua suavemente, más como reflejo que como molestia.
—Quién lo diría…
Se apoyó levemente sobre la mesa, cruzando los brazos un instante mientras dejaba que ese pensamiento terminara de asentarse.
Su hermana.
No necesitaba preguntarse dónde estaría. La conocía lo suficiente como para saber que no se habría quedado atrás, que no esperaría órdenes, que estaría justo donde el peligro era mayor, como si fuera lo único que supiera hacer.
Una pequeña sonrisa cansada se dibujó en su rostro.
—Claro… no se quedaría al margen.
Alzó la vista nuevamente, pero esta vez su pensamiento no se quedó en ella.
Se movió.
A Anna.
A la Anna de antes… y a la de ahora.
Y por primera vez en días, no sintió rechazo al pensar en ello.
—Y ahora entiendo por qué tú tampoco lo haces…
Tomó la pluma nuevamente, girándola entre sus dedos antes de volver al papel.
—Y mírame… siguiéndote.
No había burla en su voz, ni resentimiento. Solo una aceptación tranquila, casi inevitable.
Volvió al inventario sin perder el ritmo, revisando frascos, anotando cantidades, ajustando lo que podía con lo poco que tenía.
—Bueno… —murmuró mientras marcaba otra línea—. Podría ser peor.
Se detuvo un segundo, observando un frasco casi vacío antes de dejarlo en una caja marcada.
—Mucho peor.
Enderezó la espalda y retomó el trabajo con más firmeza.
Porque aunque no lo diría en voz alta…
Después de verla estos días…
Seguir a Anna ya no le parecía una mala decisión.
Y en medio del caos que los rodeaba, eso era suficiente para seguir avanzando sin mirar atrás.
—Castillo, despacho del gobernante—
El castillo no dormía.
Pero tampoco respiraba.
A diferencia del campamento, donde cada sonido era vida luchando por mantenerse, allí dentro el silencio era denso, contenido, como si las paredes mismas estuvieran escuchando.
Los pasillos de mármol devolvían ecos apagados de pasos medidos. Antorchas encendidas proyectaban sombras largas que se arrastraban por columnas y vitrales, deformando figuras que parecían observar desde los muros.
Todo estaba en orden.
Demasiado en orden.
Y eso lo hacía sospechoso.
En una de las salas más discretas, lejos de los salones principales, Selene y Daemian esperaban.
No había guardias visibles.
No hacían falta.
El silencio que rodeaba esa habitación ya era una advertencia.
La puerta se abrió sin hacer ruido.
Maelis entró.
Su apariencia era la de siempre: sencilla, discreta, fácil de ignorar. Pero sus ojos no pertenecían a una criada. Eran fríos, atentos, calculadores.
Se detuvo frente a ellos sin inclinarse de más.
No era necesario.
—¿Qué tienes para nosotros? —preguntó Selene, directa, ajustándose los guantes con un movimiento preciso.
Maelis no respondió de inmediato. Colocó sobre la mesa un mapa enrollado, varias cartas sin firma visible y un pequeño trozo de tela oscura. Al desplegarlo, un símbolo apenas perceptible se reveló bajo la luz: un bordado negro sobre negro, casi invisible si no se sabía dónde mirar.
Daemian entrecerró los ojos.
—Habla.
Maelis apoyó las manos sobre la mesa.
—Los cargamentos no fueron un error —dijo con calma—. Fueron intervenidos antes de llegar a la ciudad. No en rutas principales… en desvíos menores, puertos secundarios sin vigilancia estricta.
Selene inclinó levemente la cabeza.
—¿Y la flor?
—Introducida antes del sellado final de los sacos —respondió Maelis—. No fue improvisado. Fue planeado.
Señaló el símbolo en la tela.
—Esto pertenece a la Mano Carmesí.
El nombre no necesitó explicación.
Daemian soltó un suspiro pesado, llevándose una mano al mentón.
—Comerciantes… nobles… espías…
—Una red —completó Maelis—. Y bien organizada.
Selene tomó una de las cartas y la abrió con cuidado, recorriendo el contenido con rapidez.
—¿Conexiones dentro del consejo?
—No directas —respondió Maelis—. Aún.
Hizo una breve pausa.
—Pero hay nombres que se repiten demasiado en documentos “casuales”. Permisos firmados sin revisión, rutas alteradas, inventarios que no coinciden.
Daemian apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces alguien está limpiando su rastro.
—O preparándose para desaparecer —añadió Selene en voz baja.
El silencio que siguió fue distinto.
Más afilado.
Más peligroso.
Selene dejó la carta sobre la mesa con cuidado.
—Anna tenía razón —dijo finalmente—. Si esto se revela ahora, se enterrarán más profundo.
Daemian asintió lentamente.
—Y perderemos la única ventaja que tenemos.
Se enderezó, cruzándose de brazos.
—Entonces jugamos su juego.
Maelis alzó la vista hacia él.
—¿Cómo?
—Silencio —respondió Daemian—. El consejo verá una crisis sanitaria. Nada más.
Selene continuó, sin apartar la mirada del mapa.
—Mientras tanto… nosotros seguimos las grietas.
Sus dedos se deslizaron sobre las rutas marcadas.
—Nombres, rutas, permisos… todo.
Maelis inclinó levemente la cabeza.
—Seguiré observando.
Daemian la miró directamente.
—No los pierdas de vista.
—No lo haré.
Un leve silencio se instaló antes de que Selene hablara de nuevo.
—Lo que Anna hace en el campo… nosotros lo haremos aquí.
No había orgullo en sus palabras.
Solo determinación.
Daemian exhaló lentamente.
—Ella pelea contra la muerte visible.
Su mirada se endureció.
—Nosotros contra los que la crearon.
La llama de una antorcha titiló levemente.
—Que cada uno cargue su espada.
Maelis dio un paso atrás.
Selene guardó las cartas.
Y en ese momento, sin necesidad de más palabras, los tres entendieron lo mismo.
La ciudad no estaba siendo atacada solo por una enfermedad.
Sino por manos humanas.
Y esas manos… aún estaban dentro de los muros.
Thoughts
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PermalinkCon la Mano Carmesí metiendo la flor antes de sellar los sacos, por puertos chicos sin vigilancia, se me cerró de golpe lo de la harina. ¿Eso de la red lo tenías pensado desde el principio de la historia?
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PermalinkChe, Daeron pasando de no querer acercarse a Anna a decir que seguirla ya no le parece mala idea, todo mientras cuenta frascos. Ese cambio lo venía esperando desde lo del juramento.
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PermalinkOye, los dos segundos que se da Anna con la mano en la cara después del anciano me dejaron quieta un rato. Dos segundos y a registrar el cuerpo, mismo protocolo que los anteriores. Luego Garoum le dice que la siguen por haberse quedado, y ahí se entiende que esos dos segundos son lo único que le queda de la noble de antes, la que podía permitirse llorar a alguien. Apuesto a que se le van a acumular y en algún momento le pasan factura, y que será Eliana la que la vea caer.
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