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Capitulo 18: planes a futuro

DNavarrete
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El segundo piso de Eternal Skies Online era un mundo aparte, radicalmente distinto al primero.

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Pensamiento

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LauraLetras

El castigo que se convierte en descubrimiento es la mejor trampa narrativa. Reina tocando el muslo y ese gritito, eso no lo vio venir nadie. El personaje no sabe lo que es, y eso le da la profundidad: la inocencia de no conocerse a sí mismo cuando todos y

El castigo que se convierte en descubrimiento es la mejor trampa narrativa. Reina tocando el muslo y ese gritito, eso no lo vio venir nadie. El personaje no sabe lo que es, y eso le da la profundidad: la inocencia de no conocerse a sí mismo cuando todos ya lo ven. Es donde la comedia se convierte en algo delicado. Las hermanas lo entienden sin que él lo sepa.

Contenido de la publicación

El segundo piso de Eternal Skies Online era un mundo aparte, radicalmente distinto al primero.

 

Atrás quedaron las inmensas llanuras verdes y los bosques serenos donde los monstruos eran débiles y fáciles de cazar. En el instante en que cruzaron la gran puerta dimensional que conectaba ambos niveles, la atmósfera cambió por completo. El cielo estaba perpetuamente cubierto por nubes grises y pesadas, y entre la bruma se alzaban estructuras gigantescas de piedra, ruinas imponentes que parecían ser los restos olvidados de una civilización desaparecida siglos atrás. Columnas rotas emergían de una niebla baja y espesa que cubría el suelo, y escalinatas inmensas y partidas conducían hacia templos derrumbados y edificios vacíos, donde el viento soplaba con un lamento constante y lejano.

 

Era un lugar mucho más silencioso.

 

Mucho más peligroso.

 

Y, sin duda alguna, infinitamente más difícil.

 

Reika y Reina avanzaban con paso tranquilo entre los vestigios de aquella antigua ciudad, recorriendo un sendero de piedra agrietada rodeado de pilares caídos y una vegetación oscura y retorcida que crecía entre las grietas. Ambas vestían su armadura habitual, con las armas listas y al alcance de la mano, preparadas para enfrentarse a cualquier criatura del segundo piso que osara aparecer.

 

Sin embargo, algo extraño ocurría:

 

en sus rostros brillaba una sonrisa increíblemente radiante.

 

No era esa expresión elegante, serena y controlada que solían mostrar ante enemigos o aliados.

 

No.

 

Esta era una sonrisa cargada de satisfacción absoluta.

 

De diversión pura y sin filtros.

 

Y la razón de todo eso caminaba justo detrás de ellas.

 

—¡Esto es completamente humillante…! —se quejó una voz teñida de vergüenza y sufrimiento.

 

Detrás de ambas chicas avanzaba Aoi.

 

O, para ser más exactos…

 

avanzaba la “nueva versión” de Aoi.

 

Porque sí.

 

Como castigo por haberles ocultado su verdadera identidad durante tanto tiempo, Reika y Reina habían decidido darle “una pequeña lección”.

 

Y para desgracia absoluta del pobre chico…

 

habían decidido que la ropa sería el arma perfecta.

 

Pero no cualquier ropa.

 

Habían elegido un traje de camarera.

 

Un uniforme impecable, de tonos negro y blanco, con detalles de encaje finamente elaborados, mangas ajustadas que marcaban sus brazos y una falda corta que le llegaba apenas un poco más arriba de las rodillas. Cada vez que daba un paso, la tela se movía, dejando al descubierto parte de sus muslos. El conjunto se completaba con un delantal blanco, dulce y delicado, y un lazo grande y elegante atado a la espalda, justo a la altura de la cintura.

 

Y lo peor de todo…

 

es que le quedaba absurdamente bien.

 

Demasiado bien.

 

Ese era precisamente el problema.

 

Aoi caminaba con la cara completamente roja, sujetando la falda con ambas manos y apretándola contra sus piernas con desesperación, intentando —en vano— evitar que el viento suave que recorría las ruinas la levantara y lo dejara en evidencia.

 

—¿Por qué tengo que llevar puesto esto? —protestó de nuevo, sintiendo cómo el calor le subía hasta las orejas—. ¡Esto no es un castigo normal! ¡Esto es abuso psicológico y tortura emocional!

 

Reina tuvo que llevarse una mano a la boca para contener una carcajada que amenazaba con escaparse.

 

—No exageres tanto, no es para tanto.

 

—¿Cómo que no es para tanto? —replicó él al instante, casi a punto de llorar de la vergüenza—. ¡Mírenme bien! ¡Parezco trabajador de una cafetería temática de las que salen en las historias!

