Tras salir del orfanato, volví a encontrarme a la deriva.
No tenía un lugar particular al que ir.
Ni una casa.
Ni dinero.
Ni siquiera estaba seguro de poseer una identidad válida.
Así que intenté ordenar mis problemas según su prioridad.
Todavía faltaba aproximadamente un mes para que se abriera el segundo piso de la Torre.
Antes de eso, necesitaba organizar mi vida actual.
Conseguir una fuente de ingresos.
Un hogar.
Documentos.
Información.
Y, sobre todo, comenzar a prepararme para el siguiente piso.
Caminé durante un rato sin un destino definido.
Después, por costumbre de mi antigua vida, comencé a escalar un edificio.
Me aferré a los bordes de las ventanas, impulsé el cuerpo entre salientes y avancé de un piso al siguiente mediante saltos cortos.
Cuando llegué al techo, me senté sobre el borde.
Desde allí observé la ciudad.
Helicópteros cruzaban el cielo.
Camiones militares avanzaban por las avenidas.
Miles de personas eran desplazadas hacia refugios, hospitales y zonas controladas.
El mundo todavía no comprendía lo ocurrido.
Pero ya intentaba reorganizarse alrededor del miedo.
Después de descansar unos minutos, seguí avanzando entre los edificios.
Salté de una azotea a otra, buscando algún lugar donde pudiera conseguir información útil.
Entonces lo vi.
Un complejo de poca altura, pero extenso y fuertemente protegido.
Decenas de manifestantes se acumulaban frente a las vallas. Algunos sostenían pancartas religiosas. Otros gritaban acusaciones contra el gobierno. Los militares intentaban contenerlos sin disparar, aunque la tensión era evidente en sus rostros.
Observé el edificio durante unos segundos.
La cantidad de soldados.
Los vehículos oficiales.
Los helicópteros aterrizando en las cercanías.
Las entradas custodiadas.
Supuse que se trataba del complejo presidencial.
Eso simplificaba las cosas.
Di un salto desde el edificio vecino y caí sobre uno de los techos laterales.
Busqué una ventana alejada de las miradas.
La forcé con cuidado y entré.
El vidrio crujió, pero el ruido exterior ocultó casi por completo el sonido.
Controlé mi respiración.
Reduje la intensidad de mis pasos.
Y oculté mi presencia tanto como este cuerpo me permitía.
Los guardias estaban concentrados en el exterior y en las entradas principales. Nadie esperaba que una persona apareciera desde los tejados.
Avancé por los pasillos, evitando cámaras y patrullas.
No conocía la distribución del edificio.
Tampoco recordaba demasiado sobre el funcionamiento de un gobierno moderno.
Pero los patrones humanos no habían cambiado.
Cuanto más importante era una persona, más guardias se acumulaban a su alrededor.
Seguí el movimiento del personal.
Los corredores vacíos.
Las puertas cerradas.
Los grupos de soldados que se dirigían siempre hacia el mismo sector.
Pronto encontré lo que buscaba.
Abandoné el sigilo y avancé directamente hacia la habitación.
Uno de los guardias me vio aparecer al final del pasillo.
—¿Quié...?
Antes de que pudiera terminar la pregunta, llegué frente a él.
Lo golpeé suavemente en un punto debajo de la mandíbula.
Sus ojos perdieron el enfoque.
Lo sujeté antes de que cayera y lo acosté en el suelo.
No quería matarlos.
Solo hacían su trabajo.
El segundo intentó llevar una mano hacia su arma.
Golpeé su muñeca, desvié el cañón y le di un impacto preciso en el cuello.
También cayó inconsciente.
Tuve que repetir el proceso varias veces.
Cuando llegué a la puerta principal, había dejado cerca de diez guardias dormidos en el pasillo.
Ninguno muerto.
Ninguno con heridas permanentes.
Al menos, eso esperaba.
Abrí la puerta.
Dentro había dos hombres.
Uno estaba sentado detrás de un escritorio, sudando profusamente mientras revisaba documentos y pantallas.
El otro permanecía de pie a su lado, sosteniendo varias hojas.
Ninguno había notado todavía mi presencia.
—Señor presidente... tenemos que emitir un comunicado lo antes posible —decía el secretario—. Estas son las palabras que consideramos más convenientes para...
