Valerius incrustado en la pared por dos palabras. Barato le salió, hombre.
Capítulo 17: una sensación de paz
El viento seguía soplando con suavidad sobre la torre más alta de la Academia Saint Aurora.
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Valerius incrustado en la pared por dos palabras. Barato le salió, hombre.
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El viento seguía soplando con suavidad sobre la torre más alta de la Academia Saint Aurora.
Gael permanecía sentado, abrazando sus rodillas mientras observaba el inmenso lago teñido de tonos anaranjados y violetas por el atardecer. No supo decir en qué momento exacto sus párpados pesaron demasiado; simplemente se quedó dormido, vencido por el cansancio y las emociones de todo el día.
...
Oscuridad total. Un vacío infinito que no tenía suelo ni cielo, solo un silencio absoluto que parecía envolverlo todo. Gael abrió los ojos despacio y miró a su alrededor.
—¿Dónde... estoy?
Nadie respondió. Pero entonces, a lo lejos, una pequeña luz comenzó a brillar: un resplandor dorado, suave y cálido, tan intenso que parecía el nacimiento de una estrella. Gael dio un paso hacia ella, y de repente escuchó una voz: serena, fuerte, que pronunciaba palabras en un idioma que jamás había escuchado.
Intentó descifrar alguna sílaba, alguna frase... pero era imposible. Sin embargo, en lo más profundo de su pecho, sintió que aquella voz le era más familiar que cualquier otra cosa en el mundo. Como si la hubiera escuchado mil veces antes, como si perteneciera a alguien que siempre había estado a su lado.
—¡Espera! —dijo alzando la voz, apresurando el paso. La luz parecía acercarse, solo necesitaba extender la mano...
Y de golpe, todo desapareció.
...
Ahora solo sentía calidez. Una espalda ancha y firme, unos pasos lentos y constantes que lo mecían suavemente. Otro recuerdo lo envolvió: tenía doce años otra vez, dormido profundamente sobre la espalda del anciano que lo había acogido. Sus pequeños brazos rodeaban con fuerza su cuello, aferrándose a su ropa para no caer.
—Abuelo... —murmuró entre sueños.
El anciano seguía caminando despacio por el sendero de tierra. A pesar de sus años, a pesar del bastón que necesitaba para apoyarse, no se quejaba ni un segundo de su peso. Gael escondió el rostro un poco más contra su espalda, y deseó con todas sus fuerzas que aquel camino nunca terminara: se sentía seguro, protegido, como si nada malo pudiera tocarlo mientras estuviera allí. Sus párpados volvieron a cerrarse, y siguió durmiendo.
...
Lo que Gael no sabía era que esta vez no estaba solo recordando el pasado. Alguien realmente lo llevaba ahora sobre su espalda.
Los pasillos de la academia estaban casi vacíos; la mayoría de las alumnas ya se habían retirado a sus habitaciones. Con paso tranquilo y firme, la profesora Selene avanzaba cargando a Gael, que para ella apenas pesaba. Una sonrisa suave apareció en sus labios cuando escuchó cómo murmuraba algo casi inaudible.
—Abuelo...
Selene bajó la mirada un instante.
—Así que estabas soñando con alguien muy importante...
Siguió caminando en silencio hasta que una voz conocida la detuvo al final del corredor.
—¿Profesora Selene?
Era Lin. Por un momento su rostro mostró una preocupación clara, pero al ver al muchacho dormido y tranquilo sobre la espalda de la maestra, soltó un suspiro de alivio.
—Lo estaba buscando. No regresó después del almuerzo y temí que...
—Lo encontré durmiendo en la azotea —explicó Selene con calma—. El entrenamiento de ayer y todo lo que ha pasado estos días terminaron pasándole factura. Necesitaba descansar.
Lin asintió lentamente, comprendiéndolo perfectamente. Selene acomodó mejor al chico para que no se resbalara.
—Ya no hay más clases por hoy. Lo llevaré a su habitación para que descanse hasta mañana. Estoy segura de que cuando despierte, volverá a ser el mismo de siempre.
Lin observó a Gael unos segundos más, luego hizo una reverencia elegante.
—Muchas gracias, profesora.
Ambas siguieron su camino por los pasillos silenciosos. Mientras tanto, Gael seguía sumergido en un sueño profundo y tranquilo. Sin saberlo, por primera vez desde que su abuelo se fue, volvía a sentir esa misma sensación de paz y protección: la de ser llevado con cuidado sobre la espalda de alguien que se preocupaba por él.