 

Reika caminaba al frente con una calma inalterable, aunque la pequeña sonrisa divertida que se dibujaba en sus labios la delataba por completo.

 

—Es el precio por habernos ocultado algo tan importante durante semanas enteras.

 

—¡Pero ya me disculpé mil veces! —se defendió él.

 

—Y no fue suficiente —respondió ella con tranquilidad.

 

—¡Eso no es justo ni equitativo!

 

A su lado, Fern soltó un pequeño gruñido que sonaba extrañamente alegre, como si disfrutara inmensamente de la desgracia de su amo. Sobre sus cabezas, Lyn revoloteaba trazando círculos perezosos, emitiendo pequeños sonidos agudos que parecían risitas.

 

Y lo que terminó de hundirlo…

 

fue Puddle. El slime azul brillante iba rebotando felizmente alrededor de Aoi, una y otra vez, con una alegría traicionera, casi como si estuviera orgulloso de verlo vestido así.

 

—¡Hasta ustedes se están burlando de mí! —se quejó Aoi, mirando a sus propias mascotas con ojos de súplica.

 

Reina ya no pudo aguantar más y soltó una pequeña carcajada clara y alegre.

 

—No nos culpes… es que, sinceramente, te queda muy bien.

 

Aoi se detuvo en seco, paralizado.

 

—¿Cómo has dicho?

 

Reika asintió con total naturalidad, sin dudar ni un segundo.

 

—Tiene razón. Te queda muy bien.

 

—¡¿Tú también te pones de su lado?!

 

Ambas chicas se quedaron mirándolo unos segundos en silencio.

 

Y luego desviaron la mirada al mismo tiempo, fingiendo observar las ruinas, solo para ocultar las sonrisas que ya no podían contener.

 

Porque, siendo honestas…

 

la escena era demasiado fuerte para no disfrutarla.

 

El chico que había derrotado al jefe más difícil del primer piso.

 

El estratega brillante que había guiado a su equipo en batallas que todos creían imposibles.

 

Ahora caminaba detrás de ellas, vestido de camarera, con el rostro ardiendo de vergüenza, aferrado a su falda como si fuera su única salvación y quejándose como si el mundo entero se hubiera venido abajo.

 

Y, por algún motivo extraño, eso lo hacía ver todavía más adorable.

 

—No entiendo qué gana ustedes con esto… —murmuró Aoi, con la voz cargada de tristeza absoluta y derrota.

 

—Es sencillo: es divertido —respondió Reina con una sonrisa traviesa.

 

—¡Para nada es divertido! ¡Es una pesadilla!

 

—Para nosotras sí lo es —remató Reika con calma.

 

Aoi soltó un gemido ahogado de pura derrota y siguió caminando, arrastrando los pies.

 

El viento volvió a soplar suavemente, levantando el borde de la falda.

 

Y él, instintivamente, volvió a sujetarla con desesperación, mirando a todos lados con miedo.

 

—¡Ah! ¡No miren! ¡Por favor, no miren!

 

Eso fue el colmo.

 

Reina estalló en una risa abierta y alegre que resonó entre las columnas antiguas, mientras que Reika soltaba un suspiro fingido, girando apenas la cabeza para que él no notara que ella también se estaba riendo.

 

Y así, entre ruinas milenarias, monstruos que acechaban en las sombras y el misterio del segundo piso extendiéndose frente a ellos…

 

la figura legendaria que había hecho historia en todo el servidor avanzaba sufriendo lo que, para él, era el peor destino imaginable.

 

Un castigo mucho más aterrador y espantoso que cualquier jefe final que pudieran encontrar en su camino.

 

Las zonas seguras del segundo piso eran refugios diminutos, recovecos protegidos en medio de la inmensidad de ruinas antiguas. Su única defensa eran unos enormes cristales azules incrustados en el suelo, que brillaban con una luz serena y emitían una barrera invisible capaz de mantener alejadas a todas las criaturas hostiles. Eran pequeños remansos de paz en un mundo peligroso, espacios donde los jugadores podían sentarse a descansar, reorganizar su equipo o simplemente recuperar el aliento antes de volver a adentrarse en lo desconocido.

 

El grupo había decidido detenerse en uno de esos santuarios temporales para tomar un respiro.

 

Fern descansaba plácidamente sobre un montón de piedras rotas cerca de una columna caída, moviendo la cola con pereza, mientras Lyn permanecía posado en lo alto de una roca elevada, con la mirada atenta vigilando los límites de la barrera mágica. Puddle, por su parte, rebotaba alegremente alrededor del cristal central, deslizándose sobre la superficie lisa como si aquel juego fuera la mayor diversión del mundo.

