Ah bueno, la flechita 👍
Capítulo 11: El siguiente nivel
El camino de regreso le resultó extrañamente tranquilo. Esteban avanzaba por los pasillos que ya conocía de memoria, siguiendo las marcas que él mismo había trazado semanas atrás. Casi un mes había…
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Ah bueno, la flechita 👍
Contenido de la publicación
El camino de regreso le resultó extrañamente tranquilo. Esteban avanzaba por los pasillos que ya conocía de memoria, siguiendo las marcas que él mismo había trazado semanas atrás. Casi un mes había pasado desde que encontró el asentamiento. Un mes cuidando, enseñando, protegiendo. No se arrepentía: la gente de Samuel necesitaba aprender a sostenerse por sí misma, y él había cumplido su parte. Pero quedarse más tiempo habría sido detenerse. Y detenerse aquí era sinónimo de quedar atrapado para siempre.
Su destino estaba claro: el Nivel 1.
No sabía qué encontraría allí. Nadie lo sabía con certeza. Sin embargo, reunió todo lo que pudo: relatos de supervivientes, rutas que otros recorrieron, comentarios en las publicaciones que compartía desde su teléfono. No era una guía infalible, ni mucho menos. Pero en un lugar donde todo cambia y nada es seguro, tener algo era mejor que nada.
Llegó a su refugio. La puerta metálica seguía allí, discreta, bajo la escalera, exactamente igual que la había dejado. La abrió, entró y la cerró despacio, como si sellara un instante de paz.
—Hogar, dulce hogar —susurró, aunque el tono fue más un reconocimiento que una alegría.
No era un lugar cómodo. El espacio era reducido, las paredes frías, el silencio tan denso que a veces escuchaba su propia respiración devolviéndose. Pero era suyo. Aquí fue donde aprendió a dormir sin vigilar cada sombra. Aquí comió sin sentir que algo lo observaba desde el final del pasillo. Aquí empezó todo.
Dejó la mochila, se quitó la chaqueta y revisó lo que llevaba: comida, varias botellas de Agua de Almendras, baterías, herramientas, la pistola recuperada del vehículo policial. Suficiente para empezar. Pero si iba a cruzar al siguiente nivel, necesitaba algo más que provisiones: necesitaba ordenar lo que sabía, antes de que el miedo o la confusión lo borrara.
Se sentó al borde de la cama y sacó el teléfono. La pantalla brilló con la misma claridad de siempre. Aquel pequeño aparato era la anomalía más extraña de todas: mientras el mundo a su alrededor parecía detenido en una pesadilla eterna, él podía leer mensajes de personas que vivían bajo un sol real. Algunos seguían diciendo que era un juego. Otros, una producción. Pero cada vez más, había quienes empezaban a entender que algo real y terrible estaba ocurriendo.
Apoyó el teléfono en la mesa, abrió la libreta y comenzó a escribir con calma, frase por frase, como si cada palabra fuera un escalón hacia adelante.
INFORME DE EXPLORACIÓN – NIVEL 1
Recopilado por: Esteban
Fuentes: Testimonios de supervivientes del asentamiento, relatos de exploradores, publicaciones y comentarios recibidos.
Fiabilidad: Variable. Las descripciones coinciden en rasgos generales, pero difieren en detalles. No existe un mapa fijo.
1. DESCRIPCIÓN GENERAL
2.
El Nivel 1 no se parece en nada al Nivel 0. Si el primero era un laberinto interminable de pasillos repetitivos, este es una inmensa instalación industrial de propósitos desconocidos. Pasillos de hormigón, estanterías que se pierden en la penumbra, conductos de ventilación que recorren techos altísimos, salas vacías que parecen esperar maquinaria que nunca llega.
La luz es distinta: no el resplandor constante y enfermizo de las lámparas amarillas, sino luces que parpadean, focos débiles que dejan grandes zonas en sombra, sectores enteros donde la oscuridad es total. A veces se escucha el zumbido lejano de generadores, o el golpe rítmico de algo que funciona a lo lejos, aunque nunca se encuentra su origen.
Conclusión: Es un entorno vasto, fragmentado y cambiante. Los mismos caminos pueden no estar allí al volver. La orientación será el primer desafío.
3. CONDICIONES AMBIENTALES Y RECURSOS
4.
