Me salté al final al tiro, cachai, y Silvarena sonriendo en la ventana mientras las otras pelean por tonteras me convenció de leerlo entero.
Capítulo 2: Un héroe bastante confundido
Durante unos segundos que se estiraron como cuerdas a punto de romperse, nadie se movió.
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Me salté al final al tiro, cachai, y Silvarena sonriendo en la ventana mientras las otras pelean por tonteras me convenció de leerlo entero.
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Durante unos segundos que se estiraron como cuerdas a punto de romperse, nadie se movió.
Las cuatro generales y los soldados que llenaban el salón permanecían rígidos, divididos entre el impulso de acero y el miedo a que un solo movimiento fuera fatal. El héroe estaba arrodillado a un paso de su reina. Si desenvainaban ahora, el filo podía alcanzarla a ella antes que a él. Ninguna había imaginado que alguien podría atravesar todas sus defensas y llegar al trono en un parpadeo. Ni siquiera Ragnha, capaz de oír el latido de un corazón al otro lado de un bosque, había logrado seguir su rastro. Y ahora aquel muchacho simplemente estaba allí, observando a Lili no como a un monstruo, sino como a algo que no lograba encajar en la historia que le habían contado.
Lili, por su parte, se encogía cada vez más sobre sí misma. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave y sus manitas retorcían sin descanso los bordes de su túnica, buscando algo a qué aferrarse. No sabía qué hacer. No entendía por qué la miraba así. Solo sentía el peso de todas esas miradas sobre ella, esperando que dijera algo grande, algo digno de una reina… y ella no tenía ni idea de qué palabras usar.
Finalmente, el muchacho rompió el silencio, con una voz tan suave que casi no parecía destinada a llenar aquel salón de piedra.
—¿Cómo te llamas?
Lili levantó la mirada lentamente, apenas lo suficiente para verlo sin cruzar sus ojos directamente.
—L-Lili…
—¿Lili? —repitió él, saboreando el nombre como si comprobara que sonaba real—. Suena bonito. No suena a nada que dé miedo, la verdad.
Ella asintió con un movimiento casi imperceptible.
—Sí…
—¿Qué edad tienes?
La pregunta flotó y la hizo aún más pequeña.
—Diez…
El muchacho parpadeó.
—¿Diez años?
—Sí… —susurró ella, bajando la mirada.
Él la recorrió con la vista: los hombros encogidos, las manos apretadas, la forma en que apenas se atrevía a respirar fuerte.
—¿Y esos cuernos son reales?
Lili se llevó instintivamente una mano a uno de ellos, pequeña y delicada.
—S-Sí…
—Vaya… —murmuró él, y no había burla en su tono, solo asombro—. Y esa cola que no para de moverse… ¿también?
—Sí… —repitió ella, asintiendo de nuevo.
Las cuatro generales intercambiaron miradas desconcertadas. Aquello no era lo que esperaban de un enviado del Imperio: ni desprecio, ni furia, ni amenazas. Solo curiosidad, limpia y directa, como quien descubre que el monstruo del armario es en realidad un gatito asustado.
—Entonces eres realmente la nueva Reina Demonio —dijo él, como confirmándolo para sí mismo.
Lili asintió otra vez, encogiéndose aún más.
—Sí…
El héroe entrelazó los dedos, se quedó pensativo un instante, y luego soltó otra pregunta que nadie esperaba.
—¿Y qué quieres hacer ahora que estás aquí?
Por primera vez, algo cambió en ella. El miedo no desapareció, pero se mezcló con algo más firme. Abrazó con más fuerza el pequeño peluche oscuro que llevaba entre los brazos, como si fuera el escudo que no tenía.
—Yo… quiero que todos puedan vivir tranquilos. Que arreglemos las casas rotas… que vuelva a haber pan en las mesas… que mi gente pueda levantarse otra vez. —Su voz se hizo más suave, casi un susurro—. Como quería papá.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire frío del salón. El muchacho permaneció completamente quieto. Miró a Lili, luego el trono inmenso y vacío que la hacía parecer aún más pequeña, y volvió a mirarla a ella. Durante largos segundos no dijo nada. Finalmente soltó un suspiro tan profundo que pareció salirle de los pies.