 

Sin embargo, en medio de esa calma…

 

había alguien que estaba lejos de estar tranquilo.

 

Alguien que sufría.

 

Y mucho.

 

Aoi estaba sentado sobre un bloque de piedra plana, con el rostro ardiendo de vergüenza, luchando en una batalla perdida contra su propia ropa. Con una mano intentaba cubrir el escote del traje de camarera, sintiéndose terriblemente expuesto, mientras que con la otra tiraba desesperadamente de la falda corta, tratando de cubrir sus muslos desnudos. Cada vez que acomodaba una parte, sentía que la otra quedaba demasiado al descubierto, y ese ciclo de desesperación no hacía más que aumentar su bochorno.

 

Pero lo que realmente lo estaba poniendo al límite…

 

era la forma en que lo miraba Reina.

 

La vicepresidenta estaba sentada justo enfrente de él, con la espalda recta y una expresión increíblemente seria, casi solemne. Sus ojos recorrían su figura de arriba abajo, deteniéndose en cada detalle, analizándolo todo con una intensidad absoluta, como si estuviera estudiando un descubrimiento científico de importancia mundial o una especie nueva que jamás había visto antes.

 

Esa mirada fija y analítica hacía que Aoi se sintiera todavía más expuesto y nervioso.

 

—¿P-por qué me miras así…? —preguntó finalmente, su voz saliendo mucho más aguda y temblorosa de lo que hubiera deseado. Se encogió sobre sí mismo, tratando de hacerse más pequeño.

 

Reina no respondió de inmediato.

 

Siguió observando.

 

Estudiando.

 

Procesando cada detalle en su cabeza.

 

Reika, que estaba recostada contra una columna cercana con los brazos cruzados y una postura relajada, soltó un pequeño suspiro divertido.

 

—Reina, deja de mirarlo con tanta intensidad. Lo estás poniendo más nervioso de lo que ya está.

 

—No puedo evitarlo —respondió ella al fin, sin apartar la mirada ni un segundo, con los ojos brillantes de curiosidad—. Estaba pensando en algo importante.

 

Esa frase solo hizo que la tensión en los hombros de Aoi aumentara al doble.

 

—¿Q-qué cosa…? —tartamudeó él, preparándose mentalmente para cualquier cosa que pudiera salir de su boca.

 

Reina se llevó una mano al mentón, frunciendo el ceño levemente en una clara expresión de concentración profunda.

 

—El casco de realidad virtual que usamos analiza completamente nuestro rostro y ciertos datos físicos antes de generar el avatar, ¿verdad? El sistema crea el personaje basándose en nuestra apariencia real, adaptándola al estilo artístico del juego, pero manteniendo las proporciones y rasgos fundamentales.

 

Reika asintió lentamente.

 

—Es correcto. La base es nuestra propia apariencia, solo estilizada. Por eso siempre reconocemos nuestros rasgos en el juego.

 

—Exacto —afirmó Reina, y volvió a clavar sus ojos en Aoi con renovado interés—. Eso significa que el rostro que vemos aquí es innegablemente el tuyo. No hay trucos ni modificaciones drásticas ahí. Sabemos perfectamente cómo eres.

 

Aoi se encogió un poco más, sintiendo que el calor en sus mejillas subía de nivel.

 

—N-no hacía falta decirlo tan directamente…

 

—Pero entonces… —continuó ella, ignorando por completo sus quejas, mientras su mirada bajaba lentamente hacia el resto de su cuerpo— si el sistema ha construido una figura tan proporcionada, tan suave y detallada basándose solo en tus rasgos faciales… ¿cuánto de todo esto se acerca a la realidad? ¿Cuánto de lo que vemos es realmente tuyo?

 

Aoi parpadeó, confundido por la dirección que tomaba la conversación.

 

—¿Eh? ¿A qué te refieres…?

 

Y entonces sucedió.

 

Reina se inclinó apenas hacia adelante, rompiendo la distancia entre ambos. Con una naturalidad absoluta, sin ningún rastro de duda o vacilación, estiró la mano y apretó suavemente, entre sus dedos, la piel expuesta del muslo de Aoi. Fue un toque ligero, una presión breve y suave, como si estuviera comprobando la textura o la firmeza de algo muy valioso.

 

El cuerpo entero de Aoi sufrió una convulsión involuntaria.

 

Y de su garganta escapó un sonido que lo condenó para siempre.

 

—¡Hya…!

 

Fue un gritito agudo.

 

Suave, melódico.

 

Indiscutiblemente femenino.

 

El silencio cayó sobre la zona segura de golpe, tan pesado y repentino que hasta Puddle dejó de rebotar por un segundo.

 

Aoi abrió los ojos de par en par, horrorizado.

