“Las palabras pueden construirnos, pero también pueden destruirnos; y las que vienen de quienes amamos, duelen el doble.”
Piedad Bonnett
El dolor de la traición y las palabras que marcan
No todas las heridas nacen de la violencia directa de quienes nos lastiman. Algunas de las marcas más profundas provienen justamente de aquellas personas que alguna vez nos cuidaron, nos protegieron o nos hicieron sentir queridos. Son heridas muchísimo más difíciles de nombrar porque llegan acompañadas de una contradicción dolorosa y confusa, descubrir que la misma mano que nos brindó consuelo también es capaz de causarnos daño.
La infancia construye sus refugios emocionales alrededor de ciertas personas elegidas. A ellas les confiamos nuestros miedos más ocultos, nuestras pocas alegrías y nuestra necesidad desesperada de sentirnos seguros en una realidad hostil. Por eso, cuando uno de esos refugios se derrumba, la pérdida trasciende por completo el momento exacto que la provoca. No solo duele lo que ocurrió en esa habitación o en esa tarde; duele descubrir, con el corazón roto, que alguien a quien amábamos con la inocencia de un niño también podía elegir herirnos.
Recuerdo que después de esos episodios empecé a mirar a mi alrededor de otra manera. Ya no me alcanzaba con saber quién me quería. Había descubierto, de la peor forma posible, que las personas pueden amar y herir al mismo tiempo. Que alguien podía abrazarte un día y lastimarte al siguiente, desprotegiéndote por completo. Aprendí que el cariño de los adultos no siempre era un escudo seguro y que la confianza que tanto tiempo había tardado en construirse podía desaparecer en cuestión de segundos.
Esa fue una lección demasiado pesada y prematura para una nena. Sin darme cuenta, para sobrevivir, empecé a levantar murallas invisibles a mi alrededor. No lo hacía porque quisiera alejarme de los demás o porque fuera una nena fría; lo hacía simplemente porque ya no sabía en qué rincón del mundo estaba a salvo. Si los adultos de mi entorno familiar y vecinal, aquellos que debían representar mi refugio frente a las tormentas de mi casa, terminaban convirtiéndose en la peor de las amenazas, entonces el peligro parecía estar en todas partes. Ya no había un lugar seguro al cual correr.
Creo que ahí mismo, entre esos silencios forzados, comenzó a gestarse ese sentimiento de soledad profunda que me acompañó durante muchos años de mi vida y que aún me sigue acompañando. Asumí que, al final del día, solo podía contar conmigo misma. Apareció la necesidad constante de estar preparada para sostenerme sola, bajo la idea fija de que depender de alguien o abrir el corazón era un riesgo demasiado grande que no me podía permitir.
Y aunque esa coraza de autosuficiencia me ayudó a seguir adelante y a proteger a mis hermanos, también me robó algo invaluable: me quitó la posibilidad de confiar limpiamente, la capacidad de descansar mis cargas en los hombros de otro y la libertad de creer que alguien podía quedarse cerca de mí sin la intención de lastimarme. Porque el abuso sexual hace eso, te arrebata cualquier lugar seguro. Y peor aún, te quita la fuerza para confesar que lo que te hicieron no estaba bien, dejándote a solas con esa maldita certeza de que siempre ibas a ser vos la culpable de provocar.
Con el tiempo y los años de distancia, entendí que aquella nena nunca dejó de amar; su capacidad de entrega y su nobleza seguían intactas. Lo que dejó de hacer fue entregarse con la misma inocencia de antes. Porque la traición de quienes deben cuidarte tiene esa capacidad destructiva, no mata el amor que sentís, pero cambia para siempre la manera en que aprendés a acercarte a los demás.
Todavía hoy, cuando miro hacia atrás y me encuentro con esa etapa de mi vida, siento una profunda tristeza por aquella parte de mí que tuvo que aprender, siendo tan chica, una verdad tan dura y desoladora, que a veces el daño más profundo y el golpe que más sangra no viene de los enemigos ni de quienes nos odian, sino de la boca y de las manos de quienes más amamos.
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