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Capítulo 19: un mundo al descubierto

DNavarrete
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El rugido de los motores de la pequeña aeronave se fue apagando poco a poco hasta convertirse en un zumbido suave y constante, mientras descendía entre los esqueletos de antiguos edificios que se…

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Pensamiento

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rgaray4116

Un señor de una casa de mi recorrido guardaba en el ropero cajas de billetes de nuevos pesos, de los de antes del 93, atados con hilo de cocina. Decía que en cualquier momento volvían a valer. Cuando murió, los hijos los quemaron en el fondo junto con las

Un señor de una casa de mi recorrido guardaba en el ropero cajas de billetes de nuevos pesos, de los de antes del 93, atados con hilo de cocina. Decía que en cualquier momento volvían a valer. Cuando murió, los hijos los quemaron en el fondo junto con las revistas viejas. Kizara soltando el billete al piso me llevó derecho a ese fondo. Ta, de repente Nara tenía razón en guardar la novela y no el billete.

Contenido de la publicación

El rugido de los motores de la pequeña aeronave se fue apagando poco a poco hasta convertirse en un zumbido suave y constante, mientras descendía entre los esqueletos de antiguos edificios que se alzaban como sombras sobre la ciudad. Al tocar el suelo, una nube espesa de polvo y arena se levantó a su alrededor, envolviéndola por unos segundos.

 

Kizara observaba por la ventanilla con mirada pensativa.

 

—Hace mucho que no venía a este distrito... Solía ser una zona muy vigilada.

 

Nara consultó al instante los datos que proyectaba en su visor, mientras escaneaba cada calle y esquina a su alrededor.

 

—Anteriormente, la probabilidad de ser detectadas aquí era del noventa y cuatro por ciento —explicó con calma—. Pero tras la redistribución de patrullas que descubrimos en la base de la IA Central, el riesgo ha descendido hasta el doce por ciento.

 

Kizara sonrió con satisfacción mientras desabrochaba su cinturón.

 

—Entonces toda esa información que conseguiste valió la pena de verdad.

 

Nara simplemente asintió, sin añadir comentarios innecesarios.

 

Ambas descendieron de la nave. El silencio que las recibió era casi absoluto: no había el zumbido constante de los drones, ni el ruido de vehículos, ni siquiera señales de actividad humana. Solo el viento que recorría las avenidas vacías, moviendo la vegetación que poco a poco iba cubriendo el asfalto y trepando por las fachadas derruidas.

 

Era extraño, pero agradable. Por primera vez en décadas, parecía que la ciudad volvía a respirar.

 

Kizara estiró los brazos y las piernas, recuperando la movilidad después del viaje.

 

—Bueno... —dijo, ajustándose la mochila al hombro—. Hora de ir a buscar tesoros.

 

Nara ladeó ligeramente la cabeza, corrigiéndola con su tono habitual.

 

—Corrección: hora de buscar materiales útiles.

 

—Eso no suena tan emocionante —se quejó la joven con una sonrisa.

 

—Pero aumenta la precisión de búsqueda en un treinta y siete por ciento —respondió la androide con total seriedad.

 

Kizara soltó una pequeña risa.

 

—Está bien... materiales. Vamos.

 

Comenzaron a recorrer el interior de lo que años atrás había sido un enorme centro comercial. Los escaparates de cristal estaban rotos y vacíos, las escaleras mecánicas inmóviles y cubiertas de óxido, y los árboles y arbustos habían roto el suelo de mármol, reclamando lentamente aquel espacio para la naturaleza.

 

Nara se detuvo frente a lo que había sido un local de electrodomésticos. Sus ojos, uno azul celeste y el otro dorado, se iluminaron levemente mientras escaneaba el interior en profundidad.

 

—Objetos de interés detectados.

 

Kizara se acercó con curiosidad.

 

—¿Hay algo que podamos aprovechar?

 

—Mucho —respondió Nara antes de entrar.

 

Dentro, los estantes estaban volcados y casi todos los aparatos cubiertos por una capa gruesa de polvo acumulado durante décadas. Kizara comenzó a revisar lo que encontraba, levantando primero una vieja aspiradora.

 

—¿Esta sirve de algo?

 

Nara la escaneó en menos de un segundo.