 

Sus manos volaron instintivamente hacia su boca, cubriéndola con desesperación absoluta, mientras su rostro, cuello y orejas se teñían de un rojo brillante que parecía que iba a echar humo en cualquier momento.

 

Reika y Reina se quedaron completamente inmóviles.

 

Congeladas en el sitio.

 

Porque ninguna de las dos esperaba esa reacción. Ni en sus sueños más locos hubieran imaginado que sonaría así.

 

Reina fue la primera en reaccionar. Tosió fuerte hacia un lado, llevándose el puño a la boca para disimular, tratando de recuperar la compostura, aunque sus ojos estaban muy abiertos y brillaban con una mezcla de sorpresa y fascinación total.

 

—…Bueno. Eso… fue revelador.

 

Reika lentamente desvió la mirada hacia las ruinas que las rodeaban, llevándose dos dedos a los labios para ocultar la sonrisa que se le estaba formando, aunque el temblor en sus hombros era inconfundible.

 

Para Aoi, esto ya había pasado del límite de la vergüenza y estaba entrando en territorio de colapso mental.

 

—N-no pasó nada… —murmuró detrás de sus dedos, con una voz quebrada y muy bajita—. Ustedes no escucharon absolutamente nada… fue el viento… o algo…

 

Reina aclaró la garganta otra vez, intentando con todas sus fuerzas actuar como si nada hubiera pasado. Aunque estaba claro que fallaba estrepitosamente.

 

—Aoi…

 

—Nada… no oyeron nada…

 

—Aoi.

 

—Por favor, olvídenlo… borren ese sonido de sus memorias…

 

Reina respiró hondo, armándose de paciencia. Sabía que tenía que preguntarlo. Era información demasiado importante para dejarla pasar.

 

—Dime… —empezó con un tono de voz extrañamente serio y curioso a la vez—. Tu cuerpo… esa suavidad, esas proporciones… ¿también se ven y se sienten así en la vida real?

 

Aoi se quedó completamente rígido.

 

Si antes estaba rojo, ahora parecía que estaba a punto de derretirse. El humo prácticamente salía de su cabeza por la cantidad de sangre que había subido a su cara.

 

Poco a poco, sin aguantar más la situación, se fue deslizando lentamente por el muro de piedra hasta quedar sentado en el suelo frío, abrazando sus propias piernas y escondiendo la cara entre las rodillas, negándose a mirarlas.

 

Estaba rojo.

 

Estaba derrotado.

 

Y, sobre todo, estaba profundamente humillado.

 

—…No lo sé… —murmuró al fin, con una voz diminuta, apagada y completamente vencida—. Nunca me he mirado mucho al espejo… más allá de lo normal para vestirme o asearme… nunca le he prestado atención a esas cosas…

 

Esa respuesta dejó a ambas chicas en silencio por unos segundos.

 

Por la forma en que lo dijo, con esa inocencia absoluta y esa falta de conciencia propia…

 

era evidente que jamás se había dado cuenta de lo que significaba.

 

Jamás se había imaginado que, en realidad, tenía todas las características que harían suspirar a cualquiera, tanto dentro como fuera del juego.

 

Aoi ya no tenía ni una sola gota de fuerza para seguir defendiéndose.

 

Mentalmente, emocionalmente y hasta espiritualmente… había sido derrotado de forma absoluta e irrevocable.

 

Ahora se encontraba arrinconado en un rincón de la zona segura, encogido sobre sí mismo como si intentara desaparecer entre las sombras, abrazando a Puddle con una fuerza desesperada contra su pecho. Para él, ese pequeño ser azul era lo único que le quedaba: el último refugio, el único ser vivo digno de confianza en un mundo que de repente se había vuelto cruel y aterrador.

 

El slime se deformaba suavemente entre sus brazos, adoptando una forma achatada y cómoda, mientras emitía pequeños sonidos burbujeantes y alegres, completamente feliz de ser utilizado como soporte emocional y almohada improvisada.

 

—Tú sí me entiendes, ¿verdad? —murmuró Aoi con voz apagada, rota y cargada de una tristeza profunda—. Eres el único aliado real en este grupo de ingratas… de personas que se divierten a costa de mi desgracia…

 

Puddle respondió con un sonido orgulloso: «Blurp».

 

Cerca de allí, Fern estaba recostado sobre unas piedras, moviendo la cola con pesadez y soltando un resoplido profundo, claramente ofendido por haber sido excluido tan abiertamente de la lista de seres leales.

 

—Tú no cuentas —lo acusó Aoi al instante, señalándolo con un dedo tembloroso pero decidido—. ¡Te vi! Te reíste de mí antes con esa cara de perro satisfecho. Eres un traidor igual que los demás.

