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Capítulo 15 — Ecos del olvido

AYClover

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La Luna no bajó la voz.

Su voz no necesitaba fuerza. La cueva era su amplificador.

—Dos —dijo sin mirar arriba—. Suban a las salientes.

Dos lobos se separaron del grupo sin hacer un solo sonido. Saltaron a las rocas que colgaban sobre la boca de la cueva como dientes partidos.

Altas y angostas.

Perfectas para ver sin ser vistos.

—Si se aproximan —continuó—, un aullido largo. Uno solo.

Los lobos se quedaron quietos, con los ojos fijos en la oscuridad del exterior.

Afuera, la niebla se abrió un palmo.

Varko tropezó.

Uno de los perros más grandes lo había tomado del abrigo y lo arrastraba hacia adelante, gimiendo bajo.

No ladraba.

No avisaba.

Solo tiraba, como si algo lo llamara desde adentro.

—¡Suéltalo! —maldijo otro gitano, pero no se acercó a ayudar.

La Luna giró hacia Amaya.

La luz fría de sus ojos no parpadeó.

—Amaya. ¿Recuerdas a un niño de unos doce años?

El nombre no salió.

Solo la edad.

—Fue después de que Stefan te golpeara. Cuando decidiste ir por Marta.

Amaya frunció el ceño. Sus manos se apretaron en el pelaje que la cubría.

—¿De qué estás hablando?

La voz le salió rota, como si no la usara desde hacía años.

Dos metros.

Varko estaba a dos metros de la boca de la cueva.

La nieve estaba pisada, revuelta.

Huellas humanas entrando.

Huellas de animales entrando.

Ninguna saliendo.

Se agachó. Pasó dos dedos por el borde.

Todavía guardaban el frío reciente.

—Entraron. Aún no salen —dijo.

Su aliento desprendió un vaho corto.

Amaya cerró los ojos un segundo.

Algo se movió detrás de ellos.

—Soñé con alguien del pueblo —dijo en voz baja—. Un chico. Estaba cazando. Tenía miedo.

Abrió los ojos.

—Pero fue un sueño. Solo eso... Me desperté con nieve en la boca.

La Luna asintió, como si aquello fuera exactamente lo que esperaba.

—No fue un sueño. Fue memoria. La sentiste como sueño porque te convenía.

Varko se levantó.

La cara le brillaba de sudor frío, aunque el aire cortaba.

—Cinco minutos —dijo—. Si no sale nadie, entramos.

Miró a sus hombres.

—La orden es la misma. Disparar. Dejar con vida a la Bari. El resto se elimina.

El aire dentro de la cueva se hizo más denso.

Stefan notó que Zaira se había puesto un paso delante de él sin darse cuenta.

La Luna extendió la mano.

El espacio entre ellos se onduló, como si la piedra sudara frío.

—Miren —dijo—. No como humanos.

Hizo una pausa.

—Como ellos.

Arriba, en las salientes, uno de los lobos inclinó la cabeza.

Abajo, Varko levantó el arma.

El tiempo empezó a correr.

La Luna cerró los dedos.

El aire dentro de la cueva se rasgó como papel mojado y el frío cambió de olor.

Ya no era piedra húmeda...

Era bosque...

Tierra removida...

Sangre vieja.

En el centro se formó la imagen.

No era nítida.

Más bien, parecía un recuerdo visto a través del agua.

Era un chico de doce años, de cabello castaño, cortado a cuchillo; hombros delgados bajo un abrigo demasiado grande.

Cargaba una escopeta que le quedaba pesada.

A su lado, un hombre mayor lo miraba con orgullo tenso.

Gabriel Kovac, su padre.

—Por ahí se fue —dijo el hombre, señalando el rastro de una liebre escurridiza—. No la pierdas de vista, Byron.

El chico asintió.

No veía al pequeño animal. Sus ojos habían captado una sombra más grande.

Blanca.

Conocida.

Una loba que no debería existir.

Afuera, Varko alzó la mano.

—Perros primero. Tú, Doru, lleva la luz.