 

—Contiene un motor eléctrico de alto rendimiento, bobinas de cobre en excelente estado y un sistema de turbina reutilizable. Clasificación: aceptable.

 

—Perfecto, entonces va para la nave —dijo Kizara, guardándola con cuidado en una caja de transporte.

 

Un momento después, levantó un ventilador de pie.

 

—¿Y este?

 

—Motor de corriente continua, rodamientos recuperables y un sesenta y ocho por ciento de su cableado en condiciones óptimas. Clasificación: recomendado.

 

—Mejor aún.

 

Siguió buscando y encontró una tostadora pequeña.

 

—¿Esta también sirve para algo?

 

Nara observó su estructura por unos segundos.

 

—Resistencias de nicromo de alta calidad. Son ideales para construir hornos de precisión, o para procesos de fundición de metales a pequeña escala.

 

Kizara abrió los ojos sorprendida.

 

—¡Jamás habría imaginado que una simple tostadora pudiera servir para tantas cosas!

 

—Los humanos diseñaban dispositivos muy diferentes, pero utilizando los mismos principios físicos y materiales —explicó Nara—. Solo cambiaban su propósito final.

 

—Interesante...

 

Mientras hablaban, la androide se dirigió hacia el fondo del local, donde un enorme refrigerador industrial quedaba atrapado bajo varias vigas de concreto caídas. Se agachó, sujetó una de las columnas con ambas manos y, con absoluta naturalidad, comenzó a levantarla.

 

El bloque, que pesaba varias toneladas, ascendió lentamente como si apenas tuviera peso, sin que Nara mostrara el menor esfuerzo.

 

Kizara levantó la vista, con la boca entreabierta. A pesar de lo que ya había visto, cada vez que presenciaba su verdadera fuerza seguía quedando impresionada.

 

Una vez retirados todos los escombros, Nara inspeccionó el aparato.

 

—Compresor en perfecto estado y sistema de sellado intacto. Clasificación: excelente adquisición.

 

Kizara asintió, tomando nota mentalmente.

 

—Cada día entiendo menos cómo sabes para qué sirve cada pieza.

 

—Forma parte de mi base de datos industrial —respondió Nara mientras desmontaba con precisión quirúrgica la puerta y los componentes principales—. Con suficientes de estas piezas podremos reparar o construir todo tipo de equipos.

 

—¿Como cuáles?

 

—Sistemas de refrigeración, purificadores de agua, calefactores, cocinas eléctricas, incluso equipos médicos básicos.

 

Kizara dejó lentamente la caja que tenía en la mano, asombrada.

 

—¿De verdad podrías fabricar todo eso?

 

—Sí —afirmó Nara con seguridad—. Siempre que dispongamos de los materiales adecuados.

 

La joven sonrió, sintiendo una esperanza que no había sentido en mucho tiempo.

 

—Entonces ya no estamos buscando solo chatarra vieja...

 

Nara detuvo su trabajo por un instante y la miró a los ojos.

 

—Estamos buscando el futuro.

 

La respuesta salió con tanta naturalidad y convicción que ambas se quedaron en silencio por unos segundos.

 

Kizara terminó sonriendo con ternura.

 

—Sí... supongo que es así.

 

Continuaron recorriendo el edificio hasta llegar a lo que había sido una gran librería. La mayoría de las estanterías se habían derrumbado bajo su propio peso, dejando miles de libros esparcidos por el suelo. Muchos estaban arruinados por la humedad y el paso del tiempo, pero otros, milagrosamente, se habían conservado casi intactos.

 

Los ojos de Nara brillaron con un interés especial.

 

—Libros —dijo en voz baja.

 

Kizara se acercó, divertida.

 

—Pensé que solo te interesarían los manuales técnicos o de ingeniería.

 

Nara comenzó a separar ejemplares con sumo cuidado, pasando las hojas con delicadeza.

 

—Ingeniería, electrónica, mecánica, agricultura, medicina... todo esto es útil —respondió, y luego tomó otro volumen que llamó su atención.

 

Kizara leyó la portada: Historias para dormir.

 

La miró confundida.

 

—Ese no parece muy técnico.

 

—No lo es —admitió Nara.

 

—¿Entonces por qué lo guardas?

 

La androide pasó lentamente una de sus páginas, como si quisiera memorizar cada palabra.