Hace más frío. No es un frío exterior, sino húmedo, que se pega a la ropa y cala los huesos. En algunas zonas, cerca de tuberías o salas cerradas, el aire se vuelve pesado y cálido. El suelo de hormigón suele estar cubierto de polvo, agua estancada, aceite o sustancias que nadie ha logrado identificar.
A diferencia del Nivel 0, aquí hay recursos. Aparecen en estanterías, cajas abandonadas, cuartos de servicio:
Botellas de Agua de Almendras
Alimentos envasados y raciones
Baterías, cables, linternas adicionales
Herramientas de todo tipo
Ropa, mantas, calzado resistente
Material de curas en zonas de oficinas
ADVERTENCIA: La abundancia no significa seguridad. Los lugares con más provisiones suelen ser zonas de paso frecuente. Algunas cajas están vacías; otras contienen cosas que no conviene examinar. Si un almacén parece demasiado tranquilo, no es porque esté vacío.
3. ENTIDADES Y PELIGROS
Las criaturas conocidas del Nivel 0 también habitan aquí: Bacterias, Sabuesos, Smilers. Pero hay más. Supervivientes hablan de formas que se arrastran entre las estanterías, de voces que llaman por nombres que no son tuyos, de sombras que cruzan los pasillos sin prisa y sin ocultarse. Nadie ha podido describirlas con precisión; quien las ha visto de cerca rara vez ha regresado para contarlo.
Regla fundamental: La oscuridad no está vacía. Si una lámpara se apaga, no avanzar a ciegas. Esperar. Quienquiera o lo que sea que se mueva allí, conoce el terreno mucho mejor que nosotros.
5. ACCESO DESDE EL NIVEL 0
No hay una puerta única. Algunos llegan tras atravesar una puerta metálica que apareció de la nada en un pasillo conocido. Otros ven cómo las paredes amarillas se transforman lentamente en hormigón, como si el lugar mismo cambiara de piel. Hay quienes suben escaleras y quienes bajan, quienes giran y ya no están donde creían estar.
Conclusión: La entrada no es fija. No existe un solo camino. El cambio puede ser lento o instantáneo. Marcar cada paso es la única forma de no perderse antes de haber empezado.
6. SALIDAS DEL NIVEL 1
Tampoco hay certeza aquí. Escaleras que descienden a la oscuridad, puertas que llevan a lugares distintos cada vez que se abren, corredores que parecen no tener fin. Algunos regresaron al Nivel 0 sin querer. Otros llegaron a espacios que no saben nombrar. Muchos simplemente no volvieron.
Conclusión: No confiar en una sola ruta. Guardar siempre el camino de regreso. Si las marcas desaparecen, detenerse. El lugar puede reacomodarse mientras uno camina.
6. PROTOCOLO DE EXPLORACIÓN
Marcar cada recorrido. Si las marcas desaparecen, no avanzar.
Llevar provisiones suficientes para regresar, no solo para avanzar.
Evitar zonas oscuras. Si no hay otra opción, usar la linterna con moderación.
No entrar en una habitación sin escuchar primero. El silencio absoluto no es garantía de seguridad.
No seguir voces ni siluetas. Pueden no ser quienes parecen.
Si se pierde el camino, no correr. Buscar un punto reconocible y esperar.
Anotar todo. Lo que se aprende hoy puede salvar a alguien mañana.
Esteban dejó el bolígrafo sobre la mesa. Leyó las páginas una y otra vez. No era un mapa infalible. No era una promesa. Era solo lo que otros habían visto, lo que otros habían temido. Y aun así, era todo lo que tenía.
Cerró la libreta y la guardó. Comprobó la pistola, revisó los cargadores, acomodó la mochila dejando solo lo esencial. Y entonces sacó la fotografía.
La sostuvo entre las manos. Estaba un poco doblada por los bordes, como si la hubiera sacado y guardado muchas veces. Allí estaban: su esposa, sonriendo bajo la luz de un día que parecía pertenecer a otra vida; su hija, con esa risa que podía llenar cualquier habitación. Esteban pasó el dedo suavemente por encima de los rostros, como si pudiera tocarlos a través del papel.
No pudo evitarlo: la garganta se le apretó.