Doru, un hombre delgado y de ojos rápidos, asintió.

Era el tipo de gitano que sabía salir de cualquier problema hablando.

—Voy por una rama. Amarraré la linterna de aceite en la punta y entro primero al centro, si ustedes cubren los flancos.

Nadie discutió. Solo asintieron.

Doru siempre hacía el trabajo sucio.

Dentro de la visión, Amaya se reconoció.

No como humana.

Como era entonces:

Lachi, la loba blanca.

La imagen mostró a Gabriel, un pueblerino de Vatra.

Aquel día, el carpintero había llevado a su hijo Byron hasta aquella zona de caza antes de que cayera la noche.

Era un terreno más allá de la tierra de los molinos, en el monte de Dren, al pie de las montañas Kruss. Los hombres del pueblo conocían bien aquellas tierras.

Durante los inviernos más duros, muchos salían a buscar liebres y otras presas pequeñas entre las montañas.

Pero no eran los únicos que iban allí a cazar.

Aquella noche, Lachi seguía el mismo rastro que los cazadores.

En lugar de alejarse, se acercó por curiosidad al verlos.

El olor a hierro y sudor humano la llamaba.

Pero algo la detuvo.

Pólvora...

El olor le quemó el hocico.

Retrocedió un paso.

Tarde.

Los ojos del chico la encontraron.

Byron dejó a su padre atrás y la siguió.

No por orden.

Por obsesión.

«Si la mato, mi padre me mirará diferente», parecía decir cada paso.

«Seré un hombre».

El chico la recordaba bien.

Lachi cazaba habitualmente en los alrededores de Vatra, donde el pueblo la llamaba «fantasma del bosque».

La plaga con patas les robaba lo poco que tenían.

Animales pequeños como gallinas y pollitos, corderos recién nacidos.

Todo aquello que los zorros no alcanzaban y que se ajustara a su hambre.

Pero esa noche no estaba allí por hambre.

Byron quería ser quien la matara.

Quería que, después de hacerlo, lo miraran con respeto.

La Luna no habló.

Solo sostuvo la imagen.

Afuera, Varko bajó la voz.

—Ya es hora.

Miró a sus hombres.

—Entren.

Los primeros pasos crujieron sobre la piedra.

La cueva los tragó.

En la visión, Byron levantó la escopeta.

Temblaba. Pero apuntó.

El disparo salió antes que la cordura.

Lachi sintió el ardor.

Una línea de fuego le recorrió la pata delantera hasta casi la cadera.

La sangre manchó la nieve.

Aulló.

No de miedo.

De rabia.

En lugar de huir, se volvió.

Dientes al descubierto.

Garras escalofriantes.

Toda su impulsividad a la vista.

Eso es lo que era en ese momento.

Lo que siempre había sido.

Byron retrocedió, recargando con dedos torpes. Y entonces, a varios metros, la voz de un hombre mayor rompió el silencio del bosque.

—¡Byron!

El nombre quedó colgado en el aire.

La Luna cerró la mano.

La imagen se rompió en negro.

Amaya volvió a la cueva de golpe.

El sabor a cobre le llenó la boca, aunque no tenía ninguna herida.

Sangre...

La de Byron...

La había probado.

Una parte de ella se revolvió y un asco frío le subió por la garganta.

Otra parte... Recordó el calor de la mordida.

El poder de derribar algo que te apunta.

No sintió culpa.

Solo reconoció que le gustó.

Y se odió por ello.

Se puso en guardia frente a la Luna.

Los hombros tensos.

Los dientes apenas visibles.

El cuerpo listo para atacar o huir.

Su voz salió baja y gutural.

—Solo...

No pudo continuar.

Algo no cuadraba con sus propias palabras.

«¿Solo me defendía?»

La Luna no retrocedió. Pero resolvió ayudar con las dudas.

Su voz llegó baja, sin fuerza, ocupándolo todo.

—Defenderte está bien, Amaya.

Hizo una pausa viendo cómo la mirada de la jóven mostraba... Confusión.