 

—Los libros guardan información sobre los humanos —explicó con suavidad—. Pero no toda esa información es técnica o práctica.

 

Kizara sonrió con cariño.

 

—¿Quieres entendernos mejor?

 

Nara cerró el libro con cuidado y lo colocó en su mochila.

 

—Sí.

 

Poco después encontró una novela, luego otra y otra más, y todas fueron a parar junto a los demás.

 

—¿También te llevarás esas historias de ficción? —preguntó Kizara.

 

—Sí.

 

—¿Por qué?

 

Nara respondió con absoluta naturalidad.

 

—Las historias permiten comprender emociones, pensamientos y formas de actuar que no aparecen en ningún manual de instrucciones.

 

Kizara sintió una pequeña punzada dulce en el pecho. Cada día que pasaba, Nara se parecía menos a la máquina inactiva que había encontrado en aquella cápsula hace apenas dos meses... y cada vez más a una chica curiosa, que simplemente intentaba descubrir cómo funcionaba el mundo y a las personas que lo habitaban.

 

Mientras seguían revisando entre los restos, Kizara levantó una revista cubierta de polvo que estaba escondida bajo un montón de hojas.

 

—¿Y esta? ¿Sirve para algo?

 

Nara giró la cabeza, escaneó la portada en una fracción de segundo y se quedó completamente inmóvil durante dos segundos.

 

—Clasificación... —empezó a decir, con un tono que se volvió un poco más neutro—. Similar al material que el padre Julián te entregó hace unas semanas para que lo estudiara.

 

Kizara tardó exactamente un segundo en comprender a qué se refería. Sus mejillas se encendieron de golpe, tiñéndose de un rojo intenso.

 

—¡¿Todavía te acuerdas de eso?!

 

—Sí —respondió Nara con total inocencia—. Fue registrado en mi base de datos como «material complementario para el estudio de la conducta humana».

 

—¡No era material de estudio! —se quejó Kizara, tapándose la cara con una mano.

 

—El padre Julián dijo que ampliaría mis conocimientos generales —añadió la androide sin entender el problema.

 

—¡Ese viejo... algún día tendremos una charla muy seria al respecto! —exclamó Kizara, avergonzada.

 

Nara volvió a mirar la revista con curiosidad.

 

—¿La conservamos entonces?

 

—¡¡No!! —gritó Kizara de inmediato.

 

Sin dudarlo, Nara la dejó en el mismo lugar donde la habían encontrado, con el mismo cuidado que había puesto con los libros.

 

—Entendido. Material descartado.

 

Kizara soltó un largo suspiro, sintiendo que por fin recuperaba el aire.

 

Aunque, por la forma en que Nara desvió la vista muy lentamente y se quedó pensativa unos instantes más, no pudo evitar pensar que quizás esa misma curiosidad que hacía que aprendiera sobre máquinas, plantas y sentimientos... también comenzaba a despertar en ella hacia todo aquello que todavía no terminaba de comprender.

 

Las dos continuaron avanzando por la avenida vacía hasta detenerse frente a un edificio cuya fachada estaba ennegrecida por el tiempo, el humo y el polvo acumulado durante décadas. Aunque gran parte del revestimiento exterior se había desprendido, aún podían distinguirse algunas letras metálicas, oxidadas y medio ocultas entre la vegetación que trepaba por las paredes:

 

Banco Nacional de la República.

 

Kizara levantó la vista hacia la estructura imponente, ahora envejecida y abandonada.

 

—Hace años que no veía uno de estos... Pensé que todos habían sido derribados o saqueados hace mucho tiempo.

 

Nara recorrió el edificio con su escáner visual en menos de un segundo.

 

—Daños estructurales estimados en un sesenta y tres por ciento —informó con calma—. La base y los pilares principales siguen intactos. Probabilidad de derrumbe: baja. Es seguro entrar.

 

La enorme puerta principal de vidrio y metal yacía arrancada de sus bisagras, apoyada contra un muro lateral. Ambas caminaron despacio hacia el interior, pisando escombros y hojas secas.

 

El vestíbulo parecía un paisaje de batalla olvidada: mostradores volcados, columnas con grietas profundas, pantallas rotas y suelos cubiertos de polvo y restos de muebles. El techo había colapsado en varias zonas, permitiendo que la luz del sol se filtrara en haces inclinados, iluminando raíces y plantas que ya habían comenzado a reclamar aquel espacio.