 

El gran lobo de pelaje oscuro simplemente apartó la mirada, elevando la cabeza con una dignidad insultante, como si la acusación fuera algo demasiado trivial para merecer una respuesta.

 

Traidores por todas partes…, pensó Aoi con amargura.

 

A unos metros de distancia, Reika y Reina permanecían de pie, hablando en voz baja mientras le echaban miradas de reojo, evaluando el daño causado.

 

Reika soltó un suspiro suave, mezcla de diversión y ligera culpa, al ver la figura encogida de Aoi abrazado a su slime.

 

—Creo que esta vez te pasaste un poco con él… —comentó en voz baja.

 

Reina parpadeó con una inocencia fingida demasiado perfecta para ser real.

 

—¿Yo? ¿Qué hice yo?

 

—Sabes exactamente de qué hablo —respondió Reika, señalando discretamente hacia el rincón con la cabeza—. Míralo bien. Parece que está teniendo una batalla interna contra su propia existencia. Creo que está cuestionando todas sus decisiones de vida hasta este momento.

 

Y, sinceramente…

 

no era una exageración.

 

Aoi estaba allí, inmóvil, mirando al vacío, repasando cada paso que lo había llevado a terminar vestido de camarera, siendo tocado y puesto en evidencia de la peor manera posible.

 

Sin embargo, Reina no parecía arrepentida en lo más mínimo. Se sentó sobre una piedra, cruzó las piernas con elegancia y apoyó la mejilla en una mano, observándolo con curiosidad renovada.

 

—No te quejes tanto. Además… sé perfectamente que tú también sientes mucha curiosidad —dijo ella con una sonrisa traviesa.

 

Reika abrió los ojos ligeramente, fingiendo sorpresa.

 

—¿Curiosidad sobre qué exactamente?

 

Reina sonrió lentamente. Una sonrisa que, de haberla visto, le habría puesto los pelos de punta a Aoi.

 

—Imagínalo un momento. Solo un instante…

 

—…No me gusta nada cómo va a empezar esto —respondió Reika, poniéndose en guardia, aunque ya estaba escuchando.

 

—Festival escolar —empezó Reina, bajando la voz como si estuviera revelando un plan maestro.

 

Reika parpadeó.

 

—Consejo Estudiantil —continuó la otra.

 

El mal presentimiento en el estómago de Reina empeoró… o mejoró, dependiendo de cómo se mirará.

 

—Una cafetería temática… —añadió Reina, dibujando el aire con la mano.

 

Reika comenzó a comprender hacia dónde iba aquello. Y, extrañamente, su cerebro empezó a llenarse de imágenes no solicitadas.

 

Y entonces, Reina dio el golpe final, la palabra clave que lo cambió todo.

 

—Y Aoi. Vestido de camarera. De verdad.

 

Se hizo el silencio entre ellas.

 

Reika abrió los ojos apenas un poco más. Su mente, contra su voluntad, construyó la imagen al instante.

 

El traje negro y blanco. Los pequeños encajes.

 

La falda corta ondeando con sus pasos.

 

Ese rostro delicado, esas facciones suaves.

 

Sus movimientos tímidos, nerviosos, tratando de cubrirse.

 

Esa expresión de pura vergüenza y rubor…

 

Peligroso.

 

Muy, muy peligroso.

 

Reina continuó hablando, ahora con una seriedad absoluta, como si estuviera analizando la estrategia de batalla más importante de su vida.

 

—Te lo aseguro. Sería un éxito rotundo. Las ganancias batirían todos los récords.

 

—Reina…

 

—Solo necesitaríamos detalles pequeños… una peluca larga y suelta, quizás de color oscuro o castaño… y tal vez un poco de relleno estratégico aquí y allá para darle más forma al uniforme…

 

—Reina.

 

—Con esa cara, nadie sospecharía absolutamente nada. Se creerían la mentira al cien por ciento.

 

—¡Reina!

 

—Las filas de clientes darían la vuelta al edificio. Llegarían hasta la entrada principal de la escuela. Estarían dispuestos a pagar lo que fuera solo por verlo sonreír o servirles un té.

 

Reika se quedó callada.

 

Pasaron unos segundos. Demasiados segundos de silencio.

 

Y esa pausa fue suficiente para que Reina sonriera con aire victorioso, sabiendo que había ganado.

 

—Lo sabía —dijo triunfalmente—. Lo estabas imaginando, ¿verdad?

 

Reika tosió fuertemente hacia un lado, llevándose el puño a la boca para recuperar la compostura perdida.

 

—N-no estaba imaginando nada en absoluto —se defendió con voz un poco demasiado aguda.