Había pasado una semana desde aquel día. Y para alivio de casi toda la academia, Gael había vuelto a ser el de siempre... bueno, más o menos.
—¡No puede ser que el día tenga tan pocas horas! —se quejaba mientras caminaba arrastrando los pies por los pasillos—. Estoy seguro de que quieren acabar conmigo...
Entre las clases teóricas, las lecciones de magia, los entrenamientos diarios con Selene y las rigurosas clases de etiqueta con Lin, apenas tenía tiempo para respirar. Sin embargo, jamás faltó a una sola cita ni puso ninguna excusa: protestaba sí, pero siempre daba lo mejor de sí.
Sus compañeras de primer año empezaron a ayudarlo con las runas y los hechizos más complicados, explicándole una y otra vez lo que no entendía. Elara casi siempre se quedaba con él repasando apuntes al salir de clase; Akane y Anastasia respondían sus mil preguntas sobre este mundo; Astrid se encargaba de decirle sin rodeos cuándo se equivocaba... y Freya lo anotaba todo: cada movimiento, cada fallo, cada pequeño avance. Y poco a poco, sin que nadie se diera cuenta del todo, los frutos empezaron a aparecer.
—Otra vez —dijo Selene con voz tranquila en la arena de entrenamiento.
Gael respiró hondo. Llevaba toda la semana intentando seguirla sin éxito... hasta hoy.
Los ojos plateados de la profesora brillaron un instante. Su figura desapareció de golpe. Pero esta vez, Gael no reaccionó solo por instinto: sus ojos lograron seguir ese destello, esa sombra casi imperceptible. Su cuerpo respondió solo, extendió la mano y... la punta de sus dedos rozó apenas la manga de su uniforme.
Un segundo después, Selene apareció unos metros más atrás.
Gael se quedó mirando su propia mano, como si no pudiera creerlo. Parpadeó varias veces y luego la miró a ella con una sonrisa inmensa.
—¡Lo logré! ¡Selene-sensei, lo vi! ¡De verdad pude seguir su movimiento! Antes parecía que mi cuerpo se movía solo, pero ahora... ¡ahora lo vi!
Selene lo observó en silencio, viendo la ilusión pura y sincera que iluminaba su rostro. Sin darse cuenta, una sonrisa cálida se formó en sus labios. Se acercó despacio y le revolvió el cabello con ternura.
—Muy bien hecho. Por fin empezaste a comprender lo que he intentado enseñarte estos días.
Gael sonrió aún más, pero ella levantó un dedo con advertencia.
—No te emociones demasiado. Hasta ahora me he estado conteniendo bastante.
El muchacho se quedó inmóvil.
—¿Y eso qué significa?
—Que a partir de hoy comienza el verdadero entrenamiento.
Gael tardó tres segundos en procesarlo.
—¿Voy a terminar más adolorido que antes?
—Probablemente —respondió ella con total naturalidad.
—Lo sabía... —suspiró él, dejándose caer en el borde de la arena.
Ambos descansaron un momento. De repente, Gael se giró hacia ella con expresión muy seria y le sujetó suavemente una pierna con ambas manos.
—Solo le pido una cosa. Si hoy me deja medio muerto... al menos déjeme volver caminando a mi habitación. ¡Por favor, no quiero que me cargue Astrid otra vez!
Desde uno de los balcones superiores, una voz resonó clara y fuerte:
—¡Te escuché!
Ambos levantaron la vista: allí estaba Astrid con los brazos cruzados y una sonrisa satisfecha.
—¡¿Ve?! —señaló Gael—. ¡Siempre oye cuando hablo de ella! ¡Da miedo!
—Tengo muy buen oído —respondió ella tranquila.
—¡Eso no ayuda! —replicó él, volviendo a mirar a Selene—. ¿Ve por qué tengo miedo?
Selene intentó mantener la compostura. De verdad lo intentó. Pero fue imposible: una risita se le escapó, luego otra, y terminó riéndose con total naturalidad. Una risa limpia, sincera, que parecía hacer olvidar el peso de los siglos sobre sus hombros.
En las gradas, Valerius dejó de leer de golpe, levantó la vista y la observó en silencio. Y Gael también se quedó inmóvil: nunca la había visto reír así. No era una sonrisa educada ni contenida... era ella misma. Y sin saber por qué, él también terminó sonriendo.
