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Capítulo 10: Un hogar (parte 1)

NicolasPeanl
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—Mis niños...

Una mujer lloraba desconsoladamente frente a mí.

No era una escena extraña en aquellos días.

Miles de personas habían perdido a sus familias.

A sus amigos.

Sus hogares.

Todo.

Pero aquella mujer resaltaba entre las demás.

Su llanto iba acompañado de una espada.

Cada monstruo que intentaba acercarse era partido por el filo antes de poder tocarla.

Ella seguía avanzando.

Seguía matando.

Y seguía llorando.

La curiosidad me hizo acercarme.

Apenas entré en su alcance, una sed de sangre monstruosa cayó sobre mí.

La mujer levantó la espada.

Sus ojos enrojecidos se clavaron en mi rostro.

—¿Quién eres?

No adopté una postura de combate.

—¿Por qué lloras? —pregunté con tranquilidad.

La pregunta pareció presionar algún mecanismo oculto dentro de ella.

La espada descendió lentamente.

Sus hombros comenzaron a temblar.

—Mis niños...

La fuerza abandonó su voz.

—Todos murieron.

En ese momento, una lluvia de sangre comenzó a caer desde el cielo.

Las gotas rojas golpearon nuestros rostros, nuestras armas y los cadáveres que cubrían la tierra.

Un fenómeno habitual en aquel infierno.

La mujer levantó la vista.

Su rostro quedó cubierto de sangre y lágrimas, hasta que fue imposible distinguir una de la otra.

—Fue mi culpa... —murmuró—. No tendría que haberme ido.

Apretó con más fuerza la empuñadura.

—Tendría que haberme quedado con ellos.

El dolor deformó su rostro.

—Tendría que haber muerto con ellos...

Permanecí en silencio.

Conocía esas palabras.

No porque alguien me las hubiera dicho.

Sino porque yo también las había repetido durante años.

La lluvia se intensificó.

Alcé la voz para que pudiera escucharme.

—¿Cuál es tu nombre?

La mujer tardó en responder.

Me miró como si no comprendiera la pregunta.

Como si su nombre hubiera dejado de tener sentido después de perderlo todo.

Finalmente, separó los labios.

—Seolhwa.

La observé por unos segundos.

—Seolhwa —repetí.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué quieres saberlo?

Miré los cadáveres que se acumulaban a su alrededor.

—Porque las personas que dejan de recordar su nombre terminan convirtiéndose en monstruos.

La mujer apretó los dientes.

—Yo ya soy un monstruo.

Negué lentamente.

—Todavía lloras.

La lluvia de sangre siguió cayendo entre nosotros.

—Los monstruos no hacen eso.

***

Al salir de la fábrica con la niña a mi lado, por primera vez en mucho tiempo me sentí perdido.

No por el culto.

No por los cadáveres que dejaba atrás.

Ni siquiera por las consecuencias de haber eliminado a los sacerdotes.

Era por ella.

La niña caminaba aferrada a mi ropa, sin levantar la mirada del suelo. Su pierna herida apenas le permitía avanzar y, cada pocos pasos, su cuerpo temblaba.

No sabía qué hacer.

Conocía el campo de batalla.

Sabía reconocer una emboscada, cerrar una herida, matar a un monstruo y sobrevivir durante semanas sin alimento.

Pero no sabía cómo consolar a una niña que acababa de perder a su padre.

Tampoco conocía demasiado esta época.

Habían pasado más de mil quinientos años desde la última vez que viví como una persona normal. Y ahora que el mundo estaba sumido en el caos, todo lo que recordaba servía todavía menos.

Antes había sido padre.

O al menos creía haberlo sido.

Pero después de tantos siglos en soledad, incluso ese recuerdo se sentía lejano.

Había olvidado cómo hablar con una niña.

Cómo cuidarla.

Cómo hacer que se sintiera segura.

Ya ni siquiera estaba seguro de saber comportarme como un ser humano civilizado.