No sabía si volvería a verlos. No sabía si el Nivel 1 tenía salida, si el siguiente tampoco, si algún día volvería a sentir el sol en la piel o el aire de su casa. Cada paso que daba lo alejaba más de aquí, pero también era el único camino para volver a ellos.
—Voy a encontrar la forma —susurró, casi sin voz—. No importa cuánto tarde. No importa lo que tenga que cruzar. Voy a volver.
Guardó la fotografía en el bolsillo interior de la chaqueta, justo sobre el corazón, donde nada la perdería. Se puso de pie, apagó la luz y miró el refugio por última vez. Había sido su primer hogar en este lugar. Pero ya era hora de irse.
Salió, cerró la puerta tras de sí y comenzó a caminar.
El Nivel 1 lo esperaba.
La noche había llegado, aunque en aquel lugar la palabra apenas tenía sentido. No había estrellas ni sol ocultándose; solo el parpadeo inconstante de las luces y un silencio que pesaba más que cualquier oscuridad.
Esteban estaba sentado frente a la mesa de su refugio, con el teléfono en una mano y una botella de Agua de Almendras a medio terminar junto a él. Había pasado los últimos minutos redactando una publicación, cuidando cada palabra para que fuera clara, sincera y breve. La releyó una última vez antes de pulsar publicar.
Rumbo al Nivel 1.
Tras varias semanas en un asentamiento del Nivel 0, por fin continúo el viaje. Mi próximo objetivo es alcanzar el Nivel 1. He reunido información sobre posibles rutas, aunque no puedo garantizar que ninguna sea segura. Todo indica que el lugar será más vasto, más impredecible y más peligroso que donde estoy ahora.
Es posible que pierda la señal durante el trayecto. Si así ocurre, volveré a escribir en cuanto pueda. Gracias a quienes han compartido relatos, mapas y advertencias. Espero contarles cómo me fue.
Dejó el teléfono sobre la mesa y esperó. Las respuestas no tardaron en aparecer. Algunas eran de aliento: «Tú puedes», «Vas a lograrlo». Otras trataban todo como si fuera ficción: «Qué buena historia», «Espero el siguiente capítulo». Algunos daban consejos absurdos, otros se burlaban. Para la mayoría, aquello no era más que una narración escrita con fotografías inquietantes.
Y, en cierto modo, tenían razón. Esteban estaba contando una historia. Solo que no había elegido cómo empezaba. Ni sabía cómo terminaría.
Siguió desplazándose por la pantalla hasta que un comentario lo detuvo:
«No sé si esto es real. Quiero creer que todo es una historia, de verdad. Pero hay cosas que describes que se parecen demasiado a lo que le pasó a mi hermano. Desapareció hace años. La policía no encontró nada. No sé por qué, pero tengo la sensación de que tú sí estás ahí.»
Esteban se quedó mirando aquellas palabras. No era la primera vez. Cada vez más, personas le escribían así: hablando de hermanos, amigos, parejas que habían salido y nunca volvieron. Mensajes breves, llenos de duda y de un dolor que no desaparecía con los años. No supo qué responder. ¿Cómo decirle que quizá tenía razón sin poder demostrarlo? ¿Cómo explicar que había conocido a personas que llevaban décadas atrapadas aquí, y que algunas ya no podrían volver?
No escribió nada. Simplemente deslizó el dedo hacia abajo.
Bloqueó la pantalla. Pero justo antes de apagarse por completo, la imagen de fondo apareció un instante.
Una fotografía. Él en el centro, sentado en un banco de madera. Su hija, pequeña y radiante, abrazada a su cuello con fuerza, como si nada en el mundo pudiera separarlos. Detrás, su esposa, con las manos apoyadas en sus hombros y la cabeza inclinada sobre la suya. Los tres sonriendo. Los tres juntos.
Esteban bajó lentamente el teléfono y se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo. El aire del refugio se sentía de repente demasiado frío.
Y entonces el recuerdo lo envolvió, vívido y cálido, como si estuviera allí de nuevo. Era un día de primavera. El cielo despejado, el sol tibio sobre la piel. Habían extendido una manta en el césped del parque. Su esposa estaba sentada con las piernas cruzadas, sonriendo, mientras sacaba comida de la cesta. Y él… él estaba persiguiendo a su hija.