—Solo que tus acciones no acompañaron a tus intenciones en ese momento.

Amaya tembló por la rabia contenida.

Y por la verdad que empezaba a aflorar en la boca se su madre.

—Podría recordártelas —añadió la Luna—. ¿O eliges olvidar todo ahora que lo has visto?

Detrás, Stefan se llevó la mano a la garganta sin darse cuenta.

Tragó en seco.

Su cuerpo recordó el filo de aquellos colmillos, aunque su mente no quisiera.

Se obligó a creer que había sido un sueño.

Pero había escuchado demasiado esa noche.

Zaira, en cambio, se cubrió la boca con ambas manos.

Cerró los ojos con fuerza.

No necesitó ver la escena completa para imaginar al padre, Gabriel, gritando aquel nombre en el bosque.

Sabía lo que era perder. Y sabía que ya no había reclamo que devolviera a un hijo.

El silencio se rompió.

Lejos.

Muy lejos dentro de la cueva, llegó un aullido bajo.

No era de los lobos de la Luna.

Detrás de ese aullido llegaron gemidos.

Ladridos cortos.

Los perros de Varko.

La Luna no apartó los ojos de Amaya.

—La razón de tu castigo, como lo llamas —dijo—, es preservar tu humanidad.

Amaya frunció el ceño.

No entendía.

No quería entender.

Afuera, pasos pesados se aproximaban.

Más cerca que antes.

Uno de los lobos de las salientes entró corriendo, con el pelaje erizado y el pecho agitado.

Se lanzó a los pies de la Luna y emitió un bufido bajo.

No había aullado antes. Los humanos no le habían dado la oportunidad.

Se habían movido en silencio, pegados a la roca, usando la cueva misma como cobertura.

Una jugada envidiable.

La Luna asintió, como si esperara la noticia.

—No es necesario entretenerlos más tiempo —dijo en voz alta, para todos—. Déjenlos entrar.

Sus ojos brillaron fríos.

—Y si logran salir... déjenlos salir también.

Stefan la miró de golpe.

Zaira contuvo el aire.

La Luna ya había planeado algo.

Algo que no requería matar a Varko en la boca de la cueva.

El aullido de un lobo joven cortó el aire.

Luego, dos disparos secos.

Los chillidos apagados de los perros se colaron por la piedra.

Dos vidas se apagaban contra la tierra fría.

Amaya apretó los puños.

No por los perros.

Por lo que venía.

La Luna volvió a ella.

—Yo pedí una hija —dijo, simple—. No una mascota. Por eso eres «Amaya» para mí.

Su voz no cambió de tono, pero el peso aumentó.

—Pero un humano que arrebata la vida a otro por placer merece un castigo justo. Esta vez te lo dejaré pasar. Pero no habrá una segunda. Aunque seas mi hija.

El silencio que siguió fue peor que un grito.

Zaira y Amaya se miraron sin quererlo.

Las mismas palabras resonaron en ambas cabezas:

«¿Cómo que pidió una hija?»

La duda quedó colgada en el aire, densa, sin respuesta.

La Luna lo vio en sus caras.

Sabía lo que estaban pensando.

Pero ya no había tiempo.

Los pasos estaban en la boca de la cueva.

Atravesaron el pasillo largo y bajo.

La piedra les rozaba los hombros.

El aire se hacía más frío y más viejo con cada paso.

Los perros ya no gemían.

Solo quedaba el goteo del agua y el roce de las botas contra la roca húmeda.

Salieron a la caverna.

Abierta.

Alta.

Con el techo perdido en la oscuridad, como si no existiera. El mismo tipo de espacio que la Cabaña de los Lamentos, pero excavado por el tiempo en lugar de por un humano.

Ahí estaban.

La Luna, que había contraído su luz antigua, asemejándose más a un humano.

Los lobos...

Y Amaya, que todavía temblaba, pero esta vez de impotencia.

Pero faltaban Stefan y Zaira.

No estaban por ningún lado.

Al frente, Varko dirigía.