El descanso de media mañana transcurría con una calma agradable. El sol entraba por los ventanales altos del comedor, iluminando las mesas donde las alumnas de primer año conversaban animadamente entre el tintineo suave de los cubiertos y las risas bajas. Casi como siempre, Gael permanecía sentado junto a ellas, escuchando con atención cada palabra, como si quisiera guardar cada detalle en su memoria.
—Mi mamá volvió a llamarme esta mañana. Me dijo que ya le faltan mis galletas.
—La mía me envió otro vestido nuevo. Dice que el uniforme no me deja vestir como corresponde a una señorita.
—La mía prepara mi comida favorita cada vez que voy a casa, aunque diga que no coma tanto.
—La mía me escribe cartas todas las semanas, sin falta.
—Y la mía me pregunta todos los días si duermo lo suficiente, como si yo fuera a olvidarlo.
Las historias se iban sucediendo, llenas de cariño y pequeñas quejas que en el fondo solo eran muestras de amor. Gael escuchaba todo con curiosidad genuina, hasta que al final levantó la mano despacio, como si temiera interrumpir.
—¿Puedo hacer una pregunta?
Todas se callaron un instante y asintieron con amabilidad.
—Claro que sí, Gael. Dime.
Él bajó un poco la mirada, buscando las palabras adecuadas.
—Sé lo que significa la palabra "madre"... pero... ¿qué es realmente para ustedes? ¿Cómo se siente?
El ambiente se volvió más suave al instante. Todas sabían su historia: que jamás conoció a sus padres, que quien lo crió fue aquel anciano al que llamaba abuelo, y que esa figura tan especial ya no estaba.
Elara fue la primera en hablar, con voz tranquila:
—Para mí... es alguien que siempre está pendiente de ti, aunque no haya nada de qué preocuparse. Alguien que te cuida incluso cuando tú no te das cuenta.
—La mía me regaña muchísimo —dijo otra con una sonrisa tierna—, pero siempre termina ayudándome a arreglar lo que rompí o a entender lo que no sé.
—La mía insiste en enseñarme cosas nuevas, aunque yo me queje y diga que no quiero.
—La mía dice que un día tendré que caminar sola por el mundo... y por eso quiere que aprenda todo lo posible antes de que llegue ese momento.
—Cuando era pequeña pensaba que era demasiado estricta conmigo —añadió una tercera—. Ahora entiendo que solo quería protegerme de todo lo que pudiera hacerme daño.
Una tras otra fue contando pequeños momentos, distintas formas de querer, pero todas coincidían en lo mismo: alguien que cuida, que enseña, que corrige con paciencia, que desea verte crecer fuerte y seguro.
Gael guardó silencio mientras todas esas palabras se iban acomodando en su mente, como piezas de un rompecabezas que empezaba a tomar forma. Poco a poco, una sola imagen se fue dibujando con total claridad.
Elara lo observó unos segundos y una sonrisa traviesa se le escapó.
—Esa cara... ya tienes a alguien en mente, ¿verdad?
Las demás lo miraron con curiosidad. Gael levantó la cabeza despacio, todavía perdido en sus pensamientos, y respondió con la misma naturalidad con la que respiraba:
—Solo puedo pensar en Selene-sensei.
...
El comedor entero quedó en silencio absoluto. Ni una sola respiración se escuchó por unos instantes.
Y entonces...
¡PLOP!
Un grueso libro de tapas oscuras cayó al suelo con fuerza justo detrás de ellos.
Todas giraron la cabeza al mismo tiempo. Allí estaba ella: la profesora Selene, inmóvil como una estatua, con la mano todavía extendida en el aire como si no hubiera podido sostener el libro a tiempo. Sus mejillas, normalmente pálidas y serenas, estaban teñidas de un rojo intenso que bajaba hasta su cuello.
Gael tardó unos segundos en reaccionar. Miró a Selene, luego comprendió lo que acababa de decir en voz alta, y sus ojos se abrieron de par en par. Se levantó tan rápido que casi volcó la mesa.
—¡S-Selene-sensei! ¡No! ¡No quise decir eso de esa forma! —empezó a mover las manos desesperadamente—. ¡O sea... sí quise decirlo, pero no así! ¡No! ¡Eso tampoco! ¡Yo solo... ellas preguntaron qué significaba para mí y... y yo...!