—¡Devuélveme eso, pequeña ladrona!
La niña corría entre risas, sosteniendo el sándwich por encima de la cabeza.
—¡Es mío ahora!
—¡¿Cómo que es tuyo?! ¡Ese era mi almuerzo!
—Pues ya no lo es —gritó ella sin dejar de correr.
Pasó junto a otros niños, esquivó a una anciana que le sonrió y miró hacia atrás justo cuando él casi la alcanzaba. Su risa resonaba tan clara que parecía llenar el aire. Su esposa los miraba desde la manta, sin poder contener la alegría.
—¡Corre, pequeña! —gritaba entre carcajadas—. ¡No dejes que te atrape!
—¡Gracias por el apoyo! —respondió él fingiendo indignación.
La niña volvió la cabeza y sacó la lengua. Y en ese instante, no vio dónde ponía los pies. Esteban dio un paso largo y la alcanzó suavemente por la cintura. Ella soltó un grito de fingido terror.
—¡Mamá! ¡Protégeme!
Se escondió detrás de su madre, que abrió los brazos riendo.
—No puedes atraparme —decía asomando solo la cara.
—¿Ah, no? —Esteban fingió una expresión feroz—. Pues entonces… ¡ataque de abrazos!
Se lanzó hacia ellas, y las tres cayeron sobre la manta, revolviendo el cabello, riendo, abrazándose, mientras el sándwich olvidado reposaba en el césped. Nadie se preocupó por él. Porque en aquel momento, lo único que importaba era esto: estar juntos.
Esteban abrió los ojos. El recuerdo se desvaneció. Seguía sentado en el suelo del refugio. La mesa, la mochila, la puerta… todo estaba igual. Todo, excepto él.
Acarició con el pulgar la pantalla apagada, como si pudiera tocar los rostros de su familia a través del cristal. No sabía cuánto tiempo había pasado. No sabía si lo buscaban, si habían perdido la esperanza, si aún dejaban la luz encendida esperando su regreso. Solo sabía una cosa: no podía rendirse.
Se levantó despacio. Guardó el teléfono. Miró la mochila preparada, la libreta con el informe, la puerta que conducía hacia adelante.
—Voy a volver —susurró. Su voz tembló, pero luego se afirmó—. Sí o sí.
Lo repitió una vez más antes de acostarse. Como una promesa. Como una orden. Como si, mientras siguiera diciéndolo, el camino de regreso a casa siguiera existiendo.
La mañana llegó sin que Esteban hubiera conseguido descansar demasiado. Había dormido apenas unas horas, y ni siquiera podía decir que hubieran sido tranquilas. Durante la noche, los recuerdos volvieron a perseguirlo. No eran pesadillas en el sentido habitual: no había monstruos acechándolo ni imágenes deformes que lo obligaran a despertar sobresaltado. Eran escenas de vidas que no reconocía como suyas. Una mujer caminando por un bosque cubierto de nieve. Un hombre sentado frente a una mesa, con las manos temblorosas y una fotografía entre los dedos. Una niña llorando en una habitación que jamás había visto. Y, en medio de todo aquello, la misma sensación de pérdida que lo acompañaba desde que había comenzado a enfrentarse a las entidades. Lo peor era que algunos recuerdos parecían tan reales que, por momentos, le costaba distinguirlos de los propios. ¿Había vivido realmente aquellas cosas? ¿O eran fragmentos de vidas ajenas que su mente había comenzado a confundir con las suyas? No tenía respuestas. Y por mucho que lo intentara, tampoco conseguía encontrar una explicación razonable. Se pasó una mano por el rostro y se obligó a levantarse. No podía permitirse perder más tiempo. El viaje debía comenzar.