Doru, dos pasos detrás, sostenía la linterna de aceite, que temblaba con su mano.

Los hombres restantes estaban en formación de semicírculo, con las armas apuntando bajo, cubriendo los flancos como habían planeado.

Se plantaron en seco.

No encontraron monstruos.

Solo había dos mujeres.

Una de ellas, rodeada de lobos como si fueran su abrigo.

Y la otra, en el centro, como si la caverna fuera suya.

Por un segundo, nadie respiró.

Varko bajó el arma dos centímetros.

Calculando.

—La Bari —dijo.

Su voz rebotó en la piedra y volvió multiplicada.

—Viva, como pedí. Encuéntrenla.

El espacio era inmenso para una sola linterna. Y la oscuridad se hacía cada vez más intimidante.

Los ojos de Varko se clavaron en Amaya.

La recorrieron, grabando cada facción de su ser. Los demás escanearon con la vista el lugar, forzando sus ojos a devorar las penumbras.

Buscaban sangre, marcas de otros lobos, algo que justificara los chillidos de sus perros y a los atacantes.

No vieron nada.

Solo a una chica con los puños cerrados y la respiración rota, en medio de lobos jóvenes.

—No disparen —dijo la Luna sin alzar la voz—. Todavía.

Varko sonrió por la comisura.

Ese tipo de sonrisa que no llega a los ojos.

—Todavía —repitió—. Me gusta esa palabra.

Dio un paso más adentro.

Los lobos no se movieron.

La orden estaba dada.

Pero sus dedos en el gatillo no aflojaron.

—Terminemos con esto —dijo—. Yo pregunto, tú respondés.

Hizo una pausa.

—Pero... empezaremos por la niña.

Señaló a Amaya con el cañón.

—¿Dónde está el resto de tu manada? ¿Cuántos son? ¿Dónde escondiste a la gitana?

Amaya no respondió.

No podía.

Si hablaba, iba a rugir.

La Luna dio un paso al frente.

Puso su cuerpo entre Varko y Amaya sin tocarla.

—Pregunta mal —dijo— y obtendrás la respuesta que merecés.

El eco se tragó la última palabra.

Afuera, la noche se cerró un poco más.

Y en la oscuridad, las vidas de dos eran resguardadas.

La Luna no se movió.

Varko sí.

Dio un paso más adentro.

La luz de la linterna barrió el suelo de la caverna, buscando algo que justificara el miedo que le tenía a ese lugar.

No encontró nada.

Solo piedra, sombras y el brillo bajo de unos ojos de lobo en la periferia.

—Última oportunidad —dijo—. ¿Dónde está la gitana?

Amaya seguía sin responder. Su mandíbula temblaba de contención.

Si abría la boca, no saldrían palabras.

La Luna inclinó la cabeza, como quien evalúa si vale la pena explicarle algo a alguien que ya decidió no entender.

—No está escondida —dijo—. Está donde siempre estuvo.

Varko frunció el ceño.

—¿Jugando a los acertijos ahora, vieja? No tengo tiempo.

—Nadie lo tiene —respondió la Luna—. Por eso no deberías desperdiciarlo apuntando a la persona equivocada.

Doru tragó saliva.

La linterna le temblaba más. La oscuridad en los bordes de la caverna parecía respirar, como si algo se moviera justo fuera del alcance de la luz.

Uno de los hombres de Varko rompió el silencio sin querer.

—Jefe... ¿escuchaste eso?

No había sonido.

Solo el goteo del agua. Pero todos lo sintieron.

Como si los estuvieran rodeando.

Varko no bajó el arma.

—No me gustan los trucos. Saca a la gitana ahora o empiezo a llenar el aire de polvora.

La Luna sonrió.

No fue una sonrisa amable.

—Adelante.

El eco de la palabra rebotó en la piedra.

Amaya entendió primero.

Se puso delante de la Luna sin pensar, el cuerpo entre ella y los cañones.

—No —dijo.

La voz salió rota, pero firme.

Varko la miró como si recién la viera de verdad.