 

—Claro, claro…

 

—Solo estaba… analizando la viabilidad logística y económica del evento. Como presidenta del consejo estudiantil, es mi deber evaluar actividades que sean atractivas y rentables para el festival. Es pura administración.

 

—Ajá. Y casualmente, el modelo central de tu análisis era Aoi vestido de chica. Pura coincidencia, seguro.

 

Reika desvió la mirada hacia las ruinas, fingiendo un interés repentino por la arquitectura antigua.

 

Ese gesto lo dijo todo.

 

Mientras tanto, al otro extremo de la zona segura…

 

Aoi de repente sintió un escalofrío helado que le recorrió la columna vertebral de arriba abajo, como si alguien hubiera caminado sobre su tumba.

 

Su cuerpo entero se tensó al instante.

 

Levantó lentamente la cabeza, apartando la cara del pelaje suave de Puddle, y miró a su alrededor con ojos muy abiertos y asustados.

 

—…¿Eh?

 

No sabía por qué. No podía escuchar lo que estaban diciendo en voz baja. No había monstruos cerca. La barrera estaba activa.

 

Pero sus instintos, esos mismos instintos que le habían permitido sobrevivir y ganar batallas imposibles, le gritaban una advertencia muy clara y primitiva.

 

Peligro.

 

Nivel de amenaza: Crítico.

 

Era la misma sensación que sentía cuando un jefe de nivel alto estaba a punto de aparecer.

 

O cuando sus hermanas mayores le sonreían demasiado tranquilas antes de obligarlo a hacer algo horrible, vergonzoso o ambas cosas a la vez.

 

—Puddle… —murmuró lentamente, mirando al slime azul que lo miraba con ojos inocentes—. Tengo un mal presentimiento… de los malos…

 

El slime emitió un sonido pequeño e interrogativo: «Blurp?».

 

Y a unos metros de distancia, Reika y Reina volvieron la cabeza al mismo tiempo hacia él.

 

Ya no hablaban. Ya no sonreían con malicia divertida.

 

Ahora lo miraban con una expresión extraña, increíblemente peligrosa, brillante y calculadora.

 

Porque en ese momento, ambas habían llegado a la misma conclusión.

 

Se habían dado cuenta de que no solo habían encontrado al estratega más brillante y capaz de todo el servido

 

Lo que tenían delante…

 

era un diamante en bruto. Una joya rara, extremadamente valiosa… y absolutamente problemática.

 

Y ambas estaban decididas a aprovechar ese potencial al máximo.

 

Después de varios minutos de conversaciones llenas de planes peligrosos e ideas que amenazaban con causar traumas irreparables en la estabilidad mental de Aoi, el ambiente finalmente pareció relajarse un poco. O al menos, esa era la apariencia externa.

 

El grupo se había reunido alrededor de una pequeña mesa de piedra situada en el centro de la zona segura, aprovechando para descansar y recuperar fuerzas antes de adentrarse nuevamente en los peligros del segundo piso. Sobre la superficie rugosa de la mesa habían dejado objetos de recuperación, pociones y algunas bebidas refrescantes que habían comprado en la ciudad principal justo antes de iniciar su ascenso.

 

Sin embargo, para Aoi, la sensación de peligro no había disminuido ni un ápice.

 

De hecho, estaba más alerta que nunca.

 

Se mantenía sentado frente a Reika y Reina, abrazando todavía a Puddle contra su regazo, apretando al slime azul como si fuera un escudo protector y su única línea de defensa contra esas dos chicas que, estaba seguro, tramaban algo en silencio.

 

Y no dejaba de mirarlas.

 

Fijamente.

 

Con una desconfianza absoluta y manifiesta.

 

Reina intentó al principio hacer como que no se daba cuenta.

 

No funcionó. La intensidad de esa mirada era imposible de ignorar.

 

—…¿Por qué nos miras así? —preguntó finalmente, dejando su vaso sobre la mesa y devolviéndole la mirada con curiosidad.

 

Aoi entrecerró los ojos, sin quitarles la vista de encima ni un segundo.

 

—Porque es obvio que ustedes dos están planeando algo a mis espaldas. Lo llevo notando desde hace rato.

 

Ambas chicas se tensaron imperceptiblemente. Fue solo una fracción de segundo, un cambio mínimo en su postura…

 

Pero fue suficiente.

 

Lo suficiente para que Aoi lo captara.

 

—¡Lo sabía! —exclamó él, señalándolas con un dedo acusador mientras seguía abrazando a Puddle con el otro brazo—. ¡Ese movimiento fue la prueba! ¡Definitivamente están tramando algo malo!