—Haaa… En serio… esto es una estupidez.
Ragnha tensó todos los músculos al instante, los dientes apretados.
—¿Qué pasa?
Él se pasó una mano por el cabello revuelto, con esa mezcla de fastidio y resignación que parecía su marca personal.
—Esto. Todo esto. Es una estupidez monumental.
—¿Qué dijiste? —dio un paso al frente, las garras asomando entre los dedos—. ¿Te estás burlando de lo que ella dijo?
—¿Qué? No —negó con la cabeza, y la sonrisa irónica se apagó por completo—. No me burlo de ella. Me burlo de quienes me enviaron. De la mentira tan grande que han montado.
La loba se detuvo, confundida. Él continuó, con una frustración tan clara que dolía oírla:
—Me preparé para cualquier cosa. Un monstruo con dos cabezas. Un tirano que disfruta viendo arder pueblos. Alguien que ríe cuando mata. Pero esto… —señaló suavemente a Lili—. Me mandan a terminar una guerra y resulta que la gran amenaza es una niña que quiere arreglar tejas y sembrar campos. Qué broma de mal gusto, ¿verdad? Tengo ganas de presentarme ante el Emperador y decirle en la cara qué clase de fábula le ha dado por vender.
Silvarena habló entonces, cautelosa, sin aflojar la empuñadura de su espada.
—Espera… si dices eso… ¿no eres acaso uno de ellos?
—Claro que lo soy —respondió él con total naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo—. Fui invocado igual que los otros cuatro. El ritual, las profecías, todo ese espectáculo. Vine aquí con una orden: llegar, encontrar al Rey Demonio, traer su cabeza y poner fin al conflicto antes de que se extienda. —Se encogió de hombros—. Y aquí estoy. He encontrado al Rey Demonio.
Lili parpadeó, abrazando su peluche con más fuerza.
—Conmigo… —murmuró.
—Exacto —dijo él, dejando caer los brazos a los costados—. Así que ahora tengo un problema. No puedo matarte. No puedo atacar. No tiene sentido. No soy asesino de niñas que lo único que quieren es que su gente coma.
Brunhilde lo miró con recelo, sin aflojar el agarre del martillo.
—¿Y se supone que debemos creerte así nada más?
—Sí, suena a cuento, lo entiendo —dijo él, y metió una mano en el bolsillo—. Así que les dejo algo mejor que palabras.
Al instante todo estalló de nuevo: Ragnha dio un paso adelante, Silvarna puso la mano en el pomo de su espada, Velzaria desplegó las alas y una chispa oscura brilló en sus ojos. Pero él no sacó un cuchillo. Sacó cuatro objetos pequeños, brillantes, que hicieron que el aire se quedara sin respiración.
Cuatro collares.
Las cuatro se quedaron heladas. Eran las insignias que el anterior Rey Demonio les había entregado personalmente: el reconocimiento de su lealtad, su rango, algo que cada una llevaba al cuello desde hacía décadas… o al menos creían llevarlo.
—Esto responde a su pregunta, ¿no creen? —dijo él, sosteniéndolos en la palma de la mano, con una calma que daba vértigo.
Silvarena fue la primera en reaccionar. Llevó la mano a su cuello. Estaba vacío. Ragnha hizo lo mismo y abrió los ojos con horror. Brunhilde tocó su pecho, donde siempre había descansado el suyo. Velzaria miró el suyo brillando en la mano del muchacho y sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con el frío.
—No solo fue rápido… —murmuró Silvarena, comprendiendo de golpe la magnitud de lo ocurrido—. Cuando desapareció… pasó junto a cada una… nos quitó los collares… y reapareció aquí… y ninguna lo sintió.
El muchacho las miró con serenidad, sin alardear.
—Si hubiera querido hacerles daño, habría podido hacerlo en ese mismo instante. Nadie habría tenido tiempo de gritar.
Silvarena tragó saliva. La verdad la golpeó con más fuerza que cualquier arma.
—Si hubieras querido… podrías habernos cortado el cuello a las cuatro antes de que nos diéramos cuenta.