Las palabras se le enredaban una tras otra, sin lograr ordenarse. Selene seguía inmóvil unos segundos más, respiró hondo una vez, luego otra, y se agachó muy despacio para recoger el libro del suelo. Cuando volvió a levantar la vista, no lo miró directamente a los ojos, y su voz, normalmente firme y serena, sonaba un poco más baja de lo habitual.
—No digas... estupideces sin sentido.
Se dio media vuelta y comenzó a alejarse con paso tranquilo, aunque quien la conociera bien habría notado que caminaba un poco más rápido de lo normal. No fue hasta que desapareció por el pasillo que el murmullo volvió poco a poco al comedor.
Elara rompió el silencio con voz suave:
—Creo... creo que la dejaste muy avergonzada.
—Nunca la había visto así —dijo otra chica—. Estaba completamente roja.
Gael seguía mirando hacia donde se había ido, totalmente confundido.
—¿Roja? Yo no vi nada raro... solo estaba diciendo lo que sentía...
Las compañeras se miraron entre sí y empezaron a sonreír, casi al mismo tiempo. Porque todas habían visto algo que él, demasiado ocupado intentando explicarse y disculparse, jamás llegó a notar: cómo, justo antes de darse la vuelta, las comisuras de los labios de Selene se habían alzado muy levemente, en una sonrisa tan pequeña y tan suave que nadie más que ellas pudieron haber percibido.
Selene caminaba por los pasillos silenciosos a paso firme, sujetando el libro contra el pecho con ambas manos. Por fuera, su postura seguía siendo impecable, elegante y serena. Pero por dentro...
“¿Cómo se le ocurre decir una estupidez así con esa naturalidad...?”
Suspiró con fuerza, pasándose una mano por la frente.
“Me tomó totalmente desprevenida... Cinco siglos de vida, y pierdo la compostura por culpa de un muchacho que apenas está empezando a entender el mundo... Definitivamente es un desastre.”
—Selene.
—¡¡KYAAAH!!
Dio un salto involuntario, girándose de golpe con la mano sobre el pecho. Allí estaba Valerius, observándola con su habitual expresión impasible.
—Llevo un rato llamándote —dijo él con calma.
Selene respiró hondo varias veces intentando recuperar el aliento, y lo señaló con el dedo índice.
—¡¿Qué te pasa?! ¡Apareces de la nada con esa cara de tumba y cualquiera salta por los aires!
Valerius parpadeó una sola vez.
—Nunca antes te había visto gritar así. Ni tan alterada.
Ella carraspeó de inmediato, enderezó la espalda y en un instante recuperó toda su compostura habitual.
—Solo estaba distraída. Nada más.
El profesor la miró unos segundos más, sin parecer convencido, pero decidió no insistir.
—La directora Evelyn te busca. Quiere tratar algunos asuntos de la academia.
—Entiendo. Gracias por avisarme.
Siguió su camino, sintiendo por fin un poco de alivio. “Menos mal... no escuchó lo que dijo Gael. Si se entera, se burlará de mí durante los próximos cien años...”
Apenas terminó de pensarlo, la voz tranquila de Valerius volvió a llegarle desde atrás:
—Mamá Selene.
...
Selene se quedó clavada en el sitio. Muy despacio giró solo la cabeza. Él seguía allí, con los brazos cruzados y una sonrisa minúscula, casi invisible, en la comisura de los labios.
—¿Qué... acabas de decir? —susurró ella con voz que empezaba a temblar de otra manera.
—Nada importante —respondió él con total tranquilidad—. Solo me pareció que ese nombre te queda bastante bien.
Un silencio absoluto envolvió el pasillo. Y cinco segundos después...
¡¡¡BOOOOOOOM!!!
Una explosión sacudió todo el corredor, haciendo vibrar las lámparas y las paredes.
Minutos más tarde, un par de alumnas que pasaban por allí se detuvieron heladas.
—¿Profesor Valerius...?
El hombre estaba perfectamente consciente, pero completamente incrustado en la pared de piedra: solo sobresalían la cabeza, un brazo y parte de las piernas, como si alguien lo hubiera lanzado con una fuerza inimaginable.
—¿Quién... hizo esto? —preguntó una de ellas con voz temblorosa.
La otra señaló el enorme agujero con la mirada.
—Creo que... fue la profesora Selene.
Valerius soltó un suspiro muy leve.
—Supongo... que esta vez me pasé de la raya.
Y así, el profesor más temido de toda la academia comprendió al fin que había una sola persona con la que jamás debía bromear cuando se trataba de ciertos sentimientos.