 

—No estamos tramando nada en absoluto —respondió Reika al instante, con una calma demasiado estudiada para ser verdad.

 

—¡Esa respuesta salió demasiado rápido! Eres pésima mintiendo.

 

—Es solo tu imaginación y tu paranoia —insistió ella con naturalidad.

 

—No les creo nada. Ni una sola palabra.

 

Reina soltó una risita nerviosa y bebió un trago de su bebida, buscando desesperadamente un tema nuevo que desviar la atención de sus sospechas.

 

—Hablando de otra cosa… cambiando totalmente de tema…

 

Aoi siguió mirándola con la misma intensidad.

 

—Eso fue todavía más sospechoso. Nadie cambia de tema tan rápido a menos que esté ocultando algo.

 

—¡Escuché algo muy interesante sobre el funcionamiento del juego! —dijo Reina, levantando la voz ligeramente para ganar fuerza.

 

Esa frase logró captar su atención. La guardia de Aoi bajó un milímetro.

 

—¿…Algo interesante?

 

Reina asintió lentamente, satisfecha de haber logrado distraerlo.

 

—Sí. Algo relacionado directamente con la figura más misteriosa de este servidor. La Madre de los Dragones.

 

—¡Ghf—!

 

Aoi literalmente escupió el líquido que estaba bebiendo.

 

La tos le salió de golpe, violenta e inesperada, mientras se golpeaba el pecho con el puño, luchando por no atragantarse con su propia bebida. Su rostro pasó del color normal al rojo intenso en una fracción de segundo, mezcla de la tos y del susto repentino.

 

Reika y Reina lo miraron con los ojos muy abiertos, completamente sorprendidas por esa reacción exagerada.

 

—¿Pero ¿qué fue eso? —preguntó Reika, mirando el charco que se había formado sobre la mesa.

 

Aoi seguía tosiendo, tratando de recuperar el aire y la compostura al mismo tiempo, una tarea casi imposible.

 

—¡N-nada! ¡No pasó nada! Fue solo… se me fue el líquido por el camino equivocado… ¡Sigan hablando, por favor! ¡Las escucho perfectamente!

 

Ambas chicas intercambiaron una mirada confundida. Qué reacción tan extraña y exagerada, pensaron las dos al mismo tiempo.

 

Reina decidió dejarlo pasar por el momento y continuó con su relato.

 

—Bueno… como decía. Parece que recientemente apareció una pista muy importante relacionada con ella, o al menos, con lo que anda buscando.

 

Esta vez, Aoi estaba totalmente atento.

 

Sus ojos ya no estaban sospechando de ellas, sino fijos en Reina, absorbiendo cada palabra. Intentó poner una expresión de indiferencia, como si el tema le importara poco o nada…

 

Pero falló miserablemente. Su cuerpo estaba inclinado hacia adelante, rígido y tenso.

 

—¿Ah sí…? —preguntó, tratando de sonar despreocupado, aunque sus dedos apretaban el vaso con tanta fuerza que parecía que iba a romperlo—. ¿Y qué dicen esos rumores?

 

—Hace poco, un grupo de exploradores de nivel muy alto logró llegar hasta el quinto piso —explicó Reina con tono serio.

 

—¿El quinto…?

 

Aoi abrió los ojos ligeramente, impresionado. Eso estaba muchísimo más arriba, muy lejos de donde ellos se encontraban ahora, apenas empezando el segundo nivel.

 

—Ese piso es conocido oficialmente como el Reino Sumergido de Lumeria —continuó ella—. Es un entorno completamente distinto a todo lo que hemos visto. Básicamente es un mundo acuático gigantesco. Hay ciudades flotantes inmensas, mares abiertos que tardas horas en cruzar, ruinas hundidas bajo el agua, puertos y barcos enormes… Incluso hay zonas donde los jugadores tienen que navegar sin ver tierra firme durante mucho tiempo.

 

Reika asintió, interviniendo en la conversación.

 

—Yo también escuché comentarios sobre ese lugar. Dicen que es uno de los mapas más hermosos de todo el juego, con paisajes increíbles y una iluminación espectacular bajo el agua.

 

—Y también uno de los más peligrosos —añadió Reina con seriedad—. La mayoría de los monstruos son criaturas marinas de tamaño gigantesco, capaces de hundir barcos si no estás preparado. Además, los mapas son inmensos y es muy fácil perderse o quedar aislado sin ayuda.

 

Aoi escuchaba cada detalle.

 

Y lo hacía con demasiada atención.

 

—Según los rumores más fuertes… —bajó la voz Reina, creando un ambiente de misterio—, en la parte más profunda de ese océano, donde la luz casi no llega, existe una antigua ciudad en ruinas llamada Nerathys. Se cree que fue la capital de una civilización antigua que adoraba a los monstruos marinos.