La mochila descansaba abierta sobre la cama. Había pasado buena parte de la mañana revisando sus pertenencias y decidiendo qué llevarse. No podía cargar con todo lo que había reunido durante las últimas semanas, así que tendría que conformarse con lo imprescindible: Agua de Almendras, alimentos enlatados, herramientas, baterías, una linterna y algunos objetos que podían resultar útiles durante la exploración. También llevaba las armas que le habían entregado en el asentamiento. No eran muchas, pero representaban una diferencia importante respecto a sus primeras semanas en aquel lugar. Las revisó una por una antes de guardarlas. Después se puso el traje de camuflaje que le habían regalado Samuel y los demás: ropa resistente, de tonos apagados, diseñada para confundirse con sombras, polvo y superficies de hormigón. No era un uniforme militar ni pretendía serlo, pero podía ayudarlo a pasar desapercibido si necesitaba ocultarse. Se ajustó las mangas y observó su reflejo en el pequeño espejo del armario. Le costaba reconocerse. El hombre que lo miraba tenía el rostro más delgado, la barba descuidada y unas ojeras que no recordaba haber tenido antes de llegar. Parecía mayor. Mucho mayor. Apartó la mirada.
—Bueno, al menos ya no parezco un turista perdido —murmuró.
Terminó de ajustar las correas y comprobó que todo estuviera en su sitio. Entonces se detuvo. Todavía quedaba algo por hacer. No podía llevarse todas las provisiones. Había alimentos que no necesitaba y botellas de agua que podían ser más útiles para otra persona. Se acercó al armario, sacó latas, botellas y una pequeña bolsa con herramientas básicas, y las colocó sobre la mesa junto a una libreta que había preparado la noche anterior. En ella había escrito instrucciones sencillas: cómo reconocer algunas entidades, qué hacer si escuchaban pasos, por qué debían evitar las zonas donde las marcas desaparecían, cómo conservar el agua y administrar las provisiones. También incluyó un mapa de los alrededores, con lugares de recursos y rutas relativamente seguras. No era completo, pero podía ayudar a alguien a sobrevivir. Dejó todo ordenado para que fuera fácil de encontrar y se quedó observándolo unos segundos. Recordaba demasiado bien lo que había sentido al llegar: la confusión, el miedo, la desesperación de caminar sin saber dónde estaba ni qué hacer. No había tenido a nadie que lo recibiera. Nadie que le explicara cómo mantenerse con vida. Había aprendido a base de errores, heridas y pérdidas. Si alguien llegaba allí después de él, al menos tendría lo que él nunca tuvo: una oportunidad.
—Ojalá te sirva —susurró.
Cerró el armario y se echó la mochila al hombro. Antes de marcharse, revisó el refugio por última vez: comprobó que no dejaba nada importante, guardó lo que podía estorbar y se aseguró de que la puerta metálica pudiera cerrarse bien. Se acercó entonces a la entrada y la observó. Aquel pequeño espacio había sido su primer hogar seguro, el lugar donde recuperó el aliento cuando todo parecía perdido. Allí había dormido, comido y organizado sus primeras expediciones. Allí comprendió que sobrevivir no era solo escapar de las criaturas, sino también aprender a seguir adelante. Apoyó una mano sobre la puerta.
—Gracias por todo.
No esperaba respuesta. La abrió, salió al pasillo y volvió a mirar el interior una última vez antes de cerrarla. No sabía si regresaría. Pero no quería pensar en eso.
El pasillo estaba en silencio. Avanzó unos metros hasta una pared cercana a la escalera, sacó una herramienta y comenzó a marcar. No era nada complicado: una señal sencilla, visible desde lejos, con una flecha que indicaba hacia dónde estaba el refugio. Las entidades no le prestarían atención. Pero una persona sí. Comprobó que se distinguiera desde el otro extremo y dejó junto a ella una nota escrita a mano: Refugio cercano. Hay agua, comida y un mapa. Si acabas de llegar, entra y descansa. No sabía quién la leería. Tal vez nadie. Tal vez alguien que acababa de aparecer y estaba a punto de perder la esperanza. Si así era, aquella pequeña marca podía marcar la diferencia.
Guardó la herramienta, se ajustó la mochila y miró hacia adelante. El Nivel 1 lo esperaba. Un lugar del que apenas tenía relatos incompletos y rutas que podían no existir cuando llegara. No tenía garantías. No tenía un camino seguro. Pero tenía un propósito. Y por primera vez en mucho tiempo, también tenía una dirección. Respiró hondo.
—Vamos allá.
Comenzó a caminar, dejando atrás el refugio, las provisiones y la señal que había grabado. A su alrededor, los pasillos amarillentos se extendían iguales a siempre. Pero esta vez no caminaba en círculos. Esta vez iba hacia algo. Y no pensaba detenerse hasta encontrarlo.