—¿Así que eres tú quien manda ahora?

—No —dijo Amaya—. Ella manda.

Y por primera vez desde que entró a la caverna, Varko sintió algo que no era seguridad.

Dudó.

En la oscuridad, Zaira contuvo el aliento.

Stefan tenía la mano en el cuchillo.

Y la Luna no hizo nada.

Solo esperó.

Porque la respuesta que merecía Varko iba a dársela él mismo.

La Luna no respondió con palabras.

Primero puso la mano en el hombro de Amaya.

Un contacto breve, frío, que pesó como una orden antigua.

«Vuelve. Con los tuyos. Como al principio».

Amaya tembló.

No quería obedecer, pero obedeció. Dio dos pasos atrás, hasta quedar flanqueada por los lobos jóvenes.

Rodeada otra vez, como al inicio.

La Luna sonrió. No era burla abierta.

Era peor.

Era la burla de quien ya vio cómo termina esto.

—Tonto el que no entienda... —dijo bajo, mirando a Varko—. Dicen sus leyendas que los hijos de la Luna no mueren. Ellos solo "Regresan".

Cambió una palabra.

Solo una.

Pero bastó para que el peso de la historia se sintiera en la piedra.

Se movió después.

Elegante.

Lenta.

No caminó hacia Varko.

Caminó entre los hombres, poniendo su cuerpo donde los cañones apuntaban.

Se aseguró de no cruzar la línea donde la oscuridad era más densa, donde la respiración de Zaira y Stefan se hacía más pesada por momentos.

Respiraciones que venían de todos lados y de ninguno a la vez.

Varko la siguió con la vista, los nudillos blancos sobre el arma.

—¿Quién te crees que eres? —escupió—. No sabes nada de mi pueblo, nada de mi gente. No eres más que una vieja jugando a ser diosa. Otra paya sin importancia.

La Luna no se ofendió.

—No necesito saber de tu pueblo —dijo—. Solo necesito saber de ti.

El hombre a la izquierda de Doru no aguantó más.

Parçalo, veinte años, el más joven de todos y el más testarudo, sintió escalofríos.

Las sombras se estiraban desde el suelo y el techo, como si la linterna de aceite proyectara algo que no debería moverse.

Subían por sus botas.

Le rozaban los tobillos.

Entonces, un dedo se cerró sobre el gatillo antes de pensar.

¡Bang!

El disparo reventó el silencio.

Los trece lobos gruñeron al unísono.

Un sonido bajo y profundo que hizo vibrar la piedra bajo los pies.

Solo Amaya no gruñó.

Se contuvo.

Pero sus dientes crujieron y su corazón se desbocó como si ya estuviera corriendo.

La caverna dejó de ser un refugio.

Se volvió una trampa.

La Luna no se inmutó.

—Ya está hecho —dijo—. Ahora verán lo que ocurre con los necios.

La Luna no se movió.

Los trece lobos sí.

Atacaron como una marea gris, sin orden ni aullido previo.

Solo dientes y sombra.

Los gritos brotaron.

El primero fue de Doru.

La linterna se le cayó de las manos. El aceite se derramó sobre el suelo y la llama prendió durante un segundo sobre una pequeña mancha de musgo seco y restos de ramas acumulados entre las piedras.

Bastó para iluminar los colmillos, las garras y los ojos amarillos.

El crujido de huesos no se hizo esperar.

Parudó cayó de rodillas, el antebrazo partido por la mordida de un lobo gris.

Soltó el arma y no volvió a levantarla.

Los alaridos llenaron la caverna.

Un disparo salió sin querer.

La bala rebotó en el techo y se clavó en el hombro de Baró, que estaba a la derecha.

Tañó maldijo, se giró y el arma se trabó antes de que pudiera responder.

La Luna caminaba.

No corría.

No se agachaba.

Caminaba entre ellos como quien recorre su propia casa, con la palma abierta y los dedos moviéndose apenas.

Cada vez que un cañón se alzaba hacia un lobo, el percutor fallaba.