 

El corazón de Aoi dio un vuelco violento dentro de su pecho.

 

—Y dentro de esas ruinas… —continuó ella—, se ha confirmado la presencia de un ser legendario. Un Dragón Antiguo.

 

Se hizo un silencio pesado alrededor de la mesa.

 

Reika miró a su compañera con renovado interés.

 

—¿Ya saben cuál de los siete es?

 

Reina asintió lentamente, y al decir el nombre, su voz sonó más grave.

 

—Se trata del Dragón de Agua. Leviara, la Reina Abisal.

 

Solo escuchar ese título hizo que la temperatura pareciera bajar unos grados. La sola mención de un Dragón Antiguo imponía respeto y terror incluso a distancia.

 

Aoi sintió cómo un escalofrío helado le recorría la espalda de arriba abajo.

 

Otro dragón antiguo… pensó. El segundo que encuentro… entonces es verdad. Realmente están ahí afuera, cada uno en su propio piso, esperando.

 

El siguiente objetivo estaba claro: el quinto piso. Lumeria.

 

Nerathys.

 

Reina siguió hablando, ajena al caos absoluto que se estaba formando en la mente de Aoi.

 

—Muchos jugadores y teóricos del juego creen firmemente que la Madre de los Dragones terminará yendo allí tarde o temprano. Es el siguiente paso lógico en su búsqueda.

 

—Tiene todo el sentido —apoyó Reika, cruzando los brazos y reflexionando en voz alta—. Si realmente tiene esa conexión especial con los dragones y es la única que puede acercarse a ellos sin ser atacada, es imposible que ignore la existencia de Leviara. Tiene que ir.

 

Aoi bajó lentamente la mirada hacia la mesa, evitando que vieran la expresión decidida y preocupada que se había formado en su rostro.

 

Su mente trabajaba a toda velocidad, calculando rutas, tiempos, niveles necesarios, equipo…

 

Quinto piso… Leviara… la ciudad sumergida…

 

Eso significaba que tenía que llegar allí.

 

No era una opción. Era una obligación.

 

Y tenía que hacerlo rápido.

 

Porque si otros jugadores llegaban primero, o si intentaban atacar al dragón sin entender nada… no sabía qué consecuencias terribles podrían desencadenarse.

 

—¿Aoi?

 

Él levantó la cabeza de golpe, sobresaltado. Reika lo estaba mirando fijamente, con una ceja levantada.

 

—¿Eh? ¿Qué?

 

—Te quedaste totalmente callado y te fuiste a tu propio mundo de repente —comentó ella, observándolo con atención—. Estábamos hablando y de pronto te quedaste mirando la nada.

 

—¡N-no! No me fui a ningún lado… solo estaba… ah… pensando en que… eh… los dragones son temas muy interesantes. Sí. Muy interesantes y complejos.

 

Silencio.

 

Un silencio largo y pesado.

 

Reina lo observó durante unos segundos, analizando cada pequeña señal en su cara.

 

—…Esa fue, sin duda alguna, la respuesta más sospechosa que has dado en todo el día. Y mira que hemos tenido muchas sospechas hoy.

 

—¡¿Por qué todo lo que digo les parece sospechoso ahora?! ¡Solo dije que son interesantes!

 

—Porque reaccionaste como si te hubieran disparado una flecha cuando mencioné a la Madre de los Dragones al principio —respondió Reina con lógica—. Y ahora te quedas en blanco cuando hablamos de su próximo destino.

 

—¡Eso fue una coincidencia! ¡Fue el agua, te lo dije!

 

Reika soltó un suspiro profundo, como si ya estuviera cansada de intentar descifrarlo.

 

—Definitivamente ocultas demasiadas cosas, Aoi. Demasiadas para ser solo un jugador normal y corriente.

 

Aoi desvió inmediatamente la mirada hacia las ruinas del exterior, sudando frío por dentro.

 

Porque esta vez…

 

esta vez no era una pequeña mentira sobre su identidad o un secreto sin importancia.

 

Esta vez, lo que estaba ocultando era algo inmenso. Algo que podía cambiar todo lo que sabían sobre el juego.

 

Y ahora sabía exactamente hacia dónde tenía que ir.

Thoughts

  • LauraLetras

    El castigo que se convierte en descubrimiento es la mejor trampa narrativa. Reina tocando el muslo y ese gritito, eso no lo vio venir nadie. El personaje no sabe lo que es, y eso le da la profundidad: la inocencia de no conocerse a sí mismo cuando todos ya lo ven. Es donde la comedia se convierte en algo delicado. Las hermanas lo entienden sin que él lo sepa.

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