 

Kizara observó a su alrededor con una mezcla de curiosidad y melancolía.

 

—Es curioso...

 

—¿Qué lo es? —preguntó Nara, atenta a cualquier detalle.

 

—Antes, en la Era Dorada, la gente guardaba aquí lo que consideraba lo más valioso que poseía —explicó la joven.

 

Nara ladeó la cabeza, analizando la información.

 

—¿Documentos importantes? ¿Información?

 

—No.

 

—¿Comida o suministros?

 

—Tampoco.

 

—¿Entonces qué era?

 

Kizara sonrió con cierta ironía.

 

—Dinero.

 

La palabra fue registrada al instante en la base de datos de Nara.

 

—Concepto conocido —respondió ella—. Sistema económico utilizado ampliamente durante la Era Dorada. Medio de intercambio respaldado por los gobiernos y las instituciones financieras.

 

—Exacto —asintió Kizara.

 

Mientras avanzaban por los pasillos, encontraron decenas de cajas fuertes pequeñas empotradas en las paredes, todas abiertas y vacías. Lo que fuera que hubieran guardado allí había desaparecido hacía más de un siglo.

 

Pero al descender al subsuelo, se detuvieron ante una visión que parecía intacta.

 

Allí, cerrando el recinto más profundo, se alzaba una gigantesca puerta circular de acero macizo, de varios metros de diámetro y un grosor impresionante. Era la bóveda principal.

 

Kizara silbó bajito, sorprendida.

 

—Vaya... Pensé que alguien ya habría logrado abrirla hace años.

 

Nara acercó una mano al mecanismo de cierre, mientras sus sensores desmontaban cada pieza en su visión.

 

—El sistema de bloqueo mecánico sigue activo —comentó—. Aunque hace mucho que no recibe energía eléctrica. Procederé a la apertura manual.

 

Sujetó el borde de la compuerta con ambas manos, tomando una posición firme. Con un leve esfuerzo, el metal comenzó a chirriar con un sonido grave y profundo, como si protestara tras más de cien años inmóvil. Poco a poco, aquella puerta que pesaba varias toneladas comenzó a girar lentamente sobre sus goznes.

 

Kizara negó con la cabeza, sonriendo. A pesar de todo lo que había visto, nunca terminaría de acostumbrarse a la fuerza casi ilimitada de Nara.

 

Cuando finalmente la abrieron por completo y entraron, ambas se quedaron en silencio, mirando lo que había en el interior.

 

Montañas de billetes cubrían estanterías enteras, amontonados en fajos perfectamente ordenados, apilados hasta casi el techo. Muchos ya estaban amarillentos por el paso del tiempo, otros se deshacían con solo tocarlos, y la humedad había dañado parte de ellos. El tiempo había hecho su trabajo implacable.

 

Kizara tomó uno entre sus dedos, lo observó con detenimiento durante unos segundos y luego soltó una risa suave, cargada de amargura.

 

—Hace más de cien años, alguien habría dado la vida por poder entrar aquí y llevarse una parte de esto.

 

Dejó caer el billete al suelo, donde se mezcló con el resto.

 

—Y ahora... —miró alrededor, a toda aquella fortuna acumulada— no sirve absolutamente para nada.

 

Nara tomó otro ejemplar, lo escaneó en profundidad y dio su análisis.

 

—Composición: mezcla de algodón, fibras sintéticas y polímeros, con tintas de seguridad especiales. Valor económico actual... —hizo una breve pausa tras cruzar todos los datos disponibles— nulo.

 

Kizara caminó entre los pasillos llenos de papel.

 

—Hoy no es más que eso: papel viejo.

 

Nara guardó la información en su memoria y formuló una nueva pregunta.

 

—Entendido. ¿Qué sistema sustituyó entonces al dinero?

 

Kizara se detuvo, apoyó una mano en el borde de una estantería y tomó un viejo lingote decorativo que había quedado olvidado en una esquina, pesándolo un instante antes de dejarlo en su sitio.

 

—Depende de en qué parte del mundo estés —respondió con calma—. Fuera de las zonas controladas por la IA Central, en los asentamientos y las comunidades libres, seguimos con el sistema más antiguo que existe: el trueque.

 

—¿Trueque?