Mucho menos como un padre responsable.

La niña tropezó.

La sostuve antes de que cayera.

—¿Te duele?

Ella negó con la cabeza, aunque las lágrimas acumuladas en sus ojos decían lo contrario.

No insistí.

La levanté entre mis brazos y continué caminando.

Su cuerpo era liviano.

Demasiado liviano.

Por un instante, otro peso se superpuso sobre el suyo.

Un cuerpo pequeño.

Sangre saliendo de unos labios pálidos.

Una voz preguntándome si el cielo existía.

Apreté los dientes.

No.

Ella no era Eunbyeol.

Y yo ya no era el hombre que la había sostenido aquel día.

Pero aun así, no podía abandonarla.

Intenté recordar mi pasado.

Personas en las que había confiado.

Personas capaces de cuidar a alguien sin convertirlo en un soldado.

Personas que todavía conservaran una parte humana después del infierno.

Entonces un rostro apareció en mi memoria.

Una mujer cubierta de sangre y lágrimas.

Una espada en la mano.

Una lluvia roja cayendo sobre nosotros.

Seolhwa.

Ella había perdido a sus hijos.

Había pasado años culpándose por no haber podido protegerlos.

Quizá en esta época todavía vivieran.

Quizá ella aún fuera una mujer común, ajena a la guerra y a los monstruos.

Pero si había alguien capaz de comprender el dolor de aquella niña, era ella.

Y si mis recuerdos eran correctos, todavía faltaban varios años para el día en que Seolhwa lo perdería todo.

Tal vez pudiera ayudarme.

Tal vez yo también pudiera ayudarla.

Miré a la niña entre mis brazos.

—Primero tenemos que curarte.

Ella no respondió.

Solo se aferró un poco más a mi ropa.

Alcé la vista hacia la ciudad.

Helicópteros cruzaban el cielo. Sirenas resonaban entre los edificios. A lo lejos, las multitudes seguían gritando el nombre de dioses que no iban a salvarlas.

Pronto llegué a un hospital.

Médicos, enfermeros y camilleros corrían de un lado a otro. Los pasillos estaban llenos de personas heridas, familiares desesperados y voces que pedían ayuda.

Un doctor que avanzaba con prisa vio a Eunji en mis brazos y cambió de dirección de inmediato.

—¿Qué le pasó? —preguntó.

Después me miró con desconfianza, intentando averiguar qué relación tenía yo con ella.

—La encontré así —respondí.

Era una verdad incompleta.

Pero seguía siendo verdad.

—Vengan conmigo.

El doctor volvió a caminar con rapidez hacia el interior del hospital.

Lo seguí hasta una sala de urgencias improvisada.

Casi todas las camillas estaban ocupadas. Había personas sangrando, otras retorciéndose de dolor y algunas demasiado quietas bajo sábanas blancas.

El olor a desinfectante apenas conseguía cubrir el de la sangre.

—Sentate acá, Eunji —dijo el doctor, señalando una camilla.

La niña obedeció sin hablar.

Sus manos seguían aferradas a mi ropa.

Tuve que separar sus dedos con cuidado.

—Voy a estar cerca —le dije.

Eunji me miró durante unos segundos y finalmente soltó la tela.

El doctor esperó hasta que ella estuvo sentada.

Luego me señaló.

—Vení conmigo.

Se alejó unos metros de la camilla, pero sin perder de vista a la niña.

—¿Sabés quién es? —preguntó mientras me analizaba de arriba abajo.

—No.

El doctor frunció el ceño.

—Solo me dijo su nombre. La encontré junto a los cuerpos de sus padres.

Respondí con honestidad.

—Estoy buscando un lugar seguro donde dejarla. No puedo hacerme cargo de ella en este momento.

El hombre se quedó en silencio.

Su expresión cambió lentamente.

Primero desconcierto.

Después horror.

Quizá lo inquietaba la tranquilidad con la que relataba algo así.