Selene respiró hondo varias veces antes de llegar al despacho de la directora, intentando borrar de su mente tanto el comentario de Gael como la broma de Valerius. “Ya pasó… solo fue un momento incómodo. Seguro que nadie más se enteró”, se repitió para sí misma mientras golpeaba suavemente la puerta.
—Adelante —respondió la voz de Evelyn.
Entró con su habitual porte elegante.
—Disculpen la demora.
Pero apenas levantó la vista, algo no encajaba. Al otro lado del escritorio, junto a la directora, estaban Akane, Anastasia, Astrid y Freya. Las cinco permanecían en un silencio sospechoso, con los labios apretados y los hombros temblando levemente, como si estuvieran aguantándose la risa con todas sus fuerzas.
Selene entrecerró los ojos. Una pequeña vena comenzó a marcarse en su frente.
—¿Qué es tan gracioso?
—Nada —dijeron todas al unísono.
—Absolutamente nada.
—No pasa nada.
—Todo está perfectamente bien.
—Sí…
El silencio volvió a caer, pero ahora con más tensión que antes. Selene suspiró cruzándose de brazos.
—Las conozco demasiado bien. ¿Quién les contó?
Freya levantó la mano con total tranquilidad.
—Yo.
—¿Y cómo exactamente?
Sin decir palabra, Freya sacó una pequeña cámara mágica de su bolso, la colocó sobre el escritorio y activó la reproducción. De inmediato apareció una imagen luminosa y nítida del comedor: se veía a las chicas conversando, a Gael pensativo, y luego el momento exacto en que él decía con inocencia absoluta:
—Solo puedo pensar en Selene-sensei.
El video continuaba mostrando el golpe seco del libro al caer, y su propio rostro teñido de un rojo intenso que ella misma sentía ahora volver a sus mejillas.
La habitación quedó muda. Selene observó la grabación hasta el final, cerró los ojos muy despacio y apretó el puño con fuerza.
—Freya…
La chica tragó saliva.
—¿Sí, profesora?
—Si ese video sale de esta habitación —dijo ella con una sonrisa que parecía demasiado amable para ser verdad—, les dejaré tarea y ejercicios prácticos suficientes para que estén ocupadas hasta el día en que se gradúen.
Las cuatro sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.
—¡Jamás se lo enseñaríamos a nadie! —aseguró Akane levantando ambas manos.
—¡Ni una sola copia! —añadió Astrid.
—¡Lo prometemos! —dijo Anastasia con una sonrisa nerviosa.
Freya guardó la cámara a toda velocidad.
—Ya está… bueno, casi borrada…
—Freya —advirtió Selene con voz firme.
—¡Ya la borro ya!
La directora Evelyn soltó una risita suave. Selene se giró hacia ella sorprendida.
—¿Directora?
—Sinceramente —dijo ella apoyando las manos sobre el escritorio—, me alegra mucho ver esto.
Selene parpadeó confundida.
—¿Eh?
—Ese chico ha encontrado en ti a alguien a quien realmente valora —explicó Evelyn con calma—. Cuando le preguntaron qué figura tenía en mente al pensar en alguien que cuida, enseña y protege… no tuvo que pensarlo mucho. Solo pensó en ti.
Selene bajó la mirada y suspiró largamente.
—No es que me moleste —confesó bajito—. Simplemente… me tomó totalmente desprevenida.
Anastasia sonrió con picardía.
—Entonces ya lo acepta.
—¿Aceptar qué? —preguntó Selene mirándola de reojo.
—Que para Gael usted ya es como una madre.
…
Un silencio breve llenó el cuarto. Selene suspiró resignada.
—Supongo… que sí.
—¡Lo admitió! —exclamó Anastasia triunfante.
¡TOC!
Un golpe suave pero preciso cayó sobre su cabeza.
—¡Ay! —se quejó llevándose las manos a la coronilla—. ¡Profesora!
—Eso fue por hablar de más —respondió Selene recuperando la mano con total tranquilidad.
Astrid estalló en una carcajada que no pudo contener; Akane también soltó la risa; Freya escondió la cara detrás de su cuaderno; y hasta Evelyn sonrió con ternura. Selene las miró a todas una por una, negó con la cabeza fingiendo desaprobación y murmuró:
—Definitivamente… ese muchacho ya les ha contagiado sus malas costumbres.
Pero al final, a pesar de intentar mantener la compostura, una sonrisa pequeña, cálida y completamente sincera se dibujó en sus labios.