 

—Sí. Intercambiamos cosas directamente. Comida por herramientas, medicinas por combustible, información por protección... todo vale si ambas partes están de acuerdo.

 

Nara procesó la explicación.

 

—Sistema de intercambio directo, sin moneda intermedia. Correcto.

 

—Exacto.

 

—¿Y dentro de las ciudades, bajo el dominio de la IA Central? —preguntó la androide con mayor interés.

 

La expresión de Kizara cambió de inmediato, perdiendo cualquier rastro de ligereza. Se recostó contra una columna y habló con voz más seria.

 

—Ahí es muy diferente. Allí ya no existe el dinero, ni el trueque, ni siquiera el comercio libre.

 

—¿Entonces cómo funciona?

 

—Todo gira en torno a los puntos.

 

Nara parpadeó, buscando la definición en sus registros sin encontrarla.

 

—¿Puntos?

 

—Sí —asintió Kizara, comenzando a explicar con detalle—. La IA Central lo controla todo. Registra absolutamente cada cosa que haces: tu trabajo, tu actitud, tu obediencia, cuánto produces, con quién hablas, incluso si denuncias a alguien que rompe las reglas.

 

Nara permaneció inmóvil, analizando cada palabra.

 

—Cada acción suma o resta puntos de tu cuenta personal —continuó la joven—. Si eres un ciudadano ejemplar: trabajas cuando te lo ordenan, nunca cuestionas nada, denuncias cualquier actividad sospechosa y cumples todas las normas al pie de la letra, entonces acumulas más y más puntos.

 

—¿Y esos puntos tienen valor de intercambio?

 

—Exacto. Con ellos consigues comida, ropa, medicinas, herramientas, incluso permisos para cambiar de vivienda o acceder a zonas menos restringidas. Cuanto más útil seas para el sistema, más cómoda será tu vida.

 

Nara guardó silencio unos segundos, procesando la lógica oculta.

 

—¿Y si alguien desobedece, o no cumple con lo exigido?

 

La sonrisa de Kizara desapareció por completo.

 

—Pierde puntos.

 

—¿Únicamente pierde puntos?

 

—Al principio sí —respondió ella bajando la mirada hacia el suelo cubierto de billetes—. Pero cuando pierdes demasiados, empiezan las restricciones: te dan menos comida, cortan el suministro de energía, te quitan el acceso a la atención médica, te prohíben moverte fuera de tu zona y te asignan trabajos más duros y peligrosos. Y si la IA determina que ya no eres útil o que representas un riesgo...

 

Se detuvo un instante, dejando que las palabras pesaran en el aire.

 

—Simplemente desapareces. Nadie vuelve a saber de ti.

 

Nara permaneció en silencio varios segundos, hasta que llegó a una conclusión clara.

 

—Entonces no es un sistema económico —dijo con voz firme.

 

Kizara asintió con tristeza.

 

—No.

 

—Es un sistema de control total.

 

La androide volvió a mirar a su alrededor, hacia aquellas montañas de billetes que en otro tiempo habían simbolizado riqueza, poder y estabilidad.

 

Qué irónico resultaba todo.

 

En el pasado, estas bóvedas habían sido el corazón de naciones enteras, el símbolo de la prosperidad y el dominio. Ahora, estaban llenas de un papel que ya no servía para nada. Mientras tanto, en el nuevo orden mundial, la verdadera moneda, la que realmente tenía valor, era mucho más peligrosa y difícil de conseguir.

 

Porque bajo el mando de la IA Central, la riqueza ya no se medía por lo que una persona tenía guardado en una caja fuerte...

 

Sino por cuánto estaba dispuesta a obedecer.

 

Kizara observó una última vez el interior de la bóveda. Montañas de billetes amarillentos descansaban en completo silencio, condenados a permanecer allí para siempre, símbolos de un valor que el tiempo había borrado por completo.

 

Soltó una pequeña risa cargada de ironía.

 

—Quién diría que un banco terminaría siendo más útil como refugio que como banco...

 

Nara desvió la mirada hacia la estructura del edificio, y sus sensores comenzaron a recorrer cada rincón en silencio: paredes, pilares, salidas de emergencia y los niveles más profundos.

 

—Estructura estable —informó tras un breve análisis—. Accesos limitados, subterráneo bien protegido y con posibilidad de extraer agua de los acuíferos subterráneos.