Para mí, encontrar una habitación llena de muertos ya no era algo extraordinario.

Para él, el mundo todavía había terminado hacía apenas unas horas.

—¿Cómo podés decirlo de esa manera? —preguntó finalmente.

—Porque ponerme a llorar no va a curarla.

El doctor apretó los labios, pero no discutió.

Miré hacia Eunji.

Una enfermera limpiaba la sangre seca de su rostro mientras revisaba su pierna.

—¿Conocés a una mujer llamada Seolhwa? —pregunté—. Tiene un orfanato.

El médico pensó durante unos segundos.

—¿Seolhwa...?

De pronto, pareció reconocer el nombre.

—Sí. Sí, la conozco.

Volvió a mirarme.

—¿Estás pensando en llevar a la niña con ella?

—Es el único lugar que conozco donde podrían cuidarla.

El doctor guardó silencio un instante. Luego tomó una hoja y anotó una dirección con rapidez.

—Ella administra un pequeño hogar para niños. No está muy lejos de acá.

Me entregó el papel.

—Andá a esta dirección. Seguramente va a cuidar bien de Eunji.

Tomé la hoja y la guardé.

—Gracias.

El doctor asintió, aunque todavía me observaba con cierta inquietud.

—Ahora dejá que la atendamos. Está deshidratada, tiene varias contusiones y posiblemente una lesión en la pierna. Necesita descansar antes de que puedas moverla.

Se dio la vuelta y caminó nuevamente hacia la niña.

Me quedé observando desde la distancia.

Eunji no lloraba.

No preguntaba por sus padres.

Solo miraba al suelo mientras dejaba que la curaran.

Eso era peor.

Los niños que lloraban todavía esperaban que alguien respondiera.

Los que dejaban de hacerlo...

A veces ya habían aprendido que nadie iba a venir.

Apreté el papel con la dirección dentro del bolsillo.

Seolhwa.

En mi memoria, era una mujer cubierta de sangre, llorando bajo un cielo rojo.

Pero en esta época todavía dirigía un orfanato.

Todavía cuidaba niños.

Todavía tenía una vida.

Tal vez llevar a Eunji con ella fuera la decisión correcta.

O tal vez solo estuviera empujando a ambas hacia un destino que todavía no comprendía.

Me apoyé contra una pared y cerré los ojos.

Por ahora, solo podía esperar.

Y esperar siempre había sido más difícil que pelear. 


Holaa, acá el autor, les cuento que si quieren adelantar la novela, hay +130 capítulos publicados en wattpad, les dejo el link: https://www.wattpad.com/story/413266932-el-cazador-que-adelant%C3%B3-el-apocalipsis-vol-1, en cualquier caso mi perfil es @NicolasPeano, igualmente seguire subiendo en esta plataforma diariamente los capítulos, pero si te quedas manija (emocionado) ve y vota asi le llega a más personas este relato <3

Thoughts

  • relatoBreve

    ¿qué va a pasar cuando vea a Seolhwa y ella no sea la mujer de sangre y lluvia roja? porque él la recuerda quebrada, y si la encuentra entera, ¿qué dice?

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  • quintopiso

    cuando dice que todavía la sostiene porque no puede abandonarla... eso es lo que mata. no la salva porque sea valiente. la salva porque no puede no hacerlo.

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  • pnavarro64

    pero ¿quién es realmente el que sostiene a Eunji? porque si tiene mil quinientos años, ¿cuándo dejó de ser humano? ¿cuando llegó a los mil, o fue antes?

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  • paginaDoblada

    hay algo brutal en que alguien que vivió solo mil años sepa exactamente lo que Seolhwa necesita escuchar. ella perdió niños, él perdió una niña. él sabe el peso porque ya lo conoce.

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  • melisaenlacola

    eso de mil quinientos años y después Eunbyeol... ¿él está cargando a la niña equivocada, o es la que necesitaba cargar?

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