La corredera quedaba muerta.

Si alguien apuntaba a la Luna, el arma se disparaba sola contra la pared o hacia el hombre de al lado.

No tocaba a nadie.

Pero sus ojos no estaban en Varko.

Estaban en Amaya.

Amaya seguía contenida.

Temblaba.

Los dientes le crujían mientras veía cómo sus hermanos peleaban por ella y ella no podía moverse.

Pero dentro de su cabeza algo empezaba a despertar.

No era una voz.

Eran varias.

Antiguas e instintivas.

«Ataca».

«Mátalos».

«Son intrusos».

«Defiende tu territorio».

«Vuelve a ser Lachi».

El cuerpo le pedía obedecer.

La sangre recordaba demasiado bien lo fácil que era hacerlo.

La Luna la evaluaba con cada paso, como quien pesa una espada antes de decidir si debe desenvainarla.

Varko gritaba órdenes que nadie seguía.

—¡Fuego! ¡Mátenlos! ¡Mátenlos a todos!

Pero sus hombres ya no veían lobos.

Veían sombras más rápidas que la luz.

Veían sus propias armas volverse inútiles.

Veían a la Luna avanzar sin prisa.

Y eso era peor que cualquier mordida.

Uno se quebró.

Coró soltó el arma y cayó de rodillas, llorando.

—¡No es natural! ¡No es natural!

Un lobo joven pasó junto a él sin tocarlo.

Tenía órdenes.

Otro hombre cayó detrás.

Crujido de huesos otra vez.

Gruñidos que no eran humanos.

Llantos que sí.

En dos minutos, todo terminó.

Los hombres de Varko estaban desarmados, heridos o acurrucados contra las piedras.

Los trece lobos respiraban sobre ellos, rodeándolos, pero no mataban.

La orden estaba clara.

Varko quedó de pie, solo, sin munición.

Sin hombres.

Mirando a la Luna, que ahora se detenía frente a Amaya.

El fuego de la linterna murió.

La caverna quedó a oscuras.

Solo permanecieron el brillo de los ojos de los lobos y el resplandor pálido de la Luna.

El tormento había terminado.

La Luna no miró a Varko.

Puso dos dedos en la frente de Amaya, justo entre los ojos, un poco más arriba.

Amaya seguía temblando.

Las voces aún susurraban.

Ataca...

Mata...

¡Defiende!

...Vuelve.

La Luna cerró los ojos un instante.

—Tus impulsos no son tus demonios, Amaya —dijo en voz baja, solo para ella—. Ellos están aquí.

Deslizó apenas los dedos sobre su frente.

—Te susurran que mates. Que ataques antes de que puedan tocarte. Que vuelvas a ser el animal que defendía su territorio sin preguntarse si estaba bien o mal.

Amaya apretó los dientes.

Una lágrima le resbaló por la mejilla.

—Pero esos demonios no deciden por ti.

La Luna abrió los ojos.

La luz fría volvió a clavarse en los de ella.

—Puedes escucharlos.

Una pausa.

—Lo que no puedes hacer es entregarles las riendas.

Amaya respiró con dificu

Thoughts

  • Ovid

    Que la Luna diga que pidió una hija y no una mascota, delante de Zaira y Amaya, le da la vuelta a todo lo que sabíamos de ella. Apuesto a que el próximo capítulo empieza con esa pregunta en la boca de las dos, y que Amaya no va a querer oír la respuesta. Ojalá no tardes mucho en contarlo :)

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  • dolar_bajo_el_colchon

    Ese chamo de doce años disparando para que el papá lo mire distinto, y del otro lado Amaya, que no siente culpa, solo reconoce que le gustó y se odia por eso. Los dos andaban buscando lo mismo esa noche en el monte de Dren: que alguien los viera. La Luna se lo deja pasar una vez y avisa que no habrá segunda, con todas esas voces pidiéndole que vuelva a ser Lachi. Apuesto a que esa segunda llega antes de salir de la cueva, y con Varko delante.

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La Luna no bajó la voz.

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