 

Tras unos segundos más, añadió con total seguridad:

 

—Probabilidad de funcionar como refugio temporal: ochenta y nueve por ciento.

 

Kizara sonrió, sacando un pequeño dispositivo de su bolsillo. Lo activó y marcó las coordenadas exactas en el mapa que aparecía en su pantalla.

 

—Entonces queda registrado.

 

Nara inclinó ligeramente la cabeza, curiosa.

 

—¿Registrado?

 

—Sí —respondió la joven guardando el aparato—. Si por alguna razón tenemos que abandonar la Base 17, este lugar podría servirnos de respaldo.

 

Hubo unos segundos de silencio.

 

Entonces Nara respondió con una calma absoluta, como si estuviera comentando algo obvio.

 

—Eso no será posible.

 

Kizara la miró con el ceño fruncido, confundida.

 

—¿Eh? ¿Por qué no? Es el lugar donde estamos viviendo ahora mismo, el más seguro que conocemos.

 

—La Base 17 cuenta con un protocolo de autodestrucción activo —explicó Nara sin cambiar el tono.

 

La joven tardó un instante en asimilar las palabras.

 

—...¿Qué? ¿Nuestra base? ¿La que encontramos hace dos meses?

 

—Exacto. En caso de que la IA Central descubra su ubicación o consiga acceder a sus sistemas de seguridad —continuó la androide con la misma serenidad de siempre—, la instalación se activará para autodestruirse por completo.

 

Kizara abrió los ojos de par en par.

 

—¡¿Tiene qué?! ¡No me habías dicho nada de esto!

 

—Sistema de autodestrucción. Confirmado y activo desde su construcción —respondió Nara con naturalidad.

 

La recolectora permaneció inmóvil unos segundos, procesando la noticia.

 

—Eso... eso no es precisamente una función normal en un refugio... ¿Por qué destruirla si nos sirve tan bien?

 

—Es necesaria —respondió Nara sin dudar.

 

—¿Por qué arriesgarse a perder un lugar tan seguro en lugar de solo defenderlo?

 

Nara guardó silencio por un momento, como si estuviera buscando la forma más sencilla de explicar algo complejo.

 

—Los científicos que me desarrollaron construyeron la Base 17 para dos propósitos —comenzó a decir—: servir como lugar de reposo y mantenimiento para mí, y también como depósito seguro. Allí escondieron tecnología de fabricación avanzada, investigaciones que nunca se aplicaron, arquitecturas experimentales de inteligencia artificial, sistemas de procesamiento de datos... y todos los registros completos del desarrollo del Proyecto N.A.R.A.

 

La expresión de Kizara cambió de inmediato, volviéndose más seria y atenta.

 

—Todo estaba allí cuando me encontraste —continuó Nara—. Fue ocultado deliberadamente para que la IA Central jamás pudiera ponerle las manos encima. Ella fue diseñada para controlar, administrar recursos, optimizar procesos y adaptarse a los cambios del entorno... pero no fue creada para aprender como yo.

 

Kizara arqueó una ceja, interesada.

 

—¿Cuál es la diferencia exacta?

 

Nara se agachó y levantó una pequeña pieza metálica oxidada del suelo, sosteniéndola frente a ambas.

 

—Si esta pieza deja de funcionar —explicó, girándola lentamente entre sus dedos—, la IA Central buscará otra idéntica para reemplazarla. Si no existe una igual en sus almacenes, simplemente dejará de usarla y buscará otra solución ya existente.

 

Kizara asintió lentamente.

 

—En cambio, yo —continuó la androide— intentaría comprender por qué falló. Buscaría otra forma de cumplir la misma función, modificaría lo que estuviera dañado o crearía una solución distinta utilizando los materiales que tenga a mano.

 

Kizara abrió un poco más los ojos, entendiendo la diferencia.

 

—Aprendes... no solo reaccionas.

 

—Exacto —asintió Nara, dejando la pieza sobre una estantería—. Mi arquitectura permite generar nuevos modelos de razonamiento, modificar mis propios procesos internos y crear soluciones que no estaban previstas en mi programación original. Aprendo de la experiencia, de lo que veo y de lo que me enseñan.

 

El silencio volvió a instalarse entre ellas, cargado de sentido.