Él asintió suavemente.
—Podría. Pero no lo hice. Porque no vine a matar a nadie que no lo merezca. Y ciertamente no vine a matarla a ella. —Miró a Lili, que lo observaba con los ojos muy abiertos—. Vine a cumplir una misión que ahora sé que nació de una mentira. Y la verdad… no sé muy bien qué hacer con eso.
El silencio volvió a caer sobre el salón, pero ya no era el silencio del miedo. Era el sonido de algo rompiéndose: la imagen que tenían del enemigo, la certeza de quién era el villano, la línea limpia entre ellos y nosotras.
El muchacho las observó unos segundos, como sopesando qué decir, y luego lanzó los cuatro collares hacia Ragnha con la misma naturalidad con quien lanza una moneda al aire.
—Toma.
—¿Eh? —Ragnha los atrapó por reflejo, sintiéndolos cálidos y pesados entre sus manos—. ¿Cuándo…?
No lo había sentido. Ni el más mínimo roce, ni un cambio de aire, nada. Ella, que podía oler el miedo a kilómetros de distancia, no había percibido absolutamente nada. Aquello no era velocidad. Era algo que no tenía nombre.
El muchacho se rascó la frente, pensativo.
—Mmm… Bien, dejemos los sustos para después. Vamos a lo que importa. —Levantó la mirada hacia Silvarena—. Tú eres la que manda aquí, ¿verdad?
—Así es —respondió ella, firme a pesar de todo—. Silvarena Valthoriën, Comandante Suprema del Ejército.
—Perfecto. Entonces te pregunto a ti. —Cruzó los brazos, y su tono se volvió serio, sin rastro de broma—. Si el Imperio ataca. Si nos dan unos meses para entrenarnos, para armarnos, y luego vienen todos: los cinco héroes, los mejores generales, todo lo que tienen… ¿podrían resistir? ¿Ganar? ¿O al menos mantenerlos fuera de aquí?
Silencio.
Silvarena apretó los labios. Sabía la respuesta. No quería decirla, pero mentir ahora sería inútil y peligroso.
—No —dijo con voz clara, aunque pesada—. Con las fuerzas que tenemos hoy, sería imposible.
—¡Sylva! —protestó Ragnha, dando un paso adelante.
—No podemos estar seguras —añadió Brunhilde, aunque su tono revelaba que sabía que era verdad.
Velzaria bajó la mirada. Ella también lo sabía.
—Podemos luchar —insistió Ragnha, con la voz rota de rabia—. Hasta el último aliento.
—Sí —asintió Silvarena, mirándola a los ojos—. Lucharemos. Pero luchar no significa ganar.
El muchacho soltó un suspiro profundo, como si el peso de la respuesta le cayera encima de golpe.
—Está peor de lo que pensaba. —Volvió la mirada hacia el trono, hacia la niña pequeña que lo observaba todo en silencio—. Tú… Lili. ¿Quieres estar ahí?
Lili parpadeó.
—¿Qué?
—¿Quieres ser la Reina Demonio? —repitió él, suave pero claro—. ¿Sentarte ahí, llevar todo esto sobre ti, a tu gente, a tu pueblo, la guerra que viene…? ¿Es lo que tú quieres?
Ella aferró su peluche con más fuerza, apretándolo contra sí.
—Soy la sucesora —dijo, con una vocecita que intentaba sonar firme—. Mi papá era el Rey. Entonces debo tomar el mando.
—Eso no fue lo que te pregunté —él dio un paso más y, antes de que nadie pudiera reaccionar, estiró suavemente una de sus mejillas—. Quiero saberlo tú.
—¡Ah! —Lili se encogió, sorprendida.
—¡¿Qué haces?! —bramó Ragnha, avanzando de golpe. Pero Silvarena levantó una mano y la detuvo.
Kael soltó la mejilla, serio.
—No quiero lo que te han enseñado a decir. Quiero lo que tú sientes. ¿Realmente querías sentarte en ese trono?
La firmeza se le escapó de golpe. Los hombros de Lili cayeron lentamente. Bajó la cabeza.