Se detuvo.
Finalmente me vio.
Sus ojos se abrieron.
El papel cayó de sus manos.
—¿Quién... quién es usted?
El presidente levantó la mirada.
Durante un instante, los tres permanecimos en silencio.
Luego, el secretario intentó alcanzar un botón oculto debajo del escritorio.
—No haga eso —dije.
Su mano se detuvo.
Cerré la puerta detrás de mí.
—Sus guardias están vivos. Solo están inconscientes.
El presidente me observó fijamente.
A pesar del sudor y el cansancio, intentó mantener la calma.
—¿Cómo entró?
—Por una ventana.
El secretario me miró como si acabara de decir algo absurdo.
—Este es uno de los edificios más protegidos del país.
—Entonces deberían revisar las ventanas.
Avancé hacia el escritorio.
El secretario se colocó delante del presidente.
Un gesto valiente.
Inútil, pero valiente.
—No vine a matarlo —dije.
—Entonces, ¿qué quiere? —preguntó el presidente.
Me detuve a varios pasos de distancia.
—Una identidad válida. Dinero. Un lugar donde vivir y acceso a la información que reúna el gobierno sobre la Torre.
El secretario me miró con incredulidad.
—¿Entró por la fuerza al complejo presidencial para pedir una casa?
—Entre otras cosas.
El presidente no apartó la vista de mí.
—¿Y por qué deberíamos darle todo eso?
Era la pregunta correcta.
Metí una mano en el inventario dimensional.
Una ondulación apareció en el aire.
La espada de Clemen emergió lentamente frente a ellos.
El secretario retrocedió.
Pero no desenvainé el arma.
La apoyé sobre el suelo.
—Porque mi nombre es Kim Cheonro.
El silencio de la habitación cambió.
El presidente palideció.
Esta vez no fue por el cansancio.
—El primer despertado... —murmuró el secretario.
—El primer conquistador de la Torre —lo corregí.
Miré al presidente a los ojos.
—Y soy la única persona en este país que sabe qué va a ocurrir después.
Antes de que pudiera continuar, el espacio mismo se detuvo.
El aire dejó de circular.
Las hojas suspendidas frente al secretario quedaron inmóviles. Incluso el sudor que descendía por la sien del presidente se congeló a mitad del recorrido.
Pero yo podía verlo.
Podía pensar.
Y, antes de que alcanzara a comprender qué estaba ocurriendo, el mundo retrocedió.
No fue una sensación.
Lo vi.
El sudor volvió a subir por la frente del presidente. Los papeles regresaron a su posición anterior. Los labios del secretario repitieron un movimiento que ya había presenciado.
Todo volvió exactamente al mismo instante.
—El primer despertado... —murmuró el secretario.
Entrecerré los ojos.
—Oh... Interesante —murmuré.
El secretario frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
Respondí con naturalidad, aunque mi mente ya estaba intentando entender lo sucedido.
Alguien, o algo, acababa de retroceder el tiempo.
Y yo había conservado el recuerdo.
—Soy el primer conquistador de la Torre —continué—. O, mejor dicho, del primer piso.
Me senté con tranquilidad frente al presidente.
El secretario pareció dispuesto a protestar por mi falta de respeto, pero el presidente levantó una mano y lo detuvo.
El silencio inundó la sala.
Nadie habló durante varios minutos.
El presidente me observaba con cuidado, como si intentara decidir si era un loco, una amenaza o la única persona capaz de ofrecerle respuestas.
Finalmente, rompió el silencio.
—Entonces... ¿cómo es la Torre?
—Es una buena pregunta.
Me acomodé en la silla.
—Digamos que es un lugar bastante hostil para los seres humanos.
—¿Hostil de qué manera? —preguntó el secretario.
—Monstruos. Guerras. Pruebas. Lugares donde una mala decisión puede matar a cientos de personas.
Ambos permanecieron atentos.
—Pero hay algo que sé —continué—. Algo que la propia Torre dejó bastante claro.
Apoyé los brazos sobre la silla.
—Si la humanidad no entra y supera sus pruebas, este mundo probablemente terminará.
La respiración del presidente se volvió más pesada.
El secretario apretó los papeles que todavía sostenía.