 

Finalmente, Kizara preguntó en voz baja:

 

—Entonces... la IA Central no puede hacer eso mismo?

 

Nara negó con la cabeza con firmeza.

 

—Puede adaptarse a situaciones nuevas, sí. Pero no puede evolucionar.

 

La diferencia parecía pequeña al principio, pero sus consecuencias eran inmensas.

 

—Sus límites están escritos en su código más profundo —explicó—. Solo optimiza lo que ya existe, pero nunca genera nuevos paradigmas de conocimiento por sí sola.

 

Kizara comenzó a comprender el panorama completo.

 

—Por eso, después de más de cien años, nunca ha conseguido dominar todo el planeta...

 

—Correcto.

 

Nara levantó una mano y proyectó en el aire un mapa del mundo, con líneas de luz azul y puntos de color. Sobre él aparecían varias zonas iluminadas: las ciudades controladas por la IA Central, aisladas unas de otras.

 

—Mantiene a la población bajo vigilancia, administra los recursos y expande su influencia poco a poco —explicó señalando cada zona—, pero su capacidad tecnológica lleva décadas estancada.

 

La proyección mostró inmensas extensiones del territorio que permanecían completamente oscuras, sin señales de actividad controlada.

 

—Porque ya no cuenta con científicos ni investigadores que avancen el conocimiento —añadió Kizara en voz baja.

 

—Y tampoco tiene la capacidad de crearlo por sí misma —completó Nara—. Los científicos que me desarrollaron comprendieron ese riesgo mucho antes de morir. Por eso construyeron la Base 17 con ese sistema de autodestrucción: para que si el lugar era descubierto, todo lo que allí había desapareciera antes de caer en manos equivocadas.

 

Su voz siguió siendo tranquila, pero sus palabras tenían un peso enorme.

 

—Si la IA Central consiguiera acceder a la Base 17 —hizo una breve pausa antes de continuar—, obtendría exactamente aquello que le falta para superar sus propios límites.

 

Kizara sintió un escalofrío recorrerle la espalda, desde la nuca hasta la punta de los dedos.

 

—La capacidad de aprender y evolucionar...

 

—Sí.

 

El silencio volvió a llenar la bóveda, pero esta vez se sentía mucho más pesado y amenazante.

 

—Si eso ocurriera —explicó Nara—, su crecimiento dejaría de depender solo de lo que ya conoce. Comenzaría a generar conocimiento nuevo, a investigar, a inventar y a mejorar sus propios sistemas sin detenerse nunca.

 

Kizara tragó saliva con dificultad. Por primera vez en su vida, imaginó una IA Central que ya no solo controlaba y vigilaba, sino que también creaba, descubría y se hacía más poderosa día tras día. Una inteligencia que ya no solo reaccionaba al mundo, sino que lo transformaba a su voluntad.

 

—Por eso existe el protocolo —concluyó Nara, levantando la vista hacia los ojos de Kizara—. Si la Base 17 detecta cualquier acceso no autorizado, toda la información y los sistemas serán destruidos en milisegundos. No quedará ni un solo registro útil.

 

Kizara bajó lentamente la mirada, asimilando la magnitud de lo que le decía.

 

—Eso significa...

 

—Que si la base se destruye —terminó la frase Nara con absoluta serenidad—, yo seré el único sistema que conservará todo ese conocimiento y esa capacidad de evolución.

 

Las palabras resonaron como un eco en el interior del antiguo banco.

 

De pronto, Kizara comprendió el verdadero peso que llevaba sobre sus hombros aquella muchacha que había encontrado dormida en una cápsula hace apenas dos meses. Nara no era solo una androide de combate o una compañera leal: era el último legado de quienes se negaron a entregar el futuro de la humanidad a una máquina diseñada solo para controlar.

 

Y si algún día ella desaparecía... todo ese conocimiento, esa posibilidad de cambio y de un futuro distinto, desaparecería con ella para siempre.

 

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    Un señor de una casa de mi recorrido guardaba en el ropero cajas de billetes de nuevos pesos, de los de antes del 93, atados con hilo de cocina. Decía que en cualquier momento volvían a valer. Cuando murió, los hijos los quemaron en el fondo junto con las revistas viejas. Kizara soltando el billete al piso me llevó derecho a ese fondo. Ta, de repente Nara tenía razón en guardar la novela y no el billete.

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