La reunión concluyó casi una hora después. Durante todo ese tiempo repasaron con detalle los planes de evacuación, las rutas de seguridad, la distribución de las profesoras y cada paso del protocolo que activarían cuando el sello que contenía a la Calamidad de Tauro comenzara a fallar.
Quedaban menos de dos meses. Y todos en esa sala sabían que el tiempo empezaba a agotarse.
Una a una, Akane, Anastasia, Astrid y Freya se despidieron y salieron del despacho. Cuando la puerta se cerró tras ellas, solo quedaron dos personas en la habitación: Selene y la directora Evelyn.
Durante unos instantes reinó un silencio tranquilo y pesado a la vez. Fue Selene quien lo rompió.
—Sinceramente no esperaba que usted se sumara a las bromas por lo de Gael.
Evelyn arqueó una ceja mientras acomodaba unos papeles sobre el escritorio.
—¿Por lo que dijo en el comedor?
—Exactamente —suspiró Selene pasándose una mano por la frente—. Nunca imaginé que soltaría algo así delante de medio comedor, y con esa naturalidad…
—Ni yo —admitió Evelyn con una pequeña risa que pronto se tornó nostálgica—. Aunque… después de saber un poco más sobre él, todo empieza a tener sentido.
Selene la miró con atención.
—¿Saber más?
La directora asintió lentamente.
—Cuando decidí aceptarlo en la academia, pedí que investigáramos todo lo posible sobre su pasado. Primero hablé con las alumnas que lo conocen desde que llegó: todas coinciden en lo mismo: un muchacho sin recuerdos, criado por un anciano, sin familia ni origen conocido. Quise confirmar si era verdad.
—¿Y lo era?
—Sí —respondió Evelyn con seriedad—. Pero lo extraño es lo que no aparece en los registros. Según los archivos oficiales, Gael aparece por primera vez hace tres años. Tenía doce años. Fue inscrito bajo el cuidado de un anciano que vivía en el sur de Chile. Su nombre… Gael Valdez.
—¿El mismo que usa ahora?
—Exactamente. Todo indica que, al no recordar el suyo propio, decidió tomar el nombre del hombre que le dio un hogar.
Selene esbozó una pequeña sonrisa triste.
—Eso es muy propio de él.
Evelyn pasó la hoja y su expresión cambió por completo.
—El problema empieza aquí. Consulté registros civiles, archivos mágicos, hospitales, escuelas… recurrí a contactos que me deben favores desde hace décadas. Y no encontramos absolutamente nada. Ningún rastro anterior a esos tres años. Ni partida de nacimiento, ni familiares, ni antecedentes escolares, ni siquiera otro nombre.
Cerró el expediente con un golpe suave pero claro.
—Es como si… nunca hubiera existido antes de aparecer en la puerta de aquel anciano.
Selene bajó la mirada, procesando cada palabra.
—Una vida que empieza de cero… sin ningún rastro de lo que hubo antes.
—Así es —confirmó Evelyn—. He dedicado siglos a investigar desapariciones, reencarnaciones, guardianes y anomalías ligadas al poder primordial. Jamás me he topado con algo así. Parece como si alguien hubiera borrado por completo su existencia… o como si simplemente hubiera aparecido en este mundo hace apenas tres años.
El silencio volvió a llenar el cuarto. Selene recordó la cara inocente de Gael, sus preguntas constantes, la forma en que miraba todo como si fuera totalmente nuevo… y esa soledad callada que se escondía detrás de cada sonrisa.
—Pobre niño… —susurró con voz entrecortada.
Evelyn miró hacia la ventana, donde empezaba a caer la tarde.
—Por eso quiero que recupere sus recuerdos poco a poco, con cuidado. Porque si realmente es quien creemos que es… su pasado podría decidir el destino de todo este mundo. O… terminar destruyéndolo por completo.
Thoughts
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PermalinkValerius incrustado en la pared por dos palabras. Barato le salió, hombre.
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PermalinkLo del apellido fue lo que más me pesó del capítulo. Un muchacho que no tiene nada antes de los doce y se queda con el apellido del viejo que lo recogió, y Evelyn, con siglos de oficio, no le encuentra ni una partida.
A mí eso me huele a que la voz dorada del sueño, la del idioma que no entiende pero le suena de toda la vida, viene de antes de esos tres años. Y con el sello de Tauro fallando en menos de dos meses, le apuesto a que se entera de quién era justo cuando menos le conviene.