—¿Está diciendo que debemos enviar personas a ese lugar? —preguntó el presidente.
—Estoy diciendo que no tendrán otra opción.
—Siempre hay otra opción.
Negué lentamente.
—Eso es lo que las personas suelen decir antes de quedarse sin ninguna.
El presidente bajó la mirada hacia el escritorio.
—¿Cómo fue el primer piso? —preguntó el secretario.
Guardé silencio durante un momento.
Debía decidir cuánto contarles.
Revelar demasiado podía convertirme en una herramienta del gobierno.
Revelar muy poco haría que dudaran de mi valor.
Y necesitaba que comprendieran algo desde el principio:
No había entrado a esa habitación para pedir ayuda.
Había venido a ofrecerles la oportunidad de colaborar conmigo.
—El primer piso no fue una mazmorra —comencé—. Mi conciencia fue trasladada al cuerpo de un hombre llamado Dionis, general encargado de proteger el feudo de Clemen.
El presidente levantó la mirada.
—¿Trasladada a otro cuerpo?
—Sí.
—¿Ese hombre era real?
—Dentro de la Torre, todo se siente real. El dolor, el cansancio, la sangre y la muerte.
Continué hablando.
Les conté sobre la muralla.
Sobre los quinientos soldados de infantería y los cien arqueros que debían enfrentar a miles de goblins y hobgoblins.
Sobre Robert Clemen y su intento de abandonar la ciudad.
Sobre los caballeros escondidos en la mansión.
Sobre Coran.
Sobre la forma en que tomé el mando de la defensa.
No les oculté que había matado al señor del feudo.
Tampoco que había decapitado al comandante de la caballería delante de sus hombres.
El secretario me observó con creciente incomodidad.
El presidente, en cambio, no me interrumpió.
Le hablé de las salidas por la puerta lateral.
De los cientos de goblins que maté para impedir que instalaran sus escaleras.
De la habilidad Masacre.
De los recursos agotándose.
De los treinta caballeros que me acompañaron hacia el corazón de la horda.
—¿Cuántos regresaron? —preguntó el presidente.
—Dos.
El secretario palideció.
—¿Y aun así considera que fue una victoria?
—La ciudad sobrevivió.
—Veintiocho hombres murieron.
—Y miles de civiles vivieron.
El secretario abrió la boca, pero no encontró una respuesta.
—En la Torre no siempre existe una decisión donde todos sobreviven —continué—. A veces solo se puede elegir qué sacrificio evita uno mayor.
El presidente me observó durante unos segundos.
—¿Y el comandante?
—Era un goblin capaz de hablar nuestro idioma. Sabía utilizar una lanza y dirigía al ejército mediante mensajeros.
—¿Lo mató usted?
—Sí.
—¿Y eso terminó la prueba?
—La muerte del comandante destruyó la organización de la horda. Los monstruos dejaron de comportarse como un ejército y comenzaron a huir.
Les expliqué el anuncio del sistema.
Las recompensas.
El equipo.
Los niveles.
Las estadísticas.
Las habilidades y los títulos.
No revelé todo.
Guardé para mí algunos detalles sobre mis bonificaciones, mi inventario y la llave que había recibido.
Había información que el gobierno debía conocer.
Y otra que solo debía pertenecerme a mí.
Cuando terminé, la habitación volvió a quedar en silencio.
La luz del exterior entraba por las ventanas, iluminando los documentos esparcidos sobre el escritorio.
El presidente se frotó lentamente el rostro.
—¿Qué quiere de nosotros, señor Kim?
Finalmente habíamos llegado al verdadero motivo de mi visita.
—Documentos válidos. Dinero. Una vivienda. Acceso a toda la información relacionada con las grietas, la Torre y las personas que comiencen a despertar.
El secretario soltó una risa incrédula.
—¿Es consciente de que acaba de infiltrarse en un edificio gubernamental, noquear a nuestros guardias y exigir recursos al presidente?
—Sí.
—¿Y espera que aceptemos?
—Espero que comprendan el intercambio.
Miré al presidente.
—Ustedes me proporcionan lo que necesito para prepararme.
Apoyé una mano sobre la espada de Clemen.
—Y yo me aseguro de que Corea del Sur sobreviva al segundo piso.