—No… —susurró, tan bajito que casi no se oyó.
Nadie dijo nada. Las cuatro generales bajaron la mirada. Los soldados también. Todos lo sabían. Todos lo habían visto. Pero nadie se lo había dicho en voz alta.
Kael cerró los ojos un instante. Por un segundo, casi imperceptible, pensó: A veces desearía cambiar de cuerpo. O de mente. No quería esto. Me daba pereza. Solo quería que me dejaran en paz.
Abrió los ojos. Y la vio, pequeña, sola, cargando un mundo que no era suyo cargar. Y supo que no podía irse.
—Qué estupidez tan grande… —murmuró.
Respiró hondo, caminó hasta ella y, antes de que pudieran entenderlo, la tomó con delicadeza entre sus brazos.
—¡Eh! —Lili se sobresaltó, rígida al instante, y agarró con fuerza sus hombros—. ¡E-espera!
Se detuvo justo delante del trono, y por primera vez su voz sonó pesada, sincera, sin rastro de ironía.
—Voy a odiar esta decisión el resto de mi vida.
Se sentó en el asiento inmenso y la acomodó con cuidado sobre sus piernas. La niña permaneció inmóvil, abrazando su peluche, sin saber dónde mirar. Él apoyó la espalda contra el respaldo, miró a las cuatro mujeres, y habló con voz tranquila pero innegociable:
—Me llamo Kael. Y a partir de ahora… hasta que ella se sienta lista, segura y realmente quiera tomar este trono por sí misma… yo seré el Rey Demonio.
Silencio.
Un segundo. Dos. Tres.
Y entonces el salón estalló:
—¡¡¡¿QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ?!!!
El grito colectivo resonó tan fuerte que hizo vibrar las velas y el polvo cayó de nuevo del techo.
Ragnha dio un salto hacia adelante, los ojos desorbitados.
—¡¿TÚ?! ¡¿UN HÉROE DEL IMPERIO?!
—¡Eso es imposible! —exclamó Brunhilde, apretando el mango del martillo hasta que sus nudillos palidecieron—. ¡No podemos confiar en ti!
—¿Acaso crees que aceptaremos que un extraño… que un enemigo… —empezó Velzaria?
Kael la interrumpió sin levantar la voz.
—¿Tienen una opción?
Las cuatro se callaron.
—Si vienen los otros héroes —continuó—, los que realmente quieren luchar… ¿quién los va a detener? ¿Con qué fuerzas? ¿Con qué estrategia? —Miró a cada una—. Ustedes saben la respuesta. Y yo también.
Acomodó un poquito mejor a Lili sobre sus piernas; ella lo miraba con los ojos muy abiertos, sin soltar su peluche.
—Además… —añadió—, hasta ahora solo ustedes saben quién es ella. Eso juega a nuestro favor. El mundo cree que hay un nuevo Rey Demonio, un monstruo, un enemigo. Puedo ser yo. Mientras ella se prepara. Mientras decide si quiere estar aquí. No dejaremos que cargue con todo esto sola.
Silvarena lo miró fijamente. Había algo en él: no había arrogancia, ni ambición, ni el brillo de quien busca poder. Solo esa resignación de quien acepta una tarea que no quería, pero que nadie más puede hacer. Y por primera vez en dos años, sintió que el peso que llevaba en el pecho desde la muerte de su señor se aflojaba. No desaparecía, pero ya no estaba sola sosteniéndolo.
—¿Y qué ganas tú? —preguntó ella, con la voz más suave—. ¿Por qué haces esto?
Kael bajó la mirada hacia Lili, que lo observaba con curiosidad tímida.
—Porque me enviaron a matar a un monstruo. Y lo que encontré fue una niña que solo quiere que su gente tenga pan y un techo. —Suspiró—. No puedo hacerlo. Y si no puedo cumplir la misión que me dieron… tengo que hacer lo que sea correcto.
Ragnha apretó los dientes, pero no volvió a gritar. Brunhilde miró sus manos manchadas de hollín. Velzaria entrecerró los ojos, sopesando cada palabra. Y Silvarena… miró a Lili, pequeña y asustada, y comprendió que por primera vez alguien la veía como niña, no como reina.
—No digo que sea la solución perfecta —añadió Kael—. Digo que es mejor que las dos opciones que tienen ahora: que los ataquen y pierdan, o que ella tenga que convertirse en algo que no es para sobrevivir.
Lili levantó la manita y tocó suavemente la manga de su túnica.
—¿Tú… nos vas a ayudar? —preguntó, temblorosa.
Kael le sonrió, suave.
—Sí. Hasta que estés lista para hacerlo tú sola.
Las cuatro intercambiaron miradas. Ninguna estaba cómoda. Ninguna confiada. Y Ragnha dio un paso al frente, firme como la roca.
—No tan rápido.
—¿Qué? —Kael suspiró, ya con ese aire de quien preferiría estar en cualquier otro lugar—. Vamos, no me pongan dificultades ahora.
—Exactamente eso —dijo ella, cruzándose de brazos—. No confiamos en ti. Ser rápido no significa que seas capaz de liderarnos, ni de protegernos, ni de enfrentarte a los otros héroes. Si vas a mandar, tienes que demostrar que eres más fuerte que nosotras. Las cuatro.
Kael puso cara de fastidio.
—Oigan… de verdad preferiría no hacerlo. Me da pereza. Todo ese movimiento, el ruido…
—¡¿PEREZA?! —bramó Ragnha, dando un salto hacia él—. ¡¿Nos estás diciendo que no nos merecemos el esfuerzo?!
—No, no, no es eso —levantó las manos, intentando calmarla—. Solo digo que vamos a acabar todos agotados y nadie va a ganar nada.
—¡Demuestra que puedes vencernas y entonces te creeremos! —insistió ella, con los ojos echando chispas—. ¡O admite que no eres digno de estar ahí!
Kael soltó un suspiro largo, profundo, como si el mundo entero le pesara.
—Está bien, está bien… ganaron. Pero no se quejen después.
Se giró hacia el trono, tomó suavemente a Lili y la acomodó bien sentada.
—Quédate aquí, ¿sí? Es solo prestado por un ratito. No te muevas, no hables con nadie y si te portas bien… te traigo un poco de helado después. ¿Trato hecho?
Los ojos de Lili se iluminaron de golpe.
—¿De verdad? ¿De fresa?
—El que quieras. Pero solo si te quedas quieta.
—¡Sí! —asintió con energía, abrazando su peluche—. Me portaré bien.
Kael se levantó, caminó al centro del salón y se giró hacia las cuatro, con las manos en los bolsillos.
—Vale. Vengan. Con todo. No se contengan. Si me hacen daño no me quejaré… pero si me ganan, me voy y busco otra solución.
—Eso no tenías que decirlo dos veces —sonrió Ragnha, mostrando los colmillos.
Y atacaron.
Las cuatro a la vez. Silvarena con la precisión de siglos de batalla. Ragnha con la furia y velocidad de un rayo. Brunhilde descargando un golpe capaz de partir un muro. Velzaria envolviendo todo en sombras y energía violácea. Los soldados apenas pudieron seguir el movimiento, la sala se llenó de chispas y rugidos…
Y entonces él desapareció.
No hubo estruendo, ni magia, ni aviso. Simplemente dejó de estar donde lo veían. Un instante después, apareció detrás de ellas, sin prisa, sin ruido.
El silencio cayó como un mazo.
Ninguna había recibido un golpe. Ninguna sentía dolor. Pero al mirarse…
Las espadas se habían roto o quedado sin filo. Los escudos estaban partidos en dos. Las pesadas armaduras, las túnicas de combate y los uniformes se habían desgarrado de arriba abajo con una limpieza aterradora, cayendo en jirones a sus pies. En segundos, las cuatro se encontraron prácticamente en ropa interior, de pie entre sus propias prendas rotas, expuestas ante toda la guardia.
—¡Eh…! —Ragnha se cubrió instintivamente, sonrojada de rabia—. ¡¿QUÉ MIRAN?! —bramó a los soldados—. ¡Miren al suelo, a las paredes, a lo que sea! ¡Y si veo a alguien levantar la cabeza, lo despedazo!
Todos bajaron la mirada de golpe, rígidos, fingiendo un interés repentino por las piedras del piso.
Kael permanecía de espaldas, pero se le veía tenso. Se tapó la cara con las manos… y entre los dedos se le escapó una mirada rápida.
—Yo… yo no… —tartamudeó, rojo como un tomate—. Lo siento, no calculé bien la trayectoria… la velocidad hizo que todo se rasgara… no era mi intención…
—¡Y MIRA! —gritó Ragnha, recogiendo lo que quedaba de su guantelete y lanzándoselo con fuerza a la cabeza—. ¡MIRA A OTRO LADO!
Kael se lo quitó de la frente, aturdido.
—Ya, ya, no miro… perdón… —se giró por completo, dándoles la espalda—. De verdad, no vi nada.
—¡Claro que no! —soltó ella, arrebujándose como podía con lo que quedaba de su capa—. ¡Y esto no ha pasado! ¡Y si recuerdas algo, bórralo! —amenazó, con voz baja pero letal—. Porque si no lo haces, te asesino antes de que puedas pestañear. Lo juro.
—Lo borraré. Lo prometo. No quiero recordarlo tampoco —murmuró él, sin atreverse a girarse.
—Vámonos —ordenó Silvarena, cubriéndose con dignidad a pesar de todo—. Rápido.
Las tres salieron del paso, murmurando entre dientes, furiosas y avergonzadas a partes iguales. Silvarena fue la última. Antes de cerrar la puerta, dijo sin mirarlo:
—La prueba la ganaste. Pero la próxima vez… intenta dejar al menos una prenda puesta.
La puerta se cerró. Kael suspiró profundamente y se dejó caer un momento, frotándose la cara.
—Definitivamente me odio.
—¿Kael…?
La vocecita lo hizo girar. Lili lo miraba desde el trono, inclinando la cabeza.
—¿Ganaste?
Él la miró, luego la puerta, y una pequeña sonrisa apareció entre su vergüenza.
—Creo que sí.
—¿Y… el helado? —preguntó con ojos brillantes.
—El helado está asegurado —dijo, acercándose—. Pero no le cuentes a nadie cómo lo gané, ¿sí?
—Trato hecho —sonrió ella.
Fuera, el sol ya se había ocultado. Pero en el salón, por primera vez, algo cambiaba: un chico que preferiría estar en cualquier otro lugar acababa de ganar su lugar… de la forma más torpe, vergonzosa y memorable posible.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Por fin estaban solas. Lejos del salón del trono, lejos de los soldados, lejos de aquellos ojos que las habían visto de una forma que nadie esperaba.
Ragnha terminó de abrocharse la nueva túnica de un tirón, refunfuñando sin dejar de mover la cola.
—Ese humano… —gruñó, cruzándose de brazos con fuerza—. Es un completo idiota.
Brunhilde, que intentaba acomodar una pieza de su ropa sin que le quedara torcida, levantó una ceja.
—¿Por haber aceptado tomar el mando?
—¡Por todo! —explotó ella—. ¡Demasiado joven, demasiado confiado, y encima se comporta como si todo fuera un juego! Su cola se agitó con violencia—. ¡Y lo peor de todo es que nos estaba mirando así!
Brunhilde se llevó la mano a la boca. Sus hombros comenzaron a temblar.
—¿De qué te ríes? —Ragnha la miró de reojo.
—Nada… nada en absoluto…
Pero era evidente que hacía un esfuerzo heroico por contenerse.
—Es que… —soltó finalmente una risita—. Nunca pensé que llegaría a vernos así.
—¡Brunhilde!
—¡Pero si es verdad! —La enana se apoyó en la mesa, riendo con ganas—. Creo que la última vez que vi algo parecido fue hace muchísimos años… —Su voz se suavizó—. Cuando nuestro antiguo señor todavía estaba con nosotros.
Ragnha aflojó los puños poco a poco.
—Él solía tratarme como si fuera una niña pequeña —dijo Brunhilde con una sonrisa nostálgica—. Me regañaba por ensuciarme la armadura, por correr demasiado…
—Porque te comportabas como una —murmuró Ragnha, aunque sin fuerza.
—¡Eso no viene al caso!
Y así, sin darse cuenta, empezaron a discutir de nuevo: pequeña, ligera, sin rabia.
Mientras tanto, Velzaria permanecía de pie frente al espejo, acomodándose el cuello de su túnica. No parecía molesta, ni avergonzada, ni furiosa. De hecho, tras unos segundos, una sonrisa lenta y traviesa le apareció en los labios.
—Aunque debo admitir algo…
Las otras dos se callaron y la miraron.
—¿Qué? —preguntó Ragnha.
Velzaria se llevó un dedo a los labios, pensativa.
—Un hombre así como esposo sería bastante interesante.
Silencio. Las dos giraron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Qué dices? —Ragnha parpadeó, creyendo no haber oído bien.
—¿Te golpeaste la cabeza cuando caíste? —preguntó Brunhilde, acercándose un poco.
—¿O cuando te lanzó por los aires? —añadió la otra.
Velzaria soltó una risa suave.
—No estoy herida.
—Algo te pasa —insistió Ragnha—. Acabamos de ser derrotadas en un segundo y tú estás pensando en casarte con él.
—Soy una súcubo —respondió ella con total naturalidad.
Las dos se quedaron calladas.
—Nuestra naturaleza siempre ha buscado a los más fuertes —explicó Velzaria, arreglándose un mechón de pelo—. Es instinto. Buscamos al individuo más poderoso para proteger y perpetuar nuestro linaje. —Señaló la puerta con un gesto tranquilo—. Y ese humano acaba de demostrar que es más fuerte que las cuatro juntas.
Ragnha abrió mucho los ojos.
—No puedo creer lo que estoy escuchando.
—No dije que me casaría con él mañana —aclaró ella—. Solo digo que mi instinto reaccionó. Que lo entiendo.
—Pues yo no lo entiendo —murmuró Brunhilde, negando con la cabeza—. Definitivamente te golpeó la razón y salió huyendo.
Velzaria rió de nuevo, y la risa se contagió. Por primera vez en mucho tiempo, la habitación se llenó de algo que no era deber, ni miedo, ni tristeza. Risas. Risas de verdad, compartidas, ligeras.
Silvarena permanecía sentada junto a la ventana, observándolas en silencio. Apoyó el codo en el marco y la mejilla en su mano, viendo cómo Ragnha se quejaba sin ira, cómo Brunhilde se reía a carcajadas, cómo Velzaria defendía su idea con una calma que las hacía discutir más.
Sonrió. Una sonrisa pequeña, suave, que no había aparecido en su rostro desde hacía demasiado tiempo.
Hacía años que no las veía así. Desde la muerte de su señor, cada día había sido cargar peso, reparar lo roto, cuidar lo que quedaba. Habían olvidado cómo era discutir por tonterías. Cómo era reír sin culpa. Cómo sentirse mujeres, no solo generales.
Miró hacia el exterior, donde la noche ya cubría las torres. Y pensó en aquel muchacho que había caído del cielo, torpe, sarcástico, avergonzado de haberlas visto sin ropa, que preferiría estar en cualquier otro lugar y sin embargo se había quedado.
Un héroe del Imperio. Un enemigo. Alguien que venía a matar.
Y sin embargo… de alguna manera que no lograba explicar, aquel chico extraño les había devuelto algo que creían perdido. Una pequeña parte de la vida que tenían antes.
Cerró los ojos, escuchando las voces de sus compañeras.
—Qué extraño héroe… —murmuró muy suavemente.
Fuera, el viento soplaba suave entre las piedras. Y en la habitación, entre risas y bromas, algo nuevo empezaba a crecer: la sensación de que, quizás, no tendrían que seguir cargando solas.
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PermalinkMe salté al final al tiro, cachai, y Silvarena sonriendo en la ventana mientras las otras pelean por tonteras me convenció de leerlo entero.
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PermalinkParce, Kael sentándose en ese trono enorme con Lili encima, sabiendo que se va a arrepentir toda la vida. ¿Por qué se queda él en vez de sacarla de ahí, que era lo